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A algunos podría parecerle arrogancia, pero Arghan no alardeaba un ápice cuando ofrecía sus servicios al señor feudal de turno, o al obispo correspondiente, presentándose como el mejor caza-dragones de todo el mundo conocido. Surcado el rostro de mil y una cicatrices y varias arrugas, su aspecto se veía duro, rocalloso, y por supuesto intimidante, daba la razón a sus palabras. Pero ante cualquier aparente bravuconada, bastaba con observar atentamente la indumentaria del cazador: su coraza y los brazales estaban confeccionados con duras escamas de dragón, y de su cuello pendía un colgante con numerosos colmillos de una de sus más jóvenes presas, apenas una cría; de la misma procedencia era su casco, que en tiempos fue el cráneo de uno de tales dragones jóvenes.
Sin embargo, su más preciada posesión, y la más imponente, era sin duda su espada. No existía ninguna igual en el mundo, que el propio Arghan supiera. El herrero que la confeccionó creyó enloquecer cuando el cazador puso en sus manos el largo hueso de la pata de la más complicada de sus víctimas, una hembra de tono caoba que a punto estuvo de matarle. Pero Arghan sabía bien lo que quería, sus instrucciones fueron claras, y la bolsa de dinero todo aliciente que necesitó el herrero para acometer su mejor trabajo. De aquel férreo hueso logró forjar una tizona fuerte como ninguna, la Espada de Hueso de Dragón, más dura que el acero, pues era capaz de cortar éste sin oposición. Huelga decir que el herrero fue el primero en probarla. Arghan no deseaba que nadie más pudiera, algún día, blandir un arma similar.
Y era el mejor caza-dragones porque llevaba toda una vida haciendo aquel trabajo. Su primer dragón no fue más que una cría, cuando él no era mucho más que un muchacho, y desde entonces habían pasado más de treinta años. En todo ese tiempo, Arghan había matado veinte bestias, auspiciado por las creencias impartidas por la Iglesia de Nuestro Señor Dios. La Fe dictaba claramente que los dragones eran una más de las manifestaciones del mal, y recompensaba generosamente a los valientes caballeros que, emulando a San Jorge, libraban al mundo de semejantes aberraciones demoníacas.
A Arghan, sin embargo, le importaban bien poco las pláticas religiosas de los párrocos. Él sólo buscaba dos cosas. Oro ya poseía en abundancia. Ahora sólo deseaba pasar a la historia como aquel que exterminara al último de los dragones.
Arghan apuró la pinta de cerveza que el tabernero había puesto frente a él. A su lado, sus “socios” en el negocio hacían tres cuartos de lo mismo. Hubo un tiempo en que no necesitó ayuda, pero cierto era que los tiempos habían cambiado. En aquellos días eran pocos los cazadores de dragones, y grande la cantidad de tales bestias. Él fue uno de los primeros, y sin duda el único superviviente de aquellos primigenios mercenarios, pero ahora había mil y un imitadores. Para más colmo, ya pocos eran los dragones que quedaban con vida, y era complicado dar con alguno. Sabedores de cuan codiciados eran sus huesos y sus corazones, los reptiles se escondían como las lagartijas rastreras que eran- al menos para Arghan- en cuevas y regiones boscosas de difícil acceso.
Siendo así, y muy a su pesar, el experimentado cazador se vio en la obligación de contratar toda una red de ayudantes. Contaba con ojos en todas las aldeas de la región, y con él viajaban los cuatro mercenarios más preparados que había logrado encontrar durante aquellos últimos años: Jillen, enjuto como una caña pero ágil y sigiloso como los elfos de las leyendas; Borioch, rastrero y palurdo gigantón, pesado y lento, sin embargo con una fuerza que podía rivalizar con la de un oso; Agon, el más hábil de los tramperos que Arghan había conocido, y que llevaba con él más tiempo que nadie; y por último, Brujo, llamado así por su sapiencia con los venenos y, se rumoreaba, con el odioso arte de la nigromancia.
-Bien, patrón- dijo Borioch, luego de un sonoro eructo al que sin embargo nadie prestó atención-. Respóndeme a algo. Si sabíamos que iban a acudir… ¿Por qué no nos quedamos a sorprenderles en la cueva? Podríamos haberles tendido una emboscada.
Arghan levantó su jarra para que el posadero advirtiera que debía traer otra pinta.
-Explícaselo tú a este idiota, Agon. No quiero gastar saliva- dijo el cazador.
-Ciertamente eres un estúpido, Borioch- el grandullón puso gesto airado, pero si algo sabía con certeza era quienes eran sus superiores en las armas, y Agon era uno de ellos. Podía abrirle la garganta antes de que advirtiera que sostenía una daga-. El patrón lleva años tras esa extraña pareja, si hubiese sido tan fácil como utilizar la fuerza bruta hace tiempo que los habría abatido.
-Y no sería tan gratificante su captura- apuntó Brujo, que comprendía bien las motivaciones de quien le pagaba, pues era hábil en leer a las personas.
-Cierto- volvió a decir Agon-. A esos dos no se les puede sorprender como a los otros. Son especiales. Puede decirse que son casi un solo ser.
Borioch movió la cabeza. Obviamente no entendía nada.
-Bah, para mí sólo es una estúpida chiquilla con su mascota- y se rió bien alto, pues era de carácter escandaloso cuando no estaba de caza, y siempre arrogante.
-Cree así- intervino entonces Arghan-, y tú serás el primero en caer ante ella, si se presenta el combate.
El grandullón gruñó, pero no osó replicar al cazador.
-Y dime, Arghan… ¿cómo has planeado su caída?- preguntó Jillen.
El cazador de dragones sonrió, mientras tomaba la nueva jarra de cerveza.
-Su unión es su fuerza, así que volveremos eso en nuestro provecho- dijo.
Todos excepto Borioch, que seguía sin comprender, asintieron.
-Los separaremos.
***
Ni el más locuaz de los juglares poseería palabras adecuadas para describir las sensaciones que siempre experimentaba Phiore en momentos como aquellos. Volar a lomos de un dragón era sin duda una experiencia única, comúnmente inalcanzable para cualquier ser humano. Incluso la muchacha, que había montado en Zallan desde que el dragón había aprendido a volar, seguía maravillándose con el rozar del viento en su rostro, y la humedad de las nubes que se adhería a su blanquecino rostro cada vez que su hermano se adentraba en algún banco; el mundo se veía muy abajo, diminuto e insignificante, e incapaz de provocarles un solo disgusto; los caminos eran meras surcos en la superficie, y los campos, colinas y promontorios meras cicatrices. Era en tales momentos cuando la muchacha se sentía más libre que nunca, más cerca de la perfección que nunca… más dragón que nunca.
Gracias al extraordinario olfato de Zallan, acrecentado más allá de lo común en cualquier dragón, Phiore y su hermano lograron encontrar el rastro de los asesinos de Schervilla, a pesar de las distancias. Eso les llevó a recorrer buena parte de la región, desde el sur hacia el norte, hasta que el rastro los atrajo a tierras que hacía meses por las que no transitaban.
-El olor no llega más allá de Beniam- le dijo Zallan a la joven.
-Lo sé. Eso quiere decir que están o en la ciudad o en los alrededores- fue la escueta respuesta de Phiore.
El dragón no tenía que mirarla directamente para saber qué gesto dibujaba en aquellos momentos: resignación, porque Phiore, como cualquier dragón verdadero, no gustaba de la cercanía de los humanos. Pero por encima de todo ello, sabía que en esos instantes estaba esgrimiendo una media sonrisa. La palabra Beniam era siempre un revulsivo en su ánimo.
-¿Contactarás con él?- preguntó el dragón.
-Si tengo que entrar en la ciudad, me vendrá bien su ayuda- dijo ella.
-No me fío- balbuceó Zallan.
Phiore, sentada en la silla especial que le permitía cabalgar sobre el dragón cómodamente, acarició el lomo de su hermano.
-Nunca nos ha fallado en el pasado. Fue él quien nos construyó esta silla, mucho más resistente y cómoda que cualquier otra de las que confeccioné yo antes. Y me salvó la vida, no lo olvides.
-Y luego tú saldaste la cuenta salvándole a él, así que no comprendo qué le debes- gruñó el dragón.
Nada, quiso decir Phiore, pero las palabras quedaron en su mente.
Beniam, en la región conocida como Valle de Allbhaydda, era, luego de Onnttenienn y junto a la población que daba nombre a aquellas tierras, la ciudad más importante por aquellos lugares. En realidad, era excesivo llamarlo ciudad, más bien podía decirse que era un poblado de tamaño medio. Pero la empalizada que rodeaba la urbe le otorgaba, además de una protección evidente ante bestias y cuadrillas de bandidos, un cierto estatus. La ciudad, en la que por entonces debían habitar un par de miles de individuos, estaba situada en un verdadero valle de barrancos cortados y bancales ondulados; bordeando la cara oeste de la empalizada culebreaba un río que, en tiempos de esta historia, aún rebosaba de caudal y peces.
Tomaron tierra en una zona arbolada, el Bosque de Pinos, justo al lado del río pero a cierta distancia del poblado, escondida por una loma baja, con la intención de no ser detectados. Obviamente Zallan no podía acercarse a ninguna población sin armar un revuelo extraordinario y poner sobre aviso a todos los cazadores de dragones del Reino. Quedaba claro entonces que debía esperar en las cercanías, mientras Phiore indagaba en la ciudad.
-No me gusta que nos separemos- rezongó una vez más Zallan-. Ambos somos más débiles así.
-Lo sé, hermano, tampoco a mí me agrada la idea, pero no tenemos elección. Con el rastro perdido, necesitamos información y ayuda para indagar- respondió la muchacha. Además, no tardaré más que unas horas. Si esos asesinos están en la ciudad, les atraeré hasta aquí. Esta vez serán ellos los emboscados.
