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sábado, 7 de marzo de 2009

Cuentos de Erian - El Puente de los Paladines (II)

Y aquí va la segunda y última parte de "El Puente de los Paladines". Espero que lo disfrutéis. Gracias a todos los que habéis comentado y leído el relato.


La semana que viene, más.

Nota: Aclaro una cosa. El padre que comienza y acaba la historia, y su hijo, no son simples personajes. Son protagonistas de la saga que estoy escribiendo en relación con el mundo de Erian. Tienen, por tanto, una importancia simbólica.

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EL PUENTE DE LOS PALADINES (II)



III

Cuando los más de doscientos akhemennios llegaron al puente que los separaba de su próximo festín de destrucción, se toparon con una sorpresa que jamás hubiesen imaginado.
No supieron cómo reaccionar. En el centro exacto del puente de madera vieron brillar un par de individuos, ambos embutidos en sendas esplendorosas armaduras plateadas con motivos broncíneos, el más hermoso de todos un fastuoso fénix en llamas gobernando el peto. Las celadas cubriendo su rostro les daba el aspecto de titanes, y la espada en su diestra y el gran escudo pavés en su zurda el porte de héroes.
—Caballeros del Fénix… —rugió el cabecilla del grupo, y había tanto ira como miedo en su correosa voz.
Ira porque aquellos dos paladines pertenecían a la fuerza de élite de los enemigos de sus señor, y miedo precisamente por el mismo motivo. La fama guerrera de los Caballeros de la Orden del Fénix era antológica, incluso para los incultos akhemennios. Soldados entrenados en el arte de la guerra, espadas hábiles y poderosas, y voluntades que jamás cedían ante el miedo. Eran enemigos temibles.
Pero sólo eran dos. Y al advertirlo el cabecilla se echó a reír, y dio la voz de alto a escasos veinte pasos del puente.
—¡Apartaos, ridículos hombrecillos, y huid si vuestras estúpidas armaduras os lo permiten!
Pero los Caballeros no se movieron.
—¡Estúpidos! —gorgojeó el akhemennio— ¿Acaso queréis plantarnos cara? ¡Me divertiré arrancándoos la piel a tiras, y me regodearé con vuestros aullidos!
Tampoco ahora se movieron los paladines. Pero hablaron.
—¡No, aberración! —vociferó Bernard, y señaló al cielo, en donde el sol Griän descendía presuroso hacia el horizonte de relieve calmado— ¡Tú y tus alimañas seréis quienes gritaréis de terror antes de que acabe el día! ¡Este puente está salvaguardado por la poderosa Orden de Caballería del Fénix, y por tanto dad por seguro que no lo cruzaréis! ¡Venid, si en vosotros hay un ápice de valor!
Más risas de los akhemennios, y burlas hirientes que sin embargo no lograron inmutar a los paladines, a pesar de que resultaba una estampa terrible observar aquella masa de hombres enormes, pintados de blanco cual espíritus horribles de cráneo rasurado.
