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De las antiguas leyendas irlandesas
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Nueve eran las olas que separaban la flota de los Milesianos del hogar prometido, nueve las olas que se interponían entre ellos y la bella y deseada Éireann.
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De cómo los Milesianos supieron de Éireann se narrará poco aquí. Baste decir que había un rey en las tierras del sur, más allá del mar, llamado Bregon, que construyó una torre tan alta
que desde su cumbre podían observarse lejanas tierras en todas direcciones. Fue Ith, su hijo, quien desde tal atalaya atisbó en la inmensa lejanía del norte la forma de una isla, que evocó en él intensas emociones que no supo comprender.-No marches, Hijo de Bregon, pues allí sólo encontrarás fatalidad- le dijo el druida Amergin, a quien todos asumían como conocedor de los caminos ocultos de la tierra. Amergin, el Primer Druida, Bardo y Juez, Conocedor del Arte.
Tantas fueron las ansias de Ith que, desoyendo los consejos del Bardo, se embarcó hacía aquella tierra prometida. Allí pidió audiencia con los Tres Reyes, y éstos le trataron con respeto a cambio de su arbitrio en el conflicto territorial entre estos tres. Ith, hombre no tan sabio como su padre, no pudo decir mucho.
-Obren en consonancia con las justas leyes de tan hermoso país.
Sus palabras sirvieron para unir a los tres monarcas, mas no como él hubiese deseado. Porque al ensalzar la tierra de Éireann, los tres reyes- Mac Cuill, Mac Cécht y Mac Gréine, hijos de Oghma y nietos de Daghda, el Gran Padre de los Tuatha Dé Danann-, creyeron ver en sus ojos un anhelo velado por su país.
Temiendo que aquel deseo supusiera su perdición en días venideros, asesinaron a Ith con las armas del engaño y la traición. Y sin saberlo, cavaron precisamente aquellos días de dolor que habían deseado evitar.
Así fue como, mediante el único superviviente de la compañía del hijo de Bregon, los ocho vástagos de Mil, hijo de Bilié y sobrino del difunto Ith, supieron de tan horrible acto. Se desató en sus corazones el deseo de la venganza por su pariente, y tomaron pues la decisión de embarcarse a la guerra con las tropas de los treinta y seis mejores jefes de su país.
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Así, y no de otro modo, fue como los Milesianos desembarcaron en lo que incontables años más tarde sería conocido como Condado de Kerry. El asombro hizo presa de ellos, pero más aún la más poderosa de las emociones. Postrados, arrodillados, quedaron los Milesianos al advertir las maravillas sin igual de aquella tierra casi virgen: los acantilados dando paso a las verdes planicies, extendiéndose éstas a través de colinas en apariencia interminables al ojo del hombre; las montañas, rindiendo sus faldas y laderas a la bruma que sucede al amanecer.Habían llegado al hogar, en sus corazones no había cabida para ningún otro lugar, ni siquiera para aquel que habían dejado atrás. La venganza por su pariente muerto casi desapareció ante la perspectiva de ser señores de una tierra como no había otra.
Consciente de tanta maravilla, Amergin quedó presa de su Awen. Arrodilló su pierna derecha sobre la blanca arena de la playa, y por ello fue conocido entre los suyos desde entonces como Rodilla Blanca, y de sus labios surgió un poema como ningún otro antes. Un poema que era tanto el ofrecimiento de su vida al nuevo hogar como un reto.

Un reto, siendo aquel un país que, bien lo sabían, debía ser conquistado, pues ya en él moraban otros. Con el deseo ferviente de hacer aquellas tierras suyas por derecho, los Milesianos marcharon hacia el norte, en larga búsqueda de los reyes que gobernaban Éireann.
Tras muchas jornadas de peregrinación, que no obstante sirvieron para engrandecer su amor por la recién descubierta verdadera patria, llegaron al fin al palacio de los Reyes de Éireann, en la Colina de Tara. Allí fueron recibidos por los tres reyes de los Tuatha Dé Danann, que se tenían a sí mismos por dioses.
No cabe decir que los tres monarcas negaron las acusaciones por la muerte de Ith, la vistieron de terrible accidente, y no dudaron en mostrarse ultrajados por el desafío impuesto por Amergin con su canto de desembarco. Pero éste habló haciendo gala de gran sabiduría y dominio del lenguaje, pero también con severidad, y les emplazó a rendir el país como pago por su delito, en la promesa que serían tratados con el respeto que ellos no habían mostrado por su pariente.