Zallan no dijo nada, sencillamente arrimó su angulosa cabeza y con una suavidad imposible de imaginar en una criatura tan titánica, acarició a su hermana. La joven, como siempre enternecida, besó la frente del dragón.
-No pasará nada, hermano.
-Ve con cuidado.
Continuará
TIERRA DE BARDOS, CIERRA.
Pero yo no desaparezco. A partir de ahora podrás encontrarme en mi WEB OFICIAL DE AUTOR pinchando en la imagen inferior. Allí os ofreceré más artículos, noticias, reseñas y todo el contenido habitual en este blog.
¡Muchas gracias a todos por estos años juntos! Os espero en mi nuevo rincón:
Ya está aquí... Legados
domingo, 11 de mayo de 2008
viernes, 25 de abril de 2008
La Encantadora de Dragones II
***
NOTA DEL AUTOR: Esta historia corta es sencillamente una simple aventura, como las de antaño, sin ningún tipo de ambición en especial más que el puro entretenimiento y el desfogue personal. A veces se agradece este tipo de historias poco profundas, ligeras. No busquéis por tanto, visitantes, grandes dilemas ni mensajes ocultos.
Sólo es una aventura de fantasía, que a mi modo de ver no es poco.
***
Zallan aulló al cielo. Quien no haya escuchado jamás el sentido lamento de un dragón no puede imaginar el dolor que subsiste en dicha criatura al proferirlo.
Se dice que las lágrimas de un dragón tienen la potestad de sanar a aquellos por las que son derramadas. Fuera o no realidad, el llanto no devolvió a la vida a la hermana de Zallan, sencillamente porque su alma ya había volado lejos. Tampoco sirvieron los cabeceos delicados con que el imponente dragón negro trataba de despertar a quien ya no era más que un cadáver. Los dragones no eran tan sagaces como los hombres, pero poseían una inequívoca inteligencia. Sin embargo, en momentos de extrema furia o pena, solían perder toda razón, ya fuera para estallar en pura ira y convertirse en fuerzas desatadas de la naturaleza, o para, como era el caso, sumirse en el desconsuelo más hondo.
Zallan no era el único que lloraba junto al cadáver de la dragona gris. Había con él una joven, lo cual era muy extraño, pues los dragones no gustaban de los hombres, y éstos a su vez odiaban, cada vez con más ahínco, a los reptiles alados.
La muchacha no tendría más de dieciocho primaveras. Era hermosa, extraordinariamente hermosa, con sus radiantes ojos de un esmeralda casi imposible y su larga cabellera del tono del azabache más intenso que cabía imaginar, en claro contraste con una piel pálida como el alabastro. Vestía una capa encapuchada y ropas ceñidas igualmente negras, por lo que sólo el brillo metálico de las escamas del dragón evitaba que ambos cuerpos se confundieran.
Sí, era hermosa, como sólo podía serlo la noche.
Su nombre era Phiore. Escasos eran cuantos amigos tenía entre los hombres, y poco o nada moraba entre ellos. No obstante, para éstos era también conocida como la Encantadora de Dragones. Curioso nombre, pero con un claro significado.
Phiore no había crecido entre hombre o mujer. Sus hermanos jamás habían sido en aspecto como ella, y sus juegos de infancia resultaron muy distintos a aquellos con los que disfrutaban los niños humanos. Y era así porque Phiore había sido criada por dragones. Abandonada en pleno bosque, quien sabe por quién y porqué motivo, el bebé hubiera fenecido sin remedio de no haber pasado junto al insignificante bulto un acosado ciervo.
Un ciervo que estaba siendo perseguido por un dragón.
Aquella criatura, que muchos llamaban bestia, respondía al nombre, entre los suyos, de Llathlan. Era un inmenso dragón caoba, una hembra, y estaba cazando. Quiso el azar que el olor de su presa la llevara a encontrarse con una captura que sin duda no había esperado: una criatura humana. Olisqueó al lloroso bebé, y tentada estuvo de sencillamente engullir aquel bulto de carne; pero fue prestar atención a los, incluso por entonces, poderosos ojos verdes de la criatura, y perder toda ansia de alimentarse. Aconteció entonces lo que jamás antes había ocurrido.
Un dragón adoptó a una criatura humana.
Así, la pequeña, nombrada por su extraña madre como Phiore, que en el idioma de los dragones significa “aquella con el poder en su mirada”, creció como una más de una camada de dos docenas de crías de dragón. Su crecimiento fue obviamente más lento que el de sus “hermanos”, pero no fue hasta varios años después de ser hallada por Llathlan que comenzó a comprender, aún en su ingenuidad infantil, que no era como sus hermanos.
No le importó, al cabo. Quizás su aspecto no fuera el de un dragón, quizás no pudiera volar como un dragón, ni poseyera la fuerza de éstos, pero ella se sentía como un dragón.
Y ahora yacía frente a ella el cuerpo sin vida de una de sus hermanas. Junto con Zallan, Schervilla había sido uno de sus parientes más amados. Había muerto, y no era la primera muerte.
Su naturaleza humana logró que la desesperación no se cebara en ella así como lo había hecho con Zallan. Aún con las lágrimas recorriendo sus mejillas, examinó con la vista la terrible carnicería. Schervilla había sido empalada con dos enormes saetas provenientes, sin duda, de sendas ballestas de guerra. La piel de los dragones era férrea, pero tenía límites, y ciertamente no era la zona del corazón la más protegida. No contentos con aquello, los asesinos habían destripado al reptil, y le habían arrancado el herido corazón, sin duda para venderlo como componente para algún hechicero loco. En el colmo de su sadismo, habían cercenado el cuello de Schervilla, como si temieran que incluso sin corazón pudiera volver a alzarse.
-Monstruos asesinos…- gimió Phiore.
Y entonces se alzó un rugido monumental. Al fin, Zallan había pasado de la pena a la ira más horrible. El bramido espantó a cuanta criatura pululaba por la zona, aves y bestias de tierra, y se escuchó en todo el bosque.
-¿Y nos llaman a nosotros bestias sin corazón? ¿Quiénes son los desalmados?- tronó el dragón negro, en una pregunta que no buscaba respuesta, en realidad- ¡Morirán por esto! ¡Los perseguiré y los descuartizaré como ellos han hecho!
Así era, los dragones hablaban. No solían hacerlo con asiduidad, menos aún usando el idioma de los hombres, pero resultaba que su propio lenguaje era complicado de pronunciar por cualquiera que no fuera dragón y poseyera la lengua bífida y las fauces profundas de éstos. Siendo así, tanto Llathlan como toda su camada se habían visto obligados a relacionarse con Phiore haciendo uso del habla humano.
Phiore palmeó el lomo de Zallan, no como haría con un caballo o un perro, sino como si el dragón fuera un igual. El contacto de su hermana calmó, como siempre ocurría, los exaltados ánimos de la criatura alada. La Encantadora de Dragones era una mujer dura, los últimos años le habían obligado a serlo. Pero debajo de aquella coraza, y bien lo sabía Zallan, había una muchacha dulce y de corazón tan hermoso como aquellos ojos tan radiantes. Y era así porque, al contrario de lo que la mayoría de hombres creían, los dragones no eran bestias despiadadas y sanguinarias. No, los grandes reptiles, como cualquier individuo que caminaba sobre dos piernas, podían tanto ser de alma bondadosa como perversa. Si se habían vuelto ariscos, al igual que ahora lo era Phiore, se debía únicamente a la agobiante persecución de la que, aún, estaban siendo objeto.
-El mismo grupo de mercenarios, otra vez- dijo la joven-. Observa la rúbrica en la saeta. Es idéntica a aquella que mató a nuestra amada madre.
Zallan volvió a bramar.
-Son sin duda los caza-dragones más diestros, y los comanda ese al que llaman Arghan, el Gran Caza-dragones. ¿Lo adviertes? Han utilizado ajedrea blanca, abundante en este bosque, para camuflar su olor. Por eso Schervilla no los percibió.
-Eso no les salvará de nosotros- gruñó Zallan.
-Cierto. Ya llevan sobre sus espaldas más de cinco de nuestros hermanos- maldijo Phiore-, y Arghan sólo muchos más. Es hora de que lo acabemos. No volverán a hacerlo. Ese monstruo tiene los días contados.
Y contempló a su hermano con aquella mirada profunda, con aquellos ojos verdes que ni siquiera un dragón podía resistir. Una fuerza inconcebible residía sin duda en aquellos orbes glaucos.
Su mirada le dijo a Zallan cuanto debía y cuanto deseaba.
Acabarían con quienes estaban masacrando a sus hermanos y hermanas.
(Continuará)
NOTA DEL AUTOR: Esta historia corta es sencillamente una simple aventura, como las de antaño, sin ningún tipo de ambición en especial más que el puro entretenimiento y el desfogue personal. A veces se agradece este tipo de historias poco profundas, ligeras. No busquéis por tanto, visitantes, grandes dilemas ni mensajes ocultos.
Sólo es una aventura de fantasía, que a mi modo de ver no es poco.
***
Zallan aulló al cielo. Quien no haya escuchado jamás el sentido lamento de un dragón no puede imaginar el dolor que subsiste en dicha criatura al proferirlo.
Se dice que las lágrimas de un dragón tienen la potestad de sanar a aquellos por las que son derramadas. Fuera o no realidad, el llanto no devolvió a la vida a la hermana de Zallan, sencillamente porque su alma ya había volado lejos. Tampoco sirvieron los cabeceos delicados con que el imponente dragón negro trataba de despertar a quien ya no era más que un cadáver. Los dragones no eran tan sagaces como los hombres, pero poseían una inequívoca inteligencia. Sin embargo, en momentos de extrema furia o pena, solían perder toda razón, ya fuera para estallar en pura ira y convertirse en fuerzas desatadas de la naturaleza, o para, como era el caso, sumirse en el desconsuelo más hondo.