—¿Por qué ir, si podemos arreglar esto desde aquí? —se mofó el cabecilla—¡Flechas!
Una docena de arqueros akhemennios se adelantaron entonces. Sus arcos eran combadas maderas ennegrecidas, tratadas con inmundo aceite de Balgarr, las odiosas tierras del sur de donde habían surgido aquellas criaturas. Cargaron sus armas con flechas de penachos y puntas igualmente oscuras, y tensaron los arcos con sus poderosos músculos.
Los Caballeros siguieron sin moverse.
—¡Disparad! —gritó el cabecilla.
Saltaron las cuerdas, y los proyectiles se alzaron hacia el cielo; subieron y subieron, y cuando el mundo volvió a reclamarlos, descendieron sobre los paladines.Pero ambos estaban preparados. Un instante antes del impacto de las flechas hincaron su rodilla izquierda en el suelo, y doblaron la otra; alzaron los pesados escudos como un solo individuo, parapetándose tras el duro metal. Tum, tum, tum… las puntas golpearon contra las adargas; algunas se clavaron, pero la mayoría rebotaron, mientras otras hincaban el puente inofensivamente.
Finalizada la descarga, los dos Caballeros surgieron de la protección, indemnes como dioses que no podían ser tocados. Y con voces desafiantes, imprecaron a los akhemennios.
—¡Cobardes! ¡No os escondáis tras vuestros arcos! ¡Venid vosotros y probad nuestro justo acero, ratas miserables!
Los akhemennios vacilaron un instante, la convicción de los dos valientes los desarmó de buen principio. Ellos eran, ciertamente, criaturas cobardes, temerosas de las fuerzas superiores a diferencia de sus parientes, los phomhor. Se lo debían a su parte racional. Y es que aquellos que les plantaban cara no eran simples granjeros desvalidos, eran guerreros diestros como pocos; sabían blandir la espada, sabían esgrimirla y matar con ella.
Sin embargo, reaccionaron pronto. Al fin y al cabo no había motivo para el miedo. Eran doscientos contra dos, no podrían resistir ni un embate. El cabecilla eligió al azar a veinte de sus subordinados, y dio la orden de cargar.
Y como bestias se lanzaron al ataque. Sí, iban en formación, pero ésta era débil a todas luces. Los akhemennios arremetieron en posición descontrolada, con las feas espadas dentadas en alto, sin escudos y sin la más mínima prudencia; gritaban y babeaban, porque eso era lo que comúnmente hacían para asustar a sus víctimas y que éstos huyeran despavoridos, momento que aprovechaban para atacar por la espalda, como bandidos rastreros. Pero esta vez tenían ante ellos a dos guerreros que no cedieron a tales ardides. Finn y Bernard mantuvieron no sólo la posición sino su postura: el escudo alzado a media altura y por delante del cuerpo, el brazo de la espada atrás, dispuesto a descargar; ambos separados lo justo para que entre cada uno, y por sus lados, sólo cupiera un individuo.
—¿Estás a punto para la gloria, compañero? —sonrió Bernard.
—Siempre, amigo —asintió Finn.



