TIERRA DE BARDOS, CIERRA.
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Alcander, de Luisa Fernández

Ya está aquí... Legados

jueves, 25 de septiembre de 2008

La ciudad de los monstruos (III)

Seguimos con este relato corto de acción negra. Pero antes, gracias a mis pocos pero fieles lectores (4nigami, Alu, Lyra, Víctor, y seguro que más que por un motivo u otro no dejáis constancia de vuestra visita- no importa, de veras-). Espero que la lectura no se os haga muy larga. Con estos tres capítulos que hoy incorporo, llegamos al ecuador de la historia, y remataremos esta etapa con una escena de acción de la que estoy muy satisfecho. Ya me contaréis vuestra opinión al respecto.

***


Falta poco para que salga el sol cuando el Reiker’s Hole cierra. Como las noches de antaño, los gorilas seguratas del local se emplean fuerte para desalojar a los últimos borrachos remolones. No son amables al hacerlo.
Yo me marcho por mi propio pie, pero no solo. La pequeña Ellen me pide que la acompañe hasta su casa- en una demanda que, por su tono, no da lugar a segundas lecturas-, y yo acepto sin dudarlo.
-Aún es peligroso para una chica caminar sola por estas calles. Lo es incluso de día- me dice.
Una gran verdad.
-Un hombre grande como tú hará que cualquier capullo se lo pienso dos veces antes de atracarme.
Caminamos tranquilamente, sin hablar mucho, por las solitarias calles. Y cuando me paro a pensar en la situación, ésta me sorprende. En circunstancias normales, acompañar a una mujer a su casa significaría tener expectativas de pasar la noche con ella, pero este caso es totalmente diferente. La menuda Ellen es, innegablemente, una belleza por la que cualquier hombre podría derretirse. Es preciosa y atractiva, y no puedo negar que, como hombre, me gusta, no entendería que fuera de otra forma.
Sin embargo en ningún momento se me pasa por la cabeza que ocurra algo entre los dos. Quizás sea porque su comportamiento es, a diferencia de cualquier mujer que yo haya conocido antes que ella, sincero y un tanto ingenuo. Quizás sea porque cuando me mira no me juzga, sino que me acepta. Sí, ya se que apenas hace unas horas que la conozco, pero de algún modo que escapa a mi comprensión entiendo que hemos congeniado. ¿De qué otro modo podría explicarse que ella confíe en mí para acompañarla a su casa? Esta no es la ciudad más apropiada para entregarse a la protección de un desconocido.
-Hemos llegado- dice Ellen, sacándome de mi ensoñación.
Nos detenemos en un viejo pero aceptable bloque de apartamentos, a tres manzanas del bar.
-Bueno, pues entonces te dejo. Tengo una sucia habitación en un hotelucho esperándome- le digo, bromeando sobre lo que no deja de ser una triste realidad.
Aún no tengo trabajo- y complicado será encontrar uno dentro de los límites de la ley, pues nadie honrado contrata a un antiguo preso-, por lo que la mísera pensión que tan generosamente el gobierno me otorgó al salir del trullo no me da para mucho más que un cuartucho lleno de cucarachas y un baño compartido con el resto de vecinos, un lugar que tendrías que ser generoso para considerarlo de tercera categoría.
-Oye, mi piso es muy pequeño, pero puedes quedarte en el sofá las noches que necesites- me dice ella, y lo hace sin vacilar, sin dudar.
O es una verdadera ingenua o es la criatura más generosa del planeta. O tal vez ambas cosas.
-Ellen… ¿Por qué tanta amabilidad conmigo?- le pregunto, porque realmente no lo entiendo- No sabes nada de mí, podría ser peligroso, podría ser un degenerado psicópata.
Me vuelve a sonreír, me vuelve a desarmar.
-Si lo fueras, no estarías diciéndome eso. Además, son tus ojos los que me revelan la verdad. No eres un criminal, Gregg. Quizás hayas hecho cosas inapropiadas e incluso crueles, quizás hayas cometido errores que te llevaron a la cárcel, pero no eres una mala persona.
Es increíble, siento que algo se retuerce en mi interior. Jamás lo había sentido, jamás. Yo, el tío más frío del mundo, siento de repente un calorcillo en algún lugar del pecho que no logro identificar. ¿Cómo puede haber una criatura tan buena en el mundo? Pero lo más desconcertante… ¿Cómo puede mirar en mi interior?
Es un ángel, no me cabe otra explicación.
-Eso sí, a cambio te toca a ti hacer el desayuno cada mañana- se ríe ella, y yo acompaño su broma con una revitalizadora carcajada.
Tras tantos años, había olvidado el sonido de mi propia risa.

***

Ha pasado toda una semana en la que, a pesar de mi insistencia, Ellen no me ha dejado marchar de su diminuto pero agradable pisito. La última vez casi se enfadó, así que he decidido no preocuparme más por ello.
Al final he encontrado un trabajillo en los muelles. Ayudo a descargar los contenedores que dejan los barcos mercantes. No es un mal trabajo, pagan relativamente bien. Te hacen sudar pero te deja la cabeza despejada para pensar en tus cosas y no se preocupan de donde has estado durante los últimos años. Por las noches estoy libre, así que acudo cada día al bar, hago compañía a Ellen, con la que cada vez me siento más a gusto. Sí, sé que algunos lo mirarían raro, una joven de dieciocho años amiga de un tío medio desfigurado, recién salido de la cárcel, y que casi le dobla la edad. De hecho, varios de los habituales del bar habían comenzado a bromear sobre el asunto. Ayer mismo estuve a punto de partirle la boca a un seboso borracho por insinuar que Ellen era mi puta personal. Se libró por la oportuna intervención de la propia muchacha.
-No hagas caso de esas tonterías, Gregg, o estarás todas las noches de bronca y ganándote enemigos- me dijo Ellen-. Además, sólo son palabras, no saben de lo que hablan.
Tenía razón, como siempre, así que me calmé, al menos en presencia de ella.
Es domingo, al fin Ellen y yo tenemos un día libre, así que, a insistencia de ella misma, lo pasamos juntos haciendo un picnic en el parque del barrio. Por las noches está lleno de vagabundos, borrachos durmiendo la mona y drogatas pinchándose, pero de día todo eso desaparece y se convierte en quizás el único lugar de paz de todo aquel condenado barrio.
-En todo este tiempo aún no me has preguntado nada de mi anterior vida, de porqué me encerraron- le suelto en un momento dado.
Estamos sentados sobre la hierba, ya por la tarde, tomándonos unos refrescos- las cervezas quedaban para la noche en el bar, y sólo un par, como mucho-. Ellen sonríe y, dulcemente, me acaricia la mejilla con su mano.
-Eso no me interesa, Gregg. Lo que hiciste no es importante, no para mí. Yo misma he dejado atrás mi propio pasado, he empezado de cero.
-Ya veo- le digo, y me quedo mirándola fijamente, tratando de imaginar de qué había huido aquella chiquilla.
Ella aún no ha apartado su mano de mi rostro, y no parece querer hacerlo.
De repente, el ligeramente nublado cielo se encapota del todo, se vuelve negro, y comienza a descargar una imprevista lluvia torrencial. Recogemos las cosas y, riendo mientras corremos, damos por finalizado el día y volvemos a su apartamento.

