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Alcander, de Luisa Fernández

Ya está aquí... Legados

domingo, 8 de junio de 2008

La Encantadora de Dragones- final


***


Pasó largo rato, pero ni Ingwë ni Zallan regresaron. Y Phiore no pudo soportarlo más. De repente, un nuevo dolor, esta vez en las costillas. Habían golpeado a su hermano una vez más, lo cual sólo podía significar que Ingwë no lo había logrado.
Ya no tenía más opción. Herida o no, tenía que acudir y luchar.
Se adentró en la espesura del Bosque de los Pinos, y mal que bien fue avanzando, El brazo seguía doliéndole como si la hubiesen agredido a ella, y las costillas le ardían hasta lo insufrible, pero su parte de dragón hizo callar a la quejicosa muchacha humana. Apretó la mandíbula y siguió caminando.
Pronto encontró los primeros signos de lucha: tres cuerpos echados en el suelo, perforados por otras tantas flechas, certeras al corazón cada una de ellas. Buen Ingwë, pensó Phiore, valiente incluso ante inferioridad numérica. Uno de los cadáveres era el de un hombre delgaducho. Por la posición en la que había caído, sin duda no había visto venir la flecha. El que yacía a su lado, un tipo de túnica oscura y faz tétrica, y que por la cantidad de raíces, hojas y polvos esparcidos de su bolsa debía tratarse de un brujo, parecía haber advertido la presencia de Ingwë. Sin embargo, ni tal echo ni su condición le habían salvado de la certera puntería del arquero.
Sin embargo el tercer cuerpo, el de un hombre de edad mediana, ya entrado en la madurez, denotaba un combate de refriega. Ingwën era diestro con la daga o la espada, pero no al nivel de su habilidad con el arco. El combate se había saldado al parecer con la victoria de Ingwën, pero sólo un triunfo parcial. Hundido en el pecho del hombre, aún estaba el puñal de su amigo.
Y él jamás lo hubiera dejado atrás.
-Lo tienen a él también…- sollozó Phiore.
Se impuso calma, haciendo suyo el consejo que siempre le daba Ingwën. Tomó la daga del arquero, aun cuando ella tenía sus propios sables, y siguió caminando.
Al fin llegó al claro donde Zallan se había refugiado, y tuvo así una imagen de cuanto había acontecido. Al fondo se hallaba la destacable figura de su hermano; una gran red de hebras de acero lo aprisionaba, impidiéndole escapar a pesar de su gran fuerza. Con tiempo lograría soltarse, pero a buen seguro no dispondría de ese tiempo.
Por lo visto Zallan había logrado plantar cara, pues varios árboles aparecían arrancados de cuajo, sin duda producto de la ira del dragón. Pero sin Phiore cerca era tan vulnerable a las trampas y estrategias de los cazadores como cualquier otro dragón, y al fin había caído. El lugar apestaba a raggia, una potente hierba especialmente indicada para aturdir y debilitar a los dragones. De haber estado ella a su lado, habría sido insuficiente para detenerlo. Ahora la criatura alada ya no forcejeaba. Herido, maltratado y drogado, no tenía fuerzas para mucho más.
Junto al gran dragón negro había tres individuos, uno de ellos arrodillado y claramente maniatado a la espalda. Ingwën también había recibido lo suyo, tenía el rostro roto por los moratones y varias heridas sangrante, pero al menos estaba vivo, lo cual alivió un poco a Phiore. Sin embargo, el saber que existía un enemigo capaz de derrotar al diestro Ojo de Águila era toda una evidencia de, sin duda, un rival temible.
Uno de los dos mercenarios que esperaba en pié era un hombre grandote como un roble, un gigantón de grandes proporciones que sostenía una gran lanza mata-dragones, llamada así porque era más grande y gruesa de lo habitual. A Phiore no le llamó la atención, pues al instante le resultó obvio que aquel al que tanto odiaba era el otro individuo. Sólo precisaba contemplar los malditos cachivaches que portaba, todos arrebatados ignominiosamente de los cadáveres de decenas de dragones.
Al fin tenía ante ella a Arghan, el mejor cazador de dragones del mundo.
Y al fin éste tenía ante él a su presa más codiciada, la Encantadora de Dragones.
