TIERRA DE BARDOS, CIERRA.
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Alcander, de Luisa Fernández

Ya está aquí... Legados

domingo, 16 de marzo de 2008

TOLKIEN: PEQUEÑO GRAN HOMENAJE A UN GENIO

Mucho se ha escrito sobre Tolkien, muchos grandes profesionales se han detenido a discutir sobre su obra, tal ha sido la repercusión que ha tenido su trabajo. Siendo así, no pretendo hacer un ensayo pormenorizado de cada detalle de tan magna obra, porque sencillamente no estoy capacitado para ello, y porque sería redundar en más de lo mismo. Aquí pretendo solamente hablar de mis impresiones personales y resaltar algunos datos sobre el que para mí es un genio sin parangón no sólo en la literatura fantástica, sino en el mundo de las letras en general. Sé que algunos me tildarán de exagerado, sé que muchos puritanos consideran a Tolkien y su obra como “cuentos para adolescentes”, “relatos fantásticos para quienes no les gusta la verdadera literatura” (su literatura, la que ellos consideran como tal), o sencillamente… que no es literatura. Sin embargo, la obra de Tolkien me merece, personalmente, no sólo todos mis respetos, sino toda mi admiración.Obviamente, no esperen objetividad por mi parte.No puede haberla en un homenaje.


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¿Qué es lo que más destaca en la obra de Tolkien? Realmente sería complicado responder a algo así, en tanto cada lector que se sumerge en alguna de sus historias se ve sorprendido por diversos aspectos de estas: universalidad en los conceptos, enormidad en el mundo geográfico y temporal donde transcurren los libros, complejidad de las sociedades y culturas de cada uno de los pueblos que pueblan la Tierra Media (ese mundo nuestro, el real, pero enclaustrado en un tiempo imaginario), los lenguajes…
Para mí es el perfecto equilibrio de un universo pensado al milímetro, la magnífica capacidad de Tolkien a la hora de tomar mitos y leyendas de diversas culturas antiguas y aunarlas en un todo, en una mitología propia pero que a la vez nos resulta cercana a todos los lectores.Sí, porque a pesar de lo que muchos creen, el universo tolkeniano no nació de la nada. Contiene conceptos derivados de la exhaustiva documentación que el profesor recopiló: Beowulf, la rica mitología nórdica y celta, El Anillo de los Nibelungos, la Leyenda del Rey Arturo, la Biblia, incluso… Tolkien tomó lo que consideraba oportuno de todo aquello, forjando algo nuevo desde lo extraordinariamente antiguo. Renovó la mitología. Ese era su principal interés, así lo dijo en muchas de sus cartas, lo que Tolkien pretendía era crear una mitología que sobreviviera a sus tiempos, una prehistoria mítica de nuestro mundo actual y real.
En mi opinión, ciertamente lo logró.Imagínense por un momento la tremenda magnitud de tal tarea, no en vano a Tolkien (no olvidemos que un profesor y erudito de la lengua inglesa) le costó la friolera de 16 años desarrollar El Señor de los Anillos… ¡16 años! Comenzando con los esbozos nacidos en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial (en la que Tolkien participó si bien brevemente), y que darían lugar a la amplia cosmogenia tolkeniana (que luego se convertiría en El Sillmarillion), Tolkien creo toda un inmenso y detallado universo con su propia y dilatada historia. Desde la creación del mundo gracias a la música por parte de Eru (el Dios Supremo) y sus hijos inmortales (claramente un reflejo de los arcángeles, aunque convertidos en dioses menores) hasta la conclusión de la era mítica en El Señor de los Anillos, su obra más universal; grandes aventuras épicas (la Caída de Númenor, basada en la leyenda de la Atlántida, o la Guerra del Anillo, mezcladas con pequeñas fábulas románticas como la historia de amor entre Luthien y Beren, reencarnada luego en las figuras de Arwen y Aragorn); razas antaño vagas (como sus maravillosos elfos, surgidos de los Tuatha De Dannan irlandeses del Libro de las Invasiones), que ahora quedaban perfiladas por completo al contar con una sociedad, historia y lenguaje perfectamente estructurados; creaciones propias como los famosos hobbits, que derivarían en razas tan divertidas como los kenders de la franquicia Dragonlance.
Tolkien no dejó nada al azar, creo un lugar, con su historia, sus idiomas, sus alfabetos, sus propias leyendas, su flora, su fauna… Sí, una tarea titánica (los que escribimos bien que lo sabemos), por cuyo valor al no ser abandonada merece Tolkien, a mi modo de ver, el calificativo de genio. Para apreciar la grandeza de lo creado por Tolkien, basta un ejemplo revelador que nos regala David Day en la “Enciclopedia Tolkien Ilustrada”:“Sería como si Homero, antes de escribir la Ilíada, o la Odisea, hubiera tenido que inventar primero toda la mitología y la historia griegas”.


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Aquellos que critican al profesor se ceban sobre todo en su estilo narrativo. No analizaré tal concepto porque sinceramente no soy un experto en el tema, pero diré que he leído críticas que comparan el estilo de Tolkien con el de grandes plumas como Joyce, Pound o T.S. Eliot, a quien pocos discuten. Y, de nuevo, recuerdo que Tolkien fue un reputado académico. Para muestra, nada más fácil que leer las muchas biografías del autor: catedrático en el Departamento de Lengua Inglesa de la Universidad de Leeds y más tarde catedrático de anglosajón en la Universidad de Oxford. No son pocas credenciales.
Derivado de todo ello, Tolkien fue un estudioso de la Lengua y la Lilteratura Inglesa en dos áreas que marcarían su obra: la anglosajona y la medieval. Dicha sapiencia tendría su máximo exponente en la invención por su parte (alrededor del 1912), de lo que serían las lenguas élficas presentes en sus obras, el Quenya y el Sindarin, inspirados en principio en los idiomas finlandés, irlandés y sobre todo galés. Los lenguajes creados por Tolkien contienen tantos detalles y matices que han sido objeto de profundos estudios lingüisticos, otro punto más de la grandeza imaginativa del profesor (¡¡Hoy en día se puede incluso encontrar academias en las que aprender élfico!!).
Y luego está el trasfondo moral de las historias de Tolkien. Siguen el axioma popularizado por Lord Acton: “El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”, que dota de una épica a cada acción y consecuencia. Otra de las leyes fundamentales en las historias tolkenianas sería el principio de que el mal siempre se vuelve contra sí mismo de modo natural, un concepto llevado al extremo en la figura de el Anillo Único y el infeliz Gollum. Esta moralidad obviamente no es trasladable al mundo real, en tanto aquí las malas acciones no siempre reciben un castigo, desgraciadamente, pero es igualmente fácil de adoptar por el lector ansioso de una justicia poética que no existe en nuestra sociedad. Igualmente, muchos elementos de la obra de Tolkien, especialmente en El Señor de los Anillos, consiguen atrapar al lector por la cercanía con el mundo real. Tolkien equipara el mal con la desproporcionada progresión tecnológica en la figura de Sauron y en especial de Saruman (que destroza gran parte del bosque de Fangorn para alimentar sus hornos y producir armas para la guerra), en clara referencia al conflicto mundial que el propio Tolkien vivió en persona (tal concepto sería oportunamente utilizado por diversos movimientos ecológicos sobre todo en los años 60). Del mismo modo compara el tranquilo y campechano modo de vida de los hobbits (típicamente inglés) con el bien. La adopción del dragón como signo del mal, o la similitud de Sauron y Morgoth con el ángel caído que se convirtió en el diablo muestran igualmente una inspiración católica, no obstante aderezada con el toque mítico de otras tantas mitologías del pasado, como ya he comentado.


***


Como conclusión, conviene apuntar que hoy la influencia de la obra de Tolkien va más allá del marketing y de sus, algunos, compulsivos seguidores (que son legión, más todavía tras las adaptaciones cinematográficas de sus libros). El Señor de los Anillos es una obra de obligada lectura en muchas escuelas británicas, y supuso un estandarte de la contracultura de los años 60. Ha calado tanto en la sociedad no sólo inglesa sino mundial que ni lo advertimos. Un nuevo ejemplo: en otras épocas el mago era una figura oscura, misteriosa y en ocasiones terrible, más cercano al druida celta que al mito que tenemos de Merlín actualmente. Pero apareció Gandalf, el Gandalf de Tolkien (que también innovo al apartar la concepción de mago como profesión y convertirlo en una especie de mensajeros divinos encarnados, una nueva similitud con la religión cristiana), el Gandalf que se convirtió en el modelo que hoy conocemos de mago, con su característico gorro puntiagudo, la larga barba, la túnica y el bastón. Reconozcámoslo todos. Cuando pensamos en un mago la primera imagen que se nos aparece es la de nuestro querido Gandalf (¡Incluso a aquellos que jamás se han leído el libro o visto las películas!), del mismo modo que cuando pensamos en un elfo nos viene a la memoria la magnífica estampa de Elrond o Galadriel, y no las antiguas descripciones de seres diminutos y traviesos. Son legión los escritores que se han visto influenciados por la obra de Tolkien (yo mismo, aunque sólo sea un aficionado), que se nutren del particular estilo de narrar o concebir historias del profesor Tolkien. Franquicias de literatura fantástica, mal llamada “de espada y brujería”, han surgido a la sombra del maestro, casi plagios algunos, sinceros homenajes otros. Se critica a este género porque se le tilda de comercial. Un argumento patético. Repasen el pasado reciente. En su día, hubo críticos que se ensañaron con cierto grupo inglés por considerarlo comercial y demasiado popular. Y sin embargo, hoy en día los Beatles son considerados el máximo exponente de la música de calidad, y sus letras incluso estudiadas en universidades. Es crónico de ciertos críticos atacar a aquello que vende, a aquello que, en definitiva, gusta. Pero yo me pregunto… ¿no es la literatura, además de un arte, un entretenimiento? ¿No nació al fin y al cabo para ello? Si atendemos a este concepto tan elemental, la literatura fantástica, así como otros géneros tan vilipendiados como la ciencia-ficción y el terror, merecen tanto respeto como cualquier otro estilo literario.
Y entre los grandes maestros no sólo de estos géneros sino de la literatura universal, realmente creo que Tolkien merece un puesto privilegiado, al lado de genios como Joyce, Lovecraft e incluso Cervantes y otros grandes clásicos, aunque sólo sea por atreverse a concebir un mundo que nos ha otorgado a muchos innumerables horas de ocio y emociones.
Aunque sólo sea por hacernos soñar e impulsarnos a escribir.