***

Termina el día, regresa el lunes, y aquella rutina recién estrenada vuelve a comenzar; una rutina que no me molesta, porque supone más alicientes que todo un año en la cárcel.
Por la noche, como siempre, vuelvo al bar. Y también como siempre espero a que acabe la noche para volver con Ellen.
Los veo al acercarnos a su apartamento, mi sentido común y sobre todo ese instinto afilado en la cárcel captan al instante que algo no funciona. Dos coches en ristra, uno detrás del otro, en una calle en la que normalmente nadie aparca, porque saben que no les duraría el vehículo ni una hora. Dos coches, además, de potente cilindrada, demasiado buenos para que pertenezcan a cualquiera de los humildes vecinos. Dos coches, además, ocupados en su interior.
Hombres de Stockell, como si lo viera.
Ellen detecta al instante mi nerviosismo contenido. Un suspiro después, mi corazonada se convierte en certeza al bajar, al mismo tiempo, los ocupantes de los vehículos: cuatro, en total. Durante un fugaz instante cavilo todas las posibilidades, llego a la conclusión que resulta preferible que Ellen regrese al club, de donde tiene llave, y se refugie allí mientras yo averiguo de qué va esto. Obviamente, un plan estúpido, porque Ellen jamás consentiría dejarme sólo con esta chusma. Huir no está entre mis planes, pero en estas circunstancias lo haría, por Ellen. No me atrevo a enfrentarme a esos tipos sabiendo que puede haber una bala o un navajazo que se escape hacia mi amiga.
Entonces me vuelvo al oír un ruido y comprendo que ya no tengo elección. Por detrás se acercan tres individuos más, que nos rodean. Ahora ya son siete.
Ahora sólo queda el enfrentamiento.
Ellen se coge a mi cuerpo, instintivamente buscando una protección que no sé si podré brindarle. Si al menos tuviera un arma…
Reculo hacia un portal, consiguiendo con ello que los matones que se acercan queden enfrentados a mí y no tenga que preocuparme de mi espalda. Cubro con mi cuerpo a Ellen y me preparo para el espectáculo.
-Estoy listo para bailar, capullos- les digo, mostrando seguridad en mi voz.
Se ríen, y no me extraña. Un tipo sólo, desarmado, contra siete matones armados hasta los dientes con sus pistolas. Las veo en sus sobaqueras o simplemente metidas en los pantalones… Y sin embargo no muestran ninguna intención de sacarlas, y me pregunto el motivo. ¿Por qué molestarse en una pelea cuerpo a cuerpo, pudiendo solucionar esto con facilidad? Un disparo y se acabó, y luego podrían hacer lo que quisieran con Ellen.
De todos modos, la ventaja a su favor sigue siendo abrumadora, lo saben, todos lo sabemos. Dos de ellos deciden lanzarse hacia mí en primer lugar. Detengo el puñetazo del primero del modo más doloroso- para él- que puede existir: con el codo. El tío aúlla de dolor al destrozarse todos los huesos de la mano, y yo aprovecho la estupefacción del otro para reventarle el abdomen con una patada rápida.
Los otros cinco ya saben a lo que atenerse y me atacan en tromba. Esquivo el puñetazo de uno, pero no puedo con el siguiente, que me da en el rostro desde arriba, partiéndome el labio inferior. La sangre mancha el suelo, pero reniego del dolor y me recupero lo suficiente para golpear a uno de ellos en las costillas. Me quedan cuatro.
Demasiados.
Apenas logro interponer el brazo izquierdo ante el frío destello. Me salvo de ser apuñalado en el corazón, pero a cambio me encuentro con una navaja medio clavada en el antebrazo. Sin embargo, no tengo tiempo de gritar o gemir, no con Ellen aún tras de mí, observando aterrorizada la paliza que me están propinando. Nadie la toca, nadie trata de hacerle daño. Claro, vienen a por mí, no tienen nada contra ella.
Aquello me da un soplo de ánimo, el saber que, en principio, mi amiga está a salvo. Consigo así centrarme en lo que tengo delante, y al fin me lanzo despreocupado a la refriega. Cuatro contra uno, y yo además tullido. No deberían tener problemas para hacerme papilla, pero maldito sea si se lo pongo fácil. Rodillazo a los huevos al primero, el viejo truco, el que nunca falla; empujo al castrado contra los otros y gano el tiempo suficiente para quitarme la puta navaja aún clavada en mi brazo, sin que me importe el escandaloso chorro de sangre que causo en la herida.
Algo estalla en mi interior. Sí, ahora vais a saber lo que es ser implacable, idiotas. Si lo que queríais era desatar un infierno, acabáis de soltar al mismísimo diablo.
Ahora conoceréis en qué me ha convertido la escoria como vosotros.
Lanzo la navaja, que se clava en la garganta de uno de los matones. Tú sí que estás acabado, para siempre. Los dos que quedan en pie, más el que recibió el puñetazo en las costillas, que comienza a recuperarse a pesar del dolor, ya no están tan seguros de lo que hacen. Casi han perdido la ventaja que tenían, dudan ante aquel tipo que, incluso herido, demuestra ser todo un animal salvaje.
-Apuesto a que no imaginabais que os daría tantos problemas… ¿Verdad, chicos?- me burlo.
Cargo con todo, me echo sobre ellos, los abrumo, los lacero, casi poseído por una furia incontrolable, una ira nacida de la necesidad. La ira… sí, es eso, vuelve ha renacer… vuelvo a sentir el fuego en mi interior. Me lo repito una vez más: “para sobrevivir en un lugar repleto de monstruos, debes convertirte en uno”.
Y yo soy el peor.
Al fin se acaba. Todos yacen en el suelo, malheridos la mayoría, algunos de verdadera gravedad, uno de ellos muerto. No me arrepiento, nadie echará de menos a ese cabrón asesino- es posible incluso que haya salvado la vida a una futura víctima-. En la guerra uno no puede arrepentirse de matar a sus enemigos cuando se trata de conservar el pellejo.
Me vuelvo entonces hacia Ellen, esperando, esta vez sí, una mirada de asco, de silencioso reproche ante la recién desatada ira de la bestia. No la hubiera odiado por ello, me doy cuenta de que he estado a punto de perder el control del todo.
Y sin embargo no veo nada de eso. Dios, sigue sin juzgarme, a pesar de todo, a pesar de haber descubierto mi lado oscuro, una faceta que incluso a mí mismo me aterra. Ha visto al monstruo, y aún con todo me mira con esos maravillosos ojos azules, y no percibo en ellos más que cariño y preocupación.
Y entonces, la debilidad se ceba en mí, y todo se vuelve negro oscuro, mientras me desplomo yo también.