Zallan no era el único que lloraba junto al cadáver de la dragona gris. Había con él una joven, lo cual era muy extraño, pues los dragones no gustaban de los hombres, y éstos a su vez odiaban, cada vez con más ahínco, a los reptiles alados.
La muchacha no tendría más de dieciocho primaveras. Era hermosa, extraordinariamente hermosa, con sus radiantes ojos de un esmeralda casi imposible y su larga cabellera del tono del azabache más intenso que cabía imaginar, en claro contraste con una piel pálida como el alabastro. Vestía una capa encapuchada y ropas ceñidas igualmente negras, por lo que sólo el brillo metálico de las escamas del dragón evitaba que ambos cuerpos se confundieran.
Sí, era hermosa, como sólo podía serlo la noche.
Su nombre era Phiore. Escasos eran cuantos amigos tenía entre los hombres, y poco o nada moraba entre ellos. No obstante, para éstos era también conocida como la Encantadora de Dragones. Curioso nombre, pero con un claro significado.
Phiore no había crecido entre hombre o mujer. Sus hermanos jamás habían sido en aspecto como ella, y sus juegos de infancia resultaron muy distintos a aquellos con los que disfrutaban los niños humanos. Y era así porque Phiore había sido criada por dragones. Abandonada en pleno bosque, quien sabe por quién y porqué motivo, el bebé hubiera fenecido sin remedio de no haber pasado junto al insignificante bulto un acosado ciervo.
Un ciervo que estaba siendo perseguido por un dragón.
Aquella criatura, que muchos llamaban bestia, respondía al nombre, entre los suyos, de Llathlan. Era un inmenso dragón caoba, una hembra, y estaba cazando. Quiso el azar que el olor de su presa la llevara a encontrarse con una captura que sin duda no había esperado: una criatura humana. Olisqueó al lloroso bebé, y tentada estuvo de sencillamente engullir aquel bulto de carne; pero fue prestar atención a los, incluso por entonces, poderosos ojos verdes de la criatura, y perder toda ansia de alimentarse. Aconteció entonces lo que jamás antes había ocurrido.
Un dragón adoptó a una criatura humana.
Así, la pequeña, nombrada por su extraña madre como Phiore, que en el idioma de los dragones significa “aquella con el poder en su mirada”, creció como una más de una camada de dos docenas de crías de dragón. Su crecimiento fue obviamente más lento que el de sus “hermanos”, pero no fue hasta varios años después de ser hallada por Llathlan que comenzó a comprender, aún en su ingenuidad infantil, que no era como sus hermanos.
No le importó, al cabo. Quizás su aspecto no fuera el de un dragón, quizás no pudiera volar como un dragón, ni poseyera la fuerza de éstos, pero ella se sentía como un dragón.
Y ahora yacía frente a ella el cuerpo sin vida de una de sus hermanas. Junto con Zallan, Schervilla había sido uno de sus parientes más amados. Había muerto, y no era la primera muerte.
Su naturaleza humana logró que la desesperación no se cebara en ella así como lo había hecho con Zallan. Aún con las lágrimas recorriendo sus mejillas, examinó con la vista la terrible carnicería. Schervilla había sido empalada con dos enormes saetas provenientes, sin duda, de sendas ballestas de guerra. La piel de los dragones era férrea, pero tenía límites, y ciertamente no era la zona del corazón la más protegida. No contentos con aquello, los asesinos habían destripado al reptil, y le habían arrancado el herido corazón, sin duda para venderlo como componente para algún hechicero loco. En el colmo de su sadismo, habían cercenado el cuello de Schervilla, como si temieran que incluso sin corazón pudiera volver a alzarse.
-Monstruos asesinos…- gimió Phiore.
Y entonces se alzó un rugido monumental. Al fin, Zallan había pasado de la pena a la ira más horrible. El bramido espantó a cuanta criatura pululaba por la zona, aves y bestias de tierra, y se escuchó en todo el bosque.
-¿Y nos llaman a nosotros bestias sin corazón? ¿Quiénes son los desalmados?- tronó el dragón negro, en una pregunta que no buscaba respuesta, en realidad- ¡Morirán por esto! ¡Los perseguiré y los descuartizaré como ellos han hecho!
Así era, los dragones hablaban. No solían hacerlo con asiduidad, menos aún usando el idioma de los hombres, pero resultaba que su propio lenguaje era complicado de pronunciar por cualquiera que no fuera dragón y poseyera la lengua bífida y las fauces profundas de éstos. Siendo así, tanto Llathlan como toda su camada se habían visto obligados a relacionarse con Phiore haciendo uso del habla humano.
Phiore palmeó el lomo de Zallan, no como haría con un caballo o un perro, sino como si el dragón fuera un igual. El contacto de su hermana calmó, como siempre ocurría, los exaltados ánimos de la criatura alada. La Encantadora de Dragones era una mujer dura, los últimos años le habían obligado a serlo. Pero debajo de aquella coraza, y bien lo sabía Zallan, había una muchacha dulce y de corazón tan hermoso como aquellos ojos tan radiantes. Y era así porque, al contrario de lo que la mayoría de hombres creían, los dragones no eran bestias despiadadas y sanguinarias. No, los grandes reptiles, como cualquier individuo que caminaba sobre dos piernas, podían tanto ser de alma bondadosa como perversa. Si se habían vuelto ariscos, al igual que ahora lo era Phiore, se debía únicamente a la agobiante persecución de la que, aún, estaban siendo objeto.
-El mismo grupo de mercenarios, otra vez- dijo la joven-. Observa la rúbrica en la saeta. Es idéntica a aquella que mató a nuestra amada madre.
Zallan volvió a bramar.
-Son sin duda los caza-dragones más diestros, y los comanda ese al que llaman Arghan, el Gran Caza-dragones. ¿Lo adviertes? Han utilizado ajedrea blanca, abundante en este bosque, para camuflar su olor. Por eso Schervilla no los percibió.
-Eso no les salvará de nosotros- gruñó Zallan.
-Cierto. Ya llevan sobre sus espaldas más de cinco de nuestros hermanos- maldijo Phiore-, y Arghan sólo muchos más. Es hora de que lo acabemos. No volverán a hacerlo. Ese monstruo tiene los días contados.
Y contempló a su hermano con aquella mirada profunda, con aquellos ojos verdes que ni siquiera un dragón podía resistir. Una fuerza inconcebible residía sin duda en aquellos orbes glaucos.
Su mirada le dijo a Zallan cuanto debía y cuanto deseaba.
Acabarían con quienes estaban masacrando a sus hermanos y hermanas.
(Continuará)
lunes, 21 de abril de 2008
PREMIO BRILLANTE WEBLOG 2008
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Orgulloso y agradecido os comunico que mi blog ha sido premiado con el galardón Brillante Weblog 2008, que me ha concedido Luis Tolkien desde su Leprechaun's Hole, un gran blog dedicado a nuestra común adorada Irlanda y nuestro no menos admirado J.R.R Tolkien. Gracias, Luis, espero que mis relatos sigan agradándote y agradando a todos mis visitantes (los de siempre y los nuevos), a quienes también doy las gracias y hago cómplices de este galardón.
Y así como dictaminan las bases del premio, quien recibe éste debe a su vez nombrar otros siete de su elección. Ahí van los míos:
-Víctor Morata, por Mente Creativa. Grandísimo escritor en ciernes, no olvidéis su nombre, seguro que en breve lo veréis en las bibliotecas adornando alguna gran novela que espero que se convierta en bestseller.
-Eva, por Injuriosa. Otra gran escritora aficionada, toda sencillez y delicadeza, una delicia leer cuanto tiene que decir.
-Lyra, por When the stars go blue. Hermoso lugar, hermosa música, y más hermosos los pensamientos en voz alta de Lyra.
-Carlos Azaustre, por Diario y dibujos de un tonto del lapiz. Gran creador de tiras cómicas, un paseo por su blog garantiza una carcajada diaria, como poco.
-4nigami, por 4nigami's World. Una fotografa en formación. Fotos del día a día, cargadas de sentimiento y realismo.
-Cristina, por Historias de Diván. Elegantes historias con un toque de glamour.
-Sybila, por El Blog de Sibyla. Si buscas empaparte en la cultura de este y otros siglos, aquí encontrarás todo un universo de grandes figuras y genios. ¡Por que la cultura no tiene fronteras ni entiende de géneros!
Me ha costado decidirme, pues mucha otra gente merecía los premios, pero al final me he decidido por estos 7 grandes blogs. ¡Espero que os gusten!
Bases del concurso:
· Al recibir el premio, se ha de escribir un post mostrando el premio y se ha de citar el nombre del blog o web que te lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web que te nombra ganador.
· Elegir un mínimo de siete blogs (pueden ser más) que creas que brillan por su temática y/o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos.
· Avisarles de que han sido premiados con el premio "Brillante Weblog".
*Opcional. Exhibir el premio con orgullo en tu blog haciendo enlace al post que tú escribes sobre él.
Orgulloso y agradecido os comunico que mi blog ha sido premiado con el galardón Brillante Weblog 2008, que me ha concedido Luis Tolkien desde su Leprechaun's Hole, un gran blog dedicado a nuestra común adorada Irlanda y nuestro no menos admirado J.R.R Tolkien. Gracias, Luis, espero que mis relatos sigan agradándote y agradando a todos mis visitantes (los de siempre y los nuevos), a quienes también doy las gracias y hago cómplices de este galardón.
Y así como dictaminan las bases del premio, quien recibe éste debe a su vez nombrar otros siete de su elección. Ahí van los míos:
-Víctor Morata, por Mente Creativa. Grandísimo escritor en ciernes, no olvidéis su nombre, seguro que en breve lo veréis en las bibliotecas adornando alguna gran novela que espero que se convierta en bestseller.
-Eva, por Injuriosa. Otra gran escritora aficionada, toda sencillez y delicadeza, una delicia leer cuanto tiene que decir.
-Lyra, por When the stars go blue. Hermoso lugar, hermosa música, y más hermosos los pensamientos en voz alta de Lyra.