IV

La primera acometida acabó con veinte cadáveres, y todos eran akhemennios. Los viles enemigos se habían topado con dos espadas ligeras como el viento y poderosas como el trueno, con dos escudos inamovibles gracias a la voluntad de sus portadores. Una y otra vez, sus armas mal afiladas fueron rechazadas, ya fuera por hoja o adarga de paladín, y respondidas con muerte. Ahora sí, el resto de la patrulla no se mofaba.
Pero su resistencia también demandó un gran precio para los dos Caballeros. Aunque no lo demostraron a sus enemigos —una de las reglas de la guerra era no mostrar debilidad ante el rival—, ambos estaban agotados; entre el escudo, la espada y la armadura cargaban con no pocas piedras de peso sobre sus cuerpos; y aunque eran fuertes y grandes, sus músculos les pesaban después de un combate como aquel. Con disimulo, aparentando una solvencia inexistente, se apoyaban sobre las adargas, respiraban con ansia por entre los resquicios de sus celadas. Habían realizado toda una hazaña, digna de las canciones de los bardos, pero sabían que no sobrevivirían a aquella batalla.
No lo habían esperado en ningún momento.
—¡Ya basta! —berreó el cabecilla— ¡Me he hartado de vosotros! ¡¡Todos a una!!
Bernard y Finn se irguieron de nuevo, con muecas sonrientes una vez más. Retrocedieron poco a poco, buscando atraer al máximo de enemigos posibles al interior del puente. Treinta pasos antes de llegar a tierra firme, se detuvieron de nuevo y contuvieron la avalancha.
La espada de Bernard cantó ligera, el paladín parecía haber olvidado su cansancio. Sabía que era una ilusión; en el fervor del combate la debilidad no se sentía hasta que era demasiado tarde. No obstante, cortó cuellos y abrió cabezas, lanzó golpes con su escudo y despeñó a muchos akhemennios por el puente. Pero no se acababan nunca, siempre llegaban más y más.
—¡Venid a mí, monstruos! —oyó gritar a Finn, que de repente parecía ido, poseído por la furia guerrera del luchador suicida— ¡Dejad que mi espada reparta justicia! ¡Pagaréis todas vuestras infamias! ¡Hoy probaréis el sabor de la derrota!
Bernard sintió un roce frío en el muslo, nada más, pero al instante algo cálido resbaló por su pierna. Lo habían herido, lo supo al instante, pero ello no mermó un ápice su voluntad. Ahora el escudo pesaba demasiado, así que lo dejó caer, y empuñó la espada bastarda con ambas manos. Mató a otros cinco enemigos —había perdido la cuenta, pero los cuerpos se amontonaban entorpeciendo sus movimientos—, antes de que uno de los akhemennios le arrancara el yelmo de un golpe de empuñadura. La respuesta del paladín fue rebanarle el brazo, y abrirle luego la carne a la altura del rostro. Sin embargo, en el proceso, vino el error. Dejó desprotegido su flanco izquierdo, y una lanza le destrozó la armadura y desgajó su costado.
No gimió siquiera, no iba a darles ese placer a sus enemigos, pero cayó de rodillas al suelo sin poder evitarlo. De reojo, vio a Finn, también malherido. Le habían seccionado la pierna a la altura de la rodilla y yacía en el suelo. Pero, valiente hasta la muerte, aún tenía las fuerzas y la voluntad para arrastrarse con las manos hacia su espada.
Sabía para qué la quería.
El joven logró llegar hasta su arma, y la alzó hacia una de las maromas que amarraba el travesaño principal del puente.
Sí, muchacho, hazlo como habíamos planeado, pensó Bernard.
Pero no fue el único que lo advirtió. El cabecilla akhemennio, que al comprobar que sus contrincantes habían sido casi vencidos había osado adentrarse en la batalla, también lo percibió; e incluso alguien tan estúpido como él comprendió lo que pretendía el Caballero.
—¡Atrás, retroceded! —gritó, ahora sí atemorizado.
—Demasiado tarde, engendro —gimió Bernard, utilizando sus últimas fuerzas para cercenar al cabecilla su pierna derecha—. Tú te quedas aquí. Compartirás nuestra suerte, pero no nuestra recompensa, no el premio de los dignos.
Finn descargó su hoja, la soga se rompió limpiamente. Hubo un crujido, y toda la estructura tembló entonces ante el enorme peso que estaba soportando. Débil al perder su principal sujeción, el madero transversal no pudo resistirlo, menos cuando otras cuerdas comenzaron a saltar. Los akhemennios al comprender lo que iba a acontecer, trataron de escapar dando marcha atrás, pero en su propia locura se estorbaron unos a otros, cayéndose al río o pateándose entre ellos.
Era el final, Bernard lo sabía, o el principio, según se viera. Y sintió esperanza. Si dos simples Caballeros del Fénix, defensores de élite de la justicia, pero del más bajo rango, eran capaces de golpear de tal modo al enemigo… ¿qué no harían los grandes héroes que, según se rumoreaba, habían partido con la misión de encontrar a quien salvaría al mundo?
No, el mal no lograría acabar con el mundo, las fuerzas de la Unión se reunirían, y vencerían. Y él, Bernard Gavillán, paladín y antes granjero, y su compañero Finn Galway, valiente como pocos, asestarían el primer golpe, y otorgarían la primera victoria. Y, algún día, serían recordados, con canciones o monumentos.
Al fin, el puente cedió, y todo se vino abajo. Pero unos instantes antes de la catástrofe, Bernard buscó con la mirada a Finn, y le sonrió.
—Cantarán alabanzas por nosotros —dijo.
El joven le devolvió el gesto.
—Ha sido un privilegio y un honor luchar a tu lado. Tu valor es el de un Caballero de Oro.
—Y el tuyo, amigo mío.
No hubo tiempo para más, el Brear reclamó a invasores y defensores por igual.

