TIERRA DE BARDOS, CIERRA.
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Alcander, de Luisa Fernández

Ya está aquí... Legados

lunes, 14 de enero de 2008

GLADIADOR DE ÉBANO

Nota del autor: Quienes me conocen un poco saben que el tema que expongo en este relato (embellecido para la ocasión, pero del todo realista) es una de mis astillas clavadas. La fantasía y la ciencia-ficción son mis territorios naturales, pero a veces me gusta cambiar de aires y adentrarme en la denuncia social (ups, estoy diciendo demasiado). El tema en cuestión me revuelve las entrañas desde que tengo uso de razón. Sigo sin entender porqué en una sociedad que se autoproclama civilizada se permiten atrocidades como la que paso a narrar.

Disfrutad, pero sobre todo, recapacitad sobre lo expuesto.

Y por supusto comentad.


***



Salgo a la arena del abarrotado coliseo, buscando una salida, buscando la libertad a un cautiverio impuesto por aquellos que manejan los hilos de mi infausto destino. Cautivo, sí, mi vida está supeditada al capricho de quienes han hecho de mí lo que soy: un esclavo para calmar sus ansias de diversión, sus anhelos de héroes y gloria, sus afanes de diversión... su barbarie y su vergüenza.
Ya han decidido por mí cómo debo morir... y cuando.
Sin embargo, yo aún soy ignorante al respecto. Pobre de mí, que ingenuidad la mía, por otra parte inevitable. Desconcertado, confuso e irritado por la repentina luz del día- negada durante largas horas de ignominioso encierro en las sombras-, veo una posibilidad, una esperanza de supervivencia. Y entro en su juego. Lucho, por mi vida, creyendo que ha sido mi elección, y no la de otros.
Alguien entona mi nombre: “Ébano”, dice, y el gentío aplaude, un gesto carente de significado para mí. No, nada existe más que el ardor provocado por la sustancia con la que han embadurnado mis extremidades para que no deje de correr, y el insoportable escozor en mis ojos que me ciega en parte… nada existe más que mi enemigo.
Sus ropajes de gladiador resplandecen, en contraposición con mi negra piel. Me espera con gallardía, con una arrogancia quizás no deseada- o tal vez sí-, pero ciertamente manifiesta; y yo, inconsciente, le brindo lo que sin duda es su deseo y mi perdición. Me lanzo contra él con la impetuosidad de mi mayor fuerza, de mi corpulencia superior. Lo encaro con mis afiladas armas, no buscando su muerte por gusto, sino por puro instinto.
Pare eso nací. Para eso fui criado como tantos otros. Algunos dicen que no existiríamos de no ser por esta tradicional necesidad de héroes. Sea como fuere, tal vez la no existencia sería deseable al martirio con el que acababan nuestras vidas.
Llego hasta el héroe. Sin embargo, él posee dos armas que yo no conozco: la agilidad, y sobre todo, y en especial, la inteligencia. A pesar de las apariencias, es una batalla desigual, perdida de antemano, aun cuando yo sea dos veces más robusto que él, y mi fuerza pueda destrozarlo con sólo un impacto.
Si al menos fuera una lid justa…
Me sortea, echándose a un lado, y sabedor de su superioridad inicia un juego cuyas reglas yo no conozco. Una finta tras otra me engaña, me incita a atacarle para luego burlarse de mí. Así una y otra vez. Yo me canso, su esfuerzo en cambio es mínimo.
Un descanso, parece. Otro engaño, en realidad, pues sólo es tregua para mi enemigo. Aparece ante mí otro contrincante, un hombre con una lanza. Se parapeta sobre un muro andante, y mientras yo, poco sagaz, ataco con ahínco ese muro- otra pobre infeliz criatura, tan esclava como yo-, él me lesiona con su afilada hoja, me hiere más y más profundamente. Se abre en mi carne en un lacerante boquete, la sangre estalla sin remedio, y el dolor me obliga a la humillación total de no poder siquiera levantar la cabeza.
Más enemigos, siempre más enemigos. Otro hombre distinto a los demás está parado frente a mí. Me mira ceñudo, pero yo no comprendo sus intenciones. Alza sus armas, y sin previo aviso se lanza contra mí. Una vez más, me engañan; una vez más y no será la última. De nuevo me dejo llevar y le ataco yo también. Cuando a punto estoy de ensartarlo con mis armas, él se zafa y, ya expuesto e indefenso, no puedo evitar que me clave aquellas menudas lanzas por detrás, por la espalda.
Si conociera el orgullo me sentiría humillado.
El dolor del instante recorre todo mi cuerpo, como una corriente eléctrica devoradora; trato, con fuertes vaivenes de todo mi cuerpo, librarme de tan insidiosas armas, pero con cada uno de mis movimientos no sólo no consigo desprenderme de ellas, sino que éstas se anclan si cabe con más ahínco, al tiempo que las heridas se agravan más y más. Y con ellas, la terrible agonía. Pero soy fuerte, resisto, y quizás por ello transmito una falsa imagen de entereza a mis enemigos. Los muy necios creen que no sufro.
Su necedad y prepotencia es mi castigo.
Se retira quien me ha herido y retorna el héroe, fresco y entero. Más engaños, más juegos, en tanto yo poco a poco voy perdiendo fuerzas a través de la sangre que brota de mis heridas. Sin embargo, como no conozco la rendición, continúo la lucha, tozudo aunque consciente del dolor; tan exasperante éste que da paso a la rabia más irracional, a la pura desesperación. El héroe prolonga su juego, yo sigo respondiendo, sin saber que el momento de mi final está cerca. Mis fuerzas son escasas, pero aún me tengo en pie, aún albergo esperanzas.
Y entonces él se detiene, y como si hubiese sido hipnotizado, también yo lo hago. Alza la espada, y con ella me señala, erigiéndose como juez y verdugo, proclamando la que siempre había sido una inevitable sentencia, mientras sus ojos se funden con su objetivo. Me marca a fuego con su mirada. Por supuesto, no entiendo, pero como hasta el momento, me dejo llevar en la vorágine de acontecimientos orquestados por otros. Le contemplo mientras rebufo, inconsciente del momento sublime que para mi enemigo representa lo que está a punto de acontecer. Para él es el éxtasis, el ansiado orgasmo de placer, un fugaz pero sublime momento de inmortalidad.
Un instante que, según él y cuantos son como él, sólo se puede lograr con el sacrificio… de otro.
Jamás el propio.
Ahí llega el golpe mortal, precedido por el sepulcral silencio de todo espectador presente, por sus alientos contenidos en espera del anunciado pero no por ello menos deseado final. El mundo se detiene para todos, excepto para mí. No, yo siento claramente cómo el filo de la espada desgarra mi carne, siento el arma ya, definitivamente, formando parte de mí.
Enfervorizados, aplauden cuando me hunde el acero, aclaman a mi enemigo, su héroe; lo jalonan mientras caen rosas desde las gradas, pues acaso él representa cuanto quieren ser, cuanto jamás podrán ser. La gloria divina para el gladiador resplandeciente. Y, que no insistan en vestirlo de honor u orgullo, la degradación para el gladiador de ébano. Una humillación que poco me importa, porque estoy a punto de morir.
En realidad, si tuviera capacidad de tal, debería sentir lástima por mi enemigo, mi ingenuo enemigo. Sí, porque al cabo es tan esclavo como yo, un pelele de una tradición salvaje que, y esa es la diferencia con respecto a mí, está a su favor. Él le ofrece al público sangre y muerte, y éste lo aclama por ello, lo reverencian. Sin embargo, raras veces entregará la vida, raras veces será él quien yazca en la arena empapado en su propia sangre. Él siempre tendrá la posibilidad, y será alta, de vivir. Yo jamás, nunca tendré la esperanza de salir de la arena con vida.
¿Quién es la verdadera bestia?
No puedo más, fallan mis fuerzas. Mis extremidades se doblan atacadas ya al fin por la irrevocable debilidad. Ya perdidas las energías, mi resistencia, la misma que mantenía a raya momentáneamente el dolor, queda en nada. Y el sufrimiento se propaga por cada terminación nerviosa, la catarsis llega a mi cerebro como millones de agujas atacando cada célula de mi cuerpo. ¿Es que no ven cuanto es mi sufrimiento? ¿Es que son tan ciegos que no advierten el salvajismo de sus acciones, de sus horrendas y anticuadas tradiciones? ¿Cómo pueden tenerse por seres civilizados?
Resulta obvio que no son conscientes de nada de ello. Al menos aquellos que presencian mis últimos alientos.
Caigo, sobre el carmesí charco de mi sangre. El aliento se me va, y con él la visión del mundo.
Un último bramido, apenas un gemido. Y al fin, solo entonces, ya exánime como estoy, y luego de tan horrible tortura, alguien se apiada de mí.
Una punzada en la nuca, y así muero.
Tras veinte minutos de tormento.
Veinte minutos de gloria para el héroe llamado torero.
Veinte minutos de agonía para la bestia llamada toro.




© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “Entre mente y corazón Segunda antología de relatos”



Y como añadido, y aunque no soy devoto de este grupo, os dejo una canción de Ska-p que hace referencia al tema y con la que comulgo:



Entre el Atlántico y el mar Mediterráneo hay una tierra de mar y mucho sol

que desde antaño se viene practicando una asquerosa y sucia tradición

un individuo vestido de payaso tortura y martiriza hasta la muerte a un animal

y el graderío estalla de locura cuando el acero anuncia su final.

Banderilleros sedientos de violencia van torturando sin ninguna compasión

los picadores prosiguen la matanza acentuando punzadas de dolor

malherido embiste con bravura contra el frío del acero que destroza su interior

agonizando en un charco de sangre el puntillero remata la función.

FESTEJO CRIMINAL, VERGÜENZA

Torero, eres la vergüenza de una nación

Torero, eres la violencia en televisión

Torero, eres asesino por vocación

Torero, me produce asco tu profesión

Llamar cultura al sadismo organizado, a la violencia, a la muerte o al dolor

es un insulto a la propia inteligencia, al desarrollo de nuestra evolución.