-Carlos Azaustre, por Diario y dibujos de un tonto del lapiz. Gran creador de tiras cómicas, un paseo por su blog garantiza una carcajada diaria, como poco.
-4nigami, por 4nigami's World. Una fotografa en formación. Fotos del día a día, cargadas de sentimiento y realismo.
-Cristina, por Historias de Diván. Elegantes historias con un toque de glamour.
-Sybila, por El Blog de Sibyla. Si buscas empaparte en la cultura de este y otros siglos, aquí encontrarás todo un universo de grandes figuras y genios. ¡Por que la cultura no tiene fronteras ni entiende de géneros!
Me ha costado decidirme, pues mucha otra gente merecía los premios, pero al final me he decidido por estos 7 grandes blogs. ¡Espero que os gusten!
Bases del concurso:
· Al recibir el premio, se ha de escribir un post mostrando el premio y se ha de citar el nombre del blog o web que te lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web que te nombra ganador.
· Elegir un mínimo de siete blogs (pueden ser más) que creas que brillan por su temática y/o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos.
· Avisarles de que han sido premiados con el premio "Brillante Weblog".
*Opcional. Exhibir el premio con orgullo en tu blog haciendo enlace al post que tú escribes sobre él.
sábado, 12 de abril de 2008
La Encantadora de Dragones I
***
Para Fiore
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El enorme guerrero afianzó sus pies y blandió con ahínco la espada, sirviéndose de su diestra, mientras con su zurda sostenía el escudo. De esa guisa, plantó cara a la bestia.
El dragón rebufó. Era su modo de reír ante aquel patético hombrecillo que osaba desafiarle alzando un mísero mondadientes de acero y un rondel de madera que no soportaría ni su embate más débil. ¿Qué tenía aquel individuo en la cabeza? A buen seguro se trataba de algún demente que ansiaba la muerte, o tal vez uno de aquellos estúpidos paladines que marchaban en busca de gloria, pero que tenían más músculo que cerebro.
Aunque no era dado a la violencia extrema, por mucho que fuera tal la creencia entre los hombres, el dragón gris- grande como la más vetusta de las encinas- se encaró con el guerrero. En otras circunstancias habría levantado el vuelo y sencillamente se habría marchado. Tarde o temprano el guerrero hubiera abandonado las cercanías de su hogar.
Pero la situación era especial. El dragón, que en realidad era una hembra, cargaba sobre su lomo con una responsabilidad. En las entrañas de la cueva a sus espaldas reposaban los huevos producto de su último apareamiento. Como toda madre, la dragona defendería a sus futuras crías con toda su fuerza, que no era poca.
El guerrero no atacó, sencillamente se quedó allí plantado, como una estatua. Era extraño, pensó el reptil alado, que no desprendiera olor alguno, más que el propio de aquel bosque. Habitualmente los humanos apestaban a sudor y cerveza, pero éste parecía no ser el caso. De todos modos, la criatura no sostuvo aquel pensamiento durante mucho. Fuese como fuese, la dragona no quería en verdad matar a aquel individuo, y en su ingenuidad pensó en asustarlo, y si ello no funcionaba, apresarlo con la garra y lanzarlo al río cercano, donde la corriente lo llevaría lejos. Si moría ahogado, sería problema del propio guerrero. Al menos ella le habría dado una oportunidad de salir con vida, que era más de lo que él se disponía a hacer con sus huevos y con ella misma.
Avanzó pues una zancada. El guerrero ya temblaba todo él, y durante un momento la dragona creyó que se daría la vuelta y echaría a correr.
Pero no lo hizo.
Fue al dejar la cóncava bóveda que antecedía a la cueva, y quedar a cielo descubierto, cuando la dragona comprendió su error. Advirtió movimiento sobre el risco, pero ya era demasiado tarde.
Dos grandes flechas, del tamaño de hombres, se hundieron en su piel escamosa.
Una llegó directa al corazón.
Un suspiro antes de morir, la dragona vio en sus ambarinos ojos la figura de su asesino, un hombre corpulento entre los suyos aunque no tanto como el guerrero que habían usado de cebo; portaba larga barba y más larga aún melena pelirroja. Luego cerró los ojos. La arenosa voz del asesino fue lo último que escuchó.
-Bestia estúpida.
Para Fiore
***

El enorme guerrero afianzó sus pies y blandió con ahínco la espada, sirviéndose de su diestra, mientras con su zurda sostenía el escudo. De esa guisa, plantó cara a la bestia.
El dragón rebufó. Era su modo de reír ante aquel patético hombrecillo que osaba desafiarle alzando un mísero mondadientes de acero y un rondel de madera que no soportaría ni su embate más débil. ¿Qué tenía aquel individuo en la cabeza? A buen seguro se trataba de algún demente que ansiaba la muerte, o tal vez uno de aquellos estúpidos paladines que marchaban en busca de gloria, pero que tenían más músculo que cerebro.
Aunque no era dado a la violencia extrema, por mucho que fuera tal la creencia entre los hombres, el dragón gris- grande como la más vetusta de las encinas- se encaró con el guerrero. En otras circunstancias habría levantado el vuelo y sencillamente se habría marchado. Tarde o temprano el guerrero hubiera abandonado las cercanías de su hogar.
Pero la situación era especial. El dragón, que en realidad era una hembra, cargaba sobre su lomo con una responsabilidad. En las entrañas de la cueva a sus espaldas reposaban los huevos producto de su último apareamiento. Como toda madre, la dragona defendería a sus futuras crías con toda su fuerza, que no era poca.
El guerrero no atacó, sencillamente se quedó allí plantado, como una estatua. Era extraño, pensó el reptil alado, que no desprendiera olor alguno, más que el propio de aquel bosque. Habitualmente los humanos apestaban a sudor y cerveza, pero éste parecía no ser el caso. De todos modos, la criatura no sostuvo aquel pensamiento durante mucho. Fuese como fuese, la dragona no quería en verdad matar a aquel individuo, y en su ingenuidad pensó en asustarlo, y si ello no funcionaba, apresarlo con la garra y lanzarlo al río cercano, donde la corriente lo llevaría lejos. Si moría ahogado, sería problema del propio guerrero. Al menos ella le habría dado una oportunidad de salir con vida, que era más de lo que él se disponía a hacer con sus huevos y con ella misma.
Avanzó pues una zancada. El guerrero ya temblaba todo él, y durante un momento la dragona creyó que se daría la vuelta y echaría a correr.
Pero no lo hizo.
Fue al dejar la cóncava bóveda que antecedía a la cueva, y quedar a cielo descubierto, cuando la dragona comprendió su error. Advirtió movimiento sobre el risco, pero ya era demasiado tarde.
Dos grandes flechas, del tamaño de hombres, se hundieron en su piel escamosa.
Una llegó directa al corazón.
Un suspiro antes de morir, la dragona vio en sus ambarinos ojos la figura de su asesino, un hombre corpulento entre los suyos aunque no tanto como el guerrero que habían usado de cebo; portaba larga barba y más larga aún melena pelirroja. Luego cerró los ojos. La arenosa voz del asesino fue lo último que escuchó.
-Bestia estúpida.
(Continuará)
Imagen: boyaceleste.blogspot.com
domingo, 16 de marzo de 2008
TOLKIEN: PEQUEÑO GRAN HOMENAJE A UN GENIO
Mucho se ha escrito sobre Tolkien, muchos grandes profesionales se han detenido a discutir sobre su obra, tal ha sido la repercusión que ha tenido su trabajo. Siendo así, no pretendo hacer un ensayo pormenorizado de cada detalle de tan magna obra, porque sencillamente no estoy capacitado para ello, y porque sería redundar en más de lo mismo. Aquí pretendo solamente hablar de mis impresiones personales y resaltar algunos datos sobre el que para mí es un genio sin parangón no sólo en la literatura fantástica, sino en el mundo de las letras en general. Sé que algunos me tildarán de exagerado, sé que muchos puritanos consideran a Tolkien y su obra como “cuentos para adolescentes”, “relatos fantásticos para quienes no les gusta la verdadera literatura” (su literatura, la que ellos consideran como tal), o sencillamente… que no es literatura. Sin embargo, la obra de Tolkien me merece, personalmente, no sólo todos mis respetos, sino toda mi admiración.Obviamente, no esperen objetividad por mi parte.No puede haberla en un homenaje.
***
¿Qué es lo que más destaca en la obra de Tolkien? Realmente sería complicado responder a algo así, en tanto cada lector que se sumerge en alguna de sus historias se ve sorprendido por diversos aspectos de estas: universalidad en los conceptos, enormidad en el mundo geográfico y temporal donde transcurren los libros, complejidad de las sociedades y culturas de cada uno de los pueblos que pueblan la Tierra Media (ese mundo nuestro, el real, pero enclaustrado en un tiempo imaginario), los lenguajes…
Para mí es el perfecto equilibrio de un universo pensado al milímetro, la magnífica capacidad de Tolkien a la hora de tomar mitos y leyendas de diversas culturas antiguas y aunarlas en un todo, en una mitología propia pero que a la vez nos resulta cercana a todos los lectores.Sí, porque a pesar de lo que muchos creen, el universo tolkeniano no nació de la nada. Contiene conceptos derivados de la exhaustiva documentación que el profesor recopiló: Beowulf, la rica mitología nórdica y celta, El Anillo de los Nibelungos, la Leyenda del Rey Arturo, la Biblia, incluso… Tolkien tomó lo que consideraba oportuno de todo aquello, forjando algo nuevo desde lo extraordinariamente antiguo. Renovó la mitología. Ese era su principal interés, así lo dijo en muchas de sus cartas, lo que Tolkien pretendía era crear una mitología que sobreviviera a sus tiempos, una prehistoria mítica de nuestro mundo actual y real.