***


—Bueno… ¿qué te ha parecido? —le preguntó Járiel a su hijo.
El pequeño Kerith lo miró con sus enormes ojos, y el padre vio el brillo que todo niño refleja tras la narración de una fábula. Porque era una leyenda, basada en una historia real que Járiel había adornado con su propia imaginación, que había dulcificado para adecuarla a la inocencia de un niño[1]. En su boca había sonado distinta a cómo él se la imaginaba. Porque Járiel sabía que, en aquel mundo, las fábulas ocultaban siempre un lado oscuro.
Sin embargo, lo realmente importante, el mensaje tras la historia, era el adecuado, aquel que pretendía transmitirle a su hijo.
—Bernard y Finn acabaron gracias a su sacrificio con más de cien enemigos, y lo que es realmente más importante, salvaron a muchos inocentes. Los akhemennios que sobrevivieron, diezmados, tuvieron que vadear el río por otro lugar. Y, sin un líder, no opusieron resistencia a las fuerzas de la Unión. En honor de su hazaña reconstruyeron el puente, y lo engalanaron con cuatro estatuas dedicadas a ambos. Y lo llamaron El Puente de los Paladines.
—¡Qué valientes! —exclamó el chiquillo— ¡Casi tanto como tú, papá!
—No, hijo, no casi. ¡Igual que yo, o tal vez más! —aseguró el padre— Recuerda que Bernard y Finn no contaban con un arma de poder. ¿Pero sabes qué? Tenían algo mucho mejor.
El niño, sumido en un pozo de curiosidad, abrió la boca, esperando la conclusión de su padre.
—Tenían el valor de su corazón y la razón de la justicia.




[1] De aquí deducimos que la versión que Járiel cuenta a su hijo no es la misma que el lector disfruta. Obviamente, ésta última hubiera sido demasiado escabrosa para un niño.

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Imagen: fotomontaje del autor.

domingo, 1 de marzo de 2009

Cuentos de Erian - El Puente de los Paladines (I)

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Pues bien, como había anunciado, aquí va la primera parte del primer cuento de Erian. Recordad que se trata de una historia basada en una leyenda propia que creé para dar trasfondo histórico a una de mis novelas basada en ese mundo.
El orden de las historias no será cronológico. Este relato, en concreto, acontece en los días de uno de los grandes conflictos de Erian, la Segunda Guerra del Destino (el tema de la novela inicial), más de 30 años antes de los tiempos en que el padre le cuenta la historia al hijo. Mientras los grandes héroes viven la aventura principal, otros acontecimientos ocurren en paralelo.
Espero que os guste. Y, por supuesto, espero críticas para mejorar el relato.
PD: Desde el fantástico blog Descubre Irlanda (visitadlo!!!), el buen Luis Tolkien comentaba en el anterior post la semejanza entre el nombre de Erian y Erin (uno de los muchos nombres de Irlanda). Sí, es una especie de pequeño homenaje, Luis, pero no va más allá. Erian no está basado directamente en la Irlanda antigua, ya que se trata de un mundo entero. Por supuesto, hay pequeños detalles que recuerdan a las mitologías celtas, pero también a muchas otras. Vamos, como lo hizo el gran profesor Tolkien. Al fin y al cabo, toda obra se ve influenciada por las pasiones de su autor.

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EL PUENTE DE LOS PALADINES (I)
Javier Pellicer


I

—¡Papi, un cuento antes de dormir! —le pidió el menudo niño a su padre, mientras éste lo arropaba en la cama.
—Está bien, está bien, fierecilla, o no te dormirás. Veamos… ¿Cuál quieres hoy? —le preguntó.
—¡El del monstruo del pantano en el Inframundo! ¡O el del demonio de fuego que vencisteis en Calanas!
—¡Pero si esos ya te los he contado un montón de veces! —dijo el padre— Espera, se me ocurre uno que nunca has oído.
—¡Sí, sí…! —aplaudió el chiquillo— ¿Cómo se llama?
—Déjame pensar… —rumió el hombre— Lo llamaremos «El Puente de los Paladines». Y comienza así…

