TIERRA DE BARDOS, CIERRA.
Pero yo no desaparezco. A partir de ahora podrás encontrarme en mi WEB OFICIAL DE AUTOR pinchando en la imagen inferior. Allí os ofreceré más artículos, noticias, reseñas y todo el contenido habitual en este blog.
¡Muchas gracias a todos por estos años juntos! Os espero en mi nuevo rincón:

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Alcander, de Luisa Fernández

Ya está aquí... Legados

viernes, 28 de agosto de 2009

Cuando ya no queda nada - finalista I Certamen relato de terror El arte de escribir

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Después de una pausa veraniega, vuelvo a retomar las riendas de Tierra de Bardos. Hoy os ofreceré un nuevo relato inédito, "Cuando ya no queda nada", finalista en la sección de terror del I certamen El arte de escribir (que, si recordáis, gané en el apartado de fantasía con "De la oscuridad nacerá la luz").
También aprovecho para deciros que habrá algunos cambios en el blog esta nueva temporada. Debido a que estoy metido con la corrección de una de mis novelas y con las colaboraciones en ilike magazine y H-Horror, he tenido que dejar de escribir relatos. Tengo unos cuantos inéditos en la recámara, pero obviamente se me agotarán, así que los dosificaré, combinándolos con noticias, promoción de amigos, reseñas, artículos varios y las entrevistas y críticas que realice para ilike magazine (que, obviamente, postearé luego de salir en la revista).
Y aprovecho para desearos una feliz (si algo así es posible) vuelta al trabajo.

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CUANDO YA NO QUEDA NADA
Javier Pellicer Moscardó
Finalista I certamen de relato de terror El arte de escribir


Una lápida; un nombre grabado: Claude Laford Narcise; dos fechas: 24 de agosto de 1978, 23 de junio de 1999; una vieja foto del difunto; ningún cadáver en el interior.

Esta es mi tumba, aquí me enterraron. Mi memoria está confusa, pero recuerdo que todo comenzó la misma tarde de mi boda, tras el convite. El malestar creció tan rápido que pasó de un simple mareo a las nauseas en pocos minutos. Antes de que acabara la celebración, escupía sangre por la boca. Ingresé en el hospital de Puerto Príncipe entre alaridos producidos por un insufrible ardor en el estómago. Eso sí lo recuerdo bien. El dolor nunca se olvida.

A la mañana siguiente, mi recién desposada mujer se convirtió en viuda. Pero yo seguía vivo, o eso creía. Escuché a los médicos certificar mi defunción; sentí el roce de la sábana sobre mi rostro; tirité, sin temblar, ante el frío del depósito de cadáveres. «¡Sigo vivo!», berreaba en mi cabeza. Pero nadie me escuchó. Nadie acudió en mi auxilio.

Al día siguiente se ofició mi funeral. Vi a mi madre llorar hasta caer desmayada; vi a mi padre con el rostro aún más pálido que el mío, y a mi esposa casi tan muerta como yo. Jean-Paul, mi padrino, mi mejor amigo, era su único apoyo. Al ver cómo sus brazos aferraban a Michelle, supe que tras su rostro de congoja se escondía una sonrisa: la del hombre capaz de cualquier cosa por conseguir lo que desea. Grité en silencio ante la traición, pero cuando el sacerdote terminó las oraciones y los encargados funerarios accionaron la polea, el miedo volvió a imponerse. «¡No!», aullé, mientras el ataúd descendía al fondo negro del hoyo. «¡No he muerto!».

Durante un tiempo casi sin fin, no hubo más que oscuridad y desesperación. La angustia se convirtió en locura y ató mi conciencia a la tierra, privándola de su merecido descanso. O tal vez el cielo no existía y aquél era el destino de todos los que morían.

Nunca supe cuántos días, semanas o meses pasé enterrado. El tiempo ya no pasa para mí como antes. Pero escuché el bienaventurado sonido de unas palas excavando. Una esperanza que creí extinguida volvió a nacer en mi pecho. «Se han dado cuenta de su error». Pero la realidad era mucho más escalofriante. Sentí que me llamaban con una demanda teñida de una crueldad desgarradora.

«Levántate», escuché. Y obedecí, pues aunque mi espíritu principal se revelaba, mi alma menor y mi cuerpo ya no me pertenecían.