En mi opinión, ciertamente lo logró.Imagínense por un momento la tremenda magnitud de tal tarea, no en vano a Tolkien (no olvidemos que un profesor y erudito de la lengua inglesa) le costó la friolera de 16 años desarrollar El Señor de los Anillos… ¡16 años! Comenzando con los esbozos nacidos en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial (en la que Tolkien participó si bien brevemente), y que darían lugar a la amplia cosmogenia tolkeniana (que luego se convertiría en El Sillmarillion), Tolkien creo toda un inmenso y detallado universo con su propia y dilatada historia. Desde la creación del mundo gracias a la música por parte de Eru (el Dios Supremo) y sus hijos inmortales (claramente un reflejo de los arcángeles, aunque convertidos en dioses menores) hasta la conclusión de la era mítica en El Señor de los Anillos, su obra más universal; grandes aventuras épicas (la Caída de Númenor, basada en la leyenda de la Atlántida, o la Guerra del Anillo, mezcladas con pequeñas fábulas románticas como la historia de amor entre Luthien y Beren, reencarnada luego en las figuras de Arwen y Aragorn); razas antaño vagas (como sus maravillosos elfos, surgidos de los Tuatha De Dannan irlandeses del Libro de las Invasiones), que ahora quedaban perfiladas por completo al contar con una sociedad, historia y lenguaje perfectamente estructurados; creaciones propias como los famosos hobbits, que derivarían en razas tan divertidas como los kenders de la franquicia Dragonlance.
Tolkien no dejó nada al azar, creo un lugar, con su historia, sus idiomas, sus alfabetos, sus propias leyendas, su flora, su fauna… Sí, una tarea titánica (los que escribimos bien que lo sabemos), por cuyo valor al no ser abandonada merece Tolkien, a mi modo de ver, el calificativo de genio. Para apreciar la grandeza de lo creado por Tolkien, basta un ejemplo revelador que nos regala David Day en la “Enciclopedia Tolkien Ilustrada”:“Sería como si Homero, antes de escribir la Ilíada, o la Odisea, hubiera tenido que inventar primero toda la mitología y la historia griegas”.
***
Aquellos que critican al profesor se ceban sobre todo en su estilo narrativo. No analizaré tal concepto porque sinceramente no soy un experto en el tema, pero diré que he leído críticas que comparan el estilo de Tolkien con el de grandes plumas como Joyce, Pound o T.S. Eliot, a quien pocos discuten. Y, de nuevo, recuerdo que Tolkien fue un reputado académico. Para muestra, nada más fácil que leer las muchas biografías del autor: catedrático en el Departamento de Lengua Inglesa de la Universidad de Leeds y más tarde catedrático de anglosajón en la Universidad de Oxford. No son pocas credenciales.
Derivado de todo ello, Tolkien fue un estudioso de la Lengua y la Lilteratura Inglesa en dos áreas que marcarían su obra: la anglosajona y la medieval. Dicha sapiencia tendría su máximo exponente en la invención por su parte (alrededor del 1912), de lo que serían las lenguas élficas presentes en sus obras, el Quenya y el Sindarin, inspirados en principio en los idiomas finlandés, irlandés y sobre todo galés. Los lenguajes creados por Tolkien contienen tantos detalles y matices que han sido objeto de profundos estudios lingüisticos, otro punto más de la grandeza imaginativa del profesor (¡¡Hoy en día se puede incluso encontrar academias en las que aprender élfico!!).
Y luego está el trasfondo moral de las historias de Tolkien. Siguen el axioma popularizado por Lord Acton: “El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”, que dota de una épica a cada acción y consecuencia. Otra de las leyes fundamentales en las historias tolkenianas sería el principio de que el mal siempre se vuelve contra sí mismo de modo natural, un concepto llevado al extremo en la figura de el Anillo Único y el infeliz Gollum. Esta moralidad obviamente no es trasladable al mundo real, en tanto aquí las malas acciones no siempre reciben un castigo, desgraciadamente, pero es igualmente fácil de adoptar por el lector ansioso de una justicia poética que no existe en nuestra sociedad. Igualmente, muchos elementos de la obra de Tolkien, especialmente en El Señor de los Anillos, consiguen atrapar al lector por la cercanía con el mundo real. Tolkien equipara el mal con la desproporcionada progresión tecnológica en la figura de Sauron y en especial de Saruman (que destroza gran parte del bosque de Fangorn para alimentar sus hornos y producir armas para la guerra), en clara referencia al conflicto mundial que el propio Tolkien vivió en persona (tal concepto sería oportunamente utilizado por diversos movimientos ecológicos sobre todo en los años 60). Del mismo modo compara el tranquilo y campechano modo de vida de los hobbits (típicamente inglés) con el bien. La adopción del dragón como signo del mal, o la similitud de Sauron y Morgoth con el ángel caído que se convirtió en el diablo muestran igualmente una inspiración católica, no obstante aderezada con el toque mítico de otras tantas mitologías del pasado, como ya he comentado.
***
Como conclusión, conviene apuntar que hoy la influencia de la obra de Tolkien va más allá del marketing y de sus, algunos, compulsivos seguidores (que son legión, más todavía tras las adaptaciones cinematográficas de sus libros). El Señor de los Anillos es una obra de obligada lectura en muchas escuelas británicas, y supuso un estandarte de la contracultura de los años 60. Ha calado tanto en la sociedad no sólo inglesa sino mundial que ni lo advertimos. Un nuevo ejemplo: en otras épocas el mago era una figura oscura, misteriosa y en ocasiones terrible, más cercano al druida celta que al mito que tenemos de Merlín actualmente. Pero apareció Gandalf, el Gandalf de Tolkien (que también innovo al apartar la concepción de mago como profesión y convertirlo en una especie de mensajeros divinos encarnados, una nueva similitud con la religión cristiana), el Gandalf que se convirtió en el modelo que hoy conocemos de mago, con su característico gorro puntiagudo, la larga barba, la túnica y el bastón. Reconozcámoslo todos. Cuando pensamos en un mago la primera imagen que se nos aparece es la de nuestro querido Gandalf (¡Incluso a aquellos que jamás se han leído el libro o visto las películas!), del mismo modo que cuando pensamos en un elfo nos viene a la memoria la magnífica estampa de Elrond o Galadriel, y no las antiguas descripciones de seres diminutos y traviesos. Son legión los escritores que se han visto influenciados por la obra de Tolkien (yo mismo, aunque sólo sea un aficionado), que se nutren del particular estilo de narrar o concebir historias del profesor Tolkien. Franquicias de literatura fantástica, mal llamada “de espada y brujería”, han surgido a la sombra del maestro, casi plagios algunos, sinceros homenajes otros. Se critica a este género porque se le tilda de comercial. Un argumento patético. Repasen el pasado reciente. En su día, hubo críticos que se ensañaron con cierto grupo inglés por considerarlo comercial y demasiado popular. Y sin embargo, hoy en día los Beatles son considerados el máximo exponente de la música de calidad, y sus letras incluso estudiadas en universidades. Es crónico de ciertos críticos atacar a aquello que vende, a aquello que, en definitiva, gusta. Pero yo me pregunto… ¿no es la literatura, además de un arte, un entretenimiento? ¿No nació al fin y al cabo para ello? Si atendemos a este concepto tan elemental, la literatura fantástica, así como otros géneros tan vilipendiados como la ciencia-ficción y el terror, merecen tanto respeto como cualquier otro estilo literario.
Y entre los grandes maestros no sólo de estos géneros sino de la literatura universal, realmente creo que Tolkien merece un puesto privilegiado, al lado de genios como Joyce, Lovecraft e incluso Cervantes y otros grandes clásicos, aunque sólo sea por atreverse a concebir un mundo que nos ha otorgado a muchos innumerables horas de ocio y emociones.
Aunque sólo sea por hacernos soñar e impulsarnos a escribir.

BREVE BIBLIOGRAFÍA DE J.R.R TOLKIEN:
-El Hobbit, 1937
-Egidio, el granjero de Ham, 1949
-El Señor de los Anillos:
La Comunidad del Anillo, 1954
Las Dos Torres, 1954
El Retorno del Rey, 1955
-Las Aventuras de Tom Bombadil, 1962
-El Herrero de Wootton Mayor, 1967
-El Silmarillion, 1977
-Cuentos inconclusos, 1980
-Los Hijos de Húrin, 2007
© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Fotografía extraída de www.elponeypisador.com
***
¿Qué es lo que más destaca en la obra de Tolkien? Realmente sería complicado responder a algo así, en tanto cada lector que se sumerge en alguna de sus historias se ve sorprendido por diversos aspectos de estas: universalidad en los conceptos, enormidad en el mundo geográfico y temporal donde transcurren los libros, complejidad de las sociedades y culturas de cada uno de los pueblos que pueblan la Tierra Media (ese mundo nuestro, el real, pero enclaustrado en un tiempo imaginario), los lenguajes…
Para mí es el perfecto equilibrio de un universo pensado al milímetro, la magnífica capacidad de Tolkien a la hora de tomar mitos y leyendas de diversas culturas antiguas y aunarlas en un todo, en una mitología propia pero que a la vez nos resulta cercana a todos los lectores.Sí, porque a pesar de lo que muchos creen, el universo tolkeniano no nació de la nada. Contiene conceptos derivados de la exhaustiva documentación que el profesor recopiló: Beowulf, la rica mitología nórdica y celta, El Anillo de los Nibelungos, la Leyenda del Rey Arturo, la Biblia, incluso… Tolkien tomó lo que consideraba oportuno de todo aquello, forjando algo nuevo desde lo extraordinariamente antiguo. Renovó la mitología. Ese era su principal interés, así lo dijo en muchas de sus cartas, lo que Tolkien pretendía era crear una mitología que sobreviviera a sus tiempos, una prehistoria mítica de nuestro mundo actual y real.