***

Ni siquiera la recia armadura con ribetes broncíneos que portaban podía proteger su corazón de horrores como el que ahora contemplaban. En adelante, las imágenes de aquella desolación formarían parte imperecedera de sus pensamientos, hasta el día de su momento final.
Finn y Bernard, Caballeros del Fénix de Bronce, observaban la escena con una mezcla de piedad, congoja, náusea… y rabia. Inihs Caoinn, antaño bella aldea del Reino de Antala, situada en el inmejorable paraje de las Colinas Verdes, era ahora pasto de la desolación absoluta. Todo era ruina, de los edificios sólo quedaba la piedra, ennegrecida por las llamas que habían consumido la madera y la paja de sus techos; una capa de hollín cubría las calles de tierra, pero en algunas zonas esa misma ceniza aparecía encharcada con una sustancia densa. La sangre de sus habitantes, que habían sido tomados por sorpresa, alimenta ahora la tierra. Así obran las fuerzas del mal.
Así obra el Paladín Sombrío[i].
No había cadáveres en el suelo. Los invasores se habían divertido preparando algo especial para los muertos. En el centro del poblado se erguían dos grandes postes, y entre ellos un madero travesaño; en toda su extensión, y también cuan largos eran los pilares, se habían clavado infinidad de puntas de oxidado hierro, como clavos de un gran mayal. Y colgados de dichos garfios, el horror: decenas y decenas de cuerpos, tantos que no se podía atisbar la piel de la madera, habían sido empalados en cada uno de los hierros, y por las distorsionadas muecas de indescriptible sufrimiento de los desgraciados, debieron estar con vida en el momento fatídico.
Sólo las aves carroñeras que daban buena cuenta del festín parecían dar gracias de la matanza. Los dos paladines, de pie y con la faz demudada por el asco, no podían hacer más que rezar y prometer venganza.
—Que Valdar los tenga en su seno —rezó Bernard.
—Y que Héymdall, Señora Eterna de la Justicia, nos dé la oportunidad de una merecida venganza —gimió su compañero.
Los Caballeros del Fénix habían llegado a la aldea para reclutar soldados. La guerra hacía días que era una realidad, y la Orden de Caballería había enviado a algunos de sus hombres a todos los rincones de Antala, en busca de hombres que empuñaran las espadas cuando la batalla lo requiriera. Una misión que en principio debería haber sido anodina. Pero como solía decirse... ¿Qué podía la voluntad del hombre hacer contra los designios del destino?
—¿Sabes lo que significa esto? —comentó Bernard.
—Por supuesto. El enemigo ha desembarcado por nuestra retaguardia y pretende sorprendernos —dijo Finn, el más joven de los dos con apenas veinticinco añadas a cuestas, y un par como paladín de bronce.
—Cierto. Pero a la vez no creo que sea tan sencillo —dijo el hombre, mientras mesaba su abundante barba negra.
—¿A qué te refieres?
Bernard señaló la desolación de Inihs Caoinn.
—Es comprensible que no lo hayas percibido entre tanto horror, pero observa con atención —comentó el paladín—. Sí, la destrucción es impresionante, pero no se ven marcas de máquinas de asedio en los caminos, ni los campos se muestran tan arrasados como sería el caso si se interpusieran ante un numeroso ejército. Eso me hace suponer que se trata de un grupo reducido, al menos para un ataque formal. No sé, quizás sean unos doscientos akhemennios[ii].
—Suficientes para arrasar pequeñas aldeas, pero no para una invasión, entiendo lo que dices —Finn asintió.
—Imagino que su pérfida misión es acabar con cuantos poblados puedan y así reducir nuestras tropas de reserva. Un plan hábil y rastrero, como corresponde a esas malditas comadrejas del demonio, y a su perverso patrón.
—Deberíamos dar la voz de alarma.
—Sin duda, pero antes sería una buena idea saber dónde golpearán la próxima vez —y el veterano paladín hizo pie en los estribos de su rocín, y se aupó a la silla sobre el brillante lomo—. Si logramos adelantarnos podremos alertar tanto al siguiente pueblo amenazado como hacer llegar un mensaje a Calanas.
—¿Qué hacemos con estos infelices? No me parece noble dejarlos así, sin un entierro digno —argumentó Finn.
Bernard miró al joven compañero desde la grupa de su jamelgo. Finn Galway era un buen paladín, con un futuro prometedor. Pero, como todo paladín inexperto, era un idealista consumado. En realidad todos los Caballeros del Fénix lo eran, incluso los veteranos, sólo que Bernard era una excepción. De familia humilde, era más consciente del mundo real en el que habitaba, más allá de las, en ocasiones, limitadas leyes de la caballería. Había sido nombrado paladín de rebote al salvar la vida de un Caballero herido tras la emboscada de unos e’kandri, hacía unos veinte años. Su valeroso acto le valió el apadrinamiento del noble, y su ingreso en la Orden, pero su modesto origen —sus padres eran simples granjeros, con apenas un pedazo de tierra en las cercanías de la costera Calian— sabía que le impediría alcanzar el rango de plata de la caballería.
No obstante, Bernard lo asumió desde el principio. Para él era ya de por sí un sueño haber llegado a paladín. Además, le habían demostrado confianza al hacerle responsable de su misión actual, poniendo a su cargo al joven Finn, un buen muchacho con el que ya había servido antes, pero que, a diferencia de él, no tardaría mucho en progresar en la Orden. Finn, hijo de un adinerado noble con tierras en el interior de Antala, no vería su futuro obstruido por un pasado pobre.
—Los vivos son más importantes que los muertos, compañero —argumentó Bernard—. Honremos la memoria de esta gente vengando su muerte y salvando a otros de tan horrendo destino.


