TIERRA DE BARDOS, CIERRA.
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Alcander, de Luisa Fernández

Ya está aquí... Legados

sábado, 7 de marzo de 2009

Cuentos de Erian - El Puente de los Paladines (II)

Y aquí va la segunda y última parte de "El Puente de los Paladines". Espero que lo disfrutéis. Gracias a todos los que habéis comentado y leído el relato.


La semana que viene, más.

Nota: Aclaro una cosa. El padre que comienza y acaba la historia, y su hijo, no son simples personajes. Son protagonistas de la saga que estoy escribiendo en relación con el mundo de Erian. Tienen, por tanto, una importancia simbólica.

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EL PUENTE DE LOS PALADINES (II)



III

Cuando los más de doscientos akhemennios llegaron al puente que los separaba de su próximo festín de destrucción, se toparon con una sorpresa que jamás hubiesen imaginado.
No supieron cómo reaccionar. En el centro exacto del puente de madera vieron brillar un par de individuos, ambos embutidos en sendas esplendorosas armaduras plateadas con motivos broncíneos, el más hermoso de todos un fastuoso fénix en llamas gobernando el peto. Las celadas cubriendo su rostro les daba el aspecto de titanes, y la espada en su diestra y el gran escudo pavés en su zurda el porte de héroes.
—Caballeros del Fénix… —rugió el cabecilla del grupo, y había tanto ira como miedo en su correosa voz.
Ira porque aquellos dos paladines pertenecían a la fuerza de élite de los enemigos de sus señor, y miedo precisamente por el mismo motivo. La fama guerrera de los Caballeros de la Orden del Fénix era antológica, incluso para los incultos akhemennios. Soldados entrenados en el arte de la guerra, espadas hábiles y poderosas, y voluntades que jamás cedían ante el miedo. Eran enemigos temibles.
Pero sólo eran dos. Y al advertirlo el cabecilla se echó a reír, y dio la voz de alto a escasos veinte pasos del puente.
—¡Apartaos, ridículos hombrecillos, y huid si vuestras estúpidas armaduras os lo permiten!
Pero los Caballeros no se movieron.
—¡Estúpidos! —gorgojeó el akhemennio— ¿Acaso queréis plantarnos cara? ¡Me divertiré arrancándoos la piel a tiras, y me regodearé con vuestros aullidos!
Tampoco ahora se movieron los paladines. Pero hablaron.
—¡No, aberración! —vociferó Bernard, y señaló al cielo, en donde el sol Griän descendía presuroso hacia el horizonte de relieve calmado— ¡Tú y tus alimañas seréis quienes gritaréis de terror antes de que acabe el día! ¡Este puente está salvaguardado por la poderosa Orden de Caballería del Fénix, y por tanto dad por seguro que no lo cruzaréis! ¡Venid, si en vosotros hay un ápice de valor!
Más risas de los akhemennios, y burlas hirientes que sin embargo no lograron inmutar a los paladines, a pesar de que resultaba una estampa terrible observar aquella masa de hombres enormes, pintados de blanco cual espíritus horribles de cráneo rasurado.
—¿Por qué ir, si podemos arreglar esto desde aquí? —se mofó el cabecilla—¡Flechas!
Una docena de arqueros akhemennios se adelantaron entonces. Sus arcos eran combadas maderas ennegrecidas, tratadas con inmundo aceite de Balgarr, las odiosas tierras del sur de donde habían surgido aquellas criaturas. Cargaron sus armas con flechas de penachos y puntas igualmente oscuras, y tensaron los arcos con sus poderosos músculos.
Los Caballeros siguieron sin moverse.
—¡Disparad! —gritó el cabecilla.
Saltaron las cuerdas, y los proyectiles se alzaron hacia el cielo; subieron y subieron, y cuando el mundo volvió a reclamarlos, descendieron sobre los paladines.Pero ambos estaban preparados. Un instante antes del impacto de las flechas hincaron su rodilla izquierda en el suelo, y doblaron la otra; alzaron los pesados escudos como un solo individuo, parapetándose tras el duro metal. Tum, tum, tum… las puntas golpearon contra las adargas; algunas se clavaron, pero la mayoría rebotaron, mientras otras hincaban el puente inofensivamente.
Finalizada la descarga, los dos Caballeros surgieron de la protección, indemnes como dioses que no podían ser tocados. Y con voces desafiantes, imprecaron a los akhemennios.
—¡Cobardes! ¡No os escondáis tras vuestros arcos! ¡Venid vosotros y probad nuestro justo acero, ratas miserables!
Los akhemennios vacilaron un instante, la convicción de los dos valientes los desarmó de buen principio. Ellos eran, ciertamente, criaturas cobardes, temerosas de las fuerzas superiores a diferencia de sus parientes, los phomhor. Se lo debían a su parte racional. Y es que aquellos que les plantaban cara no eran simples granjeros desvalidos, eran guerreros diestros como pocos; sabían blandir la espada, sabían esgrimirla y matar con ella.
Sin embargo, reaccionaron pronto. Al fin y al cabo no había motivo para el miedo. Eran doscientos contra dos, no podrían resistir ni un embate. El cabecilla eligió al azar a veinte de sus subordinados, y dio la orden de cargar.
Y como bestias se lanzaron al ataque. Sí, iban en formación, pero ésta era débil a todas luces. Los akhemennios arremetieron en posición descontrolada, con las feas espadas dentadas en alto, sin escudos y sin la más mínima prudencia; gritaban y babeaban, porque eso era lo que comúnmente hacían para asustar a sus víctimas y que éstos huyeran despavoridos, momento que aprovechaban para atacar por la espalda, como bandidos rastreros. Pero esta vez tenían ante ellos a dos guerreros que no cedieron a tales ardides. Finn y Bernard mantuvieron no sólo la posición sino su postura: el escudo alzado a media altura y por delante del cuerpo, el brazo de la espada atrás, dispuesto a descargar; ambos separados lo justo para que entre cada uno, y por sus lados, sólo cupiera un individuo.
—¿Estás a punto para la gloria, compañero? —sonrió Bernard.
—Siempre, amigo —asintió Finn.