Continuará...

sábado, 13 de septiembre de 2008

La ciudad de los monstruos (II)

Segunda parte de este relato largo. Disculpad por la espera, demasiadas cosas para tan poco tiempo. Espero que lo disfrutéis.



***

Reiker’s Hole no ha cambiado nada en aquellos catorce años, al menos en aspecto sigue siendo aquel tugurio inmundo y sin embargo con un particular encanto. Obviamente, sus bailarinas ya no son las mismas, habían sido renovadas por otras más jóvenes, más atractivas… y en algunos casos más predispuestas a según qué negocios.
Sin embargo, el local, embutido en un sucio callejón del aún más sórdido Hogar del Diablo- el peor de los barrios de la ciudad, que no es decir poco-, sigue igual, o al menos a mí me lo parece: una cueva oscura, cargada con el sofocante olor a tabaco y otras especias; un rincón de la ciudad en donde encontrar perdedores de la más variada calaña, con el suelo manchado por igual con la sangre de las peleas, la bebida derramada, los escupitajos, las colillas y el vómito de los que han mamado demasiado. La pista central sigue siendo la misma, no muy grande, con la habitual barra vertical que sirve a las bailarinas para hacer sus números calientes. Un buen puñado de sillas dan la vuelta al entablado, todas ocupadas por ávidos mirones, borrachos unos, simplemente calenturientos otros. Una despampanante pelirroja de curvas peligrosas y pechos al descubierto se mueve al son serpenteante de una melodía excitantemente absorbente. Su ritmo es irresistible, su cintura danza en un erótico y sugerente vaivén que hipnotiza a todos los presentes, consiguiendo que para éstos no exista más que aquella deseable diosa del baile.
Al entrar en el bar inhalo fuerte, absorbo el que otros considerarían un odioso hedor, y luego me dirijo a la barra. No hay muchos allí sentados, y los pocos que sí están igualmente ensimismados con Cycy, como descubrí más tarde que se llamaba la belleza del escenario.
Me siento sobre uno de los taburetes, pero a diferencia del resto me desentiendo del espectáculo. Y no porque no me guste éste- tras tantos años entre rejas, qué hombre no quedaría cautivado por una bailarina de streaptease-, sino más bien todo lo contrario, porque me gusta demasiado. Después del asunto de la zorra de Stockell, no estoy dispuesto a caer en la tentación de ser engañado por otra “profesional”.
Como si pudiera controlarlo.
La camarera que me atiende bien podría haber sido de ese tipo de mujeres, es más, habría sido lo habitual. En aquel barrio, prostituta y camarera son términos sinónimos en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo me basta un vistazo para comprobar que no estoy ante la típica buscona con ganas de un sueldo extra.
-¿Qué te pongo, amigo?
Su voz aniñada está tan fuera de lugar en aquel sitio oscuro como su aspecto. Le calculo diecisiete años, dieciocho como mucho, pues aunque ya con evidentes formas de mujer- atractiva, aunque sin llegar a la acostumbrada exhuberancia de las bailarinas-, sus ojos aún brillan inocentes, tanto como podía serlo alguien en aquella basura de ciudad, en aquel hediondo barrio y en aquel tugurio de mala muerte. Su cabellera castaña enmarca unos rasgos delicados aún suaves y dulces, aún no embrutecidos por la dureza de la vida. No cabe negar que es hermosa, pero más bien como una tierna flor creciendo en un campo de malas hierbas.
Una rareza, sin duda.
Me observa fijamente, la azulada mirada directamente en mis ojos, otro rasgo propio que nunca había visto en otras mujeres del gremio- sólo las putas de más caché, las más seguras de ellas mismas, se permitirían el lujo de mirar a un posible cliente a los ojos-. Una azulada mirada que bien podría animar al ánimo del más vapuleado.
-Una cerveza…- le respondo yo.
Me sonríe medio pícaramente, y un instante después ya tengo el botellín frente a mí. Saboreo el primer trago como si en realidad fuera el último… Después de tantos años sin probar una sola gota de alcohol, aquella cerveza se me antoja el paraíso. Sé que no debería, que volver a beber no es una buena idea, pero qué cojones. Me digo que me merezco el gustazo. Mañana será otro día.
Y mientras, la joven no deja de observarme.
-Déjame que lo adivine… acabas de salir de la trena- no lo pregunta, lo afirma con seguridad.
-¿Tanto se me nota?- digo yo.
-Bueno, no te he visto nunca por aquí antes, así que tenía sólo dos opciones, forastero o ex-convicto- razona ella-. Si fueras forastero no te habrías adentrado en este tugurio tú solo, ni te sentirías tan complacido de saborear una cerveza barata. Así que la deducción era clara.
Me permito el lujo de sonreír. Al igual que la propia cerveza, la primera sonrisa en años.
-O tú muy inteligente- le comento.
-Gracias por el cumplido- ríe ella.
-Bien, ya que estamos jugando a las deducciones, te diré cuales son las mías en cuanto a ti- decido lanzarme al juego sin apenas considerarlo-. Eres una estudiante que se gana unos billetes trabajando como camarera, y sólo como camarera.
Ella entiende a la perfección.
-Has acertado. El primer año de universidad es el más chungo…
Dieciocho años, entonces.
-Lo suponía, pareces fuera de lugar en este bar…
-¿En qué sentido?- y me mira simulando algo parecido a enojo, pero a la vez conteniendo una sonrisa- ¿No me crees capaz de hacer lo que hace Cycy?
-No he dicho eso. Sencillamente es que eso que ella hace es un papel, un artificio. Tú en cambio rebosas naturalidad.
Se echa a reír sonoramente, un sonido que, de nuevo, consigue que los labios de mi fea cara se curven hacia arriba.
-Por aquí nunca me han faltado los piropos, la mayoría groseros. Sin embargo, eso es lo más bonito que me han dicho nunca. ¿Cómo te llamas, vaquero?- me pregunta entonces.
Estoy a punto de responderle como lo hago con todo el mundo… “Wingarth”. Pero en el último instante un impulso me hace cambiar de idea.
-Gregg.
-Pues encantada, Gregg- y situa una nueva cerveza al alcance de mi mano-. A esta invito yo.
Y se gira, y se marcha para atender a otro cliente que la demanda. Pero antes, vuelve la cabeza y, guiñándome un ojo, me habla.
-Por cierto, yo soy Ellen.
***
A partir de ese momento, entre uno y otro cliente, Ellen, por algún motivo que no llego a comprender, decide dedicarme más tiempo que a cualquier otro. Charlamos, de cosas banales, nos reímos. Me siento reacio a marcharme, así que pienso en quedarme hasta que el local cierre las puertas.
En un momento dado, mientras Ellen atiende a uno de los muchos borrachos apoltronados en la barra, advierto por el rabillo del ojo a tres tipos fornidos que acaban de entrar al local. Los veo sentarse en el reservado que hay justo al lado de la puerta, el lugar perfecto para observar la barra. Aunque no estoy seguro de que sus miradas me busquen- hay poca luz, y no puedo verles los ojos-, su aspecto es tan delator que ni lo dudo. Llevan escrita en la frente la palabra “matón”, y sospecho para quien trabajan.
Así que Stockell no ha perdido el tiempo, me digo para mis adentros. El mismo día en que sueltan a quien se jodió a su fulana pone en marcha a sus perros para que culminen la venganza de una vez por todas.
Sea. Les daré el placer.
O me lo daré a mí mismo.
Le digo a Ellen que voy a mear a la calle. Me susurra al oído, muy cariñosa, que no tarde, que al menos conmigo puede tener una conversación entretenida y que no derive en un “vamos a follar tú y yo”. Le prometo que en menos de cinco minutos estaré de nuevo en la barra.
Me levanto y camino hasta la puerta. Sigo sin verles los ojos, pero advierto que los tipos vuelven la cabeza hacia mí. Abro la puerta y salgo, pero antes de hacerlo veo de pasada que sólo dos de ellos se levantan. Aquello me extraña, pero decido seguir adelante. Llego hasta un cercano contenedor lleno hasta los topes de basura, y en el rincón que forma con el muro me la saco y meo.
Aun no he llegado a la mitad de la meada y ya los dos tipos están a mis espaldas. No me inmuto, sigo con lo que estoy haciendo, pero a la vez les hablo.
-Os envía Stockell… ¿no?
-Vaya, que listo eres…- dice uno con cara de rata y cuerpo de oso.
No necesito saber más, entre otras cosas porque si me lo han dicho es por un solo motivo: estoy en su lista negra. Antes de que continúe la frase, me la sacudo y la guardo. En un movimiento fugaz, inesperado para ambos tipos, giro sobre mis talones. No llevo pistola o navaja, nada. Pero eso no me importa lo más mínimo.
El monstruo no necesita armas para cargarse a dos capullos como aquellos.
A uno le doy un brutal puñetazo en el estómago- al menos corpulento de los dos-, y lo dejo momentáneamente fuera de combate. El otro trata de reaccionar, pero no sabe que se las está viendo con un tipo que ha aprendido a sobrevivir en un lugar como la cárcel con el único concurso de sus manos, un lugar donde uno tiene que ser rápido, impasible y con los reflejos siempre afinados.
Así, me adelanto a su navajazo dándole con el codo en el rostro. Le rompo la nariz- ¡Ah, que bien suena su tabique nasal al crujir!-, al instante un estallido de sangre brota de ésta.
Pero ya tengo al otro encima otra vez. Sin problema. Una fuerte patada en la espinilla, con su consecuente reventar de huesos, me bastan para dejarlo retorciéndose de dolor en el suelo. Al otro lo cojo de la cabeza y lo estampo contra el contenedor. Cae a plomo, totalmente inconsciente.
Debo decir que me ha gustado. Sienta bien romperle la crisma a esta gentuza, con ellos uno puede despacharse a gusto sin tener remordimientos de ningún tipo. Son la mejor de las terapias contra la ira contenida. Y eso que he controlado al monstruo.
Me enciendo un cigarro y espero un momento, no mucho. Al poco sale desde el garito el tercer individuo, lógicamente alarmado al comprobar que sus compañeros no regresaban al interior del bar. Lo cojo por sorpresa- a estas alturas poco me importa ya atacar por la espalda-, saltando desde la oscuridad del rincón donde he meado. Dos derechazos lo dejan aturdido, y yo aprovecho para darle mi mensaje.
-Dile a Stockell que esto es lo que haré a cada uno de los capullos que envíe a matar a Gregg Wingarth.
-P-pero… nosotros…
No le dejo hablar más. Un nuevo impacto de mi puño lo deja tan inerte como sus compañeros.
Contemplo mi obra, me atuso la gabardina y vuelvo al bar.
Como si nada.