II


Pronto hallaron huellas. Las botas claveteadas de los akhemennios eran pesadas, herían la tierra por la que pasaban y desbrozaban la hierba que pisaban. Rastrearlos era sencillo, adivinar su curso más aún.
—Los muy cerdos van al sur, siguiendo en paralelo la Ruta a la Luz. ¿Tan estúpidos serán de dirigirse a Calanas? —bramó Finn.
—Ni los akhemennios son tan idiotas —planteó Bernard—. Creo que ya sé donde descargarán sus embotadas garrochas. Hay un pueblecito a no mucho de aquí. Creo que se llama Chaion, un remedo de once o doce familias, a lo sumo. La arrasarán y supongo que luego seguirán hacia el este y luego de nuevo al norte, para no acercarse demasiado a la capital. Sea como sea, podemos adelantarles por otra ruta. Esas bestias marchan a pié.
Los dos Caballeros espolearon a sus monturas y se lanzaron al galope. Tomaron caminos más escondidos, alejándose de la ruta que suponían seguirían los akhemennios. Por cuantas granjas y haciendas pasaron se detenían unos instantes para alertar a los campesinos e instarles a marchar hacia Calanas para dar la voz de alarma. Por lo demás, su cabalgada era rápida, la urgencia los apremiaba; cada momento ganado a la horda akhemennia era una victoria, una posibilidad más para quienes habían sido destinados a ser sus víctimas.
Al fin, tuvieron que seguir por la Ruta a la Luz, el camino más ancho de Antala, que recorría el país desde los límites con Syn·nvallen, hogar de los albos, hasta las mismísimas puertas de Calanas. Habían adelantado a los akhemennios, y unos momentos era lo único que los separaba de la amenazada Chaion.
Unos momentos… y un puente. No tenía nombre, al menos Bernard no lo conocía. Era de madera recia, de troncos bien apuntalados y encordados con resistente soga. Sin duda, distaba mucho de el esplendor de un puente de piedra de manufactura talamh, pero cumplía a la perfección su tarea, salvar el ancho Brear, un río que bajaba caudaloso en aquella época. El puente era el único modo de cruzar el río por aquella zona, cualquier otra ruta obligaba a dar un enorme rodeo, tanto al oeste como al este.
Doblaron a su izquierda dejando la amplia calzada, y tras una hondonada casi podía decirse que les salió al paso la humilde Chaion. Humilde, sí, y sencilla, un grupo de casitas cada una con su tierra de cultivo, una diminuta herrería —que también hacía las veces de curtiduría y carpintería—, y un molino casi en el centro del poblado. La localidad se abrió animada a los ojos de los paladines, a pesar de sus pocos habitantes: las mujeres acarreaban agua en vasijas desde el pozo común, y con ellas iban los más pequeños; los hijos mayores ya trabajaban con sus padres en los campos o los comercios familiares. Todos eran ajenos al desastre que se les venía encima.
La llegada de los dos Caballeros del Fénix levantó un enorme revuelo. No hubo quien no dejara sus tareas para escudriñar a qué se debía una visita tan novedosa.