***
-Bienvenida, querida- dijo el hombre, al advertir la presencia de la muchacha-. Hace ya bastante que te esperamos.
-Monstruo… asesino…- gimió Phiore- Pagarás cuanto has hecho.
-Me temo, pequeña, que tu posición no te da opción a proferir ningún tipo de amenaza. Y no hablo sólo de tus amigos, cuyas vidas penden de un hilo, sino de tus propias posibilidades. Apenas puedes tenerte en pie, mucho menos luchar con el brazo en cabestrillo.
-Ponme a prueba, necio, pero en un combate sólo entre tú y yo. Déjalos de lado a ellos- dijo la joven.
-Ah, no sería muy buen mata-dragones si no matara al dragón… ¿no crees, querida?- se mofó Arghan
-¡Déjame acabar con ella, patrón!- espetó Borioch.
-Tú ocúpate de vigilar al dragón, idiota. Si mueve aunque sólo sea un ala lo atraviesas. Y yo mientras, me ocuparé de la muchacha- y Arghan centró ya toda su atención en Phiore-. Eres un esperpento, niña. Un ser humano criado por dragones- y el hombre escupió al suelo-. Según la Iglesia, te espera el infierno una vez acabe contigo. Ah… pero haré que tu dragón sea un espectador privilegiado de tu caída.
El cazador y la muchacha comenzaron a dar vueltas el uno en torno al otro, estudiándose. Phiore blandía su daga larga, aun a sabiendas que, herida como estaba, sus posibilidades ante tan hábil guerrero eran escasas.
-¿Cómo sabes tanto de mí?- preguntó ella.
-El mejor cazador es aquel que conoce a su presa y sus debilidades. ¿Por qué crees que vine precisamente hacia éste poblado? Sabía bien que acudirías en ayuda de Ingwë… perdón, Ojo de Águila… para buscar ayuda, y que siendo así el dragón esperaría en los alrededores. Sólo cometí un error, infravaloré al arquero. A punto estuvo él sólo de acabar con todos mis hombres, pero me ocupé de él- Phiore contempló de soslayo a Ingwë, y de repente le pareció que parecía más pálido de lo que en él era común. Sin embargo, atenta como debía estar a su enemigo, no pensó mucho en ello- Sé más de ti que tú misma. Sé incluso quienes fueron tus padres, y porqué te abandonaron.
Phiore abrió los ojos cuanto podía.
-¿Interesada?- y Arghan rió bien alto- Quizás te lo susurre al oído antes de que expires. Y tengo más sorpresas para ti.
Henchida de ira, Phiore atacó al fin. Mucho, a pesar de no habérselo confesado a nadie, ni siquiera a Zallan o Ingwë, había pensado en sus orígenes. Muchas noches había tratado de evocar el recuerdo imposible de unos padres que no había conocido más que durante unas escasas semanas, de las que no guardaba recuerdo alguno. Ahora aquello no le importaba ya, no si el precio era la muerte de su hermano y del hombre que amaba, y de cuantos dragones quedaban en el mundo.
Su movimiento fue lento, falto de fuerza y desviado. Arghan no tuvo problemas en evitar el golpe con un simple giro de muñeca de su espada de hueso de dragón. Jugó con la muchacha durante varios embates de ésta, riendo al tiempo que esquivaba o desviaba cada estoque de ella. Con el brazo en cabestrillo, Phiore había perdido en equilibrio y agilidad, habitualmente sus grandes virtudes.
No tenía opción alguna.
Arghan se había cansado, al fin, de jugar. Lanzó un tajo desde abajo, y desarmó a la debilitada muchacha. Un suspiro después, le propinó un fuerte golpe con la empuñadura de la espada de hueso.
Phiore cayó al suelo con un sordo gemido de dolor dar con su peso sobre el brazo herido. Quedó con la boca mordiendo la hierba, y en dirección a Zallan. Y fue al alzar la cabeza cuando sus ojos, verdes como esmeraldas, coincidieron con las doradas pupilas de su hermano.
Levántate, hermana, sintió en su cabeza. Me tienes a tu lado, usa mi ahora escasa fuerza. Acaba con el asesino de nuestros hermanos.
En aquella mirada el dragón le transmitió mucho más que un mensaje. De repente, Phiore se sintió no sólo fuerte, sino más poderosa que nunca. Volvía a sentir a Zallan en su interior, sin embargo con más intensidad que nunca. Verdaderamente, y en virtud no supo de qué, podía decirse que a efectos prácticos ambos eran uno sólo.