Tu indiferencia les hace poderosos, manifiesta tu repulsa a la fiesta criminal

no colabores con un juego de dementes, taurinos al código penal.

domingo, 6 de enero de 2008

Fehu


1

Con sólo once años, el mundo es un espacio vasto y pleno de experiencias ilimitadas, era así incluso en las duras tierras del norte, en donde todo era duro, en donde nada era fácil.
Despreocupados corrían los tres muchachos, por tanto, obviando las gélidas temperaturas, internándose en la espesa arboleda de alisos de hojas aún nacaradas; las caritas pálidas, pero de mofletes no obstante sonrosados, sonrientes; los brillantes ojos, abiertos a ese mundo rebosante de vida.
Así debía ser. En un entorno en donde las circunstancias apenas permitían una verdadera infancia, en donde los niños dejaban de serlo en tan solo un suspiro, aquellos momentos debían y eran aprovechados al máximo. Los disfrutaban, simplemente porque sabían que por desgracia no persistirían en el tiempo. A no mucho tardar las obligaciones para con sus familias los alejarían de todo ápice de diversión infantil. Los muchachos devendrían en granjeros, navegantes o pescadores, llegado el momento en salvajes guerreros. Ellas, las niñas, se convertirían en tejedoras, y desempeñarían cuantas labores marcaba el cuidado del hogar, antes y una vez fueran desposadas.
-Parad un instante, chicos- dijo una chiquilla de cabello pardo y enmarañado, mientras detenía su carrera, en aras de un respiro.
Nubecillas revoltosas de vaho escaparon de su boca en tanto trataba de recuperar el aliento. Jora era su nombre, y tenía diez años, uno menos que sus amigos de aventuras. Como ellos, tenía el rostro sucio, lleno de pegotes de barro, de roña del estiércol de las vacas. Los habitantes nórdicos no tenían por costumbre la pulcritud, al menos en lo que se refería a su aspecto. Demasiadas cargas sobre sus hombros, mientras sacaban adelante una dura vida, como para preocuparse de menudencias tales.
-¡Para qué lavarnos, si luego volveremos a ensuciarnos!- solía decir el padre de Jora.
Sus dos compañeros de aventuras se detuvieron tras su aviso. Eran dos niños, uno enorme, tan grande que se alzaba muchos palmos por encima de la chica. Su robustez era inusitada incluso entre sus congéneres, ya de por sí corpulentos. El cabello oscuro, despreocupadamente descuidado, a excepción de varios trenzados, le caía más allá de los hombros, sin orden ni concierto.
El otro mozalbete era ostensiblemente más bajo, pero aún más alto que la muchachita. Su cabello era claro, también largo; unos penetrantes ojos verdes brillaban siempre con especial vivacidad; una mirada en donde se intuía una perspicacia nada usual en alguien de su edad, nada común incluso entre los adultos.
-Mira, Asgeir, ya te dije que Jora no aguantaría- dijo el mocetón fornido, con aire de refunfuño.
-Oh, venga, Harald, no seas tan dura con ella.
Jora sonrió a Asgeir. Los tres eran grandes amigos, hermanos podía decirse, pero la niña admiraba profundamente a Asgeir. Cuando lo miraba, no veía a un rudo muchachote de Viken; no veía a alguien preocupado por mostrar su hombría a base de mamporros, o de beber hidromiel hasta caer en redondo, para así parecerse a sus mayores. No, Asgeir era distinto. Era atento con ella y con Harald, y se hacía valer más de su sagacidad que de la violencia.
En definitiva, era su héroe.
Sin embargo, no todos eran del mismo sentir que Jora. En la aldea, muy pocos eran los que no miraban a Asgeir por encima del hombro. En tanto que los demás niños se peleaban entre ellos día sí, día también- alentados por el viejo dicho “quien no ha sido nunca herido lleva una existencia sin sentido”, el muchachito prefería evadirse de tales entretenimientos en la observación del río, o pasear entre el boscaje. En consecuencia, muchos se mofaban de él, o lo incordiaban, o ambas cosas a la vez. Asgeir fingía que nada le afectaba, pero Jora sabía muy bien el dolor que sentía por dentro, el dolor que no se atrevía a expresar por no ser tachado de melindroso. Ocurrió en una ocasión que, tras el último blot- Asgeir odiaba los sacrificios rituales de animales-, Jora lo encontró llorando en el bosque, preguntándose porqué no podía ser como los demás, porqué era tan diferente a los otros niños.
-Yo no quiero que seas como los otros- le dijo en aquella ocasión la niña, y alivió en parte el dolor de su amigo al estamparle un beso en la mejilla.
Pero acontecía que aquel que más increpaba al muchacho no era otro que el propio padre del niño, Asbjorn. El tosco leñador no cejaba de preguntarse a quién había salido su hijo, si bien la respuesta siempre era la misma: a su madre, Dalla. La única, junto con Jora y Harald, que lo trataba con respeto y cariño.
-Aquí parece un buen sitio- dijo Asgeir, mirando alrededor suyo, un claro bañado por unos tímidos rayos de luz, que se escapaban del cielo siempre tan encapotado.
-Está bien, yo seré Heimdall, el Dios Guardián del Puente Bifrost- comentó Harald.
-Pues yo haré de Balder, el Dios de la Esperanza- eligió Asgeir.
Aquello era un signo distintivo más del chico. En sus juegos, la mayoría de muchachos solían elegir al gran Thor, hijo predilecto de Odín y poderoso Dios del Trueno, portador del martillo Mjolnir; tanto que era habitual que se desataran peleas por encarnarlo. Y quienes perdían elegían entonces tomar el papel de Heimdall, el valiente centinela del Arco Iris Bifrost que unía Midgard con Asgard, el Reino de los Dioses. Mas he aquí que nadie, nadie se acordaba jamás de Balder, a pesar de ser un dios querido, pues se trataba de una deidad que no gustaba de la confrontación, pero que estaba a la altura de Thor si la necesidad lo requería.
Nadie lo elegía, excepto Asgeir.
Y debido a la elección de éste, también Jora asumía un personaje poco común. Entre las niñas obviamente la diosa predilecta era Sif, la esposa del Dios del Trueno.
-Yo seré Nanna, la Diosa del Amor Devoto- concluyó la chiquilla, con las mejillas aún más sonrojadas, esta vez no por el frío.
En Asgard, Nanna era la esposa de Balder.
-Pero vamos a necesitar un enemigo, alguien que haga del mentiroso Loki, o de un gigante- comentó Harald.
-Este árbol podría...
Asgeir no concluyó.
Un grito llegó hasta ellos. Un grito de auxilio.

2

-¿Q-qué ha sido eso?- dijo amedrentada Jora.
-No lo sé, pero deberíamos averiguarlo- opinó Asgeir.
Era valiente, siempre lo había sido. El miedo no era ajeno en la sociedad a la que pertenecía, cierto, pero éste se fundamentaba más en la forma de supersticiones arcaicas, capaces de destrozar la voluntad de un arrojado guerrero con mayor efectividad que la batalla más sangrienta que pudiera imaginarse. No había rival en llanura, valle o montaña que lograra atemorizarlos, pero temblaban con solo nombrar al más insignificante de los demonios en los que creían. Los gigantes eran los más temidos, si bien jamás nadie había visto uno, pues se decía que vivían en Asgard, la Tierra de los Dioses.
Nada de eso atemorizaba a Asgeir. Creía en las criaturas y las divinidades malvadas, pero no entendía el miedo de sus congéneres, habida cuenta de que todos sabían que Odín y su hijo Thor impedían la entrada a Midgard de los demonios. ¿Porqué entonces sentir terror de algo que no representa una amenaza?
-¡Vamos pues!- dijo entusiasmado el temerario y en ocasiones inconsciente Harald.
-Jora, vuelve al poblado y avisa a la gente- comentó Asgeir, que no quería que la chiquilla corriera peligro.
-¡No, yo voy con vosotros!
Él sonrió y no insistió, pues sabía que no se apartaría de su lado.
Siendo así, los tres muchachos volvieron a la carrera, esta vez en dirección a los gritos que arreciaban. Sus pies embarrados sortearon raíces y matojos escarchados, y siguieron el caudaloso río que se adentraba serpenteando en el bosque, acompañados de su murmullo sordo.
Y lo vieron de repente, y del mismo modo se detuvieron, en seco. Un lobo enorme, de pelaje negro como el fondo de un pozo, sin embargo brillante. Aquella criatura era mucho más grande que cualquier fiera que jamás hubieran visto. Una vez unos cazadores de la aldea volvieron de su jornada trayendo consigo un gran lobo, el jefe de una manada según dijeron, y quedó expuesto en el centro del poblado hasta que sólo quedaron los huesos. Comparado con aquel, el cual a los niños les pareció terrorífico, éste era un titán, tan grande como un pony.
Apenas repararon en el sujeto al cual el lobo gigante se disponía a destrozar, un hombre anciano, de larga barba blanca, y ataviado sólo con un manto andrajoso. Algo similar a un parche tapaba su ojo izquierdo. A pesar de los gritos, y teniendo en cuenta que estaba a punto de convertirse en la comida de la bestia, el viejo no parecía especialmente espeluznado.
El monstruoso ser volvió la cabeza en cuanto los niños aparecieron en escena. De sus fauces escapaba no sólo un fétido olor a podredumbre, sino además un gruñido sordo pero delatador de su estado de ánimo. Largos chorretones de saliva pendían de la boca hasta llegar al suelo. Sus ojos, amarillentos y horripilantes, helaron la sangre a los chiquillos. Quedaron lívidos como si contemplaran directamente el rostro de Hela, la Diosa de la Muerte.
Quizá no distaban mucho de la realidad.
El lobo olvidó de pronto al anciano y se lanzó con furia salvaje e incontrolada contra los muchachos.
Directamente hacia Jora.
Para la chiquilla fue todo como si el tiempo se hubiera lentificado. Vio a la bestia saltar sobre ella, pero no pudo reaccionar, como si sus músculos se negaran a obedecerle. Su suerte estaba echada.
O quizás no. Porque algo, más bien alguien, la apartó de un empellón, salvándola en el último instante, pero quedando a merced del bárbaro animal. El lobo se llevó por delante sin dificultad alguna a Asgeir, ante la horrorizada mirada de sus amigos, que nada pudieron hacer.
Bestia y muchacho cayeron al río, desapareciendo pronto de la vista de Jora y Harald. Aún en el agua, empujados por la poderosa fuerza de la corriente, el lobo seguía lanzando dentelladas al chiquillo. Asgeir, lejos de amedrentarse, empujado por el propio instinto de supervivencia, braceó e intentó alejarse del animal. Lo logró, pero alto fue el precio. El lobo, antes de ser alejado por la corriente, le abrió una profunda herida en el abdomen con sus largas garras. Tan afiladas estaban que el niño ni sintió el corte.
No bien supo como, Asgeir logró aferrarse a la rama baja de un árbol que sobresalía de la orilla. Mal que bien pudo llegar a la ribera. No tuvo fuerzas para más, se desmayó de inmediato, su rostro contra el fango.
El cuerpo sobre su propia sangre.

