TIERRA DE BARDOS, CIERRA.
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Alcander, de Luisa Fernández

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domingo, 14 de marzo de 2010

Stardust: La fusión perfecta entre cine y literatura de aventuras

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Saludos, una semana más, amigos.
Antes de abrir el tema que quería tratar esta semana, un anuncio: La semana que viene saldrá el nuevo número de la revista ilike magazine, con mi segunda participación. En esta ocasión la entrevista me enfrentará (simbólicamente) a Darío Vilas, compañero escritor y creador de la web H-Horror; también reseñaré un par de novelas: "Tengo una pistola", de Enrique Rubio y "El libro de Angelina", de Fernando Saavedra (ambos más que recomendables); todo ello aderezado con la segunda entrega de mi novela "La Sombra de la Luna", con los capítulos 2 y 3 que presentan al otro gran protagonista de la historia.

Y, ahora sí, entro en materia.

El cine siempre ha bebido de la literatura, con mayor o meno éxito, y más en estos tiempos en que parece que los guionistas de Hollywood andan un poco escasos de ideas. Grandes (o malísimas) películas han nacido de los libros o los cómics (que yo, muy personalmente, considero otro género de la literatura): El Señor de los Anillos, El padrino, El perfume, Crepúsculo (de esta mejor no hablo)...

Hoy quería comentaros una película que he vuelto a ver hace poco. Se trata de "Stardust", basada en la novela ilustrada homónima de Neil Gaiman, ese pedazo de guionista de cómics, adorado por unos y vilipendiado por otros, pero al que nadie puede discutirle haber revolucionado el mundo del cómic con su "Sandman".



Empecemos por el argumento, que se mantiene bastante fiel en la película. A medio camino entre la literatura clásica y el cómic, Gaiman nos cuenta una deliciosa fábula no tan inocente como podía parecer al principio. En un pueblecito perdido de la Inglaterra victoriana, un antiguo muro limita el mundo de los hombres con el de las hadas y pone nombre a la aldea. El joven Tristan, de carácter ingénuo y desconocedor de su verdadero origen, decide una noche traspasar el muro para conseguir un regalo a medida de una muchacha de la que está enamorado (pero que le es indiferente): una estrella caída del cielo. Sin embargo, Tristan se llevará la sorpresa de su vida cuando descubra qué hay en verdad tras esa estrella.



Si en la novela, Gaiman se apoya en los magníficos dibujos de Charles Vess, en la película el director Matthew Vaughn tuvo la inmensa suerte de contar con un reparto de actores de lujo; excepto el casi desconocido protagonista principal, Charlie Cox, que da vida a Tristán, el resto es un reparto de Óscar: la siempre fantástica Claire Danes (no diré a quién interpreta, para no chafar el argumento a los que no hayais visto la película), el maestro Robert de Niro (como el capitán de un barco pirata muy especial), Michelle Pfeiffer (la malvada bruja que quiere el poder de la estrella), Peter O'Toole (el rey de Stormhold), Rupert Everett (el príncipe Septimus) o Sienna Miller (como la muchacha de la que se encapricha Tristan). Un plantel de actores espectacular, con una actuación memorable de Robert de Niro (para variar), que borda el papel del "extravagante" y "desternillante" capitán pirata.





Pudiera parecer que estamos ante otra historia típica de hadas y fantasía, pero nada más lejos de la realidad. Aunque en la película se ha rebajado el tono subido de ciertas partes de la novela, es mucho más que una empalagosa película romántica o un sinsentido de magia y espada. Se trata de un film clásico de aventuras, hecho hoy en día: divertido, espectacular, romántico, entretenida. ¿Hace falta algo más?

Y para los curiosos: el mismo Gaiman describe, en el DVD de la película, cómo surgió la idea para su novela. Ocurrió en dos fases. Durante un viaje a Irlanda vio un pequeño muro de piedras, y más allá de éste un bosque cerrado; su desbordante imaginación comenzó a fantasear con el mundo que habría más allá, pero no fue hasta otro viaje, en el desierto de Colorado, cuando su historia tomó forma. Allí, sentado en el despejado erial, vio una estrella fugaz que rasgó el cielo como si fuera a caer en la Tierra. Y ahí surgió la chispa. Gaiman se preguntó qué pasaría si hubiera caído y él fuera a buscarla.

Así que ya lo sabéis, si queréis pasar un rato entretenido, la película. Si queréis algo más intenso, la novela. O ambas. ¿Por qué no?