IV

La primera acometida acabó con veinte cadáveres, y todos eran akhemennios. Los viles enemigos se habían topado con dos espadas ligeras como el viento y poderosas como el trueno, con dos escudos inamovibles gracias a la voluntad de sus portadores. Una y otra vez, sus armas mal afiladas fueron rechazadas, ya fuera por hoja o adarga de paladín, y respondidas con muerte. Ahora sí, el resto de la patrulla no se mofaba.
Pero su resistencia también demandó un gran precio para los dos Caballeros. Aunque no lo demostraron a sus enemigos —una de las reglas de la guerra era no mostrar debilidad ante el rival—, ambos estaban agotados; entre el escudo, la espada y la armadura cargaban con no pocas piedras de peso sobre sus cuerpos; y aunque eran fuertes y grandes, sus músculos les pesaban después de un combate como aquel. Con disimulo, aparentando una solvencia inexistente, se apoyaban sobre las adargas, respiraban con ansia por entre los resquicios de sus celadas. Habían realizado toda una hazaña, digna de las canciones de los bardos, pero sabían que no sobrevivirían a aquella batalla.
No lo habían esperado en ningún momento.
—¡Ya basta! —berreó el cabecilla— ¡Me he hartado de vosotros! ¡¡Todos a una!!
Bernard y Finn se irguieron de nuevo, con muecas sonrientes una vez más. Retrocedieron poco a poco, buscando atraer al máximo de enemigos posibles al interior del puente. Treinta pasos antes de llegar a tierra firme, se detuvieron de nuevo y contuvieron la avalancha.
La espada de Bernard cantó ligera, el paladín parecía haber olvidado su cansancio. Sabía que era una ilusión; en el fervor del combate la debilidad no se sentía hasta que era demasiado tarde. No obstante, cortó cuellos y abrió cabezas, lanzó golpes con su escudo y despeñó a muchos akhemennios por el puente. Pero no se acababan nunca, siempre llegaban más y más.
—¡Venid a mí, monstruos! —oyó gritar a Finn, que de repente parecía ido, poseído por la furia guerrera del luchador suicida— ¡Dejad que mi espada reparta justicia! ¡Pagaréis todas vuestras infamias! ¡Hoy probaréis el sabor de la derrota!
Bernard sintió un roce frío en el muslo, nada más, pero al instante algo cálido resbaló por su pierna. Lo habían herido, lo supo al instante, pero ello no mermó un ápice su voluntad. Ahora el escudo pesaba demasiado, así que lo dejó caer, y empuñó la espada bastarda con ambas manos. Mató a otros cinco enemigos —había perdido la cuenta, pero los cuerpos se amontonaban entorpeciendo sus movimientos—, antes de que uno de los akhemennios le arrancara el yelmo de un golpe de empuñadura. La respuesta del paladín fue rebanarle el brazo, y abrirle luego la carne a la altura del rostro. Sin embargo, en el proceso, vino el error. Dejó desprotegido su flanco izquierdo, y una lanza le destrozó la armadura y desgajó su costado.
No gimió siquiera, no iba a darles ese placer a sus enemigos, pero cayó de rodillas al suelo sin poder evitarlo. De reojo, vio a Finn, también malherido. Le habían seccionado la pierna a la altura de la rodilla y yacía en el suelo. Pero, valiente hasta la muerte, aún tenía las fuerzas y la voluntad para arrastrarse con las manos hacia su espada.
Sabía para qué la quería.
El joven logró llegar hasta su arma, y la alzó hacia una de las maromas que amarraba el travesaño principal del puente.
Sí, muchacho, hazlo como habíamos planeado, pensó Bernard.
Pero no fue el único que lo advirtió. El cabecilla akhemennio, que al comprobar que sus contrincantes habían sido casi vencidos había osado adentrarse en la batalla, también lo percibió; e incluso alguien tan estúpido como él comprendió lo que pretendía el Caballero.
—¡Atrás, retroceded! —gritó, ahora sí atemorizado.
—Demasiado tarde, engendro —gimió Bernard, utilizando sus últimas fuerzas para cercenar al cabecilla su pierna derecha—. Tú te quedas aquí. Compartirás nuestra suerte, pero no nuestra recompensa, no el premio de los dignos.
Finn descargó su hoja, la soga se rompió limpiamente. Hubo un crujido, y toda la estructura tembló entonces ante el enorme peso que estaba soportando. Débil al perder su principal sujeción, el madero transversal no pudo resistirlo, menos cuando otras cuerdas comenzaron a saltar. Los akhemennios al comprender lo que iba a acontecer, trataron de escapar dando marcha atrás, pero en su propia locura se estorbaron unos a otros, cayéndose al río o pateándose entre ellos.
Era el final, Bernard lo sabía, o el principio, según se viera. Y sintió esperanza. Si dos simples Caballeros del Fénix, defensores de élite de la justicia, pero del más bajo rango, eran capaces de golpear de tal modo al enemigo… ¿qué no harían los grandes héroes que, según se rumoreaba, habían partido con la misión de encontrar a quien salvaría al mundo?
No, el mal no lograría acabar con el mundo, las fuerzas de la Unión se reunirían, y vencerían. Y él, Bernard Gavillán, paladín y antes granjero, y su compañero Finn Galway, valiente como pocos, asestarían el primer golpe, y otorgarían la primera victoria. Y, algún día, serían recordados, con canciones o monumentos.
Al fin, el puente cedió, y todo se vino abajo. Pero unos instantes antes de la catástrofe, Bernard buscó con la mirada a Finn, y le sonrió.
—Cantarán alabanzas por nosotros —dijo.
El joven le devolvió el gesto.
—Ha sido un privilegio y un honor luchar a tu lado. Tu valor es el de un Caballero de Oro.
—Y el tuyo, amigo mío.
No hubo tiempo para más, el Brear reclamó a invasores y defensores por igual.