En mi opinión, ciertamente lo logró.Imagínense por un momento la tremenda magnitud de tal tarea, no en vano a Tolkien (no olvidemos que un profesor y erudito de la lengua inglesa) le costó la friolera de 16 años desarrollar El Señor de los Anillos… ¡16 años! Comenzando con los esbozos nacidos en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial (en la que Tolkien participó si bien brevemente), y que darían lugar a la amplia cosmogenia tolkeniana (que luego se convertiría en El Sillmarillion), Tolkien creo toda un inmenso y detallado universo con su propia y dilatada historia. Desde la creación del mundo gracias a la música por parte de Eru (el Dios Supremo) y sus hijos inmortales (claramente un reflejo de los arcángeles, aunque convertidos en dioses menores) hasta la conclusión de la era mítica en El Señor de los Anillos, su obra más universal; grandes aventuras épicas (la Caída de Númenor, basada en la leyenda de la Atlántida, o la Guerra del Anillo, mezcladas con pequeñas fábulas románticas como la historia de amor entre Luthien y Beren, reencarnada luego en las figuras de Arwen y Aragorn); razas antaño vagas (como sus maravillosos elfos, surgidos de los Tuatha De Dannan irlandeses del Libro de las Invasiones), que ahora quedaban perfiladas por completo al contar con una sociedad, historia y lenguaje perfectamente estructurados; creaciones propias como los famosos hobbits, que derivarían en razas tan divertidas como los kenders de la franquicia Dragonlance.
Tolkien no dejó nada al azar, creo un lugar, con su historia, sus idiomas, sus alfabetos, sus propias leyendas, su flora, su fauna… Sí, una tarea titánica (los que escribimos bien que lo sabemos), por cuyo valor al no ser abandonada merece Tolkien, a mi modo de ver, el calificativo de genio. Para apreciar la grandeza de lo creado por Tolkien, basta un ejemplo revelador que nos regala David Day en la “Enciclopedia Tolkien Ilustrada”:“Sería como si Homero, antes de escribir la Ilíada, o la Odisea, hubiera tenido que inventar primero toda la mitología y la historia griegas”.
***
Aquellos que critican al profesor se ceban sobre todo en su estilo narrativo. No analizaré tal concepto porque sinceramente no soy un experto en el tema, pero diré que he leído críticas que comparan el estilo de Tolkien con el de grandes plumas como Joyce, Pound o T.S. Eliot, a quien pocos discuten. Y, de nuevo, recuerdo que Tolkien fue un reputado académico. Para muestra, nada más fácil que leer las muchas biografías del autor: catedrático en el Departamento de Lengua Inglesa de la Universidad de Leeds y más tarde catedrático de anglosajón en la Universidad de Oxford. No son pocas credenciales.
Derivado de todo ello, Tolkien fue un estudioso de la Lengua y la Lilteratura Inglesa en dos áreas que marcarían su obra: la anglosajona y la medieval. Dicha sapiencia tendría su máximo exponente en la invención por su parte (alrededor del 1912), de lo que serían las lenguas élficas presentes en sus obras, el Quenya y el Sindarin, inspirados en principio en los idiomas finlandés, irlandés y sobre todo galés. Los lenguajes creados por Tolkien contienen tantos detalles y matices que han sido objeto de profundos estudios lingüisticos, otro punto más de la grandeza imaginativa del profesor (¡¡Hoy en día se puede incluso encontrar academias en las que aprender élfico!!).
Y luego está el trasfondo moral de las historias de Tolkien. Siguen el axioma popularizado por Lord Acton: “El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”, que dota de una épica a cada acción y consecuencia. Otra de las leyes fundamentales en las historias tolkenianas sería el principio de que el mal siempre se vuelve contra sí mismo de modo natural, un concepto llevado al extremo en la figura de el Anillo Único y el infeliz Gollum. Esta moralidad obviamente no es trasladable al mundo real, en tanto aquí las malas acciones no siempre reciben un castigo, desgraciadamente, pero es igualmente fácil de adoptar por el lector ansioso de una justicia poética que no existe en nuestra sociedad. Igualmente, muchos elementos de la obra de Tolkien, especialmente en El Señor de los Anillos, consiguen atrapar al lector por la cercanía con el mundo real. Tolkien equipara el mal con la desproporcionada progresión tecnológica en la figura de Sauron y en especial de Saruman (que destroza gran parte del bosque de Fangorn para alimentar sus hornos y producir armas para la guerra), en clara referencia al conflicto mundial que el propio Tolkien vivió en persona (tal concepto sería oportunamente utilizado por diversos movimientos ecológicos sobre todo en los años 60). Del mismo modo compara el tranquilo y campechano modo de vida de los hobbits (típicamente inglés) con el bien. La adopción del dragón como signo del mal, o la similitud de Sauron y Morgoth con el ángel caído que se convirtió en el diablo muestran igualmente una inspiración católica, no obstante aderezada con el toque mítico de otras tantas mitologías del pasado, como ya he comentado.
***
Como conclusión, conviene apuntar que hoy la influencia de la obra de Tolkien va más allá del marketing y de sus, algunos, compulsivos seguidores (que son legión, más todavía tras las adaptaciones cinematográficas de sus libros). El Señor de los Anillos es una obra de obligada lectura en muchas escuelas británicas, y supuso un estandarte de la contracultura de los años 60. Ha calado tanto en la sociedad no sólo inglesa sino mundial que ni lo advertimos. Un nuevo ejemplo: en otras épocas el mago era una figura oscura, misteriosa y en ocasiones terrible, más cercano al druida celta que al mito que tenemos de Merlín actualmente. Pero apareció Gandalf, el Gandalf de Tolkien (que también innovo al apartar la concepción de mago como profesión y convertirlo en una especie de mensajeros divinos encarnados, una nueva similitud con la religión cristiana), el Gandalf que se convirtió en el modelo que hoy conocemos de mago, con su característico gorro puntiagudo, la larga barba, la túnica y el bastón. Reconozcámoslo todos. Cuando pensamos en un mago la primera imagen que se nos aparece es la de nuestro querido Gandalf (¡Incluso a aquellos que jamás se han leído el libro o visto las películas!), del mismo modo que cuando pensamos en un elfo nos viene a la memoria la magnífica estampa de Elrond o Galadriel, y no las antiguas descripciones de seres diminutos y traviesos. Son legión los escritores que se han visto influenciados por la obra de Tolkien (yo mismo, aunque sólo sea un aficionado), que se nutren del particular estilo de narrar o concebir historias del profesor Tolkien. Franquicias de literatura fantástica, mal llamada “de espada y brujería”, han surgido a la sombra del maestro, casi plagios algunos, sinceros homenajes otros. Se critica a este género porque se le tilda de comercial. Un argumento patético. Repasen el pasado reciente. En su día, hubo críticos que se ensañaron con cierto grupo inglés por considerarlo comercial y demasiado popular. Y sin embargo, hoy en día los Beatles son considerados el máximo exponente de la música de calidad, y sus letras incluso estudiadas en universidades. Es crónico de ciertos críticos atacar a aquello que vende, a aquello que, en definitiva, gusta. Pero yo me pregunto… ¿no es la literatura, además de un arte, un entretenimiento? ¿No nació al fin y al cabo para ello? Si atendemos a este concepto tan elemental, la literatura fantástica, así como otros géneros tan vilipendiados como la ciencia-ficción y el terror, merecen tanto respeto como cualquier otro estilo literario.
Y entre los grandes maestros no sólo de estos géneros sino de la literatura universal, realmente creo que Tolkien merece un puesto privilegiado, al lado de genios como Joyce, Lovecraft e incluso Cervantes y otros grandes clásicos, aunque sólo sea por atreverse a concebir un mundo que nos ha otorgado a muchos innumerables horas de ocio y emociones.
Aunque sólo sea por hacernos soñar e impulsarnos a escribir.

BREVE BIBLIOGRAFÍA DE J.R.R TOLKIEN:
-El Hobbit, 1937
-Egidio, el granjero de Ham, 1949
-El Señor de los Anillos:
La Comunidad del Anillo, 1954
Las Dos Torres, 1954
El Retorno del Rey, 1955
-Las Aventuras de Tom Bombadil, 1962
-El Herrero de Wootton Mayor, 1967
-El Silmarillion, 1977
-Cuentos inconclusos, 1980
-Los Hijos de Húrin, 2007
© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Fotografía extraída de www.elponeypisador.com
miércoles, 20 de febrero de 2008
Lástima que...
¿Alguna vez os habéis planteado cuanta es la gente que habitualmente os encontráis por la calle? De individuos anónimos hablo, gente desconocida con sus propios problemas, sueños e inquietudes. ¿Os habéis detenido a pensar en ello? Un azaroso giro del destino y cualquiera de esas personas podría formar parte de tu vida del modo más inesperado, y con ello cambiar tu presente y a buen seguro tu futuro. Seguro que muchos de vuestros conocidos han llegado a vosotros de tal modo.
Pero la pregunta es… ¿qué ocurre con los que jamás llegan a formar parte de tu vida?
Seguramente creerás que estoy desvariando, pero yo pienso mucho en esas cosas. Quizás la culpa de todo ello la tenga mi profesión: soy escritor. Casi puedo verlo, ahora mismo estarás pensando que, como artista, merezco el calificativo de “raro”. Tal vez tengas razón… ¿pero en qué manual de la vida pone que lo raro tenga que ser algo necesariamente malo?
Sí, no cabe duda de que soy un tipo dado a las ensoñaciones, pero también a la natural observación de mi entorno. Y al residir en una gran ciudad, tengo mucho que observar, créeme. Individuos de todo tipo y catadura moral, cualquier “especie” de habitante urbano; desde los pintores y dibujantes que buscan ganarse un dinero en las grandes avenidas hasta los trajeados ejecutivos y los abogados engominados. Hay mucho “espécimen” donde elegir, muchas historias que imaginar.
Pero sin duda mis personajes preferidos, aquellos por los que siento debilidad, son la gente de a pie, especialmente aquellos que, en mi calenturienta imaginación de escritor, llamo “Viajeros del Inframundo”.