Saludos!!

domingo, 2 de diciembre de 2007

La Calzada de los Gigantes

Basado en las antiguas leyendas irlandesas.



He aquí que hubo un tiempo en que el mundo era lugar indómito, de altas montañas, bosques vírgenes y tierras verdes; una edad en donde las leyendas no eran tales, sino realidades; días donde uno podía, si guardaba sigilo, contemplar desde la lejanía cómo las ninfas se bañaban en sus lagos, o acaso también observar a los dragones recorrer los cielos.
Y en aquella época, vivía el gigante Finn MacCool en la pequeña isla de Éireann, la más hermosa de todas las tierras del ancho mundo. Bien, se podría decir que no era tan menudo aquel país, no para un hombre, que tardaría muchos pasos en recorrerlo. Pero Finn era un gigante tan grande que bien podía recorrer la isla en escasos trancos, tan largas eran sus zancadas.
Sin embargo, Finn era, aunque orgulloso como ningún otro, un gigante muy remilgado. Odiaba salir de su gran palacio de roca- en donde vivía con su también gigantesca esposa Oonagh- cuando hacía frío, y no le gustaba nada ensuciarse o siquiera mojarse, siendo así que odiaba los baños, a no ser que fueran éstos con agua muy calentita.
Pero como era un gigante, y todos los gigantes eran fieros, vanidosos y altaneros, un día no pudo resistir un mensaje que hasta sus oídos llegó. Desde una lejana isla en el norte, éste sí un pedacito de tierra en comparación con el país de Finn, arribó a sus tierras la bravata de otro gigante, llamado Benandonner, que alardeaba de ser más fuerte, inteligente y bravo que el más poderoso de los gigantes de la bella Éireann.
Y como ya hemos dicho, Finn era de encendido orgullo, pues tomó aquella fanfarronada como una odiosa afrenta personal, ya que se consideraba él mismo como el mejor de los gigantes de Éireann. Y planeó la venganza, creyó él, con gran astucia, henchido su pecho por la ingeniosa idea que se le revelara luego de uno de sus opíparos almuerzos, en pleno letargo de mediodía.
-Atiende, esposa, a la sagacidad de tu gran marido- le dijo a Oonagh-. Mañana alzaré con mis inigualables manos, las mismas que derrotarán a ese engreído de Benandonner, un camino a la medida del magnánimo Señor de los Gigantes que soy, una calzada que llegará hasta el cubil de ese desgraciado. Y una vez allí, lo desafiaré, y lo derrotaré. ¡Jamás nadie volverá a reírse de Finn MacCool!
Oonagh, que en verdad sí era de gran inteligencia, advirtió la debilidad en el plan de su marido, pero conociendo el temperamento airado de éste, no dijo nada, so pena de provocar su furia.
Porque Oonagh sabía que la invención del camino no era más que una excusa de Finn para no mojarse los pies en el frío mar.