Al salir de la tumba, con movimientos renqueantes y mecánicos, varios hombres me esperaban. Uno de ellos destacaba funestamente. No pude apreciar su rostro, una máscara de madera grande y terrible lo ocultaba; una máscara ceremonial que reconocí de las historias narradas por los viejos.

Aquel hombre era un bokor, un brujo vudú, y ahora yo era su esclavo. Comprendí al fin lo que había pasado. Jean-Paul había llegado a un acuerdo con el hechicero: le ofreció mi cuerpo y se quedó con mi esposa, condenándome a una prisión de carne y hueso. Me habían atrapado en mí mismo.

El bokor me vendió como esclavo a un terrateniente. Me transportaron a una plantación de coca, muy lejos de mi hogar, y allí trabajé sin descanso. Mi cuerpo no se quejaba, así que recolectaba en los campos mientras la luz del día lo permitía. Por la noche, me acurrucaba junto al campo, pero no dormía. Nunca más volví a dormir.

Permanecí en aquel lugar hasta que la plantación fue descubierta por la policía. Nadie se preocupó de mí. Era un engendro del que todos huían. Me abandonaron a mi suerte, sin siquiera atreverse a acabar con mi sufrimiento. Traía mala suerte, decían.

Vagué como una miseria andante que caminaba tembloroso y a trompicones. Mis ojos se mostraban tan ausentes como mi voluntad. Era un apestado, y todos los que se cruzaban conmigo se santiguaban y huían. Era una mugrienta piltrafa sin un lugar al que llegar y con el alma a medio camino entre dos mundos.

Y sin embargo, algo tiraba de mi esperpéntico cuerpo. Algo me devolvía a casa.

Ahora, con ojos vidriosos y perdidos en el no ser, miro mi tumba. Atisbo la población de barracas más allá del cementerio, el lugar que un día llamé hogar. Me acerco, es de noche y nadie me ve. Llego hasta la destartalada casa. El cuerpo se asoma a la ventana, observo. Hay una mujer, que un día fue mi esposa, y junto a ella un hombre, que un día fue mi amigo. Y entiendo al fin por qué he vuelto, y cuál es el sentimiento que me ha devuelto aquí, el único que permanece vivo cuando ya no queda nada. El odio.

También lo entendió Jean-Paul cuando miró mis ojos vacíos, mientras mis manos estrangulaban su garganta y se llevaban su vida en pago por la mía.


jueves, 13 de agosto de 2009

Horror con "ñ"

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Hola a todos, amigos caminantes.
Hoy toca entrada promocional. Como he anunciado anteriormente, sigue a la venta el primer número del fanzine H-Horror, donde comparto páginas con grandísimos escritores como Víctor Morata, Rafa Rubio, Darío Vilas, Marta Abelló,María del Carmen Ramírez,Rafael Guerrero y Anabel Areal. Las ventas están teniendo una buena acogida, así que os recomiendo que os hagáis pronto con un número, antes de que se agote. Recordad que la revista tiene un coste de 3,50 más gastos de envío. Podéis pedir vuestro ejemplar en la siguiente dirección: pedidos@h-horror.com. Recordad también que lo recaudado irá destinado a un certamen literario dedicado al terror, pero que para ello deben venderse los ejemplares de la primera edición. Así que si os interesa participar en el concurso, apoyad esta iniciativa comprando un ejemplar de la revista y corriendo la voz.
Os dejo unas cuantas fotos de mi ejemplar:





viernes, 7 de agosto de 2009

La editorial Crealite busca autores para una antología

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La entrada de hoy la dedicaré a publicar un anuncio que puede interesaros a los visitantes de Tierra de Bardos que, como yo, sois escritores. Se trata de la búsqueda que la editorial Crealite está realizando de autores para una antología de relatos (en la que yo probablemente participe).
Como la propia editorial anuncia claramente, se trata de una publicación en régimen de co-edición, por tanto que nadie se lleve a engaño. Sin embargo, a mi juicio su propuesta es interesante por el hecho de que las exigencias económicas no son insalvables. Además, por las conversaciones que he tenido con dicha editorial, me han dado sensación de profesionalidad hasta el momento.
Pero no voy a tratar de convencer a nadie, simplemente soy el mensajero. Si alguno estáis interesados, informaos.
A continuación os dejo con la presentación del proyecto realizada por la propia editorial:
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Un árbol en el jardín: nuevo proyecto de CREALITE®


La editorial CREALITE® propone a varios autores la participación en la antología de relatos “Un árbol en el jardín”. Una excelente idea para dar a conocer al público parte de la obra de estos autores en el mercado de Navidad.