Para que me entiendas, los que utilizan el metro cada día.
Es inevitable semejante atracción. Yo utilizo el transporte subterráneo todos los días, como ellos, sin embargo no lo hago por necesidad. Como escritor, trabajo en la comodidad mi casa, pero sin embargo he tomado la costumbre, no impuesta por obligación alguna, de montarme en el metro en la parada más cercana a mi piso, sólo por el placer de hacerlo. Y, debido a mi inclinación natural a la contemplación, no puedo dejar de observar atentamente los individuos que me encuentro cada mañana, todos distintos entre sí, más característicos de lo que podría parecer con un simple vistazo.
Más allá de su rostro cabizbajo y amodorrado propio de los madrugadores, sus expresiones, vestimentas y gestos me indican mil y un detalles que la mayoría no advierte. Obviamente, no conozco la verdadera historia de ninguno de mis compañeros de transporte, pero mediante la observación deduzco, y tras la deducción, creo mi propia historia: veo una ligera angustia en la esforzada madre que trabaja cada día, y que se ha visto obligada a dejar a sus hijos al cuidado de una asistenta o de una guardería; otro día es un universitario vestido al estilo rasta, un defensor a ultranza de los derechos de los animales- a juzgar por la pegatina en su mochila proclamando que es antitaurino-, y a buen seguro un okupa, pues también porta bordado en su gorro de lana un símbolo anarquista; el ejecutivo, padre de familia, con el típico maletín negro- un tanto desfasado ya-; un presentador de televisión al que nadie reconoce, o que por vergüenza no se atreven a mirar… los ejemplos se amontonan en mi libreta de anotaciones.
Curiosamente, soy el único que observa con atención.
Afín a todos ellos, una única característica: resignación ante la naciente jornada laboral.
Toda esa gente está presente durante un pequeño lapso de tiempo en mi mente. Me inspiran, pero con el paso de los días acaban por desaparecer de mi cabeza para dejar cabida a otros. Sin embargo algo cambió radicalmente hace un par de semanas. El día parecía tan común como cualquier otro, nada me hizo pensar que pudiera ser especial, pero el hecho es que lo fue, ya lo creo que lo fue.
La culpable se sentó justo frente a mí. Tuve suerte de que aquel día coincidiera con los primeros días de agosto, pues debido a las vacaciones el vagón estaba prácticamente desierto, en comparación con cualquier día laboral. Así pude observarla sin impedimento de viajero alguno parado en el espacio entre ambas hileras de asientos. Pude contemplarla a placer, pues ya desde el primer instante captó mi atención irremediablemente.
Claro, ahora creerás que estoy refiriéndome a una mujer despampanante, sensual y atractiva, quizás incluso provocativa. No fue así. Aquella muchacha no tenía el escultural cuerpo de una modelo, era más bien una muchacha pequeñita, delgada y de formas suaves, femeninas pero no apabullantes. Vestía además con ropa informal, simples vaqueros cortos y una camiseta de lo más normal, y no iba maquillada. Portaba el cabello a la altura de donde se unen cuello y cabeza, no más largo, y era éste del tono de la miel, como sus ojos.
No, no era la mujer más atractiva del mundo, pero a mí en cambio me pareció la más hermosa. ¡Su rostro! ¿Cómo describir su rostro? Confieso que incluso yo me veo incapaz, yo que sobre tantos he escrito e imaginado. Sólo apuntar que sus labios estaban bien perfilados, no eran muy prominentes, al igual que su pequeña nariz. Su mirada era límpida, y en ella, como una intuición casi sobrenatural, advertí que era una persona de carácter agradable, por fuerza tenía que ser así.
Me quedé absorto en aquella muchacha, y ya no pude despegar mi mirada de ella. Jamás me he vuelto a sentir tan arrebatado por una persona, nunca tanto como con aquella desconocida. Y por primera vez no logré imaginar una historia para quien era el objeto de mi atención. Obviamente, era joven, pero mi, en esos momentos, debilitado razonamiento no logró más que fechar aproximadamente la edad de la chica: entre los diecisiete y los veinte, no más.
Y ahí acabaron mis pesquisas, no fui capaz de lograr adentrarme más en ella. Y me encontré deseándolo, queriendo fervientemente saber más de aquella chica. ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su trabajo, o qué estudiaba? ¿Vivía aquí en la ciudad, o sólo era un viaje ocasional?
Todo, quería saberlo todo.
En un momento dado, resultó inevitable pues mi escrutinio era casi descarado, la muchacha advirtió que la observaba. Hubiera sido comprensible que se molestara por ello, incluso que se enojara; tampoco hubiese sido extraño que se asustara, creyendo tal vez que yo era un pervertido o un ladrón, y cambiara de sitio.
Nada de eso ocurrió. Sencillamente me sonrió con afabilidad, y luego volvió a bajar su mirada hacia el libro que se había puesto a leer nada más sentarse. Sin embargo, a partir de entonces desvió muchas veces sus ojos hacia mí. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, ella dibujaba una sonrisa.
Creo que yo también lo hice, pero no podría asegurarlo. En esos momentos, para mí solo existía ella.
Y entonces se anunció la parada en donde la muchacha debía bajar. Cerró y guardó el libro en su mochilita de tela, y se levantó con movimientos calmos. Me miró de nuevo sonriente, pero juro que creí discernir un atisbo infinitesimal de tristeza.
Se iba, en un momento el tren pararía y aquella muchacha que no conocía de nada, pero que ansiaba conocer, se bajaría, y ya jamás la volvería a ver. Sentí un vacío en mi interior, sentí que me ahogaba. La contemplé como aquel moribundo que ve la vida abandonarlo. Tenía que hacer algo, tenía que levantarme, dirigirme hacia ella y decirle algo, lo que fuera: que era preciosa, que me había cautivado, que me diera su teléfono o que me dejara invitarla a un café. No importaba qué, pero tenía que moverme.
Incomprensiblemente, no lo hice, y me odié mucho en adelante por ello. Nunca fui un hombre especialmente tímido, y con los treinta ya cumplidos, lo soy mucho menos. Pero aquel día no logré levantarme, ni caminar hacia ella, ni decirle a esa muchacha que jamás nadie me había afectado tanto.
Se fue, y yo supe que nunca más volvería a verla.
***
Los días siguientes fueron más duros de lo que podría considerarse razonable. No dejé de pensar en aquella chica en ningún momento, incluso semanas después aún veía con nitidez su imagen en mi cabeza, como si la hubiera fotografiado en mi mente. Perdí la inspiración, durante todo ese tiempo, casi un mes, no logré escribir ni un mísero párrafo. Me dediqué a vagabundear durante todo el día en el metro, a la espera del imposible de volver a encontrarla.
Por supuesto, fue en balde.
Si me vieras ahora, advertirías que estoy sonriendo, casi riéndome. Como decía al principio de esta historia, el azar está siempre al acecho, para lo bueno y lo malo. Nunca sabes cuando va a actuar.
¿O quizás fuera el destino?
Creo que había pasado un mes desde aquel encuentro en el metro. Era mediodía, y volvía cabizbajo como siempre de mi infructuosa búsqueda. De nuevo con las manos vacías, y el alma rendida, apenas me apetecía levantar las piernas para subir por las escaleras. Como un espectro sin ánimo, llegué al rellano que daba a mi pequeño apartamento, y allí vi, desparramadas, un buen puñado de cajas de cartón precintadas, y la puerta del piso frente al mío abierta de par en par.
La pequeña sorpresa me hizo, de algún modo reaccionar. Tampoco es que fuera nada novedoso. Yo ya sabía que la familia Adargo, anteriores propietarios del apartamento, se habían mudado a un barrio residencial hacía cosa de una semana. Lógicamente, más en una ciudad tan grande, el piso había sido pronto ocupado por un nuevo inquilino.
Algo sin embargo, una sensación difícilmente identificable, me hizo permanecer plantado en el rellano. Vale, pensé, me presentaré a mi nuevo vecino y le ofreceré ayuda para entrar las cajas.
Y el nuevo inquilino salió al fin al rellano, y yo casi me caí de espaldas. Mis ojos, como los suyos, se abrieron hasta casi salirse de sus cuencas. No podía creerlo, era imposible, las probabilidades de que algo así ocurriera eran… ínfimas.
No cabe ya decir que tenía ante mí a la muchacha del metro.
-Tú…- susurró ella, tan asombrada como yo.
Lo increíble para mí fue que me recordara.
No logré decir nada en un buen rato, no podía. Ella reaccionó antes que yo.
-M-me llamo Sonia.
-Yo… yo soy Carlos…- logré decir.
Me tendió la mano. Yo le di dos besos en ambas mejillas.
Así conocí a la mujer de mi vida.
***
O mejor dicho, así me hubiera gustado conocerla. El piso frente al mío fue alquilado por una pareja de jóvenes recién casados, no por aquella muchacha tan dulce. Su recuerdo siguió martirizándome hasta mucho tiempo después.
Sí, amigo lector, es una lástima que todo esto no haya sido más que una historia surgida de mi cabeza, que nunca volviera a verla tras nuestro encuentro en el metro. Lástima que en la vida real el azar no juegue a nuestro favor más que en contadas ocasiones. Lástima que el destino sea impredecible e imposible de manipular.
Mientras tanto, yo sigo subiéndome en el metro cada día.
Mi esperanza sigue intacta.
Pero la pregunta es… ¿qué ocurre con los que jamás llegan a formar parte de tu vida?
Seguramente creerás que estoy desvariando, pero yo pienso mucho en esas cosas. Quizás la culpa de todo ello la tenga mi profesión: soy escritor. Casi puedo verlo, ahora mismo estarás pensando que, como artista, merezco el calificativo de “raro”. Tal vez tengas razón… ¿pero en qué manual de la vida pone que lo raro tenga que ser algo necesariamente malo?