***

Así, Finn MacCool comenzó al día siguiente la construcción de la vereda que habría de llevarle hasta la lejana tierra de su enemigo. Y quizás los gigantes fueran dados a las jactancias, pero nadie en aquellos días sabía tratar las rocas como ellos. En pocas jornadas, maza en mano, y ante la mirada sorprendida de gaviotas, peces y sirenas, había el gigante creado una fabulosa escalera de peldaños con forma de panal de abejas; una maravillosa obra de arte insuperable por mano humana que salvaba las turbulentas aguas marinas desde su hogar hasta el de su enemigo.
Caminó y caminó con sus grandes trancos, y ya en territorio hostil, atendiendo con desgana los consejos que le diera su esposa- mujer gigante dada a las visiones-, Finn se presentó con gran sigilo en las tierras de Benandonner. Y, oculto tras una colina, observó desconcertado que su enemigo le sacaba dos cabezas de altura, y sus hombros eran el doble de anchos. Y lo vio precisamente enzarzado en una pelea con un dragón, al que mató con una gran porra. Y era algo así poco común, bien lo sabréis si habéis oído hablar de tan fieras criaturas aladas, pues incluso los gigantes temían al flamígero aliento de los dragones.
Y Finn, a pesar de su orgullo, tuvo miedo, así que decidió huir, diciéndose para calmar la conciencia que en la paz del hogar planearía el modo de vencer a aquel Gigante de Gigantes.
Pero he aquí que las bestias de las tierras de Benandonner advirtieron la presencia de Finn, que en su retirada fue descuidado. Las criaturas alertaron a su señor, y éste, pleno de rabia por la intrusión, se lanzó en persecución del invasor. Como Finn era más pequeño, también era más ágil, y conocía mejor la calzada que él mismo había construido, por lo que Benandonner- cuya vista para las largas distancias era escasa- no pudo más que iniciar la persecución desde la lejanía. Mas siguió las huellas de Finn en las oscuras rocas del camino sobre el mar, hasta que llegó a Éireann, tal y como Oonagh había temido que haría si descubría la vereda levantada por su marido.
Pero la misma Oonagh había sabido prepararse. Cuando regresó su marido, alarmado al saberse perseguido, la esposa lo escondió en una cuna, para desconcierto del gigante. Una cuna que había preparado durante la ausencia de su esposo.
No mucho después llegó Benandonner, y golpeando las puertas del palacio de Finn, clamó por la salida del señor del hogar, en su afán de ajustar cuentas.
-¡Sal, cobarde!- aullaba.
Oonagh, tan brava como miedoso había sido su marido, recibió entonces a Benandonner, mostrándose cordial.
-No hay necesidad de gritar, mi señor- dijo ella-. Os ruego decoro para no despertar a mi bebé. Pasad y os invitaré a una taza de té, que de seguro aplacará vuestras iras, mientras esperamos a mi esposo.
Ya hemos dicho que Oonagh era perspicaz, pero es que además era mujer que sabía manejar a los hombres gigantes, por muy volátil que fuera su carácter. Con palabras templadas y halagos casi empalagosos, supo ganarse la tranquilidad de Benandonner.
-Siento haber sido tan brusco, señora mía. Espero no haber turbado el reposo de vuestro hijo- se disculpó Benandonner.
-¡Oh, no! Mi pequeño es de sueño intenso. Vedlo si queréis- dijo intencionadamente la mujer.
Y he aquí que, al inclinarse Benandonner sobre la gigantesca cuna, quedó perplejo por el tamaño de la arropada criatura que allí dormía. Y su rostro normalmente fiero se demudó en auténtico terror, pues le resultaba pavoroso imaginar el inconcebible tamaño que debía tener el padre de aquella criatura, apenas ésta más pequeña que él mismo.
Y así fue, al fin, y también como ya había ideado la sagaz Oonagh, que Benandonner marchó del palacio de roca de Finn MacCool creyendo que éste era en verdad un titán con la estatura de un dios. No queriendo saber más nada de semejante enemigo, destruyó en su huída la Escalera del Mar- salvo en su tramo de inicio y destino- para que el coloso no siguiera sus pasos y causara su ruina y la de todo su país.
Nada más marchar acobardado Benandonner, Finn asumió la huída de su enemigo como un éxito de su superioridad y valor; pronto había olvidado el gigante su vergonzosa retirada desde el hogar de Benandonner.
Pero he aquí que, como el lector habrá ya comprobado, había sido la perspicacia de Oonagh la que había salvado a su marido, demostrando así con ello la gran verdad de que la astucia siempre se impone a la brutalidad de la fuerza.





© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “A diez pies del suelo”