***


—Bueno… ¿qué te ha parecido? —le preguntó Járiel a su hijo.
El pequeño Kerith lo miró con sus enormes ojos, y el padre vio el brillo que todo niño refleja tras la narración de una fábula. Porque era una leyenda, basada en una historia real que Járiel había adornado con su propia imaginación, que había dulcificado para adecuarla a la inocencia de un niño[1]. En su boca había sonado distinta a cómo él se la imaginaba. Porque Járiel sabía que, en aquel mundo, las fábulas ocultaban siempre un lado oscuro.
Sin embargo, lo realmente importante, el mensaje tras la historia, era el adecuado, aquel que pretendía transmitirle a su hijo.
—Bernard y Finn acabaron gracias a su sacrificio con más de cien enemigos, y lo que es realmente más importante, salvaron a muchos inocentes. Los akhemennios que sobrevivieron, diezmados, tuvieron que vadear el río por otro lugar. Y, sin un líder, no opusieron resistencia a las fuerzas de la Unión. En honor de su hazaña reconstruyeron el puente, y lo engalanaron con cuatro estatuas dedicadas a ambos. Y lo llamaron El Puente de los Paladines.
—¡Qué valientes! —exclamó el chiquillo— ¡Casi tanto como tú, papá!
—No, hijo, no casi. ¡Igual que yo, o tal vez más! —aseguró el padre— Recuerda que Bernard y Finn no contaban con un arma de poder. ¿Pero sabes qué? Tenían algo mucho mejor.
El niño, sumido en un pozo de curiosidad, abrió la boca, esperando la conclusión de su padre.
—Tenían el valor de su corazón y la razón de la justicia.




[1] De aquí deducimos que la versión que Járiel cuenta a su hijo no es la misma que el lector disfruta. Obviamente, ésta última hubiera sido demasiado escabrosa para un niño.

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Imagen: fotomontaje del autor.

Nuevo premio blogguero: Symbelmine


Y este me hace mucha gracia, por el significado de su nombre. Las Symbelmine son unas florecillas que, en la Tierra Media del gran maestro Tolkien, adornaban las tumbas de los reyes. Así que gracias inmensas a los magníficos autores del blog El Paladín de la Reina (buen blog).

«Este premio es otorgado en agradecimiento a los blogs, premiando su trabajo y como un motivo más para estrechar lazos existentes, para que así no nos olvidemos de esos blogs que hacen que cada día queramos seguir haciendo lo que hacemos».

Y, como es costumbre, voy a seguir la cadena acatando las reglas:
1. Elegir siete candidatos que por sus cualidades creas que merecen el premio.
2. Editar una entrada mostrando el premio y hacer referencia a quien te lo entregó.
3. Notificar a tus candidatos

Y mis elegidos son:
-Leyenda de una Era, de Guillem López i Arnal.
-Mente Creativa, de Víctor Morata.
-Blanca Miosi y su mundo, de Blanca Miosi.
-Sweet dreams, de María
-Curioso mundo azul.
-Siempre soñando, de Ángela
-Gatos por los tejados, de Lola Mariné.

domingo, 1 de marzo de 2009

Cuentos de Erian - El Puente de los Paladines (I)

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Pues bien, como había anunciado, aquí va la primera parte del primer cuento de Erian. Recordad que se trata de una historia basada en una leyenda propia que creé para dar trasfondo histórico a una de mis novelas basada en ese mundo.
El orden de las historias no será cronológico. Este relato, en concreto, acontece en los días de uno de los grandes conflictos de Erian, la Segunda Guerra del Destino (el tema de la novela inicial), más de 30 años antes de los tiempos en que el padre le cuenta la historia al hijo. Mientras los grandes héroes viven la aventura principal, otros acontecimientos ocurren en paralelo.
Espero que os guste. Y, por supuesto, espero críticas para mejorar el relato.
PD: Desde el fantástico blog Descubre Irlanda (visitadlo!!!), el buen Luis Tolkien comentaba en el anterior post la semejanza entre el nombre de Erian y Erin (uno de los muchos nombres de Irlanda). Sí, es una especie de pequeño homenaje, Luis, pero no va más allá. Erian no está basado directamente en la Irlanda antigua, ya que se trata de un mundo entero. Por supuesto, hay pequeños detalles que recuerdan a las mitologías celtas, pero también a muchas otras. Vamos, como lo hizo el gran profesor Tolkien. Al fin y al cabo, toda obra se ve influenciada por las pasiones de su autor.