Si esta propuesta es de vuestro interés, podéis solicitar información más detallada, sin compromiso, en la página www.crealite.net o en la dirección de correo electrónico escritores@crealite.net.

La editorial CREALITE® trabaja con un sistema de coedición y ha realizado un estudio para que la propuesta económica (16 euros por página publicada) no suponga un inconveniente a los autores para poder trabajar con ellos la propuesta literaria.

En CREALITE® los autores pueden encontrar una editorial seria y profesional que trabajará con ellos para difundir su obra en todo el territorio nacional español, velando profesionalmente por sus derechos y respetando su trabajo.

Un proyecto ilusionador en el que podéis participar y que verá la luz en breve. Os animo a conocerlo.

lunes, 3 de agosto de 2009

Una nueva aventura

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Estimados visitantes de Tierra de Bardos, quienes habéis seguido el blog sabéis que estos últimos meses han estado cargados de buenas noticias: finalistas, premios, publicaciones... No puedo quejarme.
Hoy quiero trasladaros mi nuevo motivo de alegría, porque se lo debo precisamente a este blog y a quienes lo mantenéis vivo con vuestras visitas.
La historia comenzó con un mensaje electrónico que, una vez más, se coló en la bandeja de correo no deseado. Pero como no era la primera vez que me pasaba, he tomado por costumbre vigilar los mensajes de esa sección. Cuando lo abrí me encontré con un mensaje remitido por ilike magazine, una revista impresa cultural de ámbito nacional, gratuita, y que acaba de nacer (está a punto de salir el tercer número). Cuál fue mi sorpresa cuando me ofrecieron nada más y nada menos que ser colaborador habitual de su proyecto. Imaginaos mi ilusión.

A la pregunta de cómo habían sabido de mí, la respuesta fue que a través de Tierra de Bardos.
Doble ilusión.

Acepté, por supuesto, y ambas partes comenzamos a discutir los detalles. De eso hace unos días, y hoy puedo anunciaros oficialmente que ya formo parte del equipo de ilike magazine, como no en la sección de literatura. Me encargaré de realizar reseñas y además contaré con un apartado para exponer mis textos o artículos relacionados con la literatura. Muy probablemente iniciaré ese apartado con la publicación por capítulos de mi novela "La Sombra de la Luna", aunque en ese aspecto aún hay que discutir algún asunto.
Ya veis, una nueva aventura en la que me embarco. Espero que sea fructífera, pues nace de muchas horas de esfuerzo y sacrificio (¿quién dijo que ser escritor era fácil?). Y esperemos también que sea un nuevo paso hacia lo que ya sabéis que deseo tanto.
Desde aquí, mi agradecimiento a los encargados de ilike magazine por contar conmigo; y a todos vosotros, la gente que hacéis que Tierra de Bardos siga cada semana.

viernes, 24 de julio de 2009

El Heredero de la Luz (conclusión)

Aquí os dejo la conclusión de "El Heredero de la Luz". Espero vuestras impresiones.
Por mi parte, a pocos días de las (deseadísimas) vacaciones de verano, me encuentro igualmente cerca de concluir la primera corrección a fondo de mi novela "La Tercera Generación". Pronto colgaré por aquí algún capítulo para que me ayudéis con vuestras opiniones.
Un saludo y felices vacaciones a quienes ya estéis disfrutándolas. No os olvidéis de leer mucho.