sábado, 17 de noviembre de 2007

LA NINFA DE LOS VIENTOS



***
Para Sandra
***


-Dama mía, permitid a este aprendiz de bardo que os narre una maravillosa fábula llegada a mi corazón durante la calma de la noche- dijo el joven juglar de ojos verdes, y se encontró con la mirada ilusionada de aquella hermosa mujer de rojizos cabellos de fogosa intensidad.
-Siempre es un placer escuchar vuestras historias, amigo Taliesin, pues siempre encuentro alivio en ellas. Y alivio preciso, en estos días de trance amargo. Decidme, entonces… ¿de qué trata vuestra balada?
-Es un cuento como los de antaño, mi señora, triste pero a la postre esperanzador. Así espero al menos que lo entendáis.
-Comenzad, pues…
El bardo aclaró su garganta, pulsó las primeras notas en su laúd, y comenzó el relato…
***
Aunque ahora poco queda de aquello, hubo un tiempo en el que el mundo estuvo plagado de maravillas sin igual: eran días en los que el hombre aún no había sido presentado a la luz de la vida, en el que los majestuosos dragones paseaban esplendorosos a cielo vista, los enanos horadaban la tierra con ahínco en busca de piedras preciosas que hoy no tendrían precio, y los elfos, duendes y faunos aún no se habían escondido en las profundidades de los bosques.
Pero he aquí que la más bella de todas aquellas criaturas, tan maravillosa como el primer amanecer del mundo, acaso más, era una traviesa pero a la vez inocente ninfa de los vientos. Cloris o Flora la llamaron los hombres con posterioridad, y era amiga de todas las otras hadas, ya fueran de agua, fuego o tierra. Y ciertamente así debe ser… ¿acaso el viento no aviva el fuego, no bambolea las hojas de los árboles? ¿No es acaso el viento el que mece las olas del mar?
Y amaba a todas las criaturas, salvajes o con conciencia viva. Aún así, ella misma reconocía que en ocasiones era de genio volátil, un pequeño ciclón desbocado cuando alguna crueldad se cometía, si bien por entonces la maldad era parte sólo de los grupos de infestos trolls; pero quienes la conocían sabían que su corazón era generoso, que jamás rechazaba ofrecer ayuda, que daba más de cuanto pedía.
Flora era también juguetona, pícara pero sin ápice alguno de perversidad. Le encantaba jugar a susurrarle cosas al oído a otras criaturas, y cuando salía la luz de la luna, le cantaba a la noche entre melodiosos susurros; y cuando lo hacía, el mismo mundo se conmovía, y regalaba al hada una preciosa lluvia de estrellas fugaces.
Mas ocurrió que llegó el día en que dejó de cantar al firmamento, pues conoció a Céfiro, el Viento del Oeste, el más poderoso entre los cuatro Señores de los Vientos. Cuando se encontró con él, le pareció que era impetuoso y que no atendía a nada más que a sí mismo, pues a su paso solía levantar tempestades que arrollaban árboles y mataban a las bestias amigas de la ninfa. Céfiro, por supuesto, no contenía maldad en sí mismo, pero sus acciones pasaban desapercibidas para sus sentidos, así como los hombres no atendemos a los insectos que, sin advertirlo, pisamos.
Sin embargo, Flora, aunque de apariencia inocente, tenía el alma de una auténtica guerrera latiendo en su interior, y no se amedrentó en nada ante el tumultuoso Señor de los Vientos del Oeste. Se plantó ante él, decidida y firme, para evitar que aquel se adentrara más en las tierras en las que ella gustaba de disfrutar de la calma. No deseaba que dicha paz se viese truncada por tan desbocado vendaval.
Pero… ¡ay! La valiente Flora no contó con quedar encandilada por Céfiro, mas eso mismo aconteció. Y fue mutuo. La pasión nació entre ambos, y el deseo primigenio pasó a convertirse en poderoso e invencible amor. Tan fuerte fue cuanto sintieron, que Céfiro incluso llegó a sacrificar todo su carácter impulsivo, y de huracán pasó a brisa, de vendaval a susurro, sólo por estar con la hermosa hada.
Y disfrutaron juntos, durante un tiempo al menos, y se amaron como sólo pueden quererse quienes no conocen el engaño, sin reservas. Una vez desposados, Céfiro nombró a su amada Reina de las Flores, y así desde entonces el hada animó el abrir de los capullos en primavera con su sola sonrisa.
Pero al cabo Céfiro era viento, su naturaleza era vagar sin descanso, sin detenerse, lo contrario era… la muerte. Por Flora se había negado a sí mismo, pero el Señor de los Vientos del Oeste sabía bien que aquella calma no podía perpetuarse, que se estaba desvaneciendo, que pronto acabaría su existencia.
Así que, con el alma rota, Céfiro habló a Flora.