BREVE BIBLIOGRAFÍA DE J.R.R TOLKIEN:


-El Hobbit, 1937
-Egidio, el granjero de Ham, 1949
-El Señor de los Anillos:


La Comunidad del Anillo, 1954
Las Dos Torres, 1954
El Retorno del Rey, 1955


-Las Aventuras de Tom Bombadil, 1962
-El Herrero de Wootton Mayor, 1967
-El Silmarillion, 1977
-Cuentos inconclusos, 1980
-Los Hijos de Húrin, 2007


© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Fotografía extraída de www.elponeypisador.com

miércoles, 20 de febrero de 2008

Lástima que...

¿Alguna vez os habéis planteado cuanta es la gente que habitualmente os encontráis por la calle? De individuos anónimos hablo, gente desconocida con sus propios problemas, sueños e inquietudes. ¿Os habéis detenido a pensar en ello? Un azaroso giro del destino y cualquiera de esas personas podría formar parte de tu vida del modo más inesperado, y con ello cambiar tu presente y a buen seguro tu futuro. Seguro que muchos de vuestros conocidos han llegado a vosotros de tal modo.
Pero la pregunta es… ¿qué ocurre con los que jamás llegan a formar parte de tu vida?
Seguramente creerás que estoy desvariando, pero yo pienso mucho en esas cosas. Quizás la culpa de todo ello la tenga mi profesión: soy escritor. Casi puedo verlo, ahora mismo estarás pensando que, como artista, merezco el calificativo de “raro”. Tal vez tengas razón… ¿pero en qué manual de la vida pone que lo raro tenga que ser algo necesariamente malo?
Sí, no cabe duda de que soy un tipo dado a las ensoñaciones, pero también a la natural observación de mi entorno. Y al residir en una gran ciudad, tengo mucho que observar, créeme. Individuos de todo tipo y catadura moral, cualquier “especie” de habitante urbano; desde los pintores y dibujantes que buscan ganarse un dinero en las grandes avenidas hasta los trajeados ejecutivos y los abogados engominados. Hay mucho “espécimen” donde elegir, muchas historias que imaginar.
Pero sin duda mis personajes preferidos, aquellos por los que siento debilidad, son la gente de a pie, especialmente aquellos que, en mi calenturienta imaginación de escritor, llamo “Viajeros del Inframundo”.
Para que me entiendas, los que utilizan el metro cada día.
Es inevitable semejante atracción. Yo utilizo el transporte subterráneo todos los días, como ellos, sin embargo no lo hago por necesidad. Como escritor, trabajo en la comodidad mi casa, pero sin embargo he tomado la costumbre, no impuesta por obligación alguna, de montarme en el metro en la parada más cercana a mi piso, sólo por el placer de hacerlo. Y, debido a mi inclinación natural a la contemplación, no puedo dejar de observar atentamente los individuos que me encuentro cada mañana, todos distintos entre sí, más característicos de lo que podría parecer con un simple vistazo.
Más allá de su rostro cabizbajo y amodorrado propio de los madrugadores, sus expresiones, vestimentas y gestos me indican mil y un detalles que la mayoría no advierte. Obviamente, no conozco la verdadera historia de ninguno de mis compañeros de transporte, pero mediante la observación deduzco, y tras la deducción, creo mi propia historia: veo una ligera angustia en la esforzada madre que trabaja cada día, y que se ha visto obligada a dejar a sus hijos al cuidado de una asistenta o de una guardería; otro día es un universitario vestido al estilo rasta, un defensor a ultranza de los derechos de los animales- a juzgar por la pegatina en su mochila proclamando que es antitaurino-, y a buen seguro un okupa, pues también porta bordado en su gorro de lana un símbolo anarquista; el ejecutivo, padre de familia, con el típico maletín negro- un tanto desfasado ya-; un presentador de televisión al que nadie reconoce, o que por vergüenza no se atreven a mirar… los ejemplos se amontonan en mi libreta de anotaciones.
Curiosamente, soy el único que observa con atención.
Afín a todos ellos, una única característica: resignación ante la naciente jornada laboral.
Toda esa gente está presente durante un pequeño lapso de tiempo en mi mente. Me inspiran, pero con el paso de los días acaban por desaparecer de mi cabeza para dejar cabida a otros. Sin embargo algo cambió radicalmente hace un par de semanas. El día parecía tan común como cualquier otro, nada me hizo pensar que pudiera ser especial, pero el hecho es que lo fue, ya lo creo que lo fue.
La culpable se sentó justo frente a mí. Tuve suerte de que aquel día coincidiera con los primeros días de agosto, pues debido a las vacaciones el vagón estaba prácticamente desierto, en comparación con cualquier día laboral. Así pude observarla sin impedimento de viajero alguno parado en el espacio entre ambas hileras de asientos. Pude contemplarla a placer, pues ya desde el primer instante captó mi atención irremediablemente.
Claro, ahora creerás que estoy refiriéndome a una mujer despampanante, sensual y atractiva, quizás incluso provocativa. No fue así. Aquella muchacha no tenía el escultural cuerpo de una modelo, era más bien una muchacha pequeñita, delgada y de formas suaves, femeninas pero no apabullantes. Vestía además con ropa informal, simples vaqueros cortos y una camiseta de lo más normal, y no iba maquillada. Portaba el cabello a la altura de donde se unen cuello y cabeza, no más largo, y era éste del tono de la miel, como sus ojos.
No, no era la mujer más atractiva del mundo, pero a mí en cambio me pareció la más hermosa. ¡Su rostro! ¿Cómo describir su rostro? Confieso que incluso yo me veo incapaz, yo que sobre tantos he escrito e imaginado. Sólo apuntar que sus labios estaban bien perfilados, no eran muy prominentes, al igual que su pequeña nariz. Su mirada era límpida, y en ella, como una intuición casi sobrenatural, advertí que era una persona de carácter agradable, por fuerza tenía que ser así.
Me quedé absorto en aquella muchacha, y ya no pude despegar mi mirada de ella. Jamás me he vuelto a sentir tan arrebatado por una persona, nunca tanto como con aquella desconocida. Y por primera vez no logré imaginar una historia para quien era el objeto de mi atención. Obviamente, era joven, pero mi, en esos momentos, debilitado razonamiento no logró más que fechar aproximadamente la edad de la chica: entre los diecisiete y los veinte, no más.
Y ahí acabaron mis pesquisas, no fui capaz de lograr adentrarme más en ella. Y me encontré deseándolo, queriendo fervientemente saber más de aquella chica. ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su trabajo, o qué estudiaba? ¿Vivía aquí en la ciudad, o sólo era un viaje ocasional?
Todo, quería saberlo todo.
En un momento dado, resultó inevitable pues mi escrutinio era casi descarado, la muchacha advirtió que la observaba. Hubiera sido comprensible que se molestara por ello, incluso que se enojara; tampoco hubiese sido extraño que se asustara, creyendo tal vez que yo era un pervertido o un ladrón, y cambiara de sitio.
Nada de eso ocurrió. Sencillamente me sonrió con afabilidad, y luego volvió a bajar su mirada hacia el libro que se había puesto a leer nada más sentarse. Sin embargo, a partir de entonces desvió muchas veces sus ojos hacia mí. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, ella dibujaba una sonrisa.
Creo que yo también lo hice, pero no podría asegurarlo. En esos momentos, para mí solo existía ella.
Y entonces se anunció la parada en donde la muchacha debía bajar. Cerró y guardó el libro en su mochilita de tela, y se levantó con movimientos calmos. Me miró de nuevo sonriente, pero juro que creí discernir un atisbo infinitesimal de tristeza.
Se iba, en un momento el tren pararía y aquella muchacha que no conocía de nada, pero que ansiaba conocer, se bajaría, y ya jamás la volvería a ver. Sentí un vacío en mi interior, sentí que me ahogaba. La contemplé como aquel moribundo que ve la vida abandonarlo. Tenía que hacer algo, tenía que levantarme, dirigirme hacia ella y decirle algo, lo que fuera: que era preciosa, que me había cautivado, que me diera su teléfono o que me dejara invitarla a un café. No importaba qué, pero tenía que moverme.
Incomprensiblemente, no lo hice, y me odié mucho en adelante por ello. Nunca fui un hombre especialmente tímido, y con los treinta ya cumplidos, lo soy mucho menos. Pero aquel día no logré levantarme, ni caminar hacia ella, ni decirle a esa muchacha que jamás nadie me había afectado tanto.
Se fue, y yo supe que nunca más volvería a verla.
***
Los días siguientes fueron más duros de lo que podría considerarse razonable. No dejé de pensar en aquella chica en ningún momento, incluso semanas después aún veía con nitidez su imagen en mi cabeza, como si la hubiera fotografiado en mi mente. Perdí la inspiración, durante todo ese tiempo, casi un mes, no logré escribir ni un mísero párrafo. Me dediqué a vagabundear durante todo el día en el metro, a la espera del imposible de volver a encontrarla.
Por supuesto, fue en balde.
Si me vieras ahora, advertirías que estoy sonriendo, casi riéndome. Como decía al principio de esta historia, el azar está siempre al acecho, para lo bueno y lo malo. Nunca sabes cuando va a actuar.
¿O quizás fuera el destino?
Creo que había pasado un mes desde aquel encuentro en el metro. Era mediodía, y volvía cabizbajo como siempre de mi infructuosa búsqueda. De nuevo con las manos vacías, y el alma rendida, apenas me apetecía levantar las piernas para subir por las escaleras. Como un espectro sin ánimo, llegué al rellano que daba a mi pequeño apartamento, y allí vi, desparramadas, un buen puñado de cajas de cartón precintadas, y la puerta del piso frente al mío abierta de par en par.
La pequeña sorpresa me hizo, de algún modo reaccionar. Tampoco es que fuera nada novedoso. Yo ya sabía que la familia Adargo, anteriores propietarios del apartamento, se habían mudado a un barrio residencial hacía cosa de una semana. Lógicamente, más en una ciudad tan grande, el piso había sido pronto ocupado por un nuevo inquilino.
Algo sin embargo, una sensación difícilmente identificable, me hizo permanecer plantado en el rellano. Vale, pensé, me presentaré a mi nuevo vecino y le ofreceré ayuda para entrar las cajas.
Y el nuevo inquilino salió al fin al rellano, y yo casi me caí de espaldas. Mis ojos, como los suyos, se abrieron hasta casi salirse de sus cuencas. No podía creerlo, era imposible, las probabilidades de que algo así ocurriera eran… ínfimas.
No cabe ya decir que tenía ante mí a la muchacha del metro.
-Tú…- susurró ella, tan asombrada como yo.
Lo increíble para mí fue que me recordara.
No logré decir nada en un buen rato, no podía. Ella reaccionó antes que yo.
-M-me llamo Sonia.
-Yo… yo soy Carlos…- logré decir.
Me tendió la mano. Yo le di dos besos en ambas mejillas.
Así conocí a la mujer de mi vida.
***
O mejor dicho, así me hubiera gustado conocerla. El piso frente al mío fue alquilado por una pareja de jóvenes recién casados, no por aquella muchacha tan dulce. Su recuerdo siguió martirizándome hasta mucho tiempo después.
Sí, amigo lector, es una lástima que todo esto no haya sido más que una historia surgida de mi cabeza, que nunca volviera a verla tras nuestro encuentro en el metro. Lástima que en la vida real el azar no juegue a nuestro favor más que en contadas ocasiones. Lástima que el destino sea impredecible e imposible de manipular.
Mientras tanto, yo sigo subiéndome en el metro cada día.
Mi esperanza sigue intacta.