—¡Quiero hablar con el alcalde! —gritó Bernard— ¡Rápido, es urgente!
El reclamado, un hombre enjuto y encorvado por una agotadora vida de arduos trabajos, llegó al trote, y con él todos los vecinos.
—Mi señor paladín… —saludó el alcalde, pero Bernard lo cortó al instante.
—Escucha, buen hombre. No tenemos tiempo para nimiedades. Seré directo, pues. Corréis un grave peligro, que a duras penas mi compañero y yo hemos advertido. Casi siguiendo nuestros pasos viene una patrulla de criaturas del enemigo de Antala. Monstruosos akhemennios se encaminan hacia aquí con ánimo de arrasarlo todo.
Exclamaciones de sorpresa primero, y luego de profundo terror: alaridos, llantos…
—¡Serenaos, por Solamnish! —gritó ahora Finn, aunque su voz aguda no ayudó mucho.
—Señores Caballeros… ¿qué haremos? —balbuceó el alcalde.
—Huir a Calanas, sin más dilación —respondió Bernard—. Tomad a vuestras esposas e hijos, y no carguéis más que con las provisiones necesarias para el viaje. Si tenéis caballos, llevadlos con vosotros, y que al menos uno se adelante y advierta a las poblaciones de alrededor. Cuando lleguéis a la Ciudad de la Luz, informad a las autoridades. ¡Vamos, no os entretengáis!
El alcalde comenzó a impartir sus instrucciones. Y como el miedo es el más poderoso de los alicientes, la gente se movilizó con premura. Pero Finn se dirigió a su compañero, con el rostro serio.
—No lograrán llegar —dijo, en susurros—. Míralos, van con sus ancianos y sus niños, los akhemennios los atraparán antes de que pierdan de vista el poblado.
Señaló a sus espaldas, por donde ambos habían llegado a Chaion. Bernard asintió al ver lo que Finn le indicaba: una nube de polvo en la lejanía.
El enemigo se acercaba.
—Sí, tienes razón. Esta gente está condenada…
Permaneció un momento en suspenso, y luego retomó el hilo de sus palabras.
—…a no ser que les demos el tiempo que precisan.
Finn parpadeó, desconcertado.
—¿Y qué podemos hacer nosotros?
Bernard sonrió.
—El puente.



(concluirá en el próximo post)



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Notas:



[i] Caudillo que durante la Segunda Guerra del Destino enfrentó con sus fuerzas a los pueblos formados por la Unión —antalianos, albos, druidas y talamh—. Su finalidad era devolver al mundo a su señor, Bàlaggor, Dios del Olvido. En su día, el Paladín Sombrío fue un orgulloso Caballero del Fénix que se dejó corromper.
[ii] Los akhemennios son una raza de hombres nacida de la impía voluntad del Paladín Sombrío. Mediante la alquimia, éste cruzó a los primitivos phomhor con la sangre de los perfectos albos hasta crear una raza cruel pero manejable. Aunque algunos de sus enemigos los ven como demonios, no lo son. Son hombres.


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Ilustraciones creadas con HeroMachine 2.5

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"