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Henchido de furia, Elphien atravesó los Valles Venenosos y cruzó el pantano de Ogardh. Marchando siempre hacia el norte, llegó a Ulmorian, donde el Rey Cillarnar, Señor de los Trolls Rugientes, gobernaba desde el Salón de las Angustias, en la Montaña de la Soledad. Era aquel un lugar maldito por donde ni siquiera los Itari podían caminar sin peligro. Pero Elphien, como ya se ha dicho, no temía a enemigo alguno, y con el poder de La Luz en su mano, el joven dios no conocía rival. Pocos fueron los enemigos que osaron enfrentarse al poder combinado del Hijo de Inaer y Solussan.
Sin embargo, cuando Elphien llegó a las puertas del palacio dorado donde moraba Cillarnar, allá en lo alto de la montaña, encontró quienes se le opusieron. Los tres hijos del maléfico rey, Kogar, Rogar, y Vogar —feos, malolientes y terriblemente malvados—, trataron de cerrarle el paso. Eran gigantes de pieles sarnosas, verrugosas y correosas, y por ello impenetrables como férreas corazas de batalla. Sus brazos y piernas eran tal que gruesos troncos de árboles, y poseían la fuerza de mil hombres. Incluso los más valerosos guerreros Itari tenían en consideración el poder de aquellos monstruos.
—Una vez ya nos burlaste, insignificante diosecillo —gritó Vogar—. Pero esta vez tus tretas te serán en balde. No escaparás de nuestras garrochas.
—Una y mil veces lograría escapar de bestias tan estúpidas como vosotros —replicó Elphien—. Pero hoy no tengo tiempo para juegos de niños. Hoy os enfrentaré y venceré.
Los dos gigantes se abalanzaron sobre el joven. Elphien se mantuvo firme en posición y propósito. Como respuesta al ataque de los Trolls, blandió La Luz en alto y descargó todo su poder en un grandioso estallido. El fogonazo fue tal que los monstruos quedaron de repente, y ya para siempre, ciegos a toda visión del mundo. Lentos y torpes, y gimoteando cual niños, trastabillaron entre ellos y cayeron al suelo, donde quedaron postrados, llorando ante su desgracia.
—¿Cómo atraparemos ahora nuestras presas, si no nos es dado el poder usar los ojos? —sollozó Rogar.
—¡Moriremos de inanición! —se lamentó Kogar— ¡Qué aciago destino el nuestro!
—¡Merecido es vuestro castigo, viles! ¡Desgracia es cuanto recibiréis todos aquellos que sirváis al mal! —clamó Elphien, y allí dejó a los dos gigantes, hundiéndose en su propia miseria.
Llegó el joven al fin al Salón de las Angustias, tras derrotar a toda la guardia real de Cillarnar. Al contemplar el poder de La Luz en la decidida mano del Hijo de Inaer, el innoble rey se postró a sus pies, aterrorizado, y se rindió.
—¡Mi Señor Elphien, al que ahora reconozco, dejadme que os explique!— gimió— ¡Quizás fueran mis hombres quienes raptaran a vuestra preciada Amarah, pero tal idea nació de la oscura alma de Sireya, la Diosa Árbol de la Decadencia! ¡Me prometió ser igual en virtud a los Itari!
—¡Vulgar ladrón sin corazón, que traficas con la vida de otros para conseguir lo que no te pertenece! —Elphien tuvo que contener su ira, porque de buena gana hubiese castigado allí mismo al cobarde— ¡Dime dónde puedo encontrar a Sireya o pronto serás pasto de los gusanos!
—¿Dónde sino en Kor, el Reino de los Decrépitos? Me dijo que estabas invitado a acudir y luchar por el alma de Amarah.
Y fue entonces cuando Elphien recordó el vaticinio de los Grajos del Destino. Porque era bien sabido que a los dominios de Sireya sólo pueden acceder aquellos cuya vida ha expirado. Allí, son tentados por la Diosa, y sólo quienes resisten logran abandonar el lugar y continuar en el Viaje Sin Final.
—Así pues, la profecía se cumple. Debo morir para salvar a Amarah y ser digno de La Luz, ahora lo entiendo. Qué néctar tan amargo el que tendré que saborear, mas no retrocederé cuando es la vida de aquella a quien tanto amo la que debo salvar.
Decidido, y ya sin dudas, Elphien tomó su daga de caza y, sin siquiera parpadear, la hundió en su pecho.
***
Así fue como murió Elphien, y fue un sacrificio por amor. Y cuando abrió de nuevo los ojos, no estaba en la bella y fructífera Solossëan, sino en la desolada Kor, un desierto donde se respiraba la podredumbre y se sentía el frío tiritar del miedo. Las almas de los condenados, mortales e incluso dioses, todos ellos aprisionados por su debilidad, vagaban sin rumbo, perdidos en la no existencia. Eran como viento, frágiles, aunque jamás desaparecían, jamás dejaban de sentir frío y miedo.
Pero el espíritu de Elphien era fuerte, y aunque con el tiempo tal vez hubiese sucumbido, portaba con él a La Luz que, bendita por la fuerza de Inaer, lo protegía.