(Continuará)

jueves, 21 de agosto de 2008

La ciudad de los monstruos (I)

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Después de un largo tiempo de descanso, vuelvo a la carga con mis relatos. Inicio esta nueva etapa con una historia larga, que a muchos os recordará inevitablemente al magnífico cómic-película Sin City. Todo un experimento por mi parte para acercarme al género de la novela negra, en el que utilizo un lenguaje bastante fuera de lo común en mis obras. Espero que lo disfrutéis.
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LA CIUDAD DE LOS MONSTRUOS (I)



La ciudad…
De día, aunque jamás se la podrá tildar de luminosa, muestra una de sus caras: el tráfico, insoportable algarabía de cláxones, frenazos e insultos nacidos del estrés cotidiano; la marea de gente deambulando por las aceras, tropezando, sumidos en sus problemas, ajenos a nada más que sus propias y limitadas vidas; mendigos viendo pasar, como dice la canción, un día más en el paraíso; artistas callejeros tornando pintoresco el paisaje, amenizando en ocasiones, escandalizando en otras…
Pero cae la noche, y todo cambia. El tráfico se acalla, las sirenas de los polis deciden que es mejor hacer mutis, que una vez el cielo se torna oscuro ya no pintan nada; la gente, como criaturas que necesitasen la luz del sol, desaparece para perderse en sus secretos, sean éstos lícitos o no; los mendigos buscan sus portales, sus húmedos y fríos callejones, o sus parques, y se “abrigan” con parcas mantas de cartón, buscando el lujo del calor; los artistas marchan y dejan paso a nuevos géneros de habilidosos individuos: rateros inmisericordes, putas- algunas bellas criaturas en flor, otras pasas arrugadas tratando de aparentar una juventud a base de capas de exagerado maquillaje- y otros elementos aún más indeseables.
En los velados callejones el límite de la ley se emborrona y al fin desaparece, para solaz de la fauna y las sensaciones nocturnas: los traficantes y sus hambrientos clientes… un chulo golpeando a su prostituta… bandas callejeras rivales ocupándose de su territorio, y que a veces no saben cuándo parar… el borracho de ojos entumecidos vomitando… el yonki chutándose… un cuerpo que se retuerce sobre su propia sangre… el poli llenando sus bolsillos a cambio de mirar hacia otro lado… el olor a pólvora… el brillo de una navaja… el acre del vaho de las alcantarillas… el frío del cortante noviembre introduciéndose insidioso hasta los pulmones… el silencio traicionero que antecede a la desgracia… el miedo suspendido en el ambiente, como un sutil perfume de aroma alcalino, siempre presente, siempre lacerando la entereza de quienes lo escuchan.
La ciudad, sí, nido de corrupción, un auténtico estercolero que no acepta un no por respuesta. O te sometes o acaba contigo.
La ciudad.
Una ciudad de monstruos.
Me alegra haber vuelto a casa.
***
Hay que tener cojones para transitar por las desoladas calles de la ciudad una vez se pone el sol. Pocos en su sano juicio desafían ese cauteloso toque de queda que impone el sentido común. Pocos, excepto los monstruos, quienes aterrorizan.
Yo debo ser, por tanto, uno de ellos. El miedo no va con Gregg Wingarth, he visto demasiados horrores para que nada me afecte. Una vez fui un ingenuo policía, hace una eternidad- o al menos me lo parece-, unos quince años. En aquella inocencia instalada en los recién cumplidos veinte, creí que podía cambiar lo que veía, que mis actos servirían para mejorar este estercolero de corrupción. Como agente de asalto en disturbios todo parecía sencillo: entrar, contener y sofocar. Dabas unos cuantos palos, desalojabas un par de picaderos de yonkis y te ibas a casa con la mente henchida de orgullo y creyéndote todo un estúpido héroe.
Pero claro, los yonkis nunca acabaron, y no lo harían mientras hubiera traficantes que les suministraran su mierda. El crimen seguía a la alza, y nada de cuanto hacías servía en una ciudad en donde bastaba con un maletín lleno de pasta para sobornar al poli más honrado o al juez más valiente. Y donde el dinero fallaba aparecía una bala, un cuchillo, o una bomba.
Dos años después de entrar en el cuerpo fui traspasado a homicidios, y de nuevo volví a creer que tenía la posibilidad de hacer algo. En los cuatro años que fui detective detuve a más de 60 asesinos y violadores, todo un record que aún no me ha arrebatado ninguno de los polis flojeras que hay en la actualidad. Sin embargo, el precio fue terriblemente alto. Vi cosas horribles, asesinatos que harían vomitar a otros asesinos: cuerpos desmembrados, niñas brutalmente violadas en la oscuridad de un callejón, familias enteras muertas por la demencia de un psicótico…
La despreocupación de los primeros días en el cuerpo de asalto se transmutó en una agonía constante, en un veneno que arrasaba mi alma ante la visión de tanta mierda. Mi vida se convirtió en un desierto gris, en una sucesión de casos aberrantes que fueron mermando mi cordura. Fue en aquellos días cuando comencé a sentir aquel fuego en mi interior. Pude contener la naciente ira refugiándome en la bebida, pero aquella afición me convirtió en un tío cada vez más huraño y antisociable. Los pocos amigos que tenía fueron poco a poco dándome la espalda. Al final me quedé solo, ni mi propia prometida pudo soportar al borracho en el que me había convertido. No la culpo, es lo mejor que pudo hacer, habida cuenta de que era un caso perdido tratar de enderezarme. Después de eso hubo muchas chicas- uno tiene sus necesidades-, prácticamente una cada noche, pero no eran especialmente aconsejables para proyectar una típica vida feliz en familia.
Ciertamente, tampoco aquella ciudad era recomendable para ello.
Al final me perdió una de esas mujeres. La muy zorra logró embaucarme en sus redes de seducción. Caí de cabeza. Joder, cualquiera lo hubiera hecho, la tía era pura dinamita. ¿Quién iba a imaginar que la maldita perra fuera la amante preferida- y exclusiva hasta el momento en que yo la cagué- de uno de los políticos más influyentes- y corrupto- de la ciudad, candidato para más colmo al congreso?
Perra suerte la mía, tendría que haberme acordado de lo que decía mi viejo: “Chico, si dejas que tu polla piense por ti estás bien jodido”. ¿Por qué nunca hacemos caso a lo que dicen los más viejos?
Como no podía ser de otro modo, el pastel se descubrió, y el político- Vincent Stockell, que asco me produce pensar en ese nombre- clamó venganza secreta contra el idiota que se había atrevido a tocar su “mercancía”. Que hubiera desbaratado sin saberlo alguno de sus poco claros negocios privados- sin embargo indemostrables- debió ser un aliciente más para ir a por mí. Y es que quizás sea un monstruo, quizás haya hecho cosas que aún me producen pesadillas, pero no me vendo y nunca lo haré. No dejaré que nadie se convierta en mi dueño, y menos con dinero teñido de sangre.
Debo admitir que el muy cabrón organizó un buen tinglado. Mató a la puta infiel, pero lo peor para mí fue que logró arreglarlo para que yo quedara como el asesino. El resto lo imagino, sé demasiado bien cómo funcionan las cosas en esta ciudad: el tío, actuando por medio de sus “encargados”, untó a jueces, polis y abogados para que mi condena fuera ejemplar, y vaya si lo fue: nueve años, cumplidos íntegramente, sin la más mínima reducción por buen comportamiento.
La vida en la cárcel, puedo asegurarlo, acabó de curtirme. Es lo normal cuando uno lucha por seguir vivo cada uno de los días. Imagináoslo, un poli en la trena, uno además que había encerrado a muchos de los que allí estaban. Una tentación, una perita en dulce imposible de rechazar. Esa ira que el alcohol había logrado apaciguar estalló una vez se cerró el grifo. Como dijo alguien, para sobrevivir a los monstruos tienes que convertirte en uno de ellos.
Y yo fui el peor de todos.
A pesar de todo, realmente fue un milagro que sobreviviera, y que mi único recuerdo físico de aquellos días fuera la profunda cicatriz que adorna mi rostro en diagonal. Intentaron rajarme tantas veces que perdí la cuenta, pero sólo en esa ocasión se acercaron a mí lo suficiente para rozarme. Sobra decir que el autor de la cicatriz no sobrevivió mucho tiempo.
Sea como sea, al fin he vuelto. Mi condena ha acabado, ni siquiera el ahora congresista Stockell puede revocar mi liberación.
Sin embargo, me da que tratará de hacer algo al respecto.
(continuará)

sábado, 26 de julio de 2008

El Gran Bibliotecario- Premio Cryptshow Festival de Relato Fantástico

Lo prometido es deuda. Luego de un par de semanas sin actividad, al fin cuelgo mi relato premiado en el I Certamen Cryptshow de Relato Fantástico, como alguno de vosotros me pedísteis. Espero que lo disfrutéis.