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EL PUENTE DE LOS PALADINES (I)
Javier Pellicer


I

—¡Papi, un cuento antes de dormir! —le pidió el menudo niño a su padre, mientras éste lo arropaba en la cama.
—Está bien, está bien, fierecilla, o no te dormirás. Veamos… ¿Cuál quieres hoy? —le preguntó.
—¡El del monstruo del pantano en el Inframundo! ¡O el del demonio de fuego que vencisteis en Calanas!
—¡Pero si esos ya te los he contado un montón de veces! —dijo el padre— Espera, se me ocurre uno que nunca has oído.
—¡Sí, sí…! —aplaudió el chiquillo— ¿Cómo se llama?
—Déjame pensar… —rumió el hombre— Lo llamaremos «El Puente de los Paladines». Y comienza así…

***

Ni siquiera la recia armadura con ribetes broncíneos que portaban podía proteger su corazón de horrores como el que ahora contemplaban. En adelante, las imágenes de aquella desolación formarían parte imperecedera de sus pensamientos, hasta el día de su momento final.
Finn y Bernard, Caballeros del Fénix de Bronce, observaban la escena con una mezcla de piedad, congoja, náusea… y rabia. Inihs Caoinn, antaño bella aldea del Reino de Antala, situada en el inmejorable paraje de las Colinas Verdes, era ahora pasto de la desolación absoluta. Todo era ruina, de los edificios sólo quedaba la piedra, ennegrecida por las llamas que habían consumido la madera y la paja de sus techos; una capa de hollín cubría las calles de tierra, pero en algunas zonas esa misma ceniza aparecía encharcada con una sustancia densa. La sangre de sus habitantes, que habían sido tomados por sorpresa, alimenta ahora la tierra. Así obran las fuerzas del mal.
Así obra el Paladín Sombrío[i].
No había cadáveres en el suelo. Los invasores se habían divertido preparando algo especial para los muertos. En el centro del poblado se erguían dos grandes postes, y entre ellos un madero travesaño; en toda su extensión, y también cuan largos eran los pilares, se habían clavado infinidad de puntas de oxidado hierro, como clavos de un gran mayal. Y colgados de dichos garfios, el horror: decenas y decenas de cuerpos, tantos que no se podía atisbar la piel de la madera, habían sido empalados en cada uno de los hierros, y por las distorsionadas muecas de indescriptible sufrimiento de los desgraciados, debieron estar con vida en el momento fatídico.
Sólo las aves carroñeras que daban buena cuenta del festín parecían dar gracias de la matanza. Los dos paladines, de pie y con la faz demudada por el asco, no podían hacer más que rezar y prometer venganza.
—Que Valdar los tenga en su seno —rezó Bernard.
—Y que Héymdall, Señora Eterna de la Justicia, nos dé la oportunidad de una merecida venganza —gimió su compañero.
Los Caballeros del Fénix habían llegado a la aldea para reclutar soldados. La guerra hacía días que era una realidad, y la Orden de Caballería había enviado a algunos de sus hombres a todos los rincones de Antala, en busca de hombres que empuñaran las espadas cuando la batalla lo requiriera. Una misión que en principio debería haber sido anodina. Pero como solía decirse... ¿Qué podía la voluntad del hombre hacer contra los designios del destino?
—¿Sabes lo que significa esto? —comentó Bernard.
—Por supuesto. El enemigo ha desembarcado por nuestra retaguardia y pretende sorprendernos —dijo Finn, el más joven de los dos con apenas veinticinco añadas a cuestas, y un par como paladín de bronce.
—Cierto. Pero a la vez no creo que sea tan sencillo —dijo el hombre, mientras mesaba su abundante barba negra.
—¿A qué te refieres?
Bernard señaló la desolación de Inihs Caoinn.
—Es comprensible que no lo hayas percibido entre tanto horror, pero observa con atención —comentó el paladín—. Sí, la destrucción es impresionante, pero no se ven marcas de máquinas de asedio en los caminos, ni los campos se muestran tan arrasados como sería el caso si se interpusieran ante un numeroso ejército. Eso me hace suponer que se trata de un grupo reducido, al menos para un ataque formal. No sé, quizás sean unos doscientos akhemennios[ii].
—Suficientes para arrasar pequeñas aldeas, pero no para una invasión, entiendo lo que dices —Finn asintió.
—Imagino que su pérfida misión es acabar con cuantos poblados puedan y así reducir nuestras tropas de reserva. Un plan hábil y rastrero, como corresponde a esas malditas comadrejas del demonio, y a su perverso patrón.
—Deberíamos dar la voz de alarma.
—Sin duda, pero antes sería una buena idea saber dónde golpearán la próxima vez —y el veterano paladín hizo pie en los estribos de su rocín, y se aupó a la silla sobre el brillante lomo—. Si logramos adelantarnos podremos alertar tanto al siguiente pueblo amenazado como hacer llegar un mensaje a Calanas.
—¿Qué hacemos con estos infelices? No me parece noble dejarlos así, sin un entierro digno —argumentó Finn.
Bernard miró al joven compañero desde la grupa de su jamelgo. Finn Galway era un buen paladín, con un futuro prometedor. Pero, como todo paladín inexperto, era un idealista consumado. En realidad todos los Caballeros del Fénix lo eran, incluso los veteranos, sólo que Bernard era una excepción. De familia humilde, era más consciente del mundo real en el que habitaba, más allá de las, en ocasiones, limitadas leyes de la caballería. Había sido nombrado paladín de rebote al salvar la vida de un Caballero herido tras la emboscada de unos e’kandri, hacía unos veinte años. Su valeroso acto le valió el apadrinamiento del noble, y su ingreso en la Orden, pero su modesto origen —sus padres eran simples granjeros, con apenas un pedazo de tierra en las cercanías de la costera Calian— sabía que le impediría alcanzar el rango de plata de la caballería.
No obstante, Bernard lo asumió desde el principio. Para él era ya de por sí un sueño haber llegado a paladín. Además, le habían demostrado confianza al hacerle responsable de su misión actual, poniendo a su cargo al joven Finn, un buen muchacho con el que ya había servido antes, pero que, a diferencia de él, no tardaría mucho en progresar en la Orden. Finn, hijo de un adinerado noble con tierras en el interior de Antala, no vería su futuro obstruido por un pasado pobre.
—Los vivos son más importantes que los muertos, compañero —argumentó Bernard—. Honremos la memoria de esta gente vengando su muerte y salvando a otros de tan horrendo destino.