—Cuanto tiempo he esperado tu llegada, bello Hijo de Inaer.
La voz era sibilante, suave pero cautivadora como la de una serpiente. Elphien vio ante él a una mujer que yacía en un pedestal, quieta, dormida. Su luz, aun en aquel intervalo en que no permanecía ni viva ni muerta, era blanca, apaciguaba los corazones y daba calor en un reino en el que sólo existía la falta de éste. Elphien palideció al ver a la hermosa Amarah tan quieta, pues siempre la había visto danzando y riendo. El alma le lloró mares, pues la recordaba en aquellos días en que ambos jugaban de niños, en los Bosques de Allorea, donde siempre era primavera y jamás invierno. Desde entonces ambos se amaron, y allí, bajo las protectoras ramas de los antiguos sauces, se prometieron desposarse llegada la hora.
Pero he aquí que tras el cuerpo petrificado de Amarah había otra criatura. Parecía un árbol gris aunque lustroso, pero tenía formas de mujer. Había algo similar a la belleza en el rostro esculpido en la madera. No obstante, era una lindeza oscura y fría, como una terrible noche invernal repleta de pesadillas, una promesa siempre incumplida de calor.
—Devuélvela a la vida, Sireya, o sufre mi ira —amenazó Elphien.
—¡Ah, qué valor el tuyo! ¡El ardor de tu corazón es mi deseo, Hijo Preferido!
—¿Por qué has osado arrebatar una vida que no te correspondía tomar? —exigió saber el joven inmortal.
—Ciertamente por el mismo motivo que tú has llegado tan lejos. Por amor. Sí, mi señor Elphien, bien escuchas —dijo Sireya, ante el asombro del joven—. Yo la Diosa Árbol, amo y deseo al Hijo Preferido de Inaer. Y como todo cuanto quiero, te conseguiré. Ésta y no otra es mi oferta. Permanece conmigo como mi consorte, transfórmate en Dios Árbol, y ella quedará libre.
Grande era el precio, y poco le agradaba dicho trato al joven. Pero Elphien no dudó, pues estaba dispuesto a pagar cualquier precio por la salvación de su amada. Se arrodilló frente a Sireya, se postró cual vasallo, tragándose sus prejuicios. No podía existir mayor sacrificio para un Itari inmortal que renunciar a su orgullo.
—Seré tu consorte, Sireya, si con ello salvo la vida de Amarah. Pero no pidas la posesión de mi corazón, ya que éste será siempre de aquella a la que en verdad amo.
Sireya sonrió, pues su vil estratagema había surtido efecto. Pero he aquí que en contra de lo que había creído, aquel acuerdo no le satisfizo. Deseaba ser desposada por Elphin, pero no ansiaba un esclavo, sino un amante marido. ¿Qué sentido tenía para Ella un alma esclavizada más, con tantas como poseía?
—Maldito seas, Dios Protector, pues aun sin pretenderlo has conseguido derrotarme. No puedo tomarte como esposo a la fuerza, pues ello no significaría nada para mí. Te deseo en espíritu, quiero que tu entrega tenga un significado. Nada más será de mi agrado —rugió Sireya—. ¡Rápido, vete de este Reino! ¡Llévate a tu amada contigo! Hoy me has inflingido una herida que no creí posible recibir.
Elphien tomó en sus poderosos brazos el agraciado cuerpo de Amarah, y marchó de aquel lugar de frío y horrores. Gracias a La Luz, que había servido de enlace entre el cuerpo y el alma, el Hijo de Inaer volvió a ser uno, carne y espíritu. Y cuando despertó, junto a él yacía la bella Amarah, a quien ya irremediablemente estaba unido en espíritu.
—¡Oh, mi señor Elphien! ¡Tanto como has afrontado por salvarme…!
—Ningún riesgo, mi hermosa dama, es demasiado grande si se trata de luchar por la diosa a la que amo, la más bella, La De Los Cabellos Dorados.
Aquel fue un día feliz en Solossëa. Pues cuando Elphien volvió a los palacios de Inaer, acompañado de Amarah, hubo alborozo y alegría. Allí mismo, el Padre de Todos Los Hijos ofició la entrega de Solussan a su dueño legítimo, Elphien, Protector de Methlath, Portador de la Lanza.
—No podías ser digno de La Luz sin antes haber aprendido la lección más importante, la del sacrificio absoluto por el amor —le dijo el padre al hijo—. Ahora ya eres un digno ejemplo para los mortales, por quienes lucharás hasta el día de la Última Venida.
—Me inclino ante tu sabiduría, Padre.
Y allí mismo se anunció el compromiso del recién agasajado y la Diosa del Esplendor, la siempre reluciente Amarah. Elphien alzó La Luz, y rugieron los cielos con el retumbar de mil truenos, y una vigorosa pero agradable lluvia bañó Solossëan y Methlath, y hubo esplendor en los cielos y en la tierra.
Así termina la historia de cómo Elphien se convirtió en merecedor de La Luz, y campeón de los Hombres de Methlath. Su valor y su fuerza fue un faro, y de Él aprendieron los mortales a luchar, a nunca retroceder.
A nunca rendirse.