Arghan jamás habría esperado aquello, pues se había asegurado bien de herir y debilitar al dragón. Phiore se alzó, y se presentó ante el cazador como si estuviera en plenitud de sus fuerzas, más aún, si acaso. El hombre dudó, fue la primera vez en su vida. La muchacha lo aprovechó entonces, se movió con una ligereza y una seguridad más allá de lo común, esquivando la defensa de Arghan, que ahora parecía moverse con parsimonia. Se coló dejando la espada de hueso a su zurda, y descargó su puño con tanta rabia en el pecho del hombre que hasta Ingwë escuchó cómo se rompían las costillas del cazador. Con un movimiento fugaz, Phiore atrapó la muñeca de Arghan, y tanta fue la fuerza de su mano, que el hombre soltó la espada. De un tirón, la muchacha lanzó al cazador al suelo.
Un suspiro después, Phiore amenazaba a Arghan con la misma Espada de Hueso de Dragón.
-Ahora morirás con la hoja que utilizaste para asesinar a tantos de mis hermanos dragones.
-Oh… ¿de veras que sí, muchacha?- gimió Arghan- ¿Perderás la oportunidad de saber cuáles son tus orígenes?
Phiore sonrió.
-Esa información no merece la muerte de mi hermano. Además, no importa de donde venga, ya no. Los hombres me dieron la espalda. Ahora soy un dragón- sentenció.
Arghan, constreñido de pura rabia, abrió entonces la boca para impartir sus últimas órdenes.
-¡Mata al dragón, Borioch!
La espada de hueso descendió, al tiempo que Zallan gritaba en la mente de Phiore que contuviera su mano. Pero ya era demasiado tarde, la hoja atravesó la garganta del matador de dragones, justo en el mismo instante en que Borioch tomaba impulso para asestar un golpe mortal a Zallan.
-No si yo puedo evitarlo- dijo Ingwë.
El arquero, que había estado forcejeando largo rato con sus ataduras, logró al fin desatarse. Con gran agilidad tomó una pequeña daga que siempre portaba escondida en su bota izquierda, apenas un cortaplumas, y en un suspiro demostró porqué era el mejor tirador del mundo.
El enorme Borioch cayó a plomo, con un puñal perforándole el cuello, sin haber tenido oportunidad de soltar la lanza.
-Todo ha acabado- dijo Phiore.
-Sí…- jadeó Ingwë, que seguía extrañamente tirado en el suelo.
-¡Ayúdalo, Phiore!- bramó entonces Zallan, de nuevo en voz alta, pero con un tono de clara alarma-. Arghan lo ha envenenado.
Phiore se sintió morir, y se lanzó en pos de Ingwë, y al verlo, ahora sí, comprendió la palidez del arquero.
-Oh, no… no por favor…- medio sollozó la muchacha.
Recostó a Ingwë sobre un tocón de pino. El hombre respiraba pesadamente, su piel tenía ahora un matiz grisáceo, poco halagüeño, y sus ojos también verdes, pero de un tono mucho más claro que los de Phiore, parecían velados por una niebla.
-No te preocupes, Phiore… estaba escrito que así debía suceder…- susurró el arquero.
Zallan, al fin libre, se acercó cojeando a causa de su pata rota. Su mirada era de profunda tristeza, lo cual era desconocido en él. Jamás había sentido pena por un humano que no fuera Phiore.
-Traté de advertírtelo, pero fue demasiado tarde- dijo el dragón-. El Brujo le hirió con unos dardos envenenados. Sólo Arghan conocía el antídoto.
-No… os preocupéis tanto… igualmente…- balbuceó Ingwën- no hubierais podido… prepararlo a tiempo…
-No puedes marcharte, Ingwën- y ahora Phiore lloraba a viva voz-. No ahora que al fin sé lo que siento por ti. Te amo.
-Ahh, mi vida, también yo te amo… pero descuida… a pesar de lo que diga la Iglesia, nos encontraremos allí arriba, algún día… además, no hay forma más maravillosa… de morir que contemplando… tus maravillosos ojos verdes…- el arquero tosió- aquellos que me cautivaron desde el primer día…
Phiore se abrazó a él. Lo besó, lo acarició, susurrándole que no se fuera, que se quedara con ella. Pero Ingwën cada vez estaba más débil.
Estaba presto para marchar.
Y, entonces, una de las lágrimas de Phiore, nacida de aquellos ojos verdes, cayó resbalando desde su mejilla. La gota se posó justo en los labios del arquero, colándose en su boca.