II


Pronto hallaron huellas. Las botas claveteadas de los akhemennios eran pesadas, herían la tierra por la que pasaban y desbrozaban la hierba que pisaban. Rastrearlos era sencillo, adivinar su curso más aún.
—Los muy cerdos van al sur, siguiendo en paralelo la Ruta a la Luz. ¿Tan estúpidos serán de dirigirse a Calanas? —bramó Finn.
—Ni los akhemennios son tan idiotas —planteó Bernard—. Creo que ya sé donde descargarán sus embotadas garrochas. Hay un pueblecito a no mucho de aquí. Creo que se llama Chaion, un remedo de once o doce familias, a lo sumo. La arrasarán y supongo que luego seguirán hacia el este y luego de nuevo al norte, para no acercarse demasiado a la capital. Sea como sea, podemos adelantarles por otra ruta. Esas bestias marchan a pié.
Los dos Caballeros espolearon a sus monturas y se lanzaron al galope. Tomaron caminos más escondidos, alejándose de la ruta que suponían seguirían los akhemennios. Por cuantas granjas y haciendas pasaron se detenían unos instantes para alertar a los campesinos e instarles a marchar hacia Calanas para dar la voz de alarma. Por lo demás, su cabalgada era rápida, la urgencia los apremiaba; cada momento ganado a la horda akhemennia era una victoria, una posibilidad más para quienes habían sido destinados a ser sus víctimas.
Al fin, tuvieron que seguir por la Ruta a la Luz, el camino más ancho de Antala, que recorría el país desde los límites con Syn·nvallen, hogar de los albos, hasta las mismísimas puertas de Calanas. Habían adelantado a los akhemennios, y unos momentos era lo único que los separaba de la amenazada Chaion.
Unos momentos… y un puente. No tenía nombre, al menos Bernard no lo conocía. Era de madera recia, de troncos bien apuntalados y encordados con resistente soga. Sin duda, distaba mucho de el esplendor de un puente de piedra de manufactura talamh, pero cumplía a la perfección su tarea, salvar el ancho Brear, un río que bajaba caudaloso en aquella época. El puente era el único modo de cruzar el río por aquella zona, cualquier otra ruta obligaba a dar un enorme rodeo, tanto al oeste como al este.
Doblaron a su izquierda dejando la amplia calzada, y tras una hondonada casi podía decirse que les salió al paso la humilde Chaion. Humilde, sí, y sencilla, un grupo de casitas cada una con su tierra de cultivo, una diminuta herrería —que también hacía las veces de curtiduría y carpintería—, y un molino casi en el centro del poblado. La localidad se abrió animada a los ojos de los paladines, a pesar de sus pocos habitantes: las mujeres acarreaban agua en vasijas desde el pozo común, y con ellas iban los más pequeños; los hijos mayores ya trabajaban con sus padres en los campos o los comercios familiares. Todos eran ajenos al desastre que se les venía encima.
La llegada de los dos Caballeros del Fénix levantó un enorme revuelo. No hubo quien no dejara sus tareas para escudriñar a qué se debía una visita tan novedosa.
—¡Quiero hablar con el alcalde! —gritó Bernard— ¡Rápido, es urgente!
El reclamado, un hombre enjuto y encorvado por una agotadora vida de arduos trabajos, llegó al trote, y con él todos los vecinos.
—Mi señor paladín… —saludó el alcalde, pero Bernard lo cortó al instante.
—Escucha, buen hombre. No tenemos tiempo para nimiedades. Seré directo, pues. Corréis un grave peligro, que a duras penas mi compañero y yo hemos advertido. Casi siguiendo nuestros pasos viene una patrulla de criaturas del enemigo de Antala. Monstruosos akhemennios se encaminan hacia aquí con ánimo de arrasarlo todo.
Exclamaciones de sorpresa primero, y luego de profundo terror: alaridos, llantos…
—¡Serenaos, por Solamnish! —gritó ahora Finn, aunque su voz aguda no ayudó mucho.
—Señores Caballeros… ¿qué haremos? —balbuceó el alcalde.
—Huir a Calanas, sin más dilación —respondió Bernard—. Tomad a vuestras esposas e hijos, y no carguéis más que con las provisiones necesarias para el viaje. Si tenéis caballos, llevadlos con vosotros, y que al menos uno se adelante y advierta a las poblaciones de alrededor. Cuando lleguéis a la Ciudad de la Luz, informad a las autoridades. ¡Vamos, no os entretengáis!
El alcalde comenzó a impartir sus instrucciones. Y como el miedo es el más poderoso de los alicientes, la gente se movilizó con premura. Pero Finn se dirigió a su compañero, con el rostro serio.
—No lograrán llegar —dijo, en susurros—. Míralos, van con sus ancianos y sus niños, los akhemennios los atraparán antes de que pierdan de vista el poblado.
Señaló a sus espaldas, por donde ambos habían llegado a Chaion. Bernard asintió al ver lo que Finn le indicaba: una nube de polvo en la lejanía.
El enemigo se acercaba.
—Sí, tienes razón. Esta gente está condenada…
Permaneció un momento en suspenso, y luego retomó el hilo de sus palabras.
—…a no ser que les demos el tiempo que precisan.
Finn parpadeó, desconcertado.
—¿Y qué podemos hacer nosotros?
Bernard sonrió.
—El puente.