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Rodrigo había sido bibliotecario durante toda su vida, mucho tiempo, contando a sus espaldas con sesenta y cuatro años de edad.
No conocía otra profesión, y jamás la había deseado, pues desde niño poco más hubo que los libros. De carácter introvertido, Rodrigo había encontrado cuantos amigos necesitó en los volúmenes que su tío amontonaba en la pequeña librería que había erigido de la nada, en plena dictadura. Cierto era que sólo exponía aquellos libros que los censores del franquismo habían previamente aceptado como “no hirientes para con el Régimen”: obras de apoyo al Generalísimo, aventurillas de piratas y novelas románticas sin ápice de sexo explícito.
Sin embargo, el tío Jacinto tenía un secreto.
Muy pocos clientes conocieron la que el librero dio en llamar “La Sala Prohibida”. Rodrigo sí, y fue ese uno de los motivos porque quisiera a su tío tanto o más incluso que a su propio padre. En el sótano del edificio, el por entonces joven muchacho pudo disfrutar de las obras de autores que el Régimen ni por asomo permitía- la mayoría exiliados en Francia o Sudamérica, y cuyas historias llegaban a España clandestinamente-, y otros libros de carácter más transgresor, o simplemente inadecuado.
Así fue como creció Rodrigo, y siendo de tal modo no pudo elegir otra profesión que la de bibliotecario. Desde los veinte años pasó por multitud de centros, todos ellos simples bibliotecas de barrio, pues las prefería a los grandes museos. Acaso tenían más personalidad, eran lugares más íntimos donde podía observarse a verdaderos lectores apasionados. De todos ellos, siempre fueron sus favoritos los niños, con su capacidad casi infinita para abrir sus mentes y corazones a mundos, aventuras y personajes más allá de la imaginación común.
Los tiempos cambiaron, por supuesto, y los niños fueron interesándose cada vez menos por los libros y más por las videoconsolas, la televisión y otras comodidades de la sociedad actual. En consecuencia, ahora las bibliotecas se llenaban sólo de estudiantes y, como mucho, de verdaderos apasionados de la lectura.
Pero ninguno como el propio Rodrigo. Para el anciano no existía un mal libro. Odiaba especialmente a los pomposos críticos literarios que constantemente atacaban a según qué obras y según qué autores. Los odiaba, porque despreciaban el sincero y esforzado trabajo de quienes, para él, eran verdaderos héroes: los escritores, no importaba de qué género. Humor, ciencia-ficción, drama, fantasía, denuncia social, thriller… Todos eran válidos, todos los autores eran enconados creadores de historias que llenaban su corazón tanto como el de otros. En según qué eras habían sido no sólo admirados, sino ensalzados casi como reyes, y su influencia había llegado a dichos monarcas. Los bardos, juglares y trovadores de antaño gozaron de la reputación que bien merecían, no había pueblo de la Edad Media que no los recibiera con agrado y quien no deseara escuchar sus historias a la vera de una hoguera. A Rodrigo le hubiera encantado vivir en aquella época.
Tanta era su admiración por los escritores que para Rodrigo eran héroes por el mismo motivo que lo habían sido aquellos campeones de la Grecia clásica: porque representaban lo inalcanzable. Él era un devorador de historias, precisamente porque era muy consciente de que no tenía talento para escribir. Él no estaba hecho para imaginar, estaba hecho para vivir las historias que otros imaginaban.
-Bueno, en el mundo tienen que existir los lectores para que haya también escritores- solía decirse a sí mismo a menudo, para aceptar su incapacidad como creador.
Sí, Rodrigo vivía por y para los libros. Eran su verdadero amor, tanto que jamás encontró una mujer que comprendiera su pasión, y por ello quedo en soledad durante toda su vida. Bueno, sólo no, él jamás se sintió así. Tenía a su lado a Sherlock Holmes, al profesor Van Helsing, a Frodo Bolsón; el caballero Don Quijote, Cyrano De Bergerac, el Capitán Nemo… tantos y tantos compañeros fieles, todos incapaces de traicionarle. Bien podía decirse que no había en este mundo nadie que amase la literatura como Rodrigo.
Pero los días actuales se habían tornado tristes, apagados, y pronto serían peor. Cuando la mayoría de gente afrontaba la jubilación como el merecido descanso a toda una vida de trabajo, para Rodrigo era un castigo a un mal no cometido. El hombre cumplía los sesenta y cinco en apenas tres semanas, edad largamente temida, pues fuera de su biblioteca, un humilde centro en el barrio madrileño de Chueca, en el que había permanecido los últimos quince años, no tenía más vida.
Se sentía como un preso a cadena perpetua al que, después de décadas acostumbrándose a vivir entre cuatro paredes, sin salir jamás de tal límite, de repente le dieran una libertad que, en el fondo, no deseaba.
Nada había esperándolo más allá de la biblioteca. No tenía amigos entre la gente, aunque era de trato agradable en especial con los niños- excepto cuando alguien devolvía un libro en mal estado, momento en el que Rodrigo podía llegar a perder los nervios-. Sin embargo, siempre había amado más a los libros que a las personas, y había huido de una excesiva proximidad con cualquier individuo- entre quienes acudían al recinto, era conocido como el Bibliotecario Loco, un apodo que a Rodrigo le pareció siempre poco original y falto de imaginación-, llegando al extremo de que sus escasas experiencias con mujeres se habían delimitado a un par de encuentros al año con prostitutas, y más por desahogarse que por verdadero interés.
Ahora, el pensar que pronto ya no pasearía constantemente por entre las estanterías, le producía un intenso ahogo y un dolor sordo en el pecho. Rodrigo sabía que no podría sobrevivir sin la biblioteca.