-Lo siento, vida mía, debo marchar, o acabaré desapareciendo, perdiéndome en el olvido- ella quiso llorar, pero Céfiro contuvo las lágrimas de la ninfa un momento-. Mas te amo tanto que no puedo quedarme en este mundo, volvería a ti y todo se perdería. No me asusta dejar de ser, pero si aconteciese, tu luz se extinguiría de puro dolor, y no deseo ser causante de que el mundo pierda a su más bella criatura. Así que me iré donde no hay montañas que detengan mi paso, donde puedo esperar el momento en que nos volvamos a encontrar, en otra vida quizás, pero aún nosotros.
-Será como si murieras- sollozó Flora, y sus lágrimas eran como las estrellas fugaces que tanto le habían agradado en el pasado.
-Lo parecerá, pero no será así. Te prometo, amor de mi alma, que volveremos a yacer juntos…
La ninfa no tuvo valor para contrariarle. Céfiro, débil, se fue alejando, poco a poco, con la fuerza del batir de alas de un pequeño gorrioncillo.
Se fue, se fue, dejando solo pena en el corazón del hada.
-Lo siento, amor mío- le susurró antes de desaparecer.
***
La Dama Aletheia contuvo un sollozo, pues la historia del bardo la había conmovido más de lo que creyera posible. Quizás el joven Taliesin fuera aún inexperto en el arte del narrar, quizás fueran precarias sus composiciones, pero en todo cuanto hacía implicaba el alma y el corazón, y tal virtud prevalecía sobre sus muchos otros defectos, que tal vez el tiempo puliría.
Pero de todos modos, el motivo de su repentina tristeza se debía a mucho más que la intensidad del bardo. ¿Por qué? Se preguntó. ¿Por qué aquella historia le había llegado tan adentro.
-¿No me preguntáis por el destino de la ninfa de los vientos, mi señora?- intervino Taliesin.
Aletheia asintió, pero de su garganta no salió palabra alguna, tan acongojada estaba.
-La hermosa hada Flora, o Cloris como la llamaron los regios romanos y los sabios griegos eras más tarde, vagó pálida y sin gracia y rumbo durante mucho- comentó el bardo-. Amargada, creyó que desfallecería, que no podría superar tan honda tristeza. Pero su alma era vida, toda su esencia pertenecía a la vida, y su corazón contenía una fuerza como no había otra en el mundo. Asumió su congoja, y se aupó por encima de cualquier desolación, no obstante sin jamás olvidar a Céfiro, su amor eterno. La ninfa aseguró una y mil veces que, en ocasiones, veía mecerse las ramas de los árboles cercanos, y sabía que era su amado, que estaba allí, observándola, quizás protegiéndola. Sin embargo, ese vientecillo no llegaba nunca a la pobre criatura. Y sí, Flora quiso a otros con sinceridad y no poco amor, pero el Señor del Viento del Oeste siempre ostentó el trono en su corazón, un puesto que jamás nadie pudo disputarle.
>>Y, llegada la hora, después de muchos años, Flora se hizo una con el mundo, como acontecía con todas las ninfas. Pero he aquí que el espíritu de las hadas, como el de muchos otros seres, nunca muere del todo, sino que vuelve a surgir, en una nueva forma, para cumplir un destino inacabado. Flora, entre otras encarnaciones, fue sirena de los Bravos Mares del Oeste, Princesa Guerrera en Troya, y Reina tanto en Esparta como en la mítica tierra de Camelot.
Y entonces Taliesin detuvo su plática un instante, y miró con sus ojos verdes y profundos a la bella Aletheia, y ésta comenzó a comprender.
-Hoy, Flora es una dama tan hermosa como lo fue antaño siendo ninfa.
Aletheia derramó nuevas lágrimas. El bardo, heredero del linaje de los antiguos druidas, aquellos con el don de ver en lo oculto, había tenido su primera Visión Verdadera. El Awen[1] se había manifestado al fin.
-¿Y… y qué pasó con Céfiro…?- sollozó la joven- Decídmelo, amigo Taliesin…
-Cumplió su promesa, mi señora. Volvió a su amada en tantas encarnaciones como ella: Orfeo, Aquiles, Leónidas, Arturo…
-…John…- susurró para sí Aletheia, recordando su propio dolor, aunque Taliesin bien que la escuchó.
Pero entonces, de repente, la joven levantó el rostro; y éste se veía bañado de grandes ríos de lágrimas, cierto, pero ya no era llanto de impotencia, nunca más de impotencia; ahora lucía una gran y ancha sonrisa, sincera, alegre…
…esperanzada.
-Pero volverán a encontrarse- dijo ella.
Taliesin, el Bardo Errante, sonrió también, y asintió sin decir ya más. Acarició con cariño el rostro de la mujer, aunque ella ya no necesitaba consuelo, y se quedó entre los dedos una lágrima suya. Ésta se convirtió en una titilante estrella fugaz con forma de diamante, que él guardó como un tesoro.
Luego, bastón en mano, en la otra el fiel laúd, abandonó la sala, contento por la ilusión renovada de su amiga, para seguir vagando por el mundo sin rumbo alguno ni destino final.





© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “Entre mente y corazón Segunda antología de relatos”
[1] Estado de trance en el que se sumían los druidas celtas.

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"