3

No había palabras que pudieran describir aquel lugar. O tal vez sí. Frío gélido, helador, destructor de vida, amante de la muerte.
Hel, Tierra de los Condenados, estéril lugar de debilidad y enfermedad. El infierno congelado.
Asgeir abrió los ojos, lentamente, acuciado por una impotencia desmedida. Con absoluta certeza sabía que iba a morir, pero jamás pensó que acabaría en semejante lugar. Aquella tierra era el hogar predestinado a todas las almas mortales pérfidas, de corazón corrupto. Él jamás se había considerado como tal, pero su sola presencia allí confirmaba que estaba equivocado.
O bien pudiera ser que hubiera algo más.
Frente a él la vio, hermosa como la promesa arrancada a un amante, tan letal sin embargo como una daga envenenada. La mitad derecha de su esbelto y deseable cuerpo estaba cubierto por una toga, no así el resto, que obligaba a no apartar la vista, a pesar de que no hacerlo significaba la condenación total. Una vez los ojos del moribundo se posaban en los de Ella, la salvación era inalcanzable.
Por pura fuerza de voluntad, nacida de lo más recóndito de su espíritu, Asgeir evitó sus oscuros ojos. Ella se sintió frustrada. Jamás nadie había rechazado su belleza. Colérica, descubrió la parte oculta de su cuerpo. El chiquillo creyó caer en un pozo de honda desesperación.
Su mitad izquierda era la de un cadáver andante, destilando podredumbre con cada movimiento. Arrugada la piel, plena de excrecencias y pústulas, de tono mortecino.
Pues Ella era Hela, Diosa de la Muerte y la Enfermedad. Y pretendía su alma. Y pocas cosas de las que ansiaba no conseguía.
-Eres mío, niño- dijo, con una voz que no podía calificarse más que como sibilina.
Algo se reveló en el interior de Asgeir. No quería morir, quería volver a ver a Harald y sobre todo a Jora, reír a su lado, crecer con ellos. Tenía muchos motivos para vivir, algunos incluso ni los conocía ni los comprendía. Tenía que sobrevivir, de algún modo que no llegaba a entender, sabía que mucho dependía de ello.
Gritó un nombre, con tanta fuerza que su voz se quebró y quedó ronca. Pero el llamamiento había sido hecho.
Hela rió a pleno pulmón, y de nuevo miró al muchachito, que seguía evitando su mirada.
-Él no tiene potestad para salvarte- fueron sus palabras-. Estás condenado.
Fugaz fue ese convencimiento para la Diosa de la Muerte, pues algo ocurrió a continuación. Algo inimaginable e inaudito.
La llamada fue contestada. El poder se manifestó frente al chiquillo, entre éste y Hela, cuyo asombro no tenía fin. Jamás en ninguna era había ocurrido algo así.
-¡No! ¡Tú no puedes estar aquí, tu poder no vale nada en mi reino!
-Puedo, Hela- dijo el recién llegado, que tomó con delicadeza al niño en sus fuertes brazos-. Puedo y lo haré. Sabes tan bien como yo que él no debe acabar aquí. Sólo ha venido para que un día tome conciencia. Ahora me lo llevaré, partiremos ambos.
-Nadie lo quiere en Midgard, es una rareza entre los suyos- dijo Hela.
El individuo levantó la mano, y una imagen apareció de la nada. En ella se veía a una niñita, junto a un cuerpo tendido en la orilla de un río. Asgeir reconoció a Jora. Y se reconoció a sí mismo.
-Mírala bien, Hela. Mira sus ojos. Llora. Llora porque lo quiere. Una sola lágrima es más que suficiente para salvarlo. Además, como bien sabes, hay otras consideraciones a tener en cuenta.
-¡Algún día será mío!
-No, nunca lo será, pero eso es algo que te demostrará él mismo día tras día.
Y todo dejó de existir alrededor de ambos. Asgeir miró a su salvador. Era enorme, en sus recios brazos era como un cachorro de perro recién nacido. Su rostro serio pero afable, tranquilizador, surcado por múltiples arrugas, estaba adornado con una larga barba blanca muy poblada, y cabellos igualmente albos, lacios. En su ojo izquierdo lucía un parche.
Y lo supo, supo quién era, y su alma brincó con el conocimiento contraído.
-Sí, hijo, yo soy. Pero ahora debes olvidar. Llegará el día en que lo comprendas todo. Mas no te abandonaré, estaré siempre velando contigo- le dijo, con un tono que a Asgeir le indujo una repentina somnolencia-. Duerme, pequeño. Espera tu destino.
Sus fornidos dedos trazaron un símbolo en la frente del chiquillo, ya dormido. Una línea, de cuya parte superior ascendían oblicuamente hacia la derecha dos trazos más.
Y Asgeir durmió, ya por siempre protegido.

4

El cuerpo moribundo de Asgeir seguía tendido en un camastro de paja, en el interior de una pequeña choza hecha de juncos y adobe. Así yacía desde que los hombres del pueblo, alertados por Harald tras encontrarlo varado en el río, lo habían traído a la aldea. Del anciano amenazado por el gigantesco lobo, nada se sabía. Simplemente, desapareció.
La estancia estaba repleta de gente. La gran mayoría de ellos no había sentido el más mínimo aprecio por Asgeir, pero sí en cambio por su familia. Además, era costumbre que todo el pueblo mostrara su pesar a los familiares del desahuciado. Las caras eran largas, pero no brotaron lágrimas de ningún ojo, pues la creencia popular era que el alma del fallecido se reuniría con los Dioses en el Valhalla, morada de divinidades, y que, sentado en el Gran Banquete, bebería la sublime cerveza en las copas de cuerno, junto a Odín y tantos otros grandes señores. Ese era el destino de todo aquel que en vida hubiera mostrado coraje y valentía. En el caso de Asgeir, su sacrificio por Jora, relatado por ambos niños, le había valido la admiración de toda la aldea, incluso de su padre, que por primera y única vez sintió orgullo por su vástago.
Empero sería faltar a la verdad decir que nadie dejó escapar el llanto. Harald lo hizo, hasta que su propio padre le cruzó la cara de una fuerte bofetada.
-Un hombre no puede llorar- le dijo-. Alégrate por él, pues ha ganado su inmortalidad. Hónrale a partir de ahora, pero jamás le llores. Eso es sólo para los débiles.
En cambio nadie le dijo nada a Jora. La niña estaba desconsolada, rota su alma por la pena. No se había separado en ningún momento del cuerpo de Asgeir, pero bien sabía que la posibilidad de que se recuperara era ínfima. La herida que cruzaba su pecho no había curandera que pudiera sanarla. Tanta era la sangre que había perdido que su piel era blanca como un manto de nieve, amoratados sus labios, su respiración casi imperceptible. Su corazón pronto perdería la batalla de la supervivencia.
Jora le tomaba la mano. Se preguntaba qué haría sin él, como saldría adelante. Cómo podría vivir sin su compañía.
Asgeir estaba desahuciado. La sanadora de la aldea, una vieja tan decrépita que nadie podía comprender cómo sus huesudas piernas lograban sostenerla, hacía horas que había dictado el destino del muchacho.
-Los Dioses reclaman su alma. Nada puede hacerse por él ya.
Y entonó el cántico funerario seguidamente:

Desde joven a ensangrentar el acero aprendido he.
La muerte nunca llorada debe ser.
Enviadas a mí por Padre, las Valkirias me llevan con ellas,
a beber la cerveza con los Dioses voy,
A morir riendo.

Se prepararon las exequias, el túmulo donde ardería el cadáver del niño. Su alma viajaría hasta Asgard flotando con el humo de su incineración. Ardería su espíritu, la inmortalidad lo abrazaría y abandonaría el mundo material para adentrarse en un reino superior.
Sería recordado como si de un valiente guerrero se tratará.
Teniendo en cuenta todo aquello, no debiera resultar extraño el revuelo que produjeron los acontecimientos posteriores. No había pasado un día aún desde que lo trajeron de vuelta al poblado, cuando lo imposible sucedió.
La herida se curó. Como por arte de hechicería. Donde antes una herida ya gangrenosa cubría todo el abdomen, la piel era ahora tersa y suave, sin rastro alguno de imperfección. Y de pronto, Asgeir abrió los ojos.
No le recibieron vítores ni aclamaciones, ni siquiera suspiros de alivio. No, en lugar de ello se encontró con las miradas plenas de miedo de cuantos había en la choza. Miedo y repulsa.
-No es natural- susurraban unos.
-Ha pactado con Hela, debiera estar muerto- murmuraban otros.
Sólo recibió el calor de Jora y Harald, mas no obstante ambos fueron apartados de él por sus padres, temerosos de aquella criatura maldita que sin duda se había aliado con la malvada Diosa de la Muerte.
Asgeir se dirigió a sus padres, buscando su apoyo, pues nada sabía de lo acontecido hasta el momento. Su madre tenía la cabeza hundida en su pecho, no quería ni mirarlo, aunque no percibió alevosía en su semblante. Muy al contrario que su padre.
-¡Maldito! ¡Estás maldecido por los Dioses!- gritó, echando saliva por la boca, como ido- ¡Te has convertido en un demonio! ¡Debes morir!
Tal era la vehemencia del hombre, que pronto todos se unieron a sus salvajes consignas. De nada sirvieron las palabras de Jora y Harald, silenciadas con las manos, ni las lágrimas del compungido Asgeir.
-¡Muerte! ¡Purifiquemos su alma!

5

Así acabó atado Asgeir en el centro de la aldea, ligado a un poste de madera. Permanecería en dicha situación hasta que la sed y el hambre acabaran con su vida. Así entendían aquellas gentes que purificaría su espíritu maldito.
No hubo muestras de compasión por parte de nadie, a excepción de los mencionados Harald y Jora. A ambos no obstante se les prohibió acercarse a su amigo. Cualquier otro que pasaba por delante del niño escupía en su cara, o le golpeaba con fuerza, o ambas cosas.
Hundido por los acontecimientos, el pobre muchacho había perdido todas las ansias de vivir. Ni llanto le quedaba ya. Repudiado, odiado y maldecido por sus congéneres, tan sólo le tocaba esperar su muerte.
Esta no iba a llegar, al menos no con tanta facilidad. Un día después de ser atado, el hambre era voraz, pero la sed resultaba insoportable. Su lengua parecía de esparto, sus labios estaban cuarteados como un terreno falto de humedad. Aferrándose instintivamente a lo imposible, en su mente apareció un nombre.
Lo increíble se hizo inevitable. El cielo se cubrió y llovió. Su sed fue calmada, y en cuanto así ocurrió, las nubes despejaron.
Pero he aquí que los aldeanos no iban a permitir que volviera a ocurrir. Construyeron un techo de tela sobre el condenado, y éste dejo de ver el cielo.
Pasó un día más. La noche había asomado ya, devorando la luz y haciéndose la dueña del mundo, al menos hasta que el sol reclamara de nuevo su derecho. Un guardia guardaba celosamente al niño, más como un ritual que porque alguien creyera que pudiera escapar.
A medianoche pasada, una figura vestida con ropajes grisáceos se acercó hasta la plaza. Por sus andares se veía que era una mujer, pero su rostro era un enigma, oculto por una capucha.
-Hidromiel para ti traigo, buen centinela- le dijo al guardián.
-Gracias, mujer.
Sin advertir la identidad de la aguadora, el vigilante bebió con avidez de la jarra que le había tendido, mojándose la barba pelirroja. Su único agradecimiento fue un sonoro eructo.
-Puedes marcharte ya, muj...
El sopor no le dejó concluir su frase. Cayó como un fardo sobre el suelo. Las hierbas habían hecho bien su trabajo, se dijo la mujer. Sin perder un segundo se acercó hasta Asgeir, que nada había advertido, encerrado en sí mismo como estaba. Al advertir el tacto de una mano grácil, levantó la vista, y el corazón le dio un vuelco.
Hubiera querido pronunciar la palabra “madre”, pero sus boca pastosa no le dejó hacerlo. Con todo, el abrazo de la mujer le llenó el maltrecho corazón.
-Tienes que escapar, hijo- le dijo ella, tras desatarlo-. Vete muy lejos. Cuando amanezca te perseguirán. No dudarán en darte muerte.
-¿Y tú, madre?- balbuceó imperceptiblemente el niño.
-Estaré bien, nadie me ha visto. Vete ya, por Odín. Cuídate, mi pequeño.
-Te quiero madre- de nuevo el llanto acudió a sus ojos-. Despídeme de Jora y Harald.
Ya la mujer corría a esconderse. Él decidió que debía hacer lo mismo, así que corrió, pero sus fuerzas eran escasas. Si quería escapar, antes necesitaba descansar.
Sabía del lugar idóneo.