viernes, 1 de febrero de 2008

El Canto de Amergin

Relato publicado en el blog literario ESFERA DE LETRAS
http://esferadeletras.blogspot.com/2008/02/el-canto-de-amergin-autor-javier.html

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De las antiguas leyendas irlandesas
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Nueve eran las olas que separaban la flota de los Milesianos del hogar prometido, nueve las olas que se interponían entre ellos y la bella y deseada Éireann.

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De cómo los Milesianos supieron de Éireann se narrará poco aquí. Baste decir que había un rey en las tierras del sur, más allá del mar, llamado Bregon, que construyó una torre tan alta que desde su cumbre podían observarse lejanas tierras en todas direcciones. Fue Ith, su hijo, quien desde tal atalaya atisbó en la inmensa lejanía del norte la forma de una isla, que evocó en él intensas emociones que no supo comprender.
-No marches, Hijo de Bregon, pues allí sólo encontrarás fatalidad- le dijo el druida Amergin, a quien todos asumían como conocedor de los caminos ocultos de la tierra. Amergin, el Primer Druida, Bardo y Juez, Conocedor del Arte.
Tantas fueron las ansias de Ith que, desoyendo los consejos del Bardo, se embarcó hacía aquella tierra prometida. Allí pidió audiencia con los Tres Reyes, y éstos le trataron con respeto a cambio de su arbitrio en el conflicto territorial entre estos tres. Ith, hombre no tan sabio como su padre, no pudo decir mucho.
-Obren en consonancia con las justas leyes de tan hermoso país.
Sus palabras sirvieron para unir a los tres monarcas, mas no como él hubiese deseado. Porque al ensalzar la tierra de Éireann, los tres reyes- Mac Cuill, Mac Cécht y Mac Gréine, hijos de Oghma y nietos de Daghda, el Gran Padre de los Tuatha Dé Danann-, creyeron ver en sus ojos un anhelo velado por su país.
Temiendo que aquel deseo supusiera su perdición en días venideros, asesinaron a Ith con las armas del engaño y la traición. Y sin saberlo, cavaron precisamente aquellos días de dolor que habían deseado evitar.
Así fue como, mediante el único superviviente de la compañía del hijo de Bregon, los ocho vástagos de Mil, hijo de Bilié y sobrino del difunto Ith, supieron de tan horrible acto. Se desató en sus corazones el deseo de la venganza por su pariente, y tomaron pues la decisión de embarcarse a la guerra con las tropas de los treinta y seis mejores jefes de su país.
***
Así, y no de otro modo, fue como los Milesianos desembarcaron en lo que incontables años más tarde sería conocido como Condado de Kerry. El asombro hizo presa de ellos, pero más aún la más poderosa de las emociones. Postrados, arrodillados, quedaron los Milesianos al advertir las maravillas sin igual de aquella tierra casi virgen: los acantilados dando paso a las verdes planicies, extendiéndose éstas a través de colinas en apariencia interminables al ojo del hombre; las montañas, rindiendo sus faldas y laderas a la bruma que sucede al amanecer.
Habían llegado al hogar, en sus corazones no había cabida para ningún otro lugar, ni siquiera para aquel que habían dejado atrás. La venganza por su pariente muerto casi desapareció ante la perspectiva de ser señores de una tierra como no había otra.
Consciente de tanta maravilla, Amergin quedó presa de su Awen. Arrodilló su pierna derecha sobre la blanca arena de la playa, y por ello fue conocido entre los suyos desde entonces como Rodilla Blanca, y de sus labios surgió un poema como ningún otro antes. Un poema que era tanto el ofrecimiento de su vida al nuevo hogar como un reto.


Un reto, siendo aquel un país que, bien lo sabían, debía ser conquistado, pues ya en él moraban otros. Con el deseo ferviente de hacer aquellas tierras suyas por derecho, los Milesianos marcharon hacia el norte, en larga búsqueda de los reyes que gobernaban Éireann.
Tras muchas jornadas de peregrinación, que no obstante sirvieron para engrandecer su amor por la recién descubierta verdadera patria, llegaron al fin al palacio de los Reyes de Éireann, en la Colina de Tara. Allí fueron recibidos por los tres reyes de los Tuatha Dé Danann, que se tenían a sí mismos por dioses.
No cabe decir que los tres monarcas negaron las acusaciones por la muerte de Ith, la vistieron de terrible accidente, y no dudaron en mostrarse ultrajados por el desafío impuesto por Amergin con su canto de desembarco. Pero éste habló haciendo gala de gran sabiduría y dominio del lenguaje, pero también con severidad, y les emplazó a rendir el país como pago por su delito, en la promesa que serían tratados con el respeto que ellos no habían mostrado por su pariente.
Sin embargo, de tan generosas condiciones los Tuatha no quedaron convencidos. Como dioses que se creían, no deseaban ceder lo que consideraban de su propiedad. Buscando evitar la siempre odiosa guerra, Amergin propuso una solución que pudiera ser del agrado de todos.
-Esta es mi propuesta, así lo digo: nosotros los Hijos de Mil volveremos a nuestras naves y nos alejaremos de la isla hasta más allá de la novena ola. Luego de eso, trataremos de volver, y si así lo conseguimos, rendiréis bajo mis condiciones vuestro gobierno. He hablado.
Los Tuatha asintieron a tal propuesta, en la creencia que su magia les ayudaría a evitar tal desembarco.
***
Y así se llega una vez más al presente de este relato. La vorágine desatada por los Tuatha tenía la forma de la más terrible de las tempestades que hombre alguno pudiera imaginar, y había ocultado por completo la bella isla a los ojos de los Milesianos. Siendo así, éstos no tenían un lugar al que volver.
El cielo se hallaba ahora cubierto de negras y asfixiantes nubes, densas como si el mar se hubiese transportado a las alturas. Las aguas de éste, sin embargo, saltaban envalentonadas, formando picudas olas, poderosas como el fin del mundo, implacables como la muerte a la que toda criatura estaba condenada. Los vientos desgarraron los mástiles del navío de Donn, el mayor de los vástagos de Mil, y su barco se mostró entonces indefenso ante el ímpetu provocado del mar. No tardó mucho en hundirse.
Amergin decidió que ya había visto demasiado. Desafiando al terrible temporal, se alzó sobre la cubierta del barco en el que navegaba. Poseído una vez más por el Awen, entonó un nuevo poema de poder, con una fuerza que ni siquiera él mismo logró repetir jamás otra vez:

Yo invoco la tierra de Éireann.
Gran playa del mar fértil.
Fértiles montañas trepadas.
Trepados bosques por la niebla.
Niebla de las cascadas.
Cascadas de los lagos en la bahía.
Bahías de los pozos de las colinas.
Pozos de tribus reunidas.
Reunión de los Reyes de Tara.
Tara de la colina de las tribus.
Tribus de los Hijos de Mil.

El tiempo detuvo todo transcurrir. El mundo había dejado de rodar, la misma realidad pareció replegarse ante el Canto de Amergin. Las voluntades de los Tuatha y la del Bardo se enfrentaron en un combate sólo destinado a ser advertido en todo su esplendor por ambos contendientes. Pero, donde los supuestos dioses se aferraban a un sentimiento de propiedad, Amergin se fundió con el verdadero espíritu de Éireann. Demando fuerza a la isla desde la distancia, la invocó desde su individualidad imperfecta. Y al formar conexión con ella, la hizo suya, no en propiedad, sino en comunión.
Así volvió a aparecer Éireann a los ojos de los Milesios. Y del mismo modo, la destructiva tormenta amainó, el viento se tornó en brisa y las olas en una calma balsa de inamovibles aguas.
Éireann, esta vez sí, daba la bienvenida a sus nuevos dueños.