Y como no podía hacer mucho por luchar contra el tiempo- ¡Cuánto hubiese deseado poder ser eternamente joven como Dorian Grey!-, decidió disfrutar de aquellos últimos días con cuanta intensidad fuera capaz. Ya antes abandonaba la biblioteca mucho después de que ésta cerrara al público, pero a partir de entonces decidió que no la dejaría hasta el último minuto. Pasó las noches enfebrecido en sus libros- siempre había ejemplares nuevos, y cuando no era así, no le importaba releer los volúmenes que ya conocía de memoria-, y no salió más que para ir comprar algún bocadillo, o para ir a casa a adecentar su higiene y su aspecto.
Fue una de esas noches. Debían ser pasadas las doce, Rodrigo devoraba con su rápida lectura las frases, párrafos y páginas de la primera novela de un joven escritor recién aparecido en escena, un valenciano versado en el género de la fantasía épica. Entre batallas y duelos de caballeros, demonios, elfos y enanos, Rodrigo no era consciente de nada más que la historia.
De repente, algo le hizo levantar la cabeza y apartar la mirada de las letras del libro. No era muy común que algo así ocurriera, pues cuando Rodrigo comenzaba un relato, raras veces lo dejaba de lado.
Ese algo no fue la voz de alguien pidiéndole un ejemplar- en tanto las puertas de la biblioteca estaban cerradas a tan altas horas-, como ocurría durante el horario de atención al público. Fue más bien una sensación, un azoramiento…
Allí estaba, frente a él. Al principio era una figura en la penumbra, inidentificable, y lógicamente Rodrigo se alarmó, tanto que cerró el libro de golpe.
-¿Quién anda ahí?- dijo, pero su voz contenía el matiz del miedo.
No hubo respuesta inmediata. La silueta se acercó unos pasos hasta que dejó al descubierto su verdadera identidad.
Rodrigo creyó morir.
Ante él tenía, indudablemente a pesar de los muchos años pasados, a su tío Jacinto.
-Hola, Rodrigo- escuchó el anciano.
El bibliotecario, ya pálido y lívido como una estatua de mármol blanco, sintió que, ahora sí, le faltaba el aire. Se aferró con manos garrudas a los brazos del sillón, pues el libro que había estado leyendo cayó de su regazo, y tembló y boqueó.
-N-no puede ser… debo haberme vuelto senil…- balbuceó en voz alta, dando forma a su pensamiento.
Sí, así debía ser, porque a sus ojos no le cabía duda de que aquel era su tío Jacinto. Un hombre que llevaba treinta años muerto y enterrado. Y de eso no le cabía duda. Él mismo había visto el cadáver en el ataúd, él mismo había porteado el cofre y depositado el susodicho en el cementerio.
Pero ahora estaba allí.
Tenía el mismo aspecto de cuando él era un niño: un hombre de aspecto lozano, espaldas anchas y risa agradable; su cabello tenía ya las primeras canas, de las muchas que vendrían después, y seguía cojeando de la pierna derecha, merced a una herida de la guerra que ya no sanaría.
Mas fue al atender a su mirada cuando comprendió, en parte, la realidad. Aquellos no eran los ojos de su tío. Podían parecerlo en el aspecto puramente físico, pero tras aquella apariencia Rodrigo vio una profundidad inacabable que le hizo saltar más intensamente el corazón y zozobrar la voluntad. Lo supo sin necesidad de palabras.
Aquel hombre no era tal. Y por supuesto no era su tío Jacinto.
-¿Qué eres?- y fue la pregunta correcta, a tenor de la media sonrisa de aquella copia de su ser más querido.
-No me equivocaba contigo- dijo aquel quien fuera Jacinto-. Servirás.
-Obviamente…- tosió, nervioso- no eres mi tío, así que… supongo que debe tratarse de una alucinación de mi mente débil y apolillada. Aunque… de todos modos…
-Sientes que soy real… ¿verdad?
Rodrigo no respondió. Se sentía extrañamente lúcido, y misteriosamente la debilidad propia de su vejez parecía haberse esfumado.
-He venido con esta forma para que te resulte más fácil de asimilar- dijo el individuo.
-¿De qué hablas?
-Para alguien como yo no es difícil saber lo que pasa por tu cabeza, y por tu alma. Sé cuanta es tu congoja en estos últimos tiempos. Sé que no lo resistirás lejos de tu biblioteca, y sé también que eres el adecuado.
-¿El adecuado para qué?- insistió Rodrigo.
-Acompáñame y lo verás. Sin ningún compromiso.
¿Adonde?, iba a preguntar Rodrigo, aun cuando en su interior ya había decidido acceder a tan extraña petición de tan extraño “ser”. Pero no llegó a plantear la cuestión, pues el Ente leyó en su alma, y luego de ello un fogonazo invadió la sala de la biblioteca, y durante una fracción de segundo imposible de medir, pero sencillamente eterna y fascinante para el sentir de Rodrigo, no hubo biblioteca… no hubo nada.
Y entonces apareció un escenario rodeándolos, porque más que viajar, a Rodrigo bien le pareció que había sido el mundo el que se había disuelto y transmutado en otra realidad.
La estampa, tan gloriosa que debiera haber destrozado la entereza de una criatura finita y mortal como Rodrigo, apareció ante él en todo su esplendor y crudeza. Porque a menudo, cuando se hace referencia al infinito, tales conceptos van ligados.
Rodrigo jamás había visto una biblioteca como aquella que ahora lo rodeaba. Sencillamente, no existía ninguna así en ningún rincón del mundo…
…en ningún rincón del universo.
Todo eran libros, estantes repletos de libros tan altos que se perdían más allá de la vista, y un pasillo que igualmente era imposible de abarcar por lo sentidos. Era simple y a la par incomprensible: en aquel lugar no servía para nada la percepción física.
En aquel lugar mandaba el alma.
Rodrigo se estremeció en todos los planos de su existencia. Al instante advirtió que en realidad no estaba contemplando todo aquello con los ojos, sino con todo su ser. Observó-sintió sus manos, y advirtió que ya no eran las de un anciano, sino la del joven que un día fue.
-Aquí el tiempo no existe, Rodrigo- dijo el Ente que se parecía a su tío-. Tampoco las leyes de la física de tu mundo.
Mi mundo, pensó Rodrigo, pues era consciente de la connotación de aquellas dos en apariencia inocentes palabras.