6

En su gruta secreta descansó unos minutos. Nadie conocía su existencia, excepto Jora y Harald. Los tres niños la habían encontrado el verano pasado, mientras jugaban por las cercanías. Se habían encargado de camuflarla con esmero, con lo que nadie que no la buscara a expresas podría encontrarla. Había un manantial en su interior, en el que Asgeir sació su sed, bebiendo hasta que creyó que iba a estallar. Masticó con avidez unas bayas que encontró por el camino, devorando también unas setas que crecían en la cueva.
Una vez medianamente saciado, la magnitud de su problema se hizo patente. Tenía once años, ¿dónde iba a ir? ¿cómo saldría adelante? No tenía nada, salvo la ropa que llevaba puesta, harapos que no le protegerían cuando cayera el frío. Eso absteniéndose de mencionar que sería pronto perseguido con ahínco, y no solo por los habitantes de su tribu. Cuando las nuevas llegaran a otras aldeas, sería un paria sin hogar, un maldito, considerado un demonio por cualquier habitante de las tierras del norte.
La desesperación una vez más le golpeó con fuerza. Más le valdría entregarse o suicidarse él mismo.
A punto estaba de darlo todo por perdido, cuando un sonido llegó a sus oídos. Creyendo que eran los habitantes de la aldea que ya venía a por él, la sensación de peligro despertó una vez más sus ansias de supervivencia. Se preparó para vender cara su piel.
No era un guerrero quien entró en la gruta. La pequeña figura escrutó la cueva, como para acostumbrarse a la oscuridad. Cuando Asgeir la reconoció, no pudo evitar un grito.
-¡Jora!
-¡Asgeir!
Ambos se encontraron en un emocionado abrazo, preñado de cariño. Se estremecieron, y no pudieron evitar que nuevas lágrimas salpicaran sus mejillas.
-¿Qué haces aquí?- le dijo él, una vez más tranquilo.
-Me escapé de casa. Quería rescatarte pero alguien se adelantó. Cuando llegué vi el guardia dormido y la estaca desierta. Imaginé que vendrías aquí.
Volvieron a abrazarse, tras lo cual ella sacó algo de su zurrón. Unas tiras de carne seca y unas pasas dulces.
-Pensé que estarías hambriento- dijo la niña.
Y cómo lo estaba. A pesar de recién haber comido las bayas y las setas, engulló el alimento en un santiamén. Luego la miró a los ojos y ella vio reflejada su tristeza.
-Yo no creo que seas un monstruo, Asgeir. Y sé que Harald tampoco.
-Lo se, pero los demás sí lo creen. Debo irme, Jora, debo huir si quiero vivir- comentó agriamente él.
-Me voy contigo- soltó la chiquilla.
-¿Qué?
-Ya lo has oído. No te dejaré solo.
La proposición de la jovencita llenó de gozo el alma del muchacho, pero pronto tuvo que rechazarla.
-No puedes hacerlo. Te perseguirán como a mí. También te matarán si nos encuentran.
-No me importa. Sólo quiero estar contigo- dijo ella, sincera, y firme en su decisión.
Solo tenía diez años, pero su voluntad era mayor que la del más enconado berseker. Se dijo una vez más que era una cabezota, pero la entendía perfectamente. Él haría lo mismo en su caso.
Asgeir la tomó instintivamente de las manos, acercándose hasta ella. Sin pensarlo siquiera, ambos se besaron en los labios. Fue un beso espontáneo, cándido, pero pleno de sentimiento, más expresivo que un millón de palabras.
Rojos como tomates ambos, Asgeir se centró en la huída.
-Necesitaríamos un mapa de los caminos- comentó.
-Mi padre tiene uno. Aún quedan cuatro horas para el amanecer, me daría tiempo de ir y recogerlo.
-Está bien, te esperaré aquí- dijo el muchacho, tomándola de la mano-. Ten cuidado.
Ella dibujó una enorme sonrisa que abarcó casi todo el rostro. Tras prometerle que volvería enseguida, se fue.
Pasados unos instantes, Asgeir siguió con el plan que había trazado tras el beso con Jora. El asunto del mapa no había sido más que un ardid para alejarla, pues sabía que el padre de la niña, mercader, debía disponer de planos de todos los caminos de la región. El motivo de toda la jugarreta era, por supuesto, irse sólo. No podía llevarla consigo, era consciente de que el peligro sería demasiado. Arriesgarla a ella era un precio que no estaba dispuesto a pagar.
La quería demasiado.
Con el corazón destrozado por la mentira, a sabiendas del sufrimiento que iba a provocarle, decidió ser fuerte. Partiría de la cueva, seguiría el río en dirección al sur. Ya vería lo que el mañana traía. Quizás con suerte, algún día pudiera volver a aquel lugar. Tal vez un día pudiera volver a por ella.
-Perdóname Jora- dijo, mientras depositaba algo en el suelo de la gruta.
Un pañuelo bordado, regalo de la niña hacía dos veranos.
-Volveré a buscarlo, te lo prometo.

7

Dos figuras invisibles contemplaban inmutables los pasos del chiquillo, mientras éste bordeaba la orilla del río. Ninguna criatura viva podía verlos si ellos no lo deseaban, mas ellos podían observar con total tranquilidad.
Uno, un hombre viejo, de larga barba blanca, no obstante de complexión poderosa. Con su único ojo nada escapaba a su control.
El otro era aún más corpulento, aparentemente más joven, taheño. En su mano aferraba un arma.
Un martillo.
-¿De verdad crees que será capaz de hacerlo?- le dijo el pelirrojo- Es sólo un niño.
-Lo hará, confía en él.
-Sigo pensando que hubiera sido más útil un guerrero experimentado.
-Para lo que se avecina necesitamos algo más que músculos- dijo el anciano-. Necesitamos inteligencia y sobre todo una voluntad férrea. Y no te preocupes, aprenderá a luchar. Aunque no le guste, lo hará, como aquel a quien representa.
El portador del Martillo miró a su acompañante.
-Espero que no te equivoques, Padre.
-No lo haré, Hijo, no lo haré.


©2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “A diez pies del suelo- relatos de lo mundano y lo fantástico”

lunes, 31 de diciembre de 2007

Como hadas guerreras

Relato leído en la edición 58 (29 de diciembre de 2007) del programa literario radiofónico BREUS



***
Para Sandra y su Otro Mundo
***




Extensos los terraplenes, hundidos entre ambas colinas, páramos medio áridos salvo por puñados de briznas dispersos al azar de un dios caprichoso; el sol caía ya en el lejano horizonte ondulado, y el viento recorría el campo de batalla con tozuda determinación, como si deseara extinguir de sus dominios barbarie tal. Mas las cartas estaban echadas, y ni las mismísimas moiras tejedoras poseían la potestad de salvar lo inevitable.
Allá en lo alto de la colina, frente a sus incontables legiones de Hadas Guerreras, se erguía una figura majestuosa, luz y perfección personificada; una mujer, más bella que el ardiente, sublime y poderoso mirar de una diosa; una mujer, de larga melena, llamas onduladas fluyendo cual verdadera hoguera danzando hacia un oscuro cielo estrellado, mas concentradas gran parte de dichas hebras en una poderosa y trabajada trenza; ciertamente ésta, que aparecía adornada con letales cuchillas, descendía hasta más allá de su firme cintura: un arma terrible para el enemigo, y asimismo fatídicamente infravalorada por éste. El temple de la hermosa guerrera era vigoroso, como el de un titán inmortal, su estampa no solo radiante, sino intimidante, tal que un imponente dragón rojo que hubiese bajado a tomar parte en los ínfimos asuntos de otras criaturas; había poder en sus ojos, poder en su cuerpo, y poder en su alma.
Aletheia era el nombre por el que respondía, y era mucho más que una mujer. Amada tanto como temida, deseada tanto como rechazada, Aletheia era Capitana Guerrera de la Luz, preferida por Titania, Señora de las Hadas. Su heraldo particular portaba un estandarte con el escudo personal de su señora: un nenúfar, una circunferencia con otras siete entrelazadas en su interior, formando en sus conjunciones una flor. La misma heráldica aparecía en un medallón que colgaba del cuello del hada.
Aletheia había llegado para la batalla. No por su propio ánimo, pues era criatura acaso traviesa en tiempos de paz, si bien jamás malvada, nunca malvada; pero al tiempo era de carácter encendido ante las injusticias cometidas con su pueblo y otras criaturas. Siendo así, y aunque como todas sus hermanas aborrecía arrebatar una vida ajena, por execrable que ésta fuera, Aletheia se había visto obligada a tomar las armas. Mucho mal había por erradicar, mucho por lo que luchar.
Y ante sus propios ojos se extendían aquellos que servían a tal maldad; un terrible ejército tan vasto como el suyo propio; soldados y soldados de magníficas pero oscuras armaduras tintineantes, de largas espadas y escudos de compacta madera y flamante acero. La resolución de tal ejército no era menor que el suyo propio, pero Aletheia sabía que la razón estaba, sólo, de su lado.
Sí, porque el reino al que servían aquellos hombres, proclamados por las hadas como la Oscuridad (quizás no todos malvados, pero acaso sí supeditados a una voluntad egoísta), había maltratado a su pueblo durante demasiados años ya; llegaron en tiempos desde el sur, y aunque las hadas les ofrecieron su amistad, ellos desearon propiedad; vilipendiaron y violaron a las mujeres, destrozaron bosques y campos en su terrible afán de conquistar, y bestias que habían sido siempre amigas de las hadas; no amaban la tierra, ni a sus criaturas, sólo pensaban en un mal entendido progreso, en extenderse como una plaga que arrasaba cuanto encontraba.
Al fin, obligada por tan penosas circunstancias, la Reina Titania decidió que ya no más, y nombró como Capitana de la Luz a Aletheia, y ésta formó un ejército como jamás nunca había sido reunido por el Pueblo Hermoso. Ninfas de todos los rincones del ancho mundo llegaron, delicadas criaturas que jamás habían tomado las armas, porque jamás se había hecho necesario.
Pero he aquí que la fatalidad forja maestros.
Y allí estaba ahora la firme Aletheia, mirando con seguridad a sus enemigos. Como acaso su vista era aguda- rasgo común entre las hadas, así como entre los elfos-, ya había identificado al Capitán de los Hombres, ya había identificado su objetivo. Las negociaciones escasos momentos antes habían languidecido, sólo quedaba ya tiempo para la guerra, la tan odiada guerra, la tan inevitable guerra.
Aletheia asintió con la cabeza. Su heraldo levantó el estandarte, lo ondeó en alto, y los corazones de sus guerreras se engrandecieron. Allá, enfrente, el Capitán de los Hombres hizo otro tanto.
Y los ejércitos avanzaron. Los hombres portaban lanceros en primer término, una poderosa falange, un muro de lanzas y escudos, impenetrables para las flechas de cristal de las Hadas. Una riada de muerte, pues el ejército de Aletheia no contaba con una respuesta natural contra tan avasalladora estrategia.
Ahora bien, había otra forma de desmoronar tal conglomerado. Aletheia silbó, el agudo sonido se alzó a los vientos, y de allende los cielos, más allá de las nubes, descendió una nube oscura; sólo que no era una nube, como pronto comprobaron aterrorizados los soldados del ejército de los hombres, sino una bandada de poderosos cuervos, aliados de las Hadas desde tiempos inmemoriales. Las bestias aladas atacaron desde las alturas, centraron sus ataques en la primera línea defensiva. Los lanceros, armados con largas y pesadas espigas de madera y acero, se vieron impotentes para repeler el fulminante ataque llegado de los cielos, y uno a uno fueron cayendo, con los ojos arrancados y los rostros desgarrados por garras y picos.
Los cuervos, cumplida su tarea (y también diezmados por las más efectivas espadas de la infantería), alzaron de nuevo el vuelo y se alejaron de la batalla.
Sabiéndose ya en igualdad de condiciones, Aletheia dio la orden definitiva a su ejército. Las Hadas Guerreras gritaron con la furia contenida de tantos años de abusos, de tantas muertes sin sentido; y la luz de sus ojos se extendió más allá. Un halo de poder rodeó entonces a Aletheia en primer término; un resplandor blanco aún más intenso que el de sus hermanas, que entremezclado con sus cabellos rojos produjo resplandecientes destellos encarnados; el poder de la magia feérica la envolvió, y fue entonces cuando reveló su auténtica naturaleza. De su espalda brotaron en un estallido sendas alas, magníficas, grandes, pero no de pluma, carne y hueso como sería común en un gran ave, sino de pura luz, de pura energía.
Y se la vio más bella que nunca, una imagen deslumbrante de hermosura más allá de medida alguna; una diosa, se diría, de los tiempos en que éstos caminaban por el mundo.
Y Aletheia desenvaino su espada de dorada empuñadura, Dark Edelweiss, y la blandió en alto. Y su poder se reflejó en la perlada hoja, y estalló en reflejos vidriosos, y el ánimo se alzó una vez más entre sus guerreras.
Aletheia hizo descender la espada; y a su señal su ejército cargó, con la determinación de su líder, con el valor de su Capitana…
A la batalla, fueron, a luchar y morir…
…como hadas guerreras.