***

Los Tuatha Dé Danann supieron así que su tiempo estaba presto. No sólo ante Amergin habían caído, la derrota fue tanto a ojos de aquellos nuevos invasores- como antes lo habían sido ellos- como ante el espíritu sublime de Éireann, a la que, en su acomodo, habían dado la espalda. Aún mostraron resistencia a los Hijos de Mil, les presentaron batalla. Pero su poder menguaba, en tanto el de Amergin y los suyos aumentaba. La derrota definitiva les llegó, al fin, en Tailtiu. Allí, Eber, Eremon y el propio Amergin, los tres vástagos de Mil que habían sobrevivido a todas las batallas y antes ya a la tormenta, mataron en combate a los tres reyes de los Tuatha.
Los Hijos de Mil, vencedores, tomaron posesión de la superficie de Éireann, y a partir de entonces se hicieron llamar los Goidelios. Entretanto, los pretendidos dioses Tuatha fueron desterrados a las profundidades de la isla, y se convirtieron en lo que más tarde se conocerían como las hadas, los sidh, los dioses que moran en la tierra. En el subsuelo vivieron y reinaron desde entonces, mientras otros tomaban el relevo en la superficie.
Mientras otros seguían construyendo la historia del más hermoso de los países.
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© 2007 Javier Pellicer MoscardóRelato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “Entre mente y corazón Segunda antología de relatos”
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*Imágenes extraídas de las siguientes páginas web:

lunes, 14 de enero de 2008

GLADIADOR DE ÉBANO

Nota del autor: Quienes me conocen un poco saben que el tema que expongo en este relato (embellecido para la ocasión, pero del todo realista) es una de mis astillas clavadas. La fantasía y la ciencia-ficción son mis territorios naturales, pero a veces me gusta cambiar de aires y adentrarme en la denuncia social (ups, estoy diciendo demasiado). El tema en cuestión me revuelve las entrañas desde que tengo uso de razón. Sigo sin entender porqué en una sociedad que se autoproclama civilizada se permiten atrocidades como la que paso a narrar.

Disfrutad, pero sobre todo, recapacitad sobre lo expuesto.

Y por supusto comentad.


***



Salgo a la arena del abarrotado coliseo, buscando una salida, buscando la libertad a un cautiverio impuesto por aquellos que manejan los hilos de mi infausto destino. Cautivo, sí, mi vida está supeditada al capricho de quienes han hecho de mí lo que soy: un esclavo para calmar sus ansias de diversión, sus anhelos de héroes y gloria, sus afanes de diversión... su barbarie y su vergüenza.
Ya han decidido por mí cómo debo morir... y cuando.
Sin embargo, yo aún soy ignorante al respecto. Pobre de mí, que ingenuidad la mía, por otra parte inevitable. Desconcertado, confuso e irritado por la repentina luz del día- negada durante largas horas de ignominioso encierro en las sombras-, veo una posibilidad, una esperanza de supervivencia. Y entro en su juego. Lucho, por mi vida, creyendo que ha sido mi elección, y no la de otros.
Alguien entona mi nombre: “Ébano”, dice, y el gentío aplaude, un gesto carente de significado para mí. No, nada existe más que el ardor provocado por la sustancia con la que han embadurnado mis extremidades para que no deje de correr, y el insoportable escozor en mis ojos que me ciega en parte… nada existe más que mi enemigo.
Sus ropajes de gladiador resplandecen, en contraposición con mi negra piel. Me espera con gallardía, con una arrogancia quizás no deseada- o tal vez sí-, pero ciertamente manifiesta; y yo, inconsciente, le brindo lo que sin duda es su deseo y mi perdición. Me lanzo contra él con la impetuosidad de mi mayor fuerza, de mi corpulencia superior. Lo encaro con mis afiladas armas, no buscando su muerte por gusto, sino por puro instinto.
Pare eso nací. Para eso fui criado como tantos otros. Algunos dicen que no existiríamos de no ser por esta tradicional necesidad de héroes. Sea como fuere, tal vez la no existencia sería deseable al martirio con el que acababan nuestras vidas.
Llego hasta el héroe. Sin embargo, él posee dos armas que yo no conozco: la agilidad, y sobre todo, y en especial, la inteligencia. A pesar de las apariencias, es una batalla desigual, perdida de antemano, aun cuando yo sea dos veces más robusto que él, y mi fuerza pueda destrozarlo con sólo un impacto.
Si al menos fuera una lid justa…
Me sortea, echándose a un lado, y sabedor de su superioridad inicia un juego cuyas reglas yo no conozco. Una finta tras otra me engaña, me incita a atacarle para luego burlarse de mí. Así una y otra vez. Yo me canso, su esfuerzo en cambio es mínimo.
Un descanso, parece. Otro engaño, en realidad, pues sólo es tregua para mi enemigo. Aparece ante mí otro contrincante, un hombre con una lanza. Se parapeta sobre un muro andante, y mientras yo, poco sagaz, ataco con ahínco ese muro- otra pobre infeliz criatura, tan esclava como yo-, él me lesiona con su afilada hoja, me hiere más y más profundamente. Se abre en mi carne en un lacerante boquete, la sangre estalla sin remedio, y el dolor me obliga a la humillación total de no poder siquiera levantar la cabeza.
Más enemigos, siempre más enemigos. Otro hombre distinto a los demás está parado frente a mí. Me mira ceñudo, pero yo no comprendo sus intenciones. Alza sus armas, y sin previo aviso se lanza contra mí. Una vez más, me engañan; una vez más y no será la última. De nuevo me dejo llevar y le ataco yo también. Cuando a punto estoy de ensartarlo con mis armas, él se zafa y, ya expuesto e indefenso, no puedo evitar que me clave aquellas menudas lanzas por detrás, por la espalda.
Si conociera el orgullo me sentiría humillado.
El dolor del instante recorre todo mi cuerpo, como una corriente eléctrica devoradora; trato, con fuertes vaivenes de todo mi cuerpo, librarme de tan insidiosas armas, pero con cada uno de mis movimientos no sólo no consigo desprenderme de ellas, sino que éstas se anclan si cabe con más ahínco, al tiempo que las heridas se agravan más y más. Y con ellas, la terrible agonía. Pero soy fuerte, resisto, y quizás por ello transmito una falsa imagen de entereza a mis enemigos. Los muy necios creen que no sufro.
Su necedad y prepotencia es mi castigo.
Se retira quien me ha herido y retorna el héroe, fresco y entero. Más engaños, más juegos, en tanto yo poco a poco voy perdiendo fuerzas a través de la sangre que brota de mis heridas. Sin embargo, como no conozco la rendición, continúo la lucha, tozudo aunque consciente del dolor; tan exasperante éste que da paso a la rabia más irracional, a la pura desesperación. El héroe prolonga su juego, yo sigo respondiendo, sin saber que el momento de mi final está cerca. Mis fuerzas son escasas, pero aún me tengo en pie, aún albergo esperanzas.
Y entonces él se detiene, y como si hubiese sido hipnotizado, también yo lo hago. Alza la espada, y con ella me señala, erigiéndose como juez y verdugo, proclamando la que siempre había sido una inevitable sentencia, mientras sus ojos se funden con su objetivo. Me marca a fuego con su mirada. Por supuesto, no entiendo, pero como hasta el momento, me dejo llevar en la vorágine de acontecimientos orquestados por otros. Le contemplo mientras rebufo, inconsciente del momento sublime que para mi enemigo representa lo que está a punto de acontecer. Para él es el éxtasis, el ansiado orgasmo de placer, un fugaz pero sublime momento de inmortalidad.
Un instante que, según él y cuantos son como él, sólo se puede lograr con el sacrificio… de otro.
Jamás el propio.
Ahí llega el golpe mortal, precedido por el sepulcral silencio de todo espectador presente, por sus alientos contenidos en espera del anunciado pero no por ello menos deseado final. El mundo se detiene para todos, excepto para mí. No, yo siento claramente cómo el filo de la espada desgarra mi carne, siento el arma ya, definitivamente, formando parte de mí.
Enfervorizados, aplauden cuando me hunde el acero, aclaman a mi enemigo, su héroe; lo jalonan mientras caen rosas desde las gradas, pues acaso él representa cuanto quieren ser, cuanto jamás podrán ser. La gloria divina para el gladiador resplandeciente. Y, que no insistan en vestirlo de honor u orgullo, la degradación para el gladiador de ébano. Una humillación que poco me importa, porque estoy a punto de morir.
En realidad, si tuviera capacidad de tal, debería sentir lástima por mi enemigo, mi ingenuo enemigo. Sí, porque al cabo es tan esclavo como yo, un pelele de una tradición salvaje que, y esa es la diferencia con respecto a mí, está a su favor. Él le ofrece al público sangre y muerte, y éste lo aclama por ello, lo reverencian. Sin embargo, raras veces entregará la vida, raras veces será él quien yazca en la arena empapado en su propia sangre. Él siempre tendrá la posibilidad, y será alta, de vivir. Yo jamás, nunca tendré la esperanza de salir de la arena con vida.
¿Quién es la verdadera bestia?
No puedo más, fallan mis fuerzas. Mis extremidades se doblan atacadas ya al fin por la irrevocable debilidad. Ya perdidas las energías, mi resistencia, la misma que mantenía a raya momentáneamente el dolor, queda en nada. Y el sufrimiento se propaga por cada terminación nerviosa, la catarsis llega a mi cerebro como millones de agujas atacando cada célula de mi cuerpo. ¿Es que no ven cuanto es mi sufrimiento? ¿Es que son tan ciegos que no advierten el salvajismo de sus acciones, de sus horrendas y anticuadas tradiciones? ¿Cómo pueden tenerse por seres civilizados?
Resulta obvio que no son conscientes de nada de ello. Al menos aquellos que presencian mis últimos alientos.
Caigo, sobre el carmesí charco de mi sangre. El aliento se me va, y con él la visión del mundo.
Un último bramido, apenas un gemido. Y al fin, solo entonces, ya exánime como estoy, y luego de tan horrible tortura, alguien se apiada de mí.
Una punzada en la nuca, y así muero.
Tras veinte minutos de tormento.
Veinte minutos de gloria para el héroe llamado torero.
Veinte minutos de agonía para la bestia llamada toro.




© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “Entre mente y corazón Segunda antología de relatos”



Y como añadido, y aunque no soy devoto de este grupo, os dejo una canción de Ska-p que hace referencia al tema y con la que comulgo:



Entre el Atlántico y el mar Mediterráneo hay una tierra de mar y mucho sol

que desde antaño se viene practicando una asquerosa y sucia tradición

un individuo vestido de payaso tortura y martiriza hasta la muerte a un animal

y el graderío estalla de locura cuando el acero anuncia su final.

Banderilleros sedientos de violencia van torturando sin ninguna compasión

los picadores prosiguen la matanza acentuando punzadas de dolor

malherido embiste con bravura contra el frío del acero que destroza su interior

agonizando en un charco de sangre el puntillero remata la función.

FESTEJO CRIMINAL, VERGÜENZA

Torero, eres la vergüenza de una nación

Torero, eres la violencia en televisión

Torero, eres asesino por vocación

Torero, me produce asco tu profesión

Llamar cultura al sadismo organizado, a la violencia, a la muerte o al dolor

es un insulto a la propia inteligencia, al desarrollo de nuestra evolución.

Tu indiferencia les hace poderosos, manifiesta tu repulsa a la fiesta criminal

no colabores con un juego de dementes, taurinos al código penal.

domingo, 6 de enero de 2008

Fehu


1

Con sólo once años, el mundo es un espacio vasto y pleno de experiencias ilimitadas, era así incluso en las duras tierras del norte, en donde todo era duro, en donde nada era fácil.
Despreocupados corrían los tres muchachos, por tanto, obviando las gélidas temperaturas, internándose en la espesa arboleda de alisos de hojas aún nacaradas; las caritas pálidas, pero de mofletes no obstante sonrosados, sonrientes; los brillantes ojos, abiertos a ese mundo rebosante de vida.
Así debía ser. En un entorno en donde las circunstancias apenas permitían una verdadera infancia, en donde los niños dejaban de serlo en tan solo un suspiro, aquellos momentos debían y eran aprovechados al máximo. Los disfrutaban, simplemente porque sabían que por desgracia no persistirían en el tiempo. A no mucho tardar las obligaciones para con sus familias los alejarían de todo ápice de diversión infantil. Los muchachos devendrían en granjeros, navegantes o pescadores, llegado el momento en salvajes guerreros. Ellas, las niñas, se convertirían en tejedoras, y desempeñarían cuantas labores marcaba el cuidado del hogar, antes y una vez fueran desposadas.
-Parad un instante, chicos- dijo una chiquilla de cabello pardo y enmarañado, mientras detenía su carrera, en aras de un respiro.
Nubecillas revoltosas de vaho escaparon de su boca en tanto trataba de recuperar el aliento. Jora era su nombre, y tenía diez años, uno menos que sus amigos de aventuras. Como ellos, tenía el rostro sucio, lleno de pegotes de barro, de roña del estiércol de las vacas. Los habitantes nórdicos no tenían por costumbre la pulcritud, al menos en lo que se refería a su aspecto. Demasiadas cargas sobre sus hombros, mientras sacaban adelante una dura vida, como para preocuparse de menudencias tales.
-¡Para qué lavarnos, si luego volveremos a ensuciarnos!- solía decir el padre de Jora.
Sus dos compañeros de aventuras se detuvieron tras su aviso. Eran dos niños, uno enorme, tan grande que se alzaba muchos palmos por encima de la chica. Su robustez era inusitada incluso entre sus congéneres, ya de por sí corpulentos. El cabello oscuro, despreocupadamente descuidado, a excepción de varios trenzados, le caía más allá de los hombros, sin orden ni concierto.
El otro mozalbete era ostensiblemente más bajo, pero aún más alto que la muchachita. Su cabello era claro, también largo; unos penetrantes ojos verdes brillaban siempre con especial vivacidad; una mirada en donde se intuía una perspicacia nada usual en alguien de su edad, nada común incluso entre los adultos.
-Mira, Asgeir, ya te dije que Jora no aguantaría- dijo el mocetón fornido, con aire de refunfuño.
-Oh, venga, Harald, no seas tan dura con ella.
Jora sonrió a Asgeir. Los tres eran grandes amigos, hermanos podía decirse, pero la niña admiraba profundamente a Asgeir. Cuando lo miraba, no veía a un rudo muchachote de Viken; no veía a alguien preocupado por mostrar su hombría a base de mamporros, o de beber hidromiel hasta caer en redondo, para así parecerse a sus mayores. No, Asgeir era distinto. Era atento con ella y con Harald, y se hacía valer más de su sagacidad que de la violencia.
En definitiva, era su héroe.
Sin embargo, no todos eran del mismo sentir que Jora. En la aldea, muy pocos eran los que no miraban a Asgeir por encima del hombro. En tanto que los demás niños se peleaban entre ellos día sí, día también- alentados por el viejo dicho “quien no ha sido nunca herido lleva una existencia sin sentido”, el muchachito prefería evadirse de tales entretenimientos en la observación del río, o pasear entre el boscaje. En consecuencia, muchos se mofaban de él, o lo incordiaban, o ambas cosas a la vez. Asgeir fingía que nada le afectaba, pero Jora sabía muy bien el dolor que sentía por dentro, el dolor que no se atrevía a expresar por no ser tachado de melindroso. Ocurrió en una ocasión que, tras el último blot- Asgeir odiaba los sacrificios rituales de animales-, Jora lo encontró llorando en el bosque, preguntándose porqué no podía ser como los demás, porqué era tan diferente a los otros niños.
-Yo no quiero que seas como los otros- le dijo en aquella ocasión la niña, y alivió en parte el dolor de su amigo al estamparle un beso en la mejilla.
Pero acontecía que aquel que más increpaba al muchacho no era otro que el propio padre del niño, Asbjorn. El tosco leñador no cejaba de preguntarse a quién había salido su hijo, si bien la respuesta siempre era la misma: a su madre, Dalla. La única, junto con Jora y Harald, que lo trataba con respeto y cariño.
-Aquí parece un buen sitio- dijo Asgeir, mirando alrededor suyo, un claro bañado por unos tímidos rayos de luz, que se escapaban del cielo siempre tan encapotado.
-Está bien, yo seré Heimdall, el Dios Guardián del Puente Bifrost- comentó Harald.
-Pues yo haré de Balder, el Dios de la Esperanza- eligió Asgeir.
Aquello era un signo distintivo más del chico. En sus juegos, la mayoría de muchachos solían elegir al gran Thor, hijo predilecto de Odín y poderoso Dios del Trueno, portador del martillo Mjolnir; tanto que era habitual que se desataran peleas por encarnarlo. Y quienes perdían elegían entonces tomar el papel de Heimdall, el valiente centinela del Arco Iris Bifrost que unía Midgard con Asgard, el Reino de los Dioses. Mas he aquí que nadie, nadie se acordaba jamás de Balder, a pesar de ser un dios querido, pues se trataba de una deidad que no gustaba de la confrontación, pero que estaba a la altura de Thor si la necesidad lo requería.
Nadie lo elegía, excepto Asgeir.
Y debido a la elección de éste, también Jora asumía un personaje poco común. Entre las niñas obviamente la diosa predilecta era Sif, la esposa del Dios del Trueno.
-Yo seré Nanna, la Diosa del Amor Devoto- concluyó la chiquilla, con las mejillas aún más sonrojadas, esta vez no por el frío.
En Asgard, Nanna era la esposa de Balder.
-Pero vamos a necesitar un enemigo, alguien que haga del mentiroso Loki, o de un gigante- comentó Harald.
-Este árbol podría...
Asgeir no concluyó.
Un grito llegó hasta ellos. Un grito de auxilio.