Sin embargo, de tan generosas condiciones los Tuatha no quedaron convencidos. Como dioses que se creían, no deseaban ceder lo que consideraban de su propiedad. Buscando evitar la siempre odiosa guerra, Amergin propuso una solución que pudiera ser del agrado de todos.
-Esta es mi propuesta, así lo digo: nosotros los Hijos de Mil volveremos a nuestras naves y nos alejaremos de la isla hasta más allá de la novena ola. Luego de eso, trataremos de volver, y si así lo conseguimos, rendiréis bajo mis condiciones vuestro gobierno. He hablado.
Los Tuatha asintieron a tal propuesta, en la creencia que su magia les ayudaría a evitar tal desembarco.
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Y así se llega una vez más al presente de este relato. La vorágine desatada por los Tuatha tenía la forma de la más terrible de las tempestades que hombre alguno pudiera imaginar, y había ocultado por completo la bella isla a los ojos de los Milesianos. Siendo así, éstos no tenían un lugar al que volver.
El cielo se hallaba ahora cubierto de negras y asfixiantes nubes, densas como si el mar se hubiese transportado a las alturas. Las aguas de éste, sin embargo, saltaban envalentonadas, formando picudas olas, poderosas como el fin del mundo, implacables como la muerte a la que toda criatura estaba condenada. Los vientos desgarraron los mástiles del navío de Donn, el mayor de los vástagos de Mil, y su barco se mostró entonces indefenso ante el ímpetu provocado del mar. No tardó mucho en hundirse.
Amergin decidió que ya había visto demasiado. Desafiando al terrible temporal, se alzó sobre la cubierta del barco en el que navegaba. Poseído una vez más por el Awen, entonó un nuevo poema de poder, con una fuerza que ni siquiera él mismo logró repetir jamás otra vez:

Yo invoco la tierra de Éireann.
Gran playa del mar fértil.
Fértiles montañas trepadas.
Trepados bosques por la niebla.
Niebla de las cascadas.
Cascadas de los lagos en la bahía.
Bahías de los pozos de las colinas.
Pozos de tribus reunidas.
Reunión de los Reyes de Tara.
Tara de la colina de las tribus.
Tribus de los Hijos de Mil.
El tiempo detuvo todo transcurrir. El mundo había dejado de rodar, la misma realidad pareció replegarse ante el Canto de Amergin. Las voluntades de los Tuatha y la del Bardo se enfrentaron en un combate sólo destinado a ser advertido en todo su esplendor por ambos contendientes. Pero, donde los supuestos dioses se aferraban a un sentimiento de propiedad, Amergin se fundió con el verdadero espíritu de Éireann. Demando fuerza a la isla desde la distancia, la invocó desde su individualidad imperfecta. Y al formar conexión con ella, la hizo suya, no en propiedad, sino en comunión.
Así volvió a aparecer Éireann a los ojos de los Milesios. Y del mismo modo, la destructiva tormenta amainó, el viento se tornó en brisa y las olas en una calma balsa de inamovibles aguas.
Éireann, esta vez sí, daba la bienvenida a sus nuevos dueños.
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Los Tuatha Dé Danann supieron así que su tiempo estaba presto. No sólo ante Amergin habían caído, la derrota fue tanto a ojos de aquellos nuevos invasores- como antes lo habían sido ellos- como ante el espíritu sublime de Éireann, a la que, en su acomodo, habían dado la espalda. Aún mostraron resistencia a los Hijos de Mil, les presentaron batalla. Pero su poder menguaba, en tanto el de Amergin y los suyos aumentaba. La derrota definitiva les llegó, al fin, en Tailtiu. Allí, Eber, Eremon y el propio Amergin, los tres vástagos de Mil que habían sobrevivido a todas las batallas y antes ya a la tormenta, mataron en combate a los tres reyes de los Tuatha.
Los Hijos de Mil, vencedores, tomaron posesión de la superficie de Éireann, y a partir de entonces se hicieron llamar los Goidelios. Entretanto, los pretendidos dioses Tuatha fueron desterrados a las profundidades de la isla, y se convirtieron en lo que más tarde se conocerían como las hadas, los sidh, los dioses que moran en la tierra. En el subsuelo vivieron y reinaron desde entonces, mientras otros tomaban el relevo en la superficie.
Mientras otros seguían construyendo la historia del más hermoso de los países.
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© 2007 Javier Pellicer MoscardóRelato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “Entre mente y corazón Segunda antología de relatos”
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