© 2007 Javier Pellicer MoscardóRelato inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual como parte de la obra “Entre mente y corazón Segunda antología de relatos”

domingo, 16 de diciembre de 2007

Me Llamaba

Relato publicado en el número 29 (diciembre-enero 2007/2008) de la revista literaria REMOLINOS
http://es.geocities.com/revista_remolinos/index_p4.htm



Me llamaba, y fue verla y perderme. Allí estaba, en el lago: titilante piel de alabastro, del tono del fulgor de los destellos de la luna que sobre ella se vertían; cabellos de noche sin estrellas salpicando unos rasgos suaves, pulidos como la joven Maria en la Pietà de Miguel Ángel; sus labios de suntuoso amoratado, ojos de una azulada y brillante profundidad inacabable, un abismo en sí mismos en los que desear abandonarse.
Me llamaba, con el armonioso canto de un arroyo naciente rebosante de perlas diamantinas, tan alegre como triste. Su enmelada balada, en la que ella y yo éramos protagonistas absolutos de las fantasías más sugerentes y prohibidas, calentaba mi sangre y atrapaba toda voluntad de resistir. ¿Pero quién querría resistir? Yo no. No a aquel menudo y en apariencia frágil cuerpo desnudo, pálido pero deseable, de formas fatales, no exuberantes y carnosas, sino delicadas, elegantes, casi rayando la infantilidad: pechos diminutos pero tersos, caderas disimuladas y no obstante tentadoras, sexo despejado, aunque misterioso: una conquista a la que dedicar una vida…
…un alma.
Me llamaba, y a mí no me extrañó que supiera mi nombre, aun cuando jamás nos habíamos visto antes. Mi razón, ante su presencia dominadora, era ahora una bruma evanescente, sin peso o voz para decidir. Yo caminé hacia la promesa que ella me tendía, olvidando toda realidad de mi existencia salvo el deseo.
El deseo, siempre el deseo: ella estaba allí, me quería a su lado, nada más importaba.
Seguía llamándome cuando llegué a la orilla del lago. Me adentré ansioso, con vehemente anhelo, en busca de aquellos brazos finos que se extendían hacia mí desde la maravillosa silueta en el centro del perlado lago.
-Ven a mí, amor mío- susurró melodiosa ella-. Te he esperado durante mucho tiempo. Mis hermanas se fueron hace ya eones, pero yo no podía, no sin ti.
Era verdad, en mi corazón yo sentía como cierta tan dulce afirmación. Y de algún modo supe que yo también había estado esperándola, aún sin saber de ella. Mi llegada a la casita del lago no había sido una azarosa secuencia de casualidades, era mucho más que unas vacaciones para escapar del estrés de la ciudad. El destino me había llevado hasta allí para estar con mi amada.
-Te ansío tanto- balbuceé.
Me llamaba. El agua me cubrió hasta más allá del pecho, pero no me amilané. Seguí nadando, siempre sin dejar de mirar el beatífico resplandor que la envolvía, enfebrecido. La pasión agolpaba mi sangre en las venas, me entregaba una fuerza más allá de toda medida. Era tanta la avidez, que me parecía no avanzar nada. Era como si ella no fuera más que una fantasía inalcanzable, una quimera que se burlara de mí con cada una de mis brazadas. Pero no era así, lo leía en sus ojos, tan plenos de apetito como los míos, tan fervorosos como yo.
Me consumía en fuego y hielo.
-Ven a mí, seamos uno para siempre…- seguía cantándome ella, con la armonía propia de las sirenas- Seré tuya, tú serás mi dueño…
Me llamaba, pero yo no llegaba, nunca llegaba. Y más que el cansancio en mis miembros, a los que no atendía, me laceró la tortura de no poder alcanzarla. Aumentó más y más mi convicción, en realidad mi locura, erradicando todo juicio sensato. Saqué fuerzas de donde no las había, y seguí nadando, seguí perdiéndome.
Y su llamada proseguía, pero yo al cabo era de carne, y mis músculos fallaron; torpe como un niño chapoteé, buscando mantenerme a flote. Pero he aquí que incluso en momentos como aquellos, que debieran ser de total desesperación, aun sabiéndome hombre perdido, yo no podía más que pensar en ella, en mi amada Náyade, en aquella hermosa pero letal ninfa de las aguas dulces. Lloré incluso lágrimas de pena ante mi fracaso. Las aguas me cubrieron, y ni siquiera entonces sentí miedo, ni ansia de salvar mi vida. Sólo quería estar con ella.
El agua inundó mis pulmones, y morí.
Y entonces ella dejó de llamarme. Acudió a mí, aún mi alma encadenada en las ahora oscuras aguas del lago. Y su rostro era risueño, un ápice de picardía en su sonrisa, y por un momento creí de nuevo que se burlaba, pero no era así.
-¡Oh, mi amor! ¡Has hecho tu sacrificio por mí!- me dijo, pero no hablaba con palabras, sino en el lenguaje de los sentimientos, el idioma en el que los amantes se abandonan el uno al otro- ¡Ahora eres un espíritu del agua, por fin podremos estar juntos para toda la eternidad!
Una nueva vida me alcanzó, emociones sin forma danzaron en mi conciencia renovada. Al fin, nos tomamos, nos fundimos en un abrazo etéreo, y la racionalidad del tiempo se diluyó en la incongruencia de un imposible convertido en certeza; enlazamos nuestras esencias, hasta que no fuimos más que amor y pasión.
Tampoco menos.







© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “A diez pies del suelo Relatos de lo mundano y lo fantástico”

jueves, 6 de diciembre de 2007

El Proyecto Prometeo


“Cuando Dios creó al Mundo, vio que era bueno. ¿Qué dirá ahora?”
George Bernard Shaw.
***