Sí, no cabe duda de que soy un tipo dado a las ensoñaciones, pero también a la natural observación de mi entorno. Y al residir en una gran ciudad, tengo mucho que observar, créeme. Individuos de todo tipo y catadura moral, cualquier “especie” de habitante urbano; desde los pintores y dibujantes que buscan ganarse un dinero en las grandes avenidas hasta los trajeados ejecutivos y los abogados engominados. Hay mucho “espécimen” donde elegir, muchas historias que imaginar.

Pero sin duda mis personajes preferidos, aquellos por los que siento debilidad, son la gente de a pie, especialmente aquellos que, en mi calenturienta imaginación de escritor, llamo “Viajeros del Inframundo”.
Para que me entiendas, los que utilizan el metro cada día.
Es inevitable semejante atracción. Yo utilizo el transporte subterráneo todos los días, como ellos, sin embargo no lo hago por necesidad. Como escritor, trabajo en la comodidad mi casa, pero sin embargo he tomado la costumbre, no impuesta por obligación alguna, de montarme en el metro en la parada más cercana a mi piso, sólo por el placer de hacerlo. Y, debido a mi inclinación natural a la contemplación, no puedo dejar de observar atentamente los individuos que me encuentro cada mañana, todos distintos entre sí, más característicos de lo que podría parecer con un simple vistazo.
Más allá de su rostro cabizbajo y amodorrado propio de los madrugadores, sus expresiones, vestimentas y gestos me indican mil y un detalles que la mayoría no advierte. Obviamente, no conozco la verdadera historia de ninguno de mis compañeros de transporte, pero mediante la observación deduzco, y tras la deducción, creo mi propia historia: veo una ligera angustia en la esforzada madre que trabaja cada día, y que se ha visto obligada a dejar a sus hijos al cuidado de una asistenta o de una guardería; otro día es un universitario vestido al estilo rasta, un defensor a ultranza de los derechos de los animales- a juzgar por la pegatina en su mochila proclamando que es antitaurino-, y a buen seguro un okupa, pues también porta bordado en su gorro de lana un símbolo anarquista; el ejecutivo, padre de familia, con el típico maletín negro- un tanto desfasado ya-; un presentador de televisión al que nadie reconoce, o que por vergüenza no se atreven a mirar… los ejemplos se amontonan en mi libreta de anotaciones.
Curiosamente, soy el único que observa con atención.
Afín a todos ellos, una única característica: resignación ante la naciente jornada laboral.
Toda esa gente está presente durante un pequeño lapso de tiempo en mi mente. Me inspiran, pero con el paso de los días acaban por desaparecer de mi cabeza para dejar cabida a otros. Sin embargo algo cambió radicalmente hace un par de semanas. El día parecía tan común como cualquier otro, nada me hizo pensar que pudiera ser especial, pero el hecho es que lo fue, ya lo creo que lo fue.
La culpable se sentó justo frente a mí. Tuve suerte de que aquel día coincidiera con los primeros días de agosto, pues debido a las vacaciones el vagón estaba prácticamente desierto, en comparación con cualquier día laboral. Así pude observarla sin impedimento de viajero alguno parado en el espacio entre ambas hileras de asientos. Pude contemplarla a placer, pues ya desde el primer instante captó mi atención irremediablemente.
Claro, ahora creerás que estoy refiriéndome a una mujer despampanante, sensual y atractiva, quizás incluso provocativa. No fue así. Aquella muchacha no tenía el escultural cuerpo de una modelo, era más bien una muchacha pequeñita, delgada y de formas suaves, femeninas pero no apabullantes. Vestía además con ropa informal, simples vaqueros cortos y una camiseta de lo más normal, y no iba maquillada. Portaba el cabello a la altura de donde se unen cuello y cabeza, no más largo, y era éste del tono de la miel, como sus ojos.
No, no era la mujer más atractiva del mundo, pero a mí en cambio me pareció la más hermosa. ¡Su rostro! ¿Cómo describir su rostro? Confieso que incluso yo me veo incapaz, yo que sobre tantos he escrito e imaginado. Sólo apuntar que sus labios estaban bien perfilados, no eran muy prominentes, al igual que su pequeña nariz. Su mirada era límpida, y en ella, como una intuición casi sobrenatural, advertí que era una persona de carácter agradable, por fuerza tenía que ser así.
Me quedé absorto en aquella muchacha, y ya no pude despegar mi mirada de ella. Jamás me he vuelto a sentir tan arrebatado por una persona, nunca tanto como con aquella desconocida. Y por primera vez no logré imaginar una historia para quien era el objeto de mi atención. Obviamente, era joven, pero mi, en esos momentos, debilitado razonamiento no logró más que fechar aproximadamente la edad de la chica: entre los diecisiete y los veinte, no más.
Y ahí acabaron mis pesquisas, no fui capaz de lograr adentrarme más en ella. Y me encontré deseándolo, queriendo fervientemente saber más de aquella chica. ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su trabajo, o qué estudiaba? ¿Vivía aquí en la ciudad, o sólo era un viaje ocasional?
Todo, quería saberlo todo.
En un momento dado, resultó inevitable pues mi escrutinio era casi descarado, la muchacha advirtió que la observaba. Hubiera sido comprensible que se molestara por ello, incluso que se enojara; tampoco hubiese sido extraño que se asustara, creyendo tal vez que yo era un pervertido o un ladrón, y cambiara de sitio.
Nada de eso ocurrió. Sencillamente me sonrió con afabilidad, y luego volvió a bajar su mirada hacia el libro que se había puesto a leer nada más sentarse. Sin embargo, a partir de entonces desvió muchas veces sus ojos hacia mí. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, ella dibujaba una sonrisa.
Creo que yo también lo hice, pero no podría asegurarlo. En esos momentos, para mí solo existía ella.
Y entonces se anunció la parada en donde la muchacha debía bajar. Cerró y guardó el libro en su mochilita de tela, y se levantó con movimientos calmos. Me miró de nuevo sonriente, pero juro que creí discernir un atisbo infinitesimal de tristeza.
Se iba, en un momento el tren pararía y aquella muchacha que no conocía de nada, pero que ansiaba conocer, se bajaría, y ya jamás la volvería a ver. Sentí un vacío en mi interior, sentí que me ahogaba. La contemplé como aquel moribundo que ve la vida abandonarlo. Tenía que hacer algo, tenía que levantarme, dirigirme hacia ella y decirle algo, lo que fuera: que era preciosa, que me había cautivado, que me diera su teléfono o que me dejara invitarla a un café. No importaba qué, pero tenía que moverme.
Incomprensiblemente, no lo hice, y me odié mucho en adelante por ello. Nunca fui un hombre especialmente tímido, y con los treinta ya cumplidos, lo soy mucho menos. Pero aquel día no logré levantarme, ni caminar hacia ella, ni decirle a esa muchacha que jamás nadie me había afectado tanto.
Se fue, y yo supe que nunca más volvería a verla.
***
Los días siguientes fueron más duros de lo que podría considerarse razonable. No dejé de pensar en aquella chica en ningún momento, incluso semanas después aún veía con nitidez su imagen en mi cabeza, como si la hubiera fotografiado en mi mente. Perdí la inspiración, durante todo ese tiempo, casi un mes, no logré escribir ni un mísero párrafo. Me dediqué a vagabundear durante todo el día en el metro, a la espera del imposible de volver a encontrarla.
Por supuesto, fue en balde.
Si me vieras ahora, advertirías que estoy sonriendo, casi riéndome. Como decía al principio de esta historia, el azar está siempre al acecho, para lo bueno y lo malo. Nunca sabes cuando va a actuar.
¿O quizás fuera el destino?
Creo que había pasado un mes desde aquel encuentro en el metro. Era mediodía, y volvía cabizbajo como siempre de mi infructuosa búsqueda. De nuevo con las manos vacías, y el alma rendida, apenas me apetecía levantar las piernas para subir por las escaleras. Como un espectro sin ánimo, llegué al rellano que daba a mi pequeño apartamento, y allí vi, desparramadas, un buen puñado de cajas de cartón precintadas, y la puerta del piso frente al mío abierta de par en par.
La pequeña sorpresa me hizo, de algún modo reaccionar. Tampoco es que fuera nada novedoso. Yo ya sabía que la familia Adargo, anteriores propietarios del apartamento, se habían mudado a un barrio residencial hacía cosa de una semana. Lógicamente, más en una ciudad tan grande, el piso había sido pronto ocupado por un nuevo inquilino.
Algo sin embargo, una sensación difícilmente identificable, me hizo permanecer plantado en el rellano. Vale, pensé, me presentaré a mi nuevo vecino y le ofreceré ayuda para entrar las cajas.
Y el nuevo inquilino salió al fin al rellano, y yo casi me caí de espaldas. Mis ojos, como los suyos, se abrieron hasta casi salirse de sus cuencas. No podía creerlo, era imposible, las probabilidades de que algo así ocurriera eran… ínfimas.
No cabe ya decir que tenía ante mí a la muchacha del metro.
-Tú…- susurró ella, tan asombrada como yo.
Lo increíble para mí fue que me recordara.
No logré decir nada en un buen rato, no podía. Ella reaccionó antes que yo.
-M-me llamo Sonia.
-Yo… yo soy Carlos…- logré decir.
Me tendió la mano. Yo le di dos besos en ambas mejillas.
Así conocí a la mujer de mi vida.
***
O mejor dicho, así me hubiera gustado conocerla. El piso frente al mío fue alquilado por una pareja de jóvenes recién casados, no por aquella muchacha tan dulce. Su recuerdo siguió martirizándome hasta mucho tiempo después.
Sí, amigo lector, es una lástima que todo esto no haya sido más que una historia surgida de mi cabeza, que nunca volviera a verla tras nuestro encuentro en el metro. Lástima que en la vida real el azar no juegue a nuestro favor más que en contadas ocasiones. Lástima que el destino sea impredecible e imposible de manipular.
Mientras tanto, yo sigo subiéndome en el metro cada día.
Mi esperanza sigue intacta.
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