Volvió a atender a su entorno. Comprobó entonces que la vastedad lo había abrumado en un principio, pues había muchos más pasillos que se extendían quizás hasta el infinito. El ente y el bibliotecario se “hallaban”, si tal palabra era adecuada, en una vasta sala circular, en cuyo centro había una gran mesa igualmente redonda. Rodrigo sólo advirtió una silla; así mismo, sobre la mesa había una lamparita que bien parecía fuera de lugar, un tintero, una pluma- no estilográfica, sino de ave- y un cubil de arena fina. En un montón aparte, un mazo de papeles en blanco. Parecían objetos que no tenían cabida en un lugar donde la física y la realidad material que él conocía no existían como tales.
Desde la sala, no menos de doce pasillos partían más allá, cada uno de ellos repleto de estanterías y libros hasta alturas inauditas. El volumen de obras era imposible de calcular, y Rodrigo imaginó que en aquel lugar se hallaba toda la sapiencia del universo.
El Ente se adelantó a la pregunta que estaba a punto de florecer en la mente de Rodrigo.
-Puedes llamarla la Gran Biblioteca. Para ti tiene ese aspecto, pero para otro tipo de criaturas adopta el aspecto más acorde con su condición.
-¿O-otras… criaturas?- gimió Rodrigo.
El ser con el rostro del tío Jacinto volvió a sonreír.
-Desde que el hombre es hombre, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han habitado en tu mundo. Y esos son sólo los que ya no están sobre la faz de la Tierra. Imagina los que viven en el presente, y los que vendrán en el futuro.
A Rodrigo le invadió un vahído. Comenzaba a comprender.
-Pero esa cantidad es irrisoria. Como decía uno de tus amados escritores, Arthur C. Clarke, por cada uno de esos cien mil millones de hombres y mujeres que han pasado por la Tierra hay una estrella en la Vía Láctea, una más entre casi infinitas galaxias. El grandioso tapiz del universo rebosa vida, innumerables civilizaciones han vivido y muerto, viven y mueren, y vivirán y morirán.
-D-Dios…- balbuceó Rodrigo.
-Sí, es una palabra adecuada. ¿Imaginas cuantos individuos hubo, hay y habrá en el Universo?- planteó el ente- No, por supuesto que no, se necesita ser Dios para abarcar tal cifra. Ni siquiera yo soy capaz de ello.
>>Aquí, en este lugar fuera de todo espacio y tiempo, se guardan los “archivos”, como tú los llamarías, de cada individuo consciente de sí mismo que ha habitado en el Universo. Cada libro es una vida, cada página un acontecimiento de dicha vida, y cada párrafo un pedazo del alma de alguien. Ahora comprendes la vastedad de este lugar.
El concepto que proponía aquel ser era tal que Rodrigo creyó desfallecer. Sin embargo, no lo hizo. Aunque asombrado hasta cotas insospechables, ya no se sentía desbordado. Siguió escuchando al Ente.
-La Gran Biblioteca ha contado con un bibliotecario durante toda su existencia, desde su creación en los albores del cosmos. O con un archivista, o cualquier acepción que cada uno de los encargados, por su naturaleza, haya querido entregarle. Yo mismo, aunque he tomado la apariencia de alguien que te fue querido, no soy ni remotamente humano. La forma física que contuvo mi alma en su día ni siquiera estaba basada en el carbono.
>>Pero nada de eso es importante. Nuestra labor ha sido siempre la misma: revisar cada libro que nos es entregado, identificarlo y archivarlo en su correspondiente lugar en el Universo. Pero incluso nosotros tenemos derecho a un fin. Llevo eones en este lugar, según los cómputos del cosmos físico, tantos que mi raza de origen ya no existe en el entramado cósmico, se extinguió hace mucho. Ha llegado la hora de que me reúna con ellos. Pronto mi libro será terminado, y espero que tú seas quien lo revise.
-¿Y-yo…?- balbuceó Rodrigo- ¿Por qué yo?
-Creo que sabes tan bien como yo la respuesta a esa pregunta.
Cierto, pensó Rodrigo.
-Esto es la culminación de tu sueño. No deseabas la jubilación, no deseabas abandonar tu trabajo de bibliotecario. Yo te doy la oportunidad de continuarlo- esgrimió el ente-. Desde este lugar conocerás todo lo creado por cualquier criatura consciente de sí misma, sus actos, sus pensamientos, sus sueños. Obviamente, siendo tu papel el de catalogador, no podrás interactuar, hasta llegado el momento en el que debas buscar un sucesor.
-¿Durante cuanto tiempo?
-Cuanto desees- respondió el ser-. Las medidas del tiempo son relativas aquí, pero sea como sea será bastante. Si te he elegido ha sido porque me recordabas a mí; tu pasión por la sapiencia es tanta como lo fue para mí. No importa lo diferentes que fueran nuestras razas, bajo toda forma de vida inteligente late el mismo tipo de espíritu.
>>La decisión es tuya. Si no la aceptas, volverás a tu realidad anterior, y por supuesto no recordarás nada. No habrá más contactos, jamás. Vivirás como un simple hombre, y morirás como tal.
Rodrigo reflexionó. No se demoró mucho ni poco, no tenía sentido hablar en tales términos. Llegó a una conclusión.
Aquello era lo que tanto había deseado durante toda su vida.
Leer.
Vivir con los libros. Vivir por los libros.
-Acepto- fue su respuesta final.
-Lo sabía- sonrió el Ente.
Apenas concluyó éste su frase, desapareció de la vista de Rodrigo. Ya no estaba, se había marchado en pos de un, éste sí, merecido descanso.
Rodrigo no se asustó. Ahora era el Gran Bibliotecario, estaba por encima de cualquier emoción humana, pero al mismo tiempo las comprendía todas. Caminó con pasos calmos hacia la gran mesa, con las manos cruzadas en su espalda. Llegó hasta la silla y tomó asiento. En la superficie de lo que parecía madera de ébano, pero que sin duda no lo era, había ya un libro esperándole. Era especialmente voluminoso.
-“Sobre la existencia de Zeoxtchcevkzyozz”- leyó en la cubierta- “Gran Bibliotecario de la millonésima quincuagésima tercera era”.
El Gran Bibliotecario abrió el libro y comenzó a leer.