En ocasiones el hombre ha tratado de emular a Dios, y es en cada uno de tales eventos cuanto ha puesto de manifiesto su casi infinita soberbia. Yo, Timothy Drextton, fui testigo y sobre todo partícipe de la representación más escabrosa de la arrogancia del ser humano. Seguro que usted que esto lee no ha olvidado el suceso más importante que vivió la humanidad- en realidad, sería más justo hablar de crisis-, hace no tanto: el recuerdo del Día del Juicio, en el que nuestra raza estuvo a un paso de la extinción total, permanecerá en la memoria colectiva del mundo durante infinidad de siglos.
Es justo y necesario que así sea.
Pero he aquí que cuanto llevó a ese fatídico momento permanece en las poco claras aguas de la fantasía popular. Muchos libros han sido escritos, muchos autores han asegurado que sabían la verdad, que incluso habían participado en los acontecimientos, que conocían a los personajes involucrados. Farsantes en su mayoría, desalmados en busca de fama y dinero, adulterando un acontecimiento que por su gravedad debiera conducir a la reflexión.
Es por todas esas falacias que me decido a ordenar mi memoria, y compartirla con el mundo, quince años después del día en que el mundo se vio al borde del fin. Porque ese es el tiempo que he precisado para digerir- en parte- cuanto ocurrió.
***
Mi llegada al Proyecto Prometeo se produjo cuando éste ya había superado la primera fase de discusión ética. Por entonces yo contaba con unos ingenuos y despreocupados treinta y cinco años, recién cumplidos. De hecho, el uniformado militar que requirió mis acreditados servicios de genetista me abordó a la salida de la Universidad de Columbia, donde daba mis clases. La oferta que me brindó resultó ser irrechazable: quintuplicar mi ya de por sí generoso sueldo de profesor e investigador privado, y pagar todos mis gastos e investigaciones durante un período mínimo de cinco años. Sin embargo, lo que realmente avivó mi curiosidad fueron las palabras textuales que aquí reproduzco de aquel joven soldado: “la posibilidad de participar en el proyecto más importante de la historia de la humanidad”. Palabras proféticas, bien lo sabe Dios.
Un viaje en un avión del ejército me llevó hasta el alma del desierto de Mojave, la base Edwards, a ochenta millas al norte de Los Angeles. Allí fue donde, al fin, conocí al máximo responsable del ultra secreto proyecto científico- de tal envergadura que el gobierno había dejado en manos del Ejército su supervisión-, el general Troy Duch, un hombre que encarnaba el ideal del soldado comprometido con su país, un tipo sereno pero amedrentador. Y fue al saber de boca del general en qué consistía con exactitud el proyecto cuando comprendí la ambición de los responsables ideológicos de la idea.
En palabras de Duch, la misión del proyecto era ni más ni menos que conseguir forzar el próximo salto evolutivo del hombre, la creación de un individuo que estuviera por encima de toda debilidad del humano actual, el homo superioris, como había sido bautizado. Compréndase la envergadura del proyecto: adelantarse a lo que la naturaleza conseguiría en millones de años mediante los conocimientos científicos que nuestro intelecto nos había brindado. Jamás en la historia de la humanidad se enfrentó ésta a una tarea tan colosal: cambiarse a sí mismo nada más y nada menos, con el fin de lograr enfrentar los problemas surgidos de su casi descontrolada progresión tecnológica, las enfermedades surgidas de la rápida degeneración ambiental, así como la no menos extraordinaria labor de preparar una serie de individuos capaces de conquistar los rigores de los ya no tan lejanos viajes al espacio.
Y es que la superpoblación de la Tierra- y todo cuanto derivaba de tal problema-, había despertado ya las alarmas, al fin, de los gobernantes del mundo. A los firmes pero ya casi inútiles esfuerzos por “sanar” los males ocasionados a nuestro planeta se unieron los actos preventivos; los astrónomos no cejaban de peinar día y noche el firmamento estrellado en busca de un nuevo hogar, pero la única posibilidad de colonización terráquea seguía estando en la vecina Luna y en el no tan lejano Marte, lugares que nunca dejarían de ser inhóspitos para nuestra raza. Por si fuera poco, el viaje al planeta rojo aún era, físicamente, una quimera para el hombre: un viaje demasiado exigente para unos cuerpos no aptos para, por ejemplo, la ausencia prolongada de gravedad. Sí, se precisaba una fortaleza que no se hallaba en nuestros genes.
Todavía.
Sin embargo, todos estos fines altruistas quedaban empañados por la verdadera razón del Proyecto, la misma que siempre ha movido a los grandes gobiernos: la superioridad ante otros. El homo superioris nacería americano, y por tanto serviría a América. En otras palabras, sería el arma de América, en todos los sentidos en que hiciese falta. También en el militar.
Pero estoy divagando. Nada de esto resultaría ser importante, a la postre. Cuando accedí a Prometeo, me vi absorbido por el tan apetecible empeño, acaso mi papel en el proyecto sería fundamental. Ahorraré al lector toda jerga científica así como cualquier cuestión técnica difícil de comprender para el individuo común, pero diré que la primera parte teórica del proyecto fue larga pero sobre todo tediosa. Se prolongó durante cinco largos años de noches en vela estudiando algoritmos y secuencias sin fin de nucleótidos, aminoácidos, cadenas proteínicas y cromosomas, realizando hasta el más nimio cálculo con los ordenadores más avanzados del mundo. Llegada la parte práctica, se manipuló el ADN más sano que se pudo conseguir- atletas de élite en su mayoría- hasta erradicar cualquier anomalía con técnicas que al lector, aún hoy en día, podrían parecerle pura ciencia ficción. Sin embargo, tampoco el proceso es importante, sólo el resultado.
El Espécimen-05 fue concebido artificialmente el 7 de agosto del 2015. Nadie supo en realidad porqué fue el único óvulo de las cincuenta probetas que logró ser fertilizado. Fue una rareza desde su origen, y como ya veremos lo sería durante toda su vida.
A partir de entonces, se buscó tratar el asunto a largo plazo, hasta que el individuo desarrollara los avances biológicos de su condición. El bebé fue confinado en un entorno aislado y perfectamente controlado, un ambiente ideal que dejara fuera todo tipo de tensiones, físicas y emocionales. Así, durante doce años, el sujeto vivió en una realidad bucólica, aislado sin saberlo en una región creada por el ejército especialmente. Irwick no aparecía en los mapas, pero tenía todo lo que podía esperarse de un pueblo común de la América profunda. Los vecinos eran todos, y sin excepción, agentes del gobierno adiestrados para actuar como simples vecinos; yo mismo participé en la pantomima, caracterizado como el médico de familia del niño. Todo estaba planeado, hasta el más nimio detalle, nada se dejó a la improvisación.
Qué ilusos fuimos.
***
Todo marchó bien durante más de una década, Michael- así se llamó al niño-, se desarrolló como cualquier chiquillo, no obstante sin manifestar jamás enfermedad alguna, ni tan siquiera un leve resfriado. Su fortaleza y resistencia física estaba siempre por encima de la de cualquier niño de su edad.
Pero entonces llegó a la adolescencia. Esperábamos algún tipo de cambio para ese momento, ocurre en las personas comunes, y creíamos que también en Michael acontecería, pero… nunca esperamos lo que pasó. ¿Cómo fuimos tan estúpidos? Introducimos un factor desconocido en nuestro mundo, un factor que creímos poder controlar. ¿Pero cómo se puede controlar lo que no se conoce, lo que no se entiende? ¿Cómo se puede controlar lo que está por encima de nuestra capacidad de comprensión?
Michael siempre había sido muy sagaz, tremendamente inteligente, de hecho se salía de los gráficos en ese aspecto- en la vida real habría sido un superdotado de nivel insuperable-. Pero al cumplir los doce años el salto cualitativo de su mente llegó a cotas insospechadas. El funcionamiento de su cerebro entró en una nueva dinámica, el niño comenzó a manifestar fenómenos… inexplicables, y por supuesto más allá de cualquiera de nuestras previsiones.
No fue menos tranquilizador el hecho de que no lo descubriéramos hasta que él deseó que lo hiciéramos. Yo fui el primero en saberlo. Durante todos esos años, entre Michael y yo se creó una especie de vínculo no buscado por mi parte. Sí, lo reconozco, me encariñé con ese chico, rompí las normas al hacerlo. Pero el caso fue que Michael me veía más próximo que sus propios padres, y yo, por mi parte, comencé a verlo como una persona, no como un experimento.
Una mañana llegó a mi consulta, serio, pero decidido a contarme lo que ya era su secreto. Fue increíble, simplemente extendió la mano sobre mi ordenador de bolsillo, cerró los ojos… y lo hizo. El aparato comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, como una peonza, pero sin que nada interactuara, al menos nada visible.
Y entonces el objeto levitó.
Puedo imaginar cual debió ser mi expresión: ojos desencajados, piel pálida, labios entreabiertos en una mueca de total desconcierto…
Aquel chico podía manipular la materia… la misma realidad.
-Dios…- balbuceé- ¿Cómo…?
-Simplemente me concentro, y lo hago- respondió lacónicamente Michael-. Doctor, creo que ha llegado la hora de decirme la verdad… ¿no cree?
-¿La verdad?- pregunté yo, nervioso- ¿A qué te refieres?
-No más engaños. El tono de su voz delata sus emociones. Soy especial, siempre lo he sido, aunque no sé el por qué. Pero sí sé que todo es muy extraño alrededor, hace algún tiempo que vengo advirtiéndolo. La gente del pueblo me trata muy bien... demasiado quizás. Y algunas cosas me han dado qué pensar… ¿por qué nunca se ve a ningún forastero? ¿Y por qué yo jamás he salido del pueblo? ¿Por qué en la televisión sólo ponen dibujos animados y películas culturales? ¿Qué hay en realidad más allá de Irwick?
En Dirección de Proyecto habíamos esperado la curiosidad del sujeto. Pero siempre creímos que lograríamos contenerla, calmarla. Sin embargo, ahí estaba Michael, esgrimiendo unas habilidades como poco sobrenaturales, y un razonamiento imposible para un niño de su edad.
-Quiero ver el mundo, doctor. Quiero dejar de ser un esclavo.
En ese momento tomé conciencia por primera vez de la locura que habíamos cometido.
***
Las opciones que nos dejó Michael fueron pocas. Se decidió que, por el bien de su salud mental, debía conocer el mundo en el que vivía, pero no se le revelaron los pormenores de Prometeo. Se fraguó la mentira de que él era el hijo de un genetista que experimentó consigo mismo sus teorías, traspasándole un ADN mejorado. Se le dijo asimismo que ambos, padre y madre, habían muerto al poco de nacer él, y que el Gobierno había conseguido su tutela, en aras de que su especial condición significara en un futuro una posible cura para multitud de enfermedades del hombre. En parte, no le mentimos, pero sólo en parte.
Se preparó una excursión a Nueva York, con la esperanza de que la exuberancia de la ciudad calmara todas sus ansias de conocer mundo. Yo lo acompañé, yo y una miríada de agentes secretos, camuflados como paisanos. Durante el vuelo y su estancia en Manhattan no estuvimos rodeados jamás por menos de quince agentes, aunque en ocasiones ni yo mismo podía distinguir quienes eran.
Yo no, pero Michael sí. Su percepción era increíble, lo intuía todo con sólo un vistazo y una ligerísima reflexión; y luego absorbía el conocimiento, y actuaba acorde con lo recién adquirido. Increíblemente, raras veces demostraba sus emociones al respecto- sus ojos eran dos pozos de soledad-, pero al llegar a la Gran Manzana su rostro se llenó de admiración al contemplar la grandeza de la ciudad: la inmensidad de las avenidas, la mastodóntica silueta de los rascacielos, las luces de Broadway… Quiso visitarlo todo, hasta el último rincón, pero por motivos de seguridad se evitó las zonas más deprimidas de Nueva York. Se le dejó ver sólo lo aceptable, la cara amable de la ciudad.
Pero Michael no tenía suficiente, y decidió hacer turismo en solitario. Se escapó nadie sabe cómo del hotel Carlyle, en Madison Avenue; la dirección del proyecto había alquilado todo el edificio, para evitar interferencias ajenas al programa y controlar a Michael, pero nada de eso bastó. Luego se descubriría que había utilizado sus habilidades paranormales para desbloquear la ventana y bajar al callejón trasero… ¡levitando!
Aquello comenzaba a escapársenos de las manos.
El equipo de seguridad se desplegó por toda la ciudad, pero fui yo quien lo encontró, en un callejón oscuro no muy lejos del hotel. Estaba de pié, pero con la cabeza hundida, el puño crispado. Frente a él tenía un grupo de vagabundos, apiñados en cajas de cartón, envueltos en periódicos, y vestidos con harapos, la mayoría de ellos borrachos. Y comprendí qué pasaba por la mente de Michael.
-¿Por qué esta gente sufre?- dijo él- ¿Por qué no tienen un hogar en el que refugiarse del frío?
No supe qué contestar. Había tanto que él no sabía, tanto que se le había ocultado para no afectar su aséptico crecimiento.
-¿Por qué nadie me habló de cómo era el mundo en realidad?
Y entonces me miró, directamente. Y ante aquellos ojos, tuve miedo, pues no supe identificar qué vi en ellos. Aún hoy en día no lo sé. Sea como fuera, había resentimiento en su voz.
Sólo se precisaba un detonante.
-Era complicado, Michael…
Llegaron entonces los agentes, pistola en mano. Obviamente, no para amenazar a Michael, pero él chico estaba tan ofuscado que no lo vio así.
-Esas armas…- el rostro se le deformó en un rictus enojado- Antes he visto cómo un hombre amenazaba a otro con una de esas armas. ¿Por qué se permite que esas cosas existan?
Levantó una mano, y todas las pistolas de los agentes volaron de sus manos, movidas sólo por la voluntad de Michael. Y allí mismo, mediante su pensamiento, las desmontó pieza a pieza.
-¡Ya basta de violencia y muerte!- gritó el muchacho, y tan enfurecido estaba que ese extraño poder suyo estalló, lanzándonos a todos de espaldas.
Me vi levantado del suelo como una simple muñeca de trapo, volé hacia atrás no pocos metros. El golpe fue duro, pero me rehice pronto, ante la evidencia del peligro que representaba Michael.
Y cuando volví a posar mis ojos sobre él, quedé traspuesto por el asombro. ¡Dios Santo, si es que aquel ya no era Michael! No era ya un muchacho, en un parpadeo su cuerpo se había desarrollado desde una primeriza adolescencia hasta una madura juventud. Y su cabeza parecía más grande de lo que era común para un hombre, ligeramente desproporcionada con el resto del cuerpo. Pero fueron sus ojos… nunca podré describir lo que vi en sus ojos… eran insondables, pero al tiempo había en ellos un poder que ninguna palabra podía hacer justicia.