(concluirá en el próximo post)



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Notas:



[i] Caudillo que durante la Segunda Guerra del Destino enfrentó con sus fuerzas a los pueblos formados por la Unión —antalianos, albos, druidas y talamh—. Su finalidad era devolver al mundo a su señor, Bàlaggor, Dios del Olvido. En su día, el Paladín Sombrío fue un orgulloso Caballero del Fénix que se dejó corromper.
[ii] Los akhemennios son una raza de hombres nacida de la impía voluntad del Paladín Sombrío. Mediante la alquimia, éste cruzó a los primitivos phomhor con la sangre de los perfectos albos hasta crear una raza cruel pero manejable. Aunque algunos de sus enemigos los ven como demonios, no lo son. Son hombres.


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Ilustraciones creadas con HeroMachine 2.5

sábado, 28 de febrero de 2009

Premio "Olha que blog maneiro!"



Pues hoy tenía previsto colgar el primero de los cuentos de Erian, pero me ha llegado una pequeña buena noticia que quiero compartir con vosotros.


Desde el magnífico blog Las Tierras Antiguas, del escritor Jesús Martín, nuestro modesto "Tierra de Bardos" (nuestro, porque vosotros, oh fieles seguidores, sois parte de él) ha recibido el premio Olha que blog maneiro!


Desde aquí le agradezco a Jesús Martín el premio. Siempre es agradable que haya gente que valore lo que con tanta ilusión uno hace.


Y ahora me toca a mí devolver el premio a mis blogs favoritos (cuestión harto complicada, pues todos a quienes sigo lo merecen). Antes, aquí van las reglas para que los premiados sigan la cadena:


1. Exhibir la imagen del premio ‘Olha que blog Maneiro!’.


2. Poner el nombre del blog que te lo dio.


3. Indicar 10 blogs preferidos.


4. Avisar a los indicados.


5. Publicar las reglas.


Y mis premiados son:


-Mente Creativa, de Víctor Morata: Porque es un pedazo de escritor y amigo.

-4nigami's World, de Antía: Porque me encantan sus fotos.

-Gatos por los tejados, de Lola Mariné: Porque su blog es muy completo.

-Susana escribe, de Susana Eevee: Porque tiene un talento natural.

-Los Manuscritos del Caos Reloaded, de Martikka: Porque también tiene un talento natural.

-El Palacio de la Rugionaria, de LadyRugi: Porque me lo paso bomba con sus andanzas (Rugiseas).

-Blanca Miosi y su Mundo, de Blanca Miosi: Porque es, además de una persona encantadora, una gran escritora.

-Andanzas de una escritora en busca de editorial, de Elisabet: Porque es una bellísima persona, amable y agradable como muy pocas personas que he conocido. Además, escribe como los ángeles.

-El proyecto de escritora, de Elena: Porque apunta muy buenas maneras.

-Cruce de caminos, de David Gómez: Porque es de la generación TusRelatos, un buen compañero y un mejor escritor.


Me ha costado mucho elegir diez amigos, porque tengo seguidores con blogs magistrales.


También, ya que estamos, voy a comentar algo sobre el amigo que me ha otorgado el premio. Jesús Martín asegura en su blog que es escritor aficionado, pero lo cierto es que acaba de publicar su primera novela, El Libro del Dragón (novela fantástica, primer volumen de la trilogía El Espíritu de la Espada). Más información en su blog.

Como acabo de saber de él, no puedo daros una opinión personal, pero tiene buena pinta. Ha sido publicado por la editorial Mundos Épicos (que me tantearon a mí pero por diversos motivos no accedí a su propuesta). En cuanto pueda me hago con un ejemplar, y espero que todos aquellos a los que os guste la literatura fantástica hagáis más de lo mismo.