sábado, 12 de julio de 2008

I Premio Cryptshow Festival de Relato de Fantasía


Ya se ha hecho público, lo que yo ya sabía desde hacía un par de semanas, y deseaba desde varios meses atrás, cuando se me anunció que era finalista en el certamen. Mi relato "El gran bibliotecario" ha ganado el I Premio Cryptshow Festival en la categoría de relato fantástico.

Aunque ya había conseguido en otros concursos un semi-finalista, una mención como relato más votado, y varias publicaciones, nada puede compararse a la satisfacción de un primer premio. En estas fechas de calor, que tanto merman mi inspiración, esta gran noticia me anima a no desfallecer y seguir por este camino.

Mucha gente merece mi agradecimiento en un día como hoy: en primer lugar, obvio, al jurado de Cryptshow Festival, y a la organización del certamen (siento muchísimo no poder acudir a la entrega de premios, causas de fuerza mayor me lo impiden); luego, a mi familia (mi hermana y mis padres, principalmente), y como no a la gente que, conociéndome a fondo o no, me ha apoyado, en persona o vía este maravilloso (en ocasiones) invento que es Internet: Raúl (mi mejor amigo), Sandra (esa ninfa que tanto me ha inspirado), Víctor (colega escritor con el que tantas veces he coincidido), Fiore (los ojos más bonitos que he visto nunca), Oscar (amigo desde que tengo uso de razón), Alu y Lyra (Corr-maniaticas como yo), 4nigami (sus fotos son pura inspiración), los chicos y chicas del Travian (la alianza ADNS), la gente de TusRelatos que leyó mis relatos y me enriqueció con sus comentarios... y muchos más... gracias a todos por vuestro apoyo... este premio también es un poco vuestro..
Y un recuerdo emocionado para mi abuela, que falleció justo hace un año... ojalá hubiera podido disfrutarlo...

Esperemos poder celebrar más buenas noticias...
PD: Daré datos acerca del libro donde se publicará mi relato, el del resto de ganadores y finalistas, cuando los posea.
Por último, no sería justo dejar de nombrar a los otros dos ganadores, Jordi Boladeras en la sección de terror, por "Agafat pels collons" y Ángel Figoreba, por "Robotai", vencedor en la categoría de ciencia-ficción. Mi enhorabuena personal para ambos y para el resto de finalistas.

lunes, 23 de junio de 2008

A diez pies del suelo, mi primera antología publicada, ya a la venta en Bubok

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Ya podéis adquirir, si queréis, mi antología de relatos "A diez pies del suelo- Relatos de lo mundano y lo fantástico" en la siguiente página:




Como veis, está disponible en el nuevo portal Bubok, que funciona bajo demanda, o sea, que los ejemplares se editan cuando alguien hace un pedido. El precio lo pone el autor, siendo el mínimo aquel que marca los costes de impresión y demás. En mi caso, he puesto un precio lo más bajo posible. La calidad de la edición, sin ser un lujo, es más que aceptable, me he asegurado al pedir que me enviaran un ejemplar antes de hacer público la anotología, y estoy bastante contento: tapa blanda, 58 páginas bien encuadernadas, una portada de buena calidad, impresión interior adecuada... no se me ocurre ningún pero, dentro de lo que ofrece esta editorial.

Pues eso, quienes queráis, ya podéis comprar el libro. Lo importante de esto no es lo que yo pueda ganar con la venta (es insignificante), sino darme a conocer lo máximo posible.


Relatos incluídos en la antología:


-Ángeles de Venganza

-El retorno a la inocencia

-Me llamaba

-El día que cambió el mundo

-La Calzada de los Gigantes

-Yo siento

-Fehu

-No sólo los perros lamen

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"