¿Qué habíamos creado?
Ese nuevo Michael me miró, largo y tendido. Y lo sentí en mi mente, adentrarse en ella. Traté de evitarlo, quise escudar mis pensamientos, pero fue inútil. Como quien abre una lata de sardinas, Michael “abrió” mi cabeza y leyó cuanto en ella había.
Y así, lo supo todo sobre Prometeo. Todo. Y su mirada, ahora que tenía conocimiento de cada detalle, se preñó de un sentimiento que jamás había contemplado en Michael.
Odio.
Allí mismo hubiera podido matarme, le hubiera resultado tan sencillo como chasquear los dedos, más incluso. Sólo tenía que pensarlo.
En lugar de ello se elevó en el aire, lentamente al principio, y luego con velocidades superiores a la velocidad del sonido. Pero antes del estallido sónico, le escuché en mi mente. Jamás olvidaré aquellas palabras.
PREPARAOS PARA SER JUZGADOS.
***
Obviamente, se convocó un gabinete de crisis de inmediato en la misma Casa Blanca, al que asistieron el Presidente y sus consejeros, el Vicepresidente, además de toda la plana mayor del Proyecto, el general Duch y los máximos responsables, entre los que yo mismo me encontraba. Me resultó grotesco advertir el tema de la discusión, pues delataba bien a las claras que ninguno de los allí presentes, ni siquiera Duch, comprendían el alcance la situación.
-Me parece que la solución es obvia. Debemos localizar al sujeto y traerlo de vuelta- comentó el Vicepresidente McCahan-. Sólo es un hombre, manden a sus mejores agentes.
-Con todos los respetos, señor Vicepresidente, mis mejores hombres eran aquellos de quien tan fácilmente escapó- respondió Duch-. Pero no se preocupe, tenemos todos nuestros efectivos en movimiento. Lo localizaremos y lo neutralizaremos. Pero ahora nuestra mayor preocupación es que el secreto no se difunda.
Me reí, por supuesto con acritud. La carcajada me convirtió en el centro de atención, aunque no fui mirado con muy buenos ojos.
-¿Qué le hace tanta gracia, profesor Drextton?- preguntó el Presidente Graysson, claramente serio.
-En realidad, nada. En realidad estoy aterrado, como deberían estarlo ustedes- dije-. Señor Presidente… ¿de verdad cree que está ante un problema común? ¿No advierte a lo que se enfrenta el mundo?
-Para eso les tengo a ustedes, para que me informen- dijo.
-Señor, este problema supera todas las escalas de peligro. El Espécimen-05… no, perdón, Michael está descontrolado. Sabe que lo hemos manipulado desde siempre, sabe para qué fue creado, y además ha visto la miseria de que es capaz el hombre. Lo escuché en mi mente, me lo dijo: Prepárense para ser juzgados. Señor, si hay un día del Juicio Final, es sin duda éste.
-¿Qué sandeces son esas, Drextton?- gritó el General- Sólo es un hombre, que pueda mover objetos con la mente no le convierte en una amenaza que no podamos controlar…
-Siguen sin entenderlo. Michael ya no es humano, al menos no como nosotros lo entendemos. Ha excedido todos los pasos evolutivos. Es, ciertamente, el futuro del hombre, pero un futuro más allá de cualquiera que pueda tildarse de racional. Y su inteligencia, agudez mental y esa… telequinesia, todo eso es el resultado de una capacidad cerebral hiper-desarrollada, sólo la antesala de algo mucho mayor, algo inconcebible. Entiéndalo, señor Presidente. Michael es capaz de interactuar con la materia, es posible incluso que ya sea capaz de doblegar la misma realidad física. En todos los sentidos, es un dios.
-Santo…- Dios, iba a decir el Presidente, pero la analogía no le pareció correcta- Y todo esto… ¿qué representa en realidad para la población?
-Señor, Michael cree que la humanidad está corrompida, lo vi en su mente cuando se comunicó conmigo telepáticamente- dije yo-. En estos momentos está recorriendo el mundo, quizás sólo con su mente, y valorando… juzgando si lo prefieren, la especie humana. Si su veredicto definitivo es el de que somos culpables… no dudará en actuar, pues me temo que la moralidad no afecta ya su conciencia. En pocas palabras, extinguirá a toda la raza humana.
Acabada la frase, sí vi auténtico terror en los ojos de los presentes. La convicción de mi voz había sido tal que nadie dudó de mis palabras.
El sonido estridente del móvil del General rompió el mutismo. Entre temblores, Duch contestó. Cuando colgó, su faz estaba aún más blanca.
-S-señor Presidente…- la voz casi no le salió- el s-sujeto… los satélites de vigilancia lo han encontrado…
Esta vez, todos comprendieron.
-V-viene hacia Washington…
***
A partir de entonces, todo sucedió muy deprisa. Se trató de poner a salvo al Presidente encerrándolo en el búnker acorazado de los sótanos de la Casa Blanca, y se movilizó al Ejército. Una ingente cantidad de tropas se acumuló entonces en los jardines del edificio presidencial y en los alrededores. Sonaron las alarmas en toda la ciudad, se conminó a la gente a quedarse en sus casas. El temor, el pánico, se extendió por toda la capital.
Una vez más, sólo yo era consciente de la futilidad de tantos esfuerzos. Siendo así, ni siquiera me escondí con los mandamases, como se me ofreció.
No hubo tiempo para mucho más. El ser que no mucho antes había sido Michael apareció en el cielo, y descendió como un ángel vengador sobre la capital del país. Yo estaba allí, en los jardines, lo vi pronto a través de unos prismáticos, y ya no encontré rasgo alguno de humanidad en sus ojos, y apenas en su aspecto.
Cómo describirlo… me faltan las palabras. Su cuerpo era el de un hombre adulto, pero no contenía defecto alguno en lo físico: era el hombre universal de Da Vinci, proporcionado hasta la perfección. Sólo su cabeza parecía escapar de tal armonía, a no ser que fuera nuestro sentido de la perfección, el de los hombres comunes, el que fuera errado. Su cráneo aparecía ahora enormemente abultado, como si contuviera una masa encefálica desarrollada más allá de lo lógico. No tenía pelo, lo había perdido en aquella fulgurante evolución, así como los meñiques de sus manos.
Los cañones antiaéreos apuntaron, pero no llegaron a disparar, pues a Michael le bastó un simple pensamiento para que las enormes masas de acero se licuaran sobre sí mismas. Los helicópteros de combate que trataron de acercarse a él sencillamente quedaron congelados en el aire, como si el tiempo se hubiese detenido para ellos.
Michael se estabilizó a muy pocos metros del suelo, ya a vista desnuda. Me miró, a mí, directamente, pero sus palabras subsiguientes fueron una sentencia que resonó en las mentes de cada ser humano del planeta. A través de su poder, todo hombre, mujer y niño, no importara donde se hallara, fue testigo directo de aquel momento.
El Día del Juicio del Hombre. El fallo sería dictado por un dios.
Un parpadeo para nosotros, un simple pensamiento para Michael, y la Casa Blanca voló por los aires, el edificio completo se desmenuzó como si fuera absorbido por un terrible ciclón invisible. La demostración de poder me convulsionó, aquel ser era capaz de hacer lo imposible; las leyes de la física, las reglas de la naturaleza, no eran nada para él. El búnker en el que se hallaba parapetado el Presidente de los Estados Unidos quedó al descubierto, y Michael lo abrió con facilidad. El máximo representante del país, aterrado como cualquiera de nosotros, fue llevado a presencia del omnipotente ser que iba a juzgar al hombre.
Y así, Michael habló.
HE VISTO VUESTRO MUNDO, MORTALES, Y LO HE ENCONTRADO CULPABLE. HE VISTO INCONTABLES MUESTRAS DE CRUELDAD: GUERRAS, ENGAÑOS, ASESINATOS, MALTRATOS Y VIOLACIONES… HORROR POR DONDE HE OBSERVADO. LA BALANZA SE HA INCLINADO, DEFINITIVAMENTE, HACIA VUESTRA ERRADICACIÓN.
No sé de donde saqué las fuerzas para hablar, pero el caso es que lo hice. Grité con mi voz, le grité a aquella divinidad que a punto estaba de aniquilarnos. Busqué lo imposible, hallar un rastro de aquel niño que una vez fue, aquel del que llegué a encariñarme.
-¡Michael, no!
Entre millones y millones de seres conectados, él centró toda su atención en mí. Me sentí abrumado, tanto que creí desfallecer, pero con todo logré resistir, y volví a dirigirme a él.
-No lo hagas, Michael. Es un error.
LA DECISIÓN ESTÁ TOMADA. Y JUSTO ES QUE VUESTRA DESTRUCCIÓN SEA PROVOCADA POR VUESTRAS PROPIAS ARMAS MORTALES.
Lo sentí, todo el mundo lo sintió. Una oleada de poder surgió de Michael. Al instante supimos a través de él cómo llegaría nuestra destrucción. En distintos puntos del planeta, cientos de misiles nucleares habían sido activados; sus motores habían sido encendidos a distancia por la mente de Michael, y ya volaban hacia el cielo, desde donde caerían repartiendo muerte. Una extinción global, que irónicamente llegaría gracias a nuestro tan cacareado progreso tecnológico.
-¡Dios, Michael, no!- grité, desesperado- ¡Puedes detenerlo! ¡Tienes que detenerlo!
El ser me miró.
¿USTED, DOCTOR, MENTANDO A DIOS? PUES BIEN, QUIZÁS LO HAYA ENCONTRADO. ¿POR QUÉ HABRÍA DE DETENER TODO ESTO? NO VEO MOTIVOS EN EL HOMBRE PARA LA ESPERANZA. NO HAY POSIBILIDAD PARA EL CAMBIO.
Los misiles seguían su curso, habían alcanzado su cenit, en un par de minutos tocarían el suelo.
-¡No lo ves, Michael!- me aferré a mi último argumento, en un vano intento de llegar hasta aquel ser- ¡Con toda tu inteligencia no lo ves! ¡Sí podemos cambiar! ¡Tú mejor que nadie deberías saberlo!
¿YO? ¿POR QUÉ YO?
-¡Por que tú eres la culminación del ser humano! ¡Tú eres nuestro futuro!
Los enormes ojos de Michael se abrieron entonces. Por lo visto, ni siquiera los dioses estaban libres de errar, al menos durante sus primeros pasos. Porque, aunque con el naciente poder de la omnipotencia, su alma permanecía aún anclada en el filo de la mortalidad. Por el momento.
Y NO PUEDE HABER FUTURO SI DESTRUYO AL HOMBRE
-Así es, Michael. Cierto, hay maldad en el mundo, pero la venceremos, ahora lo sé, al verte a ti. Y esa victoria será la que nos permitirá, con el tiempo, llegar a ser como tú. Es nuestro destino. No nos lo arrebates.
Se escuchó entonces un estruendo en el cielo, y se vio un destello y una humareda, la estela de un cometa portador de muerte. Uno de los misiles, probablemente llegado desde Rusia, así como los nuestros estarían a punto de impactar con Rusia, se disponía a hacer impacto.
El fin.
Sinceramente, lo creí todo perdido. Bajé la cabeza, cerré los ojos, a la espera de lo inevitable. Pero no sucedió nada. Pasaron los segundos y seguía sintiéndome vivo. Volví a mirar, y comprobé no sin cierto espanto que el mundo entero había detenido su invariable girar. Todo estaba paralizado, la gente inmóvil, el tiempo se había detenido, también para los fatídicos misiles. Sólo yo podía moverme.
Y Michael.
Hizo un gesto, y sin más, las bombas nucleares en todo el mundo se convirtieron en polvo inofensivo. Como si nada, como el niño que sopla las velas y pide un deseo, sólo que en esta ocasión el deseo se cumplió.
Michael tomó suelo justo frente a mí, y yo, de nuevo, pero más intensamente, me sentí abrumado… no, no es la palabra adecuada… me sentí insignificante, irrelevante, no era nada ante la inmensidad de aquel ser.
Y sin embargo, yo lo había detenido.
TUS PALABRAS… NO CARECEN DE SENTIDO… ¿PERO ACASO PUEDO DEJAR QUE TANTOS MUERAN? ¿PUEDO DEJAR QUE LA CRUELDAD CAMPE A SUS ANCHAS POR ESTE MUNDO QUE UN DÍA FUE MÍO?
-Has…- tragué saliva, en busca de un valor que no sentía- has visto nuestras mentes, Michael… p-pero no nuestros corazones. Obsérvalos si tienes el poder de hacerlo, y comprueba que junto a la maldad hay también buenos sentimientos.
Michael, de nuevo, rumió; en apenas un segundo, tal vez menos, su mente casi perfecta razonó lo que ni generaciones de pensadores humanos podrían. Y entonces lo hizo. Yo mismo lo sentí, quedé conectado durante un instante eterno a una vasta red de almas, mi propio espíritu se fundió con todas y cada una de las esencias del planeta.
Y Michael nos sondeó entonces; y atisbé su inconmensurable poder, la gloria del futuro humano, la promesa de la perfección… un glorioso destino.
Pero más importante, mucho más, fue que el propio Michael se adentró en nuestros corazones; sintió nuestras alegrías, nuestros miedos y penas, la maldad de muchos… pero también la bondad, y el potencial para llegar a ser como él.
AHORA LO VEO. A PESAR DE TODA MI INTELIGENCIA, A PESAR DE TODA MI MANIFIESTA SUPERIORIDAD, HE ESTADO CIEGO. ME DEJÉ LLEVAR POR EL ODIO QUE VI EN ESTA SOCIEDAD, PERO OBVIÉ LA ESPERANZA QUE ANIDA EN VOSOTROS. PERO YA NO MÁS. CON LA COMPRENSIÓN DE ESTA VERDAD, LLEGA PARA VOSOTROS EL PERDÓN A TANTAS MALDADES. VIVIRÉIS, PARA PODER SER ALGÚN DÍA COMO YO.
No había falsedad en tal afirmación, lo supe, pues era el alma de Michael quien hablaba; además, aquel ser, en toda su existencia, no había anidado mentira propia.
La Tierra, la especie humana, estaba a salvo.
-Y… tú… ¿qué harás tú?- me atreví a plantear.
AUNQUE NO LO CREAS, HE PENSADO MUCHO EN ESO, DURANTE LO QUE PARA TI SON SEGUNDOS, PERO PARA MÍ SON MUCHO MÁS. CON CADA DESCARGA DE ENERGÍA, MI EVOLUCIÓN AVANZA. NI SIQUIERA YO SÉ HASTA DONDE ME LLEVARÁ, SIN EMBARGO ADVIERTO CON CERTEZA QUE YA NO HAY LUGAR PARA MÍ EN ESTE MUNDO. TARDE O TEMPRANO, VUESTRA LÓGICA IMPERFECCIÓN VOLVERÍA A AFECTARME.
Lo miré, de nuevo asombrado y aterrado a la par. Era cierto, su aspecto volvía a cambiar, su propia materia parecía ahora titilar, como un pulsar de energía. Volví a atisbar el futuro del hombre, ese era nuestro destino. Algún día, dentro de millones de años, si sobrevivíamos a nuestra propia mezquindad, seríamos como él: Mente, sólo energía mental.
ASÍ PUES, DEJARÉ ESTE MUNDO, MARCHARÉ A LAS ESTRELLAS, RECORRERÉ EL UNIVERSO BUSCANDO LA GRANDEZA TOTAL A LA QUE CADA VEZ ME ACERCO MÁS. PERO SABED QUE NO OLVIDARÉ MIS ORÍGENES, NO OLVIDARÉ ESTA BOLA DE FANGO DONDE UNA VEZ NACÍ.
Lentamente, convertido ya por entero en una criatura de energía, el ente que una vez fue Michael, el ser que surgió de nuestro intelecto, se elevó hacia los cielos. El mundo volvió a girar como siempre, y nadie, excepto yo, comprendió cómo se había salvado el mundo.
Y cuando ya había perdido de vista a Michael, una luz estalló en los cielos, como una supernova inofensiva en las capas altas de la atmósfera, un amanecer glorioso, la promesa de la perfección.
Michael había alcanzado un nuevo estado, y yo me pregunté si en verdad había contemplado el verdadero nacimiento de Dios.
***
Así ocurrió, esa es la verdad del momento más importante en la historia de la humanidad, y no otras falsedades que he escuchado. Habrá quien preguntará qué fue de Michael, una cuestión a la que no tengo respuesta. Marchó del mundo, sin duda, pero su destino escapa a cualquier entendimiento, pues acaso Él está ya fuera del orden natural de las cosas, por encima de cualquier concepto racional. Pero nos dejó un mensaje, a todos y cada uno de los habitantes del planeta, un mensaje que no debe ser olvidado.
OS ESTARÉ VIGILANDO.