Tenemos que apoyar a los nuevos escritores emergentes (vale, ya arrima éste el ascua a su sardina, diréis, jejeje). Los Harry Potter y todo eso está muy bien, pero hay en España muy buenos escritores por descubrir que necesitan de nuestro apoyo. Ahí tenemos sin ir más lejos el caso de Laura Gallego (valenciana como yo), una chica como cualquier otra que ahora es una de las escritoras que más vende; o la encantadora Montse de Paz, que con su novela Estirpe Salvaje nos ha encandilado a muchos.

Pues eso, apoyemos el producto bruto nacional (que de bruto no tiene nada). Cuando más lo hagáis, más nos apoyarán las editoriales.
Un saludo. En el próximo post, el primer Cuento de Erian.
***
Edito: Olvidaba recordaros que mi buen compañero Víctor Morata ya ha publicado en Bubok toda su serie Universo Mágico, cuatro libros de relatos fantásticos que estáis obligados a tener, sí o sí. Aquí los podéis adquirir (y en la columna de la derecha de la página).

sábado, 21 de febrero de 2009

Estreno - Serie CUENTOS DE ERIAN

Hoy voy a inaugurar una serie de relatos (aún no sé cuantos, ni con cuanta asiduidad podré colgarlos, pues sigo escribiéndolos) basados en un mismo escenario: Erian, un mundo fantástico e imaginario que creé hace ya varios años para mi primera novela.

Es curioso cómo ocurren las cosas. La saga "Leyendas de Erian" (ni siquiera sé si se llamará así o habrá cambios) nació hace como poco 5 años, pero ha mutado increíblemente. Aún guardo los primeros mansucritos. Cuando los observo me hacen sonreír ante la ingenuidad propia de los primeros pasos. Ahora la historia ha tomado una dimensión abrumadora, y ha derivado en otros proyectos relacionados además de la historia original (que sigue en mi orenador, a la espera del momento). La primera "expansión" de la historia principal fueron una serie de relatos basados en un personaje secundario de la historia original, unos relatos que interconectan entre ellos hasta formar una historia propia, al estilo de la Saga de Geralt de Rivia. La llamé El Tejedor de la Urdimbre, y ahora mismo esta novela espera su oportunidad en los ordenadores de unas cuantas editoriales y agencias literarias. Me ofrecieron por ella una co-edición que rechacé, lo cual no deja de ser un síntoma de que, por poco que sea, algo bueno tiene.

Y después de un tiempo con otros proyectos, he vuelto a Erian para contar las leyendas e historias que dan forma al trasfondo histórico de ese mundo imaginario. Son una serie de relatos que narran momentos importantes de Erian, y otros no tanto pero que dan una visión adecuada de cómo es ese mundo. Espero que os gusten, pero os pido piedad, son relatos que apenas han sido revisados.

Comenzaré con una pequeña introducción a dicho mundo, junto con un mapa. Espero que os guste. En próximas semanas pondré el primer relato.