2

-¿Q-qué ha sido eso?- dijo amedrentada Jora.
-No lo sé, pero deberíamos averiguarlo- opinó Asgeir.
Era valiente, siempre lo había sido. El miedo no era ajeno en la sociedad a la que pertenecía, cierto, pero éste se fundamentaba más en la forma de supersticiones arcaicas, capaces de destrozar la voluntad de un arrojado guerrero con mayor efectividad que la batalla más sangrienta que pudiera imaginarse. No había rival en llanura, valle o montaña que lograra atemorizarlos, pero temblaban con solo nombrar al más insignificante de los demonios en los que creían. Los gigantes eran los más temidos, si bien jamás nadie había visto uno, pues se decía que vivían en Asgard, la Tierra de los Dioses.
Nada de eso atemorizaba a Asgeir. Creía en las criaturas y las divinidades malvadas, pero no entendía el miedo de sus congéneres, habida cuenta de que todos sabían que Odín y su hijo Thor impedían la entrada a Midgard de los demonios. ¿Porqué entonces sentir terror de algo que no representa una amenaza?
-¡Vamos pues!- dijo entusiasmado el temerario y en ocasiones inconsciente Harald.
-Jora, vuelve al poblado y avisa a la gente- comentó Asgeir, que no quería que la chiquilla corriera peligro.
-¡No, yo voy con vosotros!
Él sonrió y no insistió, pues sabía que no se apartaría de su lado.
Siendo así, los tres muchachos volvieron a la carrera, esta vez en dirección a los gritos que arreciaban. Sus pies embarrados sortearon raíces y matojos escarchados, y siguieron el caudaloso río que se adentraba serpenteando en el bosque, acompañados de su murmullo sordo.
Y lo vieron de repente, y del mismo modo se detuvieron, en seco. Un lobo enorme, de pelaje negro como el fondo de un pozo, sin embargo brillante. Aquella criatura era mucho más grande que cualquier fiera que jamás hubieran visto. Una vez unos cazadores de la aldea volvieron de su jornada trayendo consigo un gran lobo, el jefe de una manada según dijeron, y quedó expuesto en el centro del poblado hasta que sólo quedaron los huesos. Comparado con aquel, el cual a los niños les pareció terrorífico, éste era un titán, tan grande como un pony.
Apenas repararon en el sujeto al cual el lobo gigante se disponía a destrozar, un hombre anciano, de larga barba blanca, y ataviado sólo con un manto andrajoso. Algo similar a un parche tapaba su ojo izquierdo. A pesar de los gritos, y teniendo en cuenta que estaba a punto de convertirse en la comida de la bestia, el viejo no parecía especialmente espeluznado.
El monstruoso ser volvió la cabeza en cuanto los niños aparecieron en escena. De sus fauces escapaba no sólo un fétido olor a podredumbre, sino además un gruñido sordo pero delatador de su estado de ánimo. Largos chorretones de saliva pendían de la boca hasta llegar al suelo. Sus ojos, amarillentos y horripilantes, helaron la sangre a los chiquillos. Quedaron lívidos como si contemplaran directamente el rostro de Hela, la Diosa de la Muerte.
Quizá no distaban mucho de la realidad.
El lobo olvidó de pronto al anciano y se lanzó con furia salvaje e incontrolada contra los muchachos.
Directamente hacia Jora.
Para la chiquilla fue todo como si el tiempo se hubiera lentificado. Vio a la bestia saltar sobre ella, pero no pudo reaccionar, como si sus músculos se negaran a obedecerle. Su suerte estaba echada.
O quizás no. Porque algo, más bien alguien, la apartó de un empellón, salvándola en el último instante, pero quedando a merced del bárbaro animal. El lobo se llevó por delante sin dificultad alguna a Asgeir, ante la horrorizada mirada de sus amigos, que nada pudieron hacer.
Bestia y muchacho cayeron al río, desapareciendo pronto de la vista de Jora y Harald. Aún en el agua, empujados por la poderosa fuerza de la corriente, el lobo seguía lanzando dentelladas al chiquillo. Asgeir, lejos de amedrentarse, empujado por el propio instinto de supervivencia, braceó e intentó alejarse del animal. Lo logró, pero alto fue el precio. El lobo, antes de ser alejado por la corriente, le abrió una profunda herida en el abdomen con sus largas garras. Tan afiladas estaban que el niño ni sintió el corte.
No bien supo como, Asgeir logró aferrarse a la rama baja de un árbol que sobresalía de la orilla. Mal que bien pudo llegar a la ribera. No tuvo fuerzas para más, se desmayó de inmediato, su rostro contra el fango.
El cuerpo sobre su propia sangre.

3

No había palabras que pudieran describir aquel lugar. O tal vez sí. Frío gélido, helador, destructor de vida, amante de la muerte.
Hel, Tierra de los Condenados, estéril lugar de debilidad y enfermedad. El infierno congelado.
Asgeir abrió los ojos, lentamente, acuciado por una impotencia desmedida. Con absoluta certeza sabía que iba a morir, pero jamás pensó que acabaría en semejante lugar. Aquella tierra era el hogar predestinado a todas las almas mortales pérfidas, de corazón corrupto. Él jamás se había considerado como tal, pero su sola presencia allí confirmaba que estaba equivocado.
O bien pudiera ser que hubiera algo más.
Frente a él la vio, hermosa como la promesa arrancada a un amante, tan letal sin embargo como una daga envenenada. La mitad derecha de su esbelto y deseable cuerpo estaba cubierto por una toga, no así el resto, que obligaba a no apartar la vista, a pesar de que no hacerlo significaba la condenación total. Una vez los ojos del moribundo se posaban en los de Ella, la salvación era inalcanzable.
Por pura fuerza de voluntad, nacida de lo más recóndito de su espíritu, Asgeir evitó sus oscuros ojos. Ella se sintió frustrada. Jamás nadie había rechazado su belleza. Colérica, descubrió la parte oculta de su cuerpo. El chiquillo creyó caer en un pozo de honda desesperación.
Su mitad izquierda era la de un cadáver andante, destilando podredumbre con cada movimiento. Arrugada la piel, plena de excrecencias y pústulas, de tono mortecino.
Pues Ella era Hela, Diosa de la Muerte y la Enfermedad. Y pretendía su alma. Y pocas cosas de las que ansiaba no conseguía.
-Eres mío, niño- dijo, con una voz que no podía calificarse más que como sibilina.
Algo se reveló en el interior de Asgeir. No quería morir, quería volver a ver a Harald y sobre todo a Jora, reír a su lado, crecer con ellos. Tenía muchos motivos para vivir, algunos incluso ni los conocía ni los comprendía. Tenía que sobrevivir, de algún modo que no llegaba a entender, sabía que mucho dependía de ello.
Gritó un nombre, con tanta fuerza que su voz se quebró y quedó ronca. Pero el llamamiento había sido hecho.
Hela rió a pleno pulmón, y de nuevo miró al muchachito, que seguía evitando su mirada.
-Él no tiene potestad para salvarte- fueron sus palabras-. Estás condenado.
Fugaz fue ese convencimiento para la Diosa de la Muerte, pues algo ocurrió a continuación. Algo inimaginable e inaudito.
La llamada fue contestada. El poder se manifestó frente al chiquillo, entre éste y Hela, cuyo asombro no tenía fin. Jamás en ninguna era había ocurrido algo así.
-¡No! ¡Tú no puedes estar aquí, tu poder no vale nada en mi reino!
-Puedo, Hela- dijo el recién llegado, que tomó con delicadeza al niño en sus fuertes brazos-. Puedo y lo haré. Sabes tan bien como yo que él no debe acabar aquí. Sólo ha venido para que un día tome conciencia. Ahora me lo llevaré, partiremos ambos.
-Nadie lo quiere en Midgard, es una rareza entre los suyos- dijo Hela.
El individuo levantó la mano, y una imagen apareció de la nada. En ella se veía a una niñita, junto a un cuerpo tendido en la orilla de un río. Asgeir reconoció a Jora. Y se reconoció a sí mismo.
-Mírala bien, Hela. Mira sus ojos. Llora. Llora porque lo quiere. Una sola lágrima es más que suficiente para salvarlo. Además, como bien sabes, hay otras consideraciones a tener en cuenta.
-¡Algún día será mío!
-No, nunca lo será, pero eso es algo que te demostrará él mismo día tras día.
Y todo dejó de existir alrededor de ambos. Asgeir miró a su salvador. Era enorme, en sus recios brazos era como un cachorro de perro recién nacido. Su rostro serio pero afable, tranquilizador, surcado por múltiples arrugas, estaba adornado con una larga barba blanca muy poblada, y cabellos igualmente albos, lacios. En su ojo izquierdo lucía un parche.
Y lo supo, supo quién era, y su alma brincó con el conocimiento contraído.
-Sí, hijo, yo soy. Pero ahora debes olvidar. Llegará el día en que lo comprendas todo. Mas no te abandonaré, estaré siempre velando contigo- le dijo, con un tono que a Asgeir le indujo una repentina somnolencia-. Duerme, pequeño. Espera tu destino.
Sus fornidos dedos trazaron un símbolo en la frente del chiquillo, ya dormido. Una línea, de cuya parte superior ascendían oblicuamente hacia la derecha dos trazos más.
Y Asgeir durmió, ya por siempre protegido.

4

El cuerpo moribundo de Asgeir seguía tendido en un camastro de paja, en el interior de una pequeña choza hecha de juncos y adobe. Así yacía desde que los hombres del pueblo, alertados por Harald tras encontrarlo varado en el río, lo habían traído a la aldea. Del anciano amenazado por el gigantesco lobo, nada se sabía. Simplemente, desapareció.
La estancia estaba repleta de gente. La gran mayoría de ellos no había sentido el más mínimo aprecio por Asgeir, pero sí en cambio por su familia. Además, era costumbre que todo el pueblo mostrara su pesar a los familiares del desahuciado. Las caras eran largas, pero no brotaron lágrimas de ningún ojo, pues la creencia popular era que el alma del fallecido se reuniría con los Dioses en el Valhalla, morada de divinidades, y que, sentado en el Gran Banquete, bebería la sublime cerveza en las copas de cuerno, junto a Odín y tantos otros grandes señores. Ese era el destino de todo aquel que en vida hubiera mostrado coraje y valentía. En el caso de Asgeir, su sacrificio por Jora, relatado por ambos niños, le había valido la admiración de toda la aldea, incluso de su padre, que por primera y única vez sintió orgullo por su vástago.
Empero sería faltar a la verdad decir que nadie dejó escapar el llanto. Harald lo hizo, hasta que su propio padre le cruzó la cara de una fuerte bofetada.
-Un hombre no puede llorar- le dijo-. Alégrate por él, pues ha ganado su inmortalidad. Hónrale a partir de ahora, pero jamás le llores. Eso es sólo para los débiles.
En cambio nadie le dijo nada a Jora. La niña estaba desconsolada, rota su alma por la pena. No se había separado en ningún momento del cuerpo de Asgeir, pero bien sabía que la posibilidad de que se recuperara era ínfima. La herida que cruzaba su pecho no había curandera que pudiera sanarla. Tanta era la sangre que había perdido que su piel era blanca como un manto de nieve, amoratados sus labios, su respiración casi imperceptible. Su corazón pronto perdería la batalla de la supervivencia.
Jora le tomaba la mano. Se preguntaba qué haría sin él, como saldría adelante. Cómo podría vivir sin su compañía.
Asgeir estaba desahuciado. La sanadora de la aldea, una vieja tan decrépita que nadie podía comprender cómo sus huesudas piernas lograban sostenerla, hacía horas que había dictado el destino del muchacho.
-Los Dioses reclaman su alma. Nada puede hacerse por él ya.
Y entonó el cántico funerario seguidamente:

Desde joven a ensangrentar el acero aprendido he.
La muerte nunca llorada debe ser.
Enviadas a mí por Padre, las Valkirias me llevan con ellas,
a beber la cerveza con los Dioses voy,
A morir riendo.