La lágrima de un dragón, al menos en espíritu.
Ingwë de repente inspiró una ahogada bocanada de aire, y sintió nueva vida en él. Phiore lo contempló maravillada, el color volvía a su faz, el veneno goteaba desde su nariz, expulsado por su cuerpo en virtud de una fuerza como ninguna otra.
Resultó pues que era cierto. Las lágrimas de un dragón tenían la potestad de sanar a aquellos por las que eran derramadas.
La muchacha abrazó de nuevo a Ingwë, y esta vez reía mientras lloraba. Y el arquero hizo lo propio.
Zallan bramó, esta vez de satisfacción.
***
Apenas necesitó Zallan- y por tanto Phiore-, para recuperarse de su pata rota, pues era natural en los dragones sanar con extraordinaria rapidez. Ahora bien, pasó mucho de ese tiempo sólo en el claro- ya no había peligro-, pues luego de que Ingwë cazara un par de ciervos para que el dragón se alimentara, el arquero y Phiore desaparecieron, “misteriosamente”, durante largos períodos, en especial una vez caída la noche.
A Zallan, que comprendía, no le importó. Ya no.
Luego de la recuperación, se imponía la partida. Phiore ya sabía que Ingwë no les acompañaría, a pesar de los recién admitidos sentimientos entre ambos, y por ello aparecía con rostro triste, aunque decidida a no llorar.
-Tenías razón, Phiore, he estado escondiéndome de lo que soy- le dijo Ingwë, entretanto la abrazaba y se dejaba atrapar por aquellos maravillosos ojos verdes, de donde partiera la lágrima que salvara su vida-. Es hora de que descubra si aún soy valioso para el mundo.
-Ven entonces con nosotros- insistió una vez más la muchacha.
-Dudó que Zallan quiera cargar conmigo- rió el arquero.
Increíblemente, el imponente dragón de negras y brillantes escamas rió con él.
-No, Phiore, tu misión está clara, debes ayudar a tus hermanos- y Ojo de Águila acarició el rostro de la Encantadora de Dragones-. Yo aún tengo que encontrar mi camino. Pero esto no es un adiós. Nos volveremos a encontrar. El mundo es demasiado pequeño para nosotros.
Una vez más, se fundieron en un abrazo, y luego en un apasionado y largo beso. Concluido esto, ella montó sobre Zallan, en aquella silla que confeccionara el propio Ingwë. Éste quedó mirando al dragón.
-Huelga decirlo, Zallan, pero cuida de ella- le pidió el arquero.
-Con mi vida- repuso el reptil alado.
Zallan desplegó sus alas, las batió, levantando una gran ventisca que no obstante Ingwë soportó, pues era fuerte. Se dio impulso con sus patas traseras, y de un salto se elevó.
Era la más fascinante de las escenas: la Encantadora de Dragones, en su maravillosa montura.
Ingwë quedó largo rato plantado en aquel lugar, pensando en los ojos verdes de la mujer que amaba.
Mientras, con el recuerdo de los besos, caricias y momentos de intimidad, Phiore se encaramó a las nubes, libre. A un dragón nada puede retenerlo más que la muerte.
O, tal vez, el amor.


FIN

3 comentarios:

4nigami dijo...

Holaaa!!
A ver si esto me va.. porque te intento firmar pero nada =(

Qué bonita historia!!! Jo! Que susto cuando pensé que se moría Ingwë!! [Por cierto! Precioso nombre ;)]

Siento no haberte firmado en la anterior.. pero ya se sabe.. preparando selectividad =S
Lo único bueno: dentro de poco se acaba y ya tegno tooodo el verano por delante =D =D

Espero que estés bien ;)

Besazo0os!!

Alu dijo...

Qué bonito, quería saber cómo acababa esta historia y la verdad es que me has sorprendido. Me alegro de haberme dejado caer por aquí jejje

El mensaje de este relato también precioso, estás hecho todo un artista, me encanta leerte. Gracias por regalárnos ésto.

"El mejor cazador es aquel que conoce a su presa y sus debilidades."

Un beso, espero que todo te vaya GENIAL!

Alu!

Nerina dijo...

Hola!! no nos conocemos y he leido tu relato por casualidad!! eso sí, una vez he empezado no he podido parar. Gracias a que es del año pasado y no he tenido que esperar para ello. Muchas gracias, y seguiré investigando en tus cuentos. Éste me ha encantado.

Nereida

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"