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INTRODUCCIÓN
ACERCA DE LAS TIERRAS DE ERIAN



Cuando sus propios habitantes piensan en el mundo de Erian imaginan sólo el Gran Continente. Erian, sin embargo es mucho más, pero no cabe negar que es precisamente en tan vasta masa de tierra donde transcurren los eventos más importantes de dicho mundo, aquellos que forjan su historia.
La silueta del Gran Continente es difícilmente definible. Está casi unido por su parte más septentrional a las Tierras Heladas del Norte, y por la zona austral a las Tierras Heladas del Sur; las costas del continente toman formas enrevesadas, ciertamente caóticas, si bien uno de sus rasgos más característicos es que en su zona central las tierras se estrechan hasta formar lo que podría definirse como un puente entre dos continentes con ansias de separarse, o tal vez de unirse. Dicha zona, conocida como Colinas Verdes, es sin embargo más extensa en anchura de lo que sugieren los mapas. Cerca del Gran Continente, como compañeros subordinados, existen varias islas: Aria, al oeste, Horddian, el Archipiélago de Hippiel, Il·lien y la minúscula Pediean al este, y Hazon al sudoeste.
El Gran Continente está dividido en muchos territorios, no obstante son nueve las grandes regiones, independientes entre sí. Iniciando el viaje en el sur, se hallan las Tierras Calcinadas, un vasto erial con escasa vida, hogar de criaturas indeseables, siendo los phomhor, una raza de hombres primitivos y brutales, una rama de la humanidad que nunca llegó a evolucionar, quienes más abundan.
Subiendo hacia el norte, una vez traspasadas las Montañas Sombrías— una muralla natural de escarpados picos justo donde las tierras comienzan a estrecharse para dar paso a las Colinas Verdes—, apenas a unas millas, se halla el Reino de Antala, hogar de los Hombres del Medio, como comúnmente se conoce a los antalianos. Éstas son tierras de labranza en su mayor parte, si bien hay territorios más escabrosos, como La Quebrada del Ciervo o el Valle de la Ida y la Vuelta, o las nororientales Montañas Blancas. Antala se divide principalmente en tres grandes comarcas que forman una columna vertebral, la ya mencionada Colinas Verdes al sur, las Praderas Centrales, y las Praderas del Interior. Las ciudades más importantes de dicho reino son la portuaria Calian, al oeste de Colinas Verdes, y la capital, la fastuosa Calanas, también conocida como Las·cathàïr, que significa Ciudad de la Luz en el exclusivo idioma clerical. Es, sin duda alguna, la ciudad más próspera de todo Erian.
Al oeste de Antala se abren las Estepas Desiertas, la única gran región que da forma a las Tierras Bárbaras, en cuya capital, Kalshorr, viven los llamados por sí mismos Syr, pero que todos conocen como bárbaros, por su modo de vida centrado en la fuerza de las armas. Por fortuna para el resto de Erian, los bárbaros concentran sus ansias de violencia entre sus propias tribus. Sin embargo, las cosas bien podrían cambiar de un momento a otro.
Siguiendo los caminos que llevan al este desde Antala, el caminante llegaría a Haddian, una pequeña región, en comparación con otras, de escasa importancia, al menos en apariencia. Escasas son las aldeas que allí se pueden encontrar, siendo Ussia la más importante de ellas por su condición, pues es la única urbe de Erian en donde casi exclusivamente sólo viven los conocidos achas, o pigmeos, hombres de tamaño enanil, famosos por ser amantes de la paz y huir de todo cuanto no sea una vida sin sobresaltos.
Subiendo hacia el norte se llega a las Tierras Talamh, reino del pueblo de hombres del mismo nombre. En realidad, podría ser precipitado llamarlo reino. Quizás en otro tiempo lo fuera, pero en los días de esta narración los talamh se concentraban en una única urbe, la Ciudad Excavada del Monte Kendor, una colosal metrópoli, como su propio nombre indicaba, horadada en la montaña, en su superficie y bajo ella, y en estas eras vetado a todo el que no perteneciera a dicho pueblo. Como lugares imponentes, más allá de la Ciudad Excavada, se podía encontrar la montaña más alta de todo Erian, el Karhand·dur, al que ningún hombre ha podido escalar, o la antigua capital talamh, Thondorian, ahora una ciudad fantasma, derruida en tiempos pasados durante la famosa Guerra de la Discordia.
Más al norte se extienden las Tierras Yermas, hogar de nadie, excepto en sus costas norteñas, donde se suceden varias aldeas independientes. La Costa Gélida, como se llama a dicha franja ribereña, se extiende también hacia el oeste, invadiendo la siguiente gran región de Erian, las Tierras Desoladas, de nuevo una zona sin rey o gobernante alguno, moteado de varias aldeas donde predomina la gente de dudosa calaña, en busca de refugio antes las leyes de Antala.
Justo al oeste se abre la tercera región más grande del Gran Continente, sólo superada por Antala y las Tierras Calcinadas. Syn·nvallen es, en su mayor parte, un enorme bosque, el Mearha, más cerrado conforme uno se adentra. Era el hogar de los albos, los que se dice fueron los primeros hombres evolucionados por los Dioses Moldeadores. La gran mayoría habita en la capital Indal·lion, un exquisito refugio en el interior del bosque, al que no todos los viajeros son bienvenidos, en especial luego de la Guerra de la Discordia que los enfrentó a los talamh. El Reino de Syn·nvallen es, no obstante, aliado de Antala, aunque con ligeras reticencias, pues también los antalianos mantienen lazos de amistad con los talamh. Un delicado equilibrio sustentado en los hombros de los sucesivos monarcas de Antala.
Un pequeño desvío hacia el norte conducirá al peregrino a Hior, una península que, en su busca amorosa de las Tierras Heladas del Norte, divide el mar en el Océano del Este y el del Oeste, gracias al Estrecho de Haroel.
Bajando de nuevo a Syn·nvallen, y luego continuando el camino hacia poniente, se llega a Meldor, la región dominada por los temibles e’kandri. Como los bárbaros syr, son una civilización de hombres entregados a la violencia y las guerras. Su sociedad se divide en clanes, y también como los bárbaros se enfrentan entre sí muy a menudo. A veces, sin embargo, cuadrillas de bandidos se atreven a cruzar las fronteras con Syn·nvallen, y los hay incluso que, sobre todo en los últimos tiempos, llegan a las Tierras Bárbaras o a las puertas de Antala. La férrea vigilancia de los albos y las tropas antalianas disuade a muchos, pero las tierras son extensas, plenas de recovecos y pasos escondidos, y los hombres escasos.
Este es, en lo básico, el entramado geográfico del Gran Continente. Mucho hay por descubrir, sin embargo, en todas las regiones nombradas, y muchas son las peculiaridades de cada una de las razas de hombres que habitan en dichas zonas.
Pero, para comprender cada una de ellas, y sus historias, es necesario adentrarse profundamente en las Tierras de Erian.

Ocio Zero, un nuevo portal cultural

Algunos quizás hayáis oido hablar de Ocio Joven, un portal literario-cultural que durante los últimos tiempos ha tenido bastante tirón. Yo lo conocí gracias al concurso "Monstruos de la Razón" en el que participé y quedé finalista (pronto se editará la antología), y debo decir que era un sitio interesante, con mucha variedad de temas relacionados con la cultura joven.
Ocio Joven ha acabado su andadura, pero ahora nace su sucesor, Ocio Zero, que hereda la filosofía de su predecesor. En esa página encontraréis muchas secciones interesantes: reseñas literarias, comics, videojuegos, música, noticias culturales... y una serie de foros relacionados en los que intercambiar opinión con otra gente interesada.
Un lugar recomendable para estar al tanto de las diversas propuestas relacionadas con la literatura más cercana al público.

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"