Se prepararon las exequias, el túmulo donde ardería el cadáver del niño. Su alma viajaría hasta Asgard flotando con el humo de su incineración. Ardería su espíritu, la inmortalidad lo abrazaría y abandonaría el mundo material para adentrarse en un reino superior.
Sería recordado como si de un valiente guerrero se tratará.
Teniendo en cuenta todo aquello, no debiera resultar extraño el revuelo que produjeron los acontecimientos posteriores. No había pasado un día aún desde que lo trajeron de vuelta al poblado, cuando lo imposible sucedió.
La herida se curó. Como por arte de hechicería. Donde antes una herida ya gangrenosa cubría todo el abdomen, la piel era ahora tersa y suave, sin rastro alguno de imperfección. Y de pronto, Asgeir abrió los ojos.
No le recibieron vítores ni aclamaciones, ni siquiera suspiros de alivio. No, en lugar de ello se encontró con las miradas plenas de miedo de cuantos había en la choza. Miedo y repulsa.
-No es natural- susurraban unos.
-Ha pactado con Hela, debiera estar muerto- murmuraban otros.
Sólo recibió el calor de Jora y Harald, mas no obstante ambos fueron apartados de él por sus padres, temerosos de aquella criatura maldita que sin duda se había aliado con la malvada Diosa de la Muerte.
Asgeir se dirigió a sus padres, buscando su apoyo, pues nada sabía de lo acontecido hasta el momento. Su madre tenía la cabeza hundida en su pecho, no quería ni mirarlo, aunque no percibió alevosía en su semblante. Muy al contrario que su padre.
-¡Maldito! ¡Estás maldecido por los Dioses!- gritó, echando saliva por la boca, como ido- ¡Te has convertido en un demonio! ¡Debes morir!
Tal era la vehemencia del hombre, que pronto todos se unieron a sus salvajes consignas. De nada sirvieron las palabras de Jora y Harald, silenciadas con las manos, ni las lágrimas del compungido Asgeir.
-¡Muerte! ¡Purifiquemos su alma!

5

Así acabó atado Asgeir en el centro de la aldea, ligado a un poste de madera. Permanecería en dicha situación hasta que la sed y el hambre acabaran con su vida. Así entendían aquellas gentes que purificaría su espíritu maldito.
No hubo muestras de compasión por parte de nadie, a excepción de los mencionados Harald y Jora. A ambos no obstante se les prohibió acercarse a su amigo. Cualquier otro que pasaba por delante del niño escupía en su cara, o le golpeaba con fuerza, o ambas cosas.
Hundido por los acontecimientos, el pobre muchacho había perdido todas las ansias de vivir. Ni llanto le quedaba ya. Repudiado, odiado y maldecido por sus congéneres, tan sólo le tocaba esperar su muerte.
Esta no iba a llegar, al menos no con tanta facilidad. Un día después de ser atado, el hambre era voraz, pero la sed resultaba insoportable. Su lengua parecía de esparto, sus labios estaban cuarteados como un terreno falto de humedad. Aferrándose instintivamente a lo imposible, en su mente apareció un nombre.
Lo increíble se hizo inevitable. El cielo se cubrió y llovió. Su sed fue calmada, y en cuanto así ocurrió, las nubes despejaron.
Pero he aquí que los aldeanos no iban a permitir que volviera a ocurrir. Construyeron un techo de tela sobre el condenado, y éste dejo de ver el cielo.
Pasó un día más. La noche había asomado ya, devorando la luz y haciéndose la dueña del mundo, al menos hasta que el sol reclamara de nuevo su derecho. Un guardia guardaba celosamente al niño, más como un ritual que porque alguien creyera que pudiera escapar.
A medianoche pasada, una figura vestida con ropajes grisáceos se acercó hasta la plaza. Por sus andares se veía que era una mujer, pero su rostro era un enigma, oculto por una capucha.
-Hidromiel para ti traigo, buen centinela- le dijo al guardián.
-Gracias, mujer.
Sin advertir la identidad de la aguadora, el vigilante bebió con avidez de la jarra que le había tendido, mojándose la barba pelirroja. Su único agradecimiento fue un sonoro eructo.
-Puedes marcharte ya, muj...
El sopor no le dejó concluir su frase. Cayó como un fardo sobre el suelo. Las hierbas habían hecho bien su trabajo, se dijo la mujer. Sin perder un segundo se acercó hasta Asgeir, que nada había advertido, encerrado en sí mismo como estaba. Al advertir el tacto de una mano grácil, levantó la vista, y el corazón le dio un vuelco.
Hubiera querido pronunciar la palabra “madre”, pero sus boca pastosa no le dejó hacerlo. Con todo, el abrazo de la mujer le llenó el maltrecho corazón.
-Tienes que escapar, hijo- le dijo ella, tras desatarlo-. Vete muy lejos. Cuando amanezca te perseguirán. No dudarán en darte muerte.
-¿Y tú, madre?- balbuceó imperceptiblemente el niño.
-Estaré bien, nadie me ha visto. Vete ya, por Odín. Cuídate, mi pequeño.
-Te quiero madre- de nuevo el llanto acudió a sus ojos-. Despídeme de Jora y Harald.
Ya la mujer corría a esconderse. Él decidió que debía hacer lo mismo, así que corrió, pero sus fuerzas eran escasas. Si quería escapar, antes necesitaba descansar.
Sabía del lugar idóneo.

6

En su gruta secreta descansó unos minutos. Nadie conocía su existencia, excepto Jora y Harald. Los tres niños la habían encontrado el verano pasado, mientras jugaban por las cercanías. Se habían encargado de camuflarla con esmero, con lo que nadie que no la buscara a expresas podría encontrarla. Había un manantial en su interior, en el que Asgeir sació su sed, bebiendo hasta que creyó que iba a estallar. Masticó con avidez unas bayas que encontró por el camino, devorando también unas setas que crecían en la cueva.
Una vez medianamente saciado, la magnitud de su problema se hizo patente. Tenía once años, ¿dónde iba a ir? ¿cómo saldría adelante? No tenía nada, salvo la ropa que llevaba puesta, harapos que no le protegerían cuando cayera el frío. Eso absteniéndose de mencionar que sería pronto perseguido con ahínco, y no solo por los habitantes de su tribu. Cuando las nuevas llegaran a otras aldeas, sería un paria sin hogar, un maldito, considerado un demonio por cualquier habitante de las tierras del norte.
La desesperación una vez más le golpeó con fuerza. Más le valdría entregarse o suicidarse él mismo.
A punto estaba de darlo todo por perdido, cuando un sonido llegó a sus oídos. Creyendo que eran los habitantes de la aldea que ya venía a por él, la sensación de peligro despertó una vez más sus ansias de supervivencia. Se preparó para vender cara su piel.
No era un guerrero quien entró en la gruta. La pequeña figura escrutó la cueva, como para acostumbrarse a la oscuridad. Cuando Asgeir la reconoció, no pudo evitar un grito.
-¡Jora!
-¡Asgeir!
Ambos se encontraron en un emocionado abrazo, preñado de cariño. Se estremecieron, y no pudieron evitar que nuevas lágrimas salpicaran sus mejillas.
-¿Qué haces aquí?- le dijo él, una vez más tranquilo.
-Me escapé de casa. Quería rescatarte pero alguien se adelantó. Cuando llegué vi el guardia dormido y la estaca desierta. Imaginé que vendrías aquí.
Volvieron a abrazarse, tras lo cual ella sacó algo de su zurrón. Unas tiras de carne seca y unas pasas dulces.
-Pensé que estarías hambriento- dijo la niña.
Y cómo lo estaba. A pesar de recién haber comido las bayas y las setas, engulló el alimento en un santiamén. Luego la miró a los ojos y ella vio reflejada su tristeza.
-Yo no creo que seas un monstruo, Asgeir. Y sé que Harald tampoco.
-Lo se, pero los demás sí lo creen. Debo irme, Jora, debo huir si quiero vivir- comentó agriamente él.
-Me voy contigo- soltó la chiquilla.
-¿Qué?
-Ya lo has oído. No te dejaré solo.
La proposición de la jovencita llenó de gozo el alma del muchacho, pero pronto tuvo que rechazarla.
-No puedes hacerlo. Te perseguirán como a mí. También te matarán si nos encuentran.
-No me importa. Sólo quiero estar contigo- dijo ella, sincera, y firme en su decisión.
Solo tenía diez años, pero su voluntad era mayor que la del más enconado berseker. Se dijo una vez más que era una cabezota, pero la entendía perfectamente. Él haría lo mismo en su caso.
Asgeir la tomó instintivamente de las manos, acercándose hasta ella. Sin pensarlo siquiera, ambos se besaron en los labios. Fue un beso espontáneo, cándido, pero pleno de sentimiento, más expresivo que un millón de palabras.
Rojos como tomates ambos, Asgeir se centró en la huída.
-Necesitaríamos un mapa de los caminos- comentó.
-Mi padre tiene uno. Aún quedan cuatro horas para el amanecer, me daría tiempo de ir y recogerlo.
-Está bien, te esperaré aquí- dijo el muchacho, tomándola de la mano-. Ten cuidado.
Ella dibujó una enorme sonrisa que abarcó casi todo el rostro. Tras prometerle que volvería enseguida, se fue.
Pasados unos instantes, Asgeir siguió con el plan que había trazado tras el beso con Jora. El asunto del mapa no había sido más que un ardid para alejarla, pues sabía que el padre de la niña, mercader, debía disponer de planos de todos los caminos de la región. El motivo de toda la jugarreta era, por supuesto, irse sólo. No podía llevarla consigo, era consciente de que el peligro sería demasiado. Arriesgarla a ella era un precio que no estaba dispuesto a pagar.
La quería demasiado.
Con el corazón destrozado por la mentira, a sabiendas del sufrimiento que iba a provocarle, decidió ser fuerte. Partiría de la cueva, seguiría el río en dirección al sur. Ya vería lo que el mañana traía. Quizás con suerte, algún día pudiera volver a aquel lugar. Tal vez un día pudiera volver a por ella.
-Perdóname Jora- dijo, mientras depositaba algo en el suelo de la gruta.
Un pañuelo bordado, regalo de la niña hacía dos veranos.
-Volveré a buscarlo, te lo prometo.