© 2007 Javier Pellicer MoscardóRelato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “A diez pies del suelo Relatos de lo mundano y lo fantástico”

domingo, 2 de diciembre de 2007

La Calzada de los Gigantes

Basado en las antiguas leyendas irlandesas.



He aquí que hubo un tiempo en que el mundo era lugar indómito, de altas montañas, bosques vírgenes y tierras verdes; una edad en donde las leyendas no eran tales, sino realidades; días donde uno podía, si guardaba sigilo, contemplar desde la lejanía cómo las ninfas se bañaban en sus lagos, o acaso también observar a los dragones recorrer los cielos.
Y en aquella época, vivía el gigante Finn MacCool en la pequeña isla de Éireann, la más hermosa de todas las tierras del ancho mundo. Bien, se podría decir que no era tan menudo aquel país, no para un hombre, que tardaría muchos pasos en recorrerlo. Pero Finn era un gigante tan grande que bien podía recorrer la isla en escasos trancos, tan largas eran sus zancadas.
Sin embargo, Finn era, aunque orgulloso como ningún otro, un gigante muy remilgado. Odiaba salir de su gran palacio de roca- en donde vivía con su también gigantesca esposa Oonagh- cuando hacía frío, y no le gustaba nada ensuciarse o siquiera mojarse, siendo así que odiaba los baños, a no ser que fueran éstos con agua muy calentita.
Pero como era un gigante, y todos los gigantes eran fieros, vanidosos y altaneros, un día no pudo resistir un mensaje que hasta sus oídos llegó. Desde una lejana isla en el norte, éste sí un pedacito de tierra en comparación con el país de Finn, arribó a sus tierras la bravata de otro gigante, llamado Benandonner, que alardeaba de ser más fuerte, inteligente y bravo que el más poderoso de los gigantes de la bella Éireann.
Y como ya hemos dicho, Finn era de encendido orgullo, pues tomó aquella fanfarronada como una odiosa afrenta personal, ya que se consideraba él mismo como el mejor de los gigantes de Éireann. Y planeó la venganza, creyó él, con gran astucia, henchido su pecho por la ingeniosa idea que se le revelara luego de uno de sus opíparos almuerzos, en pleno letargo de mediodía.
-Atiende, esposa, a la sagacidad de tu gran marido- le dijo a Oonagh-. Mañana alzaré con mis inigualables manos, las mismas que derrotarán a ese engreído de Benandonner, un camino a la medida del magnánimo Señor de los Gigantes que soy, una calzada que llegará hasta el cubil de ese desgraciado. Y una vez allí, lo desafiaré, y lo derrotaré. ¡Jamás nadie volverá a reírse de Finn MacCool!
Oonagh, que en verdad sí era de gran inteligencia, advirtió la debilidad en el plan de su marido, pero conociendo el temperamento airado de éste, no dijo nada, so pena de provocar su furia.
Porque Oonagh sabía que la invención del camino no era más que una excusa de Finn para no mojarse los pies en el frío mar.

***

Así, Finn MacCool comenzó al día siguiente la construcción de la vereda que habría de llevarle hasta la lejana tierra de su enemigo. Y quizás los gigantes fueran dados a las jactancias, pero nadie en aquellos días sabía tratar las rocas como ellos. En pocas jornadas, maza en mano, y ante la mirada sorprendida de gaviotas, peces y sirenas, había el gigante creado una fabulosa escalera de peldaños con forma de panal de abejas; una maravillosa obra de arte insuperable por mano humana que salvaba las turbulentas aguas marinas desde su hogar hasta el de su enemigo.
Caminó y caminó con sus grandes trancos, y ya en territorio hostil, atendiendo con desgana los consejos que le diera su esposa- mujer gigante dada a las visiones-, Finn se presentó con gran sigilo en las tierras de Benandonner. Y, oculto tras una colina, observó desconcertado que su enemigo le sacaba dos cabezas de altura, y sus hombros eran el doble de anchos. Y lo vio precisamente enzarzado en una pelea con un dragón, al que mató con una gran porra. Y era algo así poco común, bien lo sabréis si habéis oído hablar de tan fieras criaturas aladas, pues incluso los gigantes temían al flamígero aliento de los dragones.
Y Finn, a pesar de su orgullo, tuvo miedo, así que decidió huir, diciéndose para calmar la conciencia que en la paz del hogar planearía el modo de vencer a aquel Gigante de Gigantes.
Pero he aquí que las bestias de las tierras de Benandonner advirtieron la presencia de Finn, que en su retirada fue descuidado. Las criaturas alertaron a su señor, y éste, pleno de rabia por la intrusión, se lanzó en persecución del invasor. Como Finn era más pequeño, también era más ágil, y conocía mejor la calzada que él mismo había construido, por lo que Benandonner- cuya vista para las largas distancias era escasa- no pudo más que iniciar la persecución desde la lejanía. Mas siguió las huellas de Finn en las oscuras rocas del camino sobre el mar, hasta que llegó a Éireann, tal y como Oonagh había temido que haría si descubría la vereda levantada por su marido.
Pero la misma Oonagh había sabido prepararse. Cuando regresó su marido, alarmado al saberse perseguido, la esposa lo escondió en una cuna, para desconcierto del gigante. Una cuna que había preparado durante la ausencia de su esposo.
No mucho después llegó Benandonner, y golpeando las puertas del palacio de Finn, clamó por la salida del señor del hogar, en su afán de ajustar cuentas.
-¡Sal, cobarde!- aullaba.
Oonagh, tan brava como miedoso había sido su marido, recibió entonces a Benandonner, mostrándose cordial.
-No hay necesidad de gritar, mi señor- dijo ella-. Os ruego decoro para no despertar a mi bebé. Pasad y os invitaré a una taza de té, que de seguro aplacará vuestras iras, mientras esperamos a mi esposo.
Ya hemos dicho que Oonagh era perspicaz, pero es que además era mujer que sabía manejar a los hombres gigantes, por muy volátil que fuera su carácter. Con palabras templadas y halagos casi empalagosos, supo ganarse la tranquilidad de Benandonner.
-Siento haber sido tan brusco, señora mía. Espero no haber turbado el reposo de vuestro hijo- se disculpó Benandonner.
-¡Oh, no! Mi pequeño es de sueño intenso. Vedlo si queréis- dijo intencionadamente la mujer.
Y he aquí que, al inclinarse Benandonner sobre la gigantesca cuna, quedó perplejo por el tamaño de la arropada criatura que allí dormía. Y su rostro normalmente fiero se demudó en auténtico terror, pues le resultaba pavoroso imaginar el inconcebible tamaño que debía tener el padre de aquella criatura, apenas ésta más pequeña que él mismo.
Y así fue, al fin, y también como ya había ideado la sagaz Oonagh, que Benandonner marchó del palacio de roca de Finn MacCool creyendo que éste era en verdad un titán con la estatura de un dios. No queriendo saber más nada de semejante enemigo, destruyó en su huída la Escalera del Mar- salvo en su tramo de inicio y destino- para que el coloso no siguiera sus pasos y causara su ruina y la de todo su país.
Nada más marchar acobardado Benandonner, Finn asumió la huída de su enemigo como un éxito de su superioridad y valor; pronto había olvidado el gigante su vergonzosa retirada desde el hogar de Benandonner.
Pero he aquí que, como el lector habrá ya comprobado, había sido la perspicacia de Oonagh la que había salvado a su marido, demostrando así con ello la gran verdad de que la astucia siempre se impone a la brutalidad de la fuerza.





© 2007 Javier Pellicer Moscardó
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “A diez pies del suelo”

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"