7

Dos figuras invisibles contemplaban inmutables los pasos del chiquillo, mientras éste bordeaba la orilla del río. Ninguna criatura viva podía verlos si ellos no lo deseaban, mas ellos podían observar con total tranquilidad.
Uno, un hombre viejo, de larga barba blanca, no obstante de complexión poderosa. Con su único ojo nada escapaba a su control.
El otro era aún más corpulento, aparentemente más joven, taheño. En su mano aferraba un arma.
Un martillo.
-¿De verdad crees que será capaz de hacerlo?- le dijo el pelirrojo- Es sólo un niño.
-Lo hará, confía en él.
-Sigo pensando que hubiera sido más útil un guerrero experimentado.
-Para lo que se avecina necesitamos algo más que músculos- dijo el anciano-. Necesitamos inteligencia y sobre todo una voluntad férrea. Y no te preocupes, aprenderá a luchar. Aunque no le guste, lo hará, como aquel a quien representa.
El portador del Martillo miró a su acompañante.
-Espero que no te equivoques, Padre.
-No lo haré, Hijo, no lo haré.


©2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “A diez pies del suelo- relatos de lo mundano y lo fantástico”

lunes, 31 de diciembre de 2007

Como hadas guerreras

Relato leído en la edición 58 (29 de diciembre de 2007) del programa literario radiofónico BREUS



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Para Sandra y su Otro Mundo
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Extensos los terraplenes, hundidos entre ambas colinas, páramos medio áridos salvo por puñados de briznas dispersos al azar de un dios caprichoso; el sol caía ya en el lejano horizonte ondulado, y el viento recorría el campo de batalla con tozuda determinación, como si deseara extinguir de sus dominios barbarie tal. Mas las cartas estaban echadas, y ni las mismísimas moiras tejedoras poseían la potestad de salvar lo inevitable.
Allá en lo alto de la colina, frente a sus incontables legiones de Hadas Guerreras, se erguía una figura majestuosa, luz y perfección personificada; una mujer, más bella que el ardiente, sublime y poderoso mirar de una diosa; una mujer, de larga melena, llamas onduladas fluyendo cual verdadera hoguera danzando hacia un oscuro cielo estrellado, mas concentradas gran parte de dichas hebras en una poderosa y trabajada trenza; ciertamente ésta, que aparecía adornada con letales cuchillas, descendía hasta más allá de su firme cintura: un arma terrible para el enemigo, y asimismo fatídicamente infravalorada por éste. El temple de la hermosa guerrera era vigoroso, como el de un titán inmortal, su estampa no solo radiante, sino intimidante, tal que un imponente dragón rojo que hubiese bajado a tomar parte en los ínfimos asuntos de otras criaturas; había poder en sus ojos, poder en su cuerpo, y poder en su alma.
Aletheia era el nombre por el que respondía, y era mucho más que una mujer. Amada tanto como temida, deseada tanto como rechazada, Aletheia era Capitana Guerrera de la Luz, preferida por Titania, Señora de las Hadas. Su heraldo particular portaba un estandarte con el escudo personal de su señora: un nenúfar, una circunferencia con otras siete entrelazadas en su interior, formando en sus conjunciones una flor. La misma heráldica aparecía en un medallón que colgaba del cuello del hada.
Aletheia había llegado para la batalla. No por su propio ánimo, pues era criatura acaso traviesa en tiempos de paz, si bien jamás malvada, nunca malvada; pero al tiempo era de carácter encendido ante las injusticias cometidas con su pueblo y otras criaturas. Siendo así, y aunque como todas sus hermanas aborrecía arrebatar una vida ajena, por execrable que ésta fuera, Aletheia se había visto obligada a tomar las armas. Mucho mal había por erradicar, mucho por lo que luchar.
Y ante sus propios ojos se extendían aquellos que servían a tal maldad; un terrible ejército tan vasto como el suyo propio; soldados y soldados de magníficas pero oscuras armaduras tintineantes, de largas espadas y escudos de compacta madera y flamante acero. La resolución de tal ejército no era menor que el suyo propio, pero Aletheia sabía que la razón estaba, sólo, de su lado.
Sí, porque el reino al que servían aquellos hombres, proclamados por las hadas como la Oscuridad (quizás no todos malvados, pero acaso sí supeditados a una voluntad egoísta), había maltratado a su pueblo durante demasiados años ya; llegaron en tiempos desde el sur, y aunque las hadas les ofrecieron su amistad, ellos desearon propiedad; vilipendiaron y violaron a las mujeres, destrozaron bosques y campos en su terrible afán de conquistar, y bestias que habían sido siempre amigas de las hadas; no amaban la tierra, ni a sus criaturas, sólo pensaban en un mal entendido progreso, en extenderse como una plaga que arrasaba cuanto encontraba.
Al fin, obligada por tan penosas circunstancias, la Reina Titania decidió que ya no más, y nombró como Capitana de la Luz a Aletheia, y ésta formó un ejército como jamás nunca había sido reunido por el Pueblo Hermoso. Ninfas de todos los rincones del ancho mundo llegaron, delicadas criaturas que jamás habían tomado las armas, porque jamás se había hecho necesario.
Pero he aquí que la fatalidad forja maestros.
Y allí estaba ahora la firme Aletheia, mirando con seguridad a sus enemigos. Como acaso su vista era aguda- rasgo común entre las hadas, así como entre los elfos-, ya había identificado al Capitán de los Hombres, ya había identificado su objetivo. Las negociaciones escasos momentos antes habían languidecido, sólo quedaba ya tiempo para la guerra, la tan odiada guerra, la tan inevitable guerra.
Aletheia asintió con la cabeza. Su heraldo levantó el estandarte, lo ondeó en alto, y los corazones de sus guerreras se engrandecieron. Allá, enfrente, el Capitán de los Hombres hizo otro tanto.
Y los ejércitos avanzaron. Los hombres portaban lanceros en primer término, una poderosa falange, un muro de lanzas y escudos, impenetrables para las flechas de cristal de las Hadas. Una riada de muerte, pues el ejército de Aletheia no contaba con una respuesta natural contra tan avasalladora estrategia.
Ahora bien, había otra forma de desmoronar tal conglomerado. Aletheia silbó, el agudo sonido se alzó a los vientos, y de allende los cielos, más allá de las nubes, descendió una nube oscura; sólo que no era una nube, como pronto comprobaron aterrorizados los soldados del ejército de los hombres, sino una bandada de poderosos cuervos, aliados de las Hadas desde tiempos inmemoriales. Las bestias aladas atacaron desde las alturas, centraron sus ataques en la primera línea defensiva. Los lanceros, armados con largas y pesadas espigas de madera y acero, se vieron impotentes para repeler el fulminante ataque llegado de los cielos, y uno a uno fueron cayendo, con los ojos arrancados y los rostros desgarrados por garras y picos.
Los cuervos, cumplida su tarea (y también diezmados por las más efectivas espadas de la infantería), alzaron de nuevo el vuelo y se alejaron de la batalla.
Sabiéndose ya en igualdad de condiciones, Aletheia dio la orden definitiva a su ejército. Las Hadas Guerreras gritaron con la furia contenida de tantos años de abusos, de tantas muertes sin sentido; y la luz de sus ojos se extendió más allá. Un halo de poder rodeó entonces a Aletheia en primer término; un resplandor blanco aún más intenso que el de sus hermanas, que entremezclado con sus cabellos rojos produjo resplandecientes destellos encarnados; el poder de la magia feérica la envolvió, y fue entonces cuando reveló su auténtica naturaleza. De su espalda brotaron en un estallido sendas alas, magníficas, grandes, pero no de pluma, carne y hueso como sería común en un gran ave, sino de pura luz, de pura energía.
Y se la vio más bella que nunca, una imagen deslumbrante de hermosura más allá de medida alguna; una diosa, se diría, de los tiempos en que éstos caminaban por el mundo.
Y Aletheia desenvaino su espada de dorada empuñadura, Dark Edelweiss, y la blandió en alto. Y su poder se reflejó en la perlada hoja, y estalló en reflejos vidriosos, y el ánimo se alzó una vez más entre sus guerreras.
Aletheia hizo descender la espada; y a su señal su ejército cargó, con la determinación de su líder, con el valor de su Capitana…
A la batalla, fueron, a luchar y morir…
…como hadas guerreras.




© 2007 Javier Pellicer MoscardóRelato inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual como parte de la obra “Entre mente y corazón Segunda antología de relatos”

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"