©2008 Javier Pellicer Moscardó
Imagen: fotomontaje del autor

NOTA DEL AUTOR: Recordad que también podéis leer este relato en el blog de Cristina Puig, El Puente de la Fantasía

viernes, 17 de julio de 2009

El Heredero de la Luz + noticias

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Antes de comentar el motivo de la entrada semanal, os quería comentar una noticia. Desde este blog he apoyado desde hace semanas a la página web Horror Hispano, dedicada a la literatura de terror. Reciéntemente se realizaron las votaciones para elegir los relatos que participarían en el primer número de la revista oficial de la página (en la que participo con uno de los relatos, "Trofeos", y una crítica acerca de la serie de televisión "Hay alguien ahí"). Pues bien, hoy os comunico que la revista está ya en imprenta, en menos de dos semanas estará a la venta. De momento, podéis reservar un ejemplar en la siguiente dirección:

pedidos_fanzinehh@ymail.com

El fanzine cuenta con 34 páginas repletas de terror del bueno, especial para leer en plena noche. Su precio es de 3,50 más gastos de envío (vosotros elegís el tipo de envío) También se puede descargar la versión en pdf en Bubok, al precio simbólico de 0,75 euros:

http://www.bubok.es/libro/detalles/12649/HHorror

Os recomiendo la revista, en cualquiera de sus formatos. Además, con su compra estaréis ayudando a que Horror Hispano pueda poner en marcha su primer certamen literario, cuya dotación económica para el ganador vendrá de los beneficios de las ventas de la revista.

Una vez dicho esto, sigo con el tema principal de esta entrada. Hoy os ofreceré la primera parte de mi relato El Heredero de la Luz, texto que inauguró el maravilloso blog El Puente de la Fantasía, de mi buena amiga Cristina Puig, otra gran escritora. Os invito en su nombre a que lo visitéis si os gusta la fantasía, allí encontraréis un poco de todo: relatos (de gente aficionada y otros escritores consagrados), ilustraciones... cualquier cosa relacionada con la fantasía.
El Heredero de la Luz está escrito en un estilo "a lo Tolkien". Quería un toque a añejo, a épico. Tiene ya algún tiempo, pero lo recuperé cuando Cristina me pidió algún relato para su blog. Paralelamente, construí varias imágenes para acompañarlo (montajes en Photoshop), y hoy os presento la primera. Podéis pinchar en ella para verla en grande.
Espero que os guste, la semana que viene concluiré el relato.

Un saludo, caminantes.

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EL HEREDERO DE LA LUZ
Javier Pellicer





Inaer era el Padre de Todos Los Hijos y Señor de Solossëa, Hogar de los Itari, a quienes los hombres de los tiempos tempranos conocieron como los Inmortales Sin Mácula. Quién o Qué había antes o por encima de Inaer, nadie lo sabía, ni siquiera el propio Inaer.
Su nombre era reverenciado por el mortal y el dios, por el guerrero y el sabio, por el niño y el anciano. También Él amaba a su Reino y aquél que estaba apenas por debajo: Methlath, el mundo de los mortales. Muchas cosas bellas había en esas tierras, y tanto era así que El Padre De Todos Los Hijos lo tomó en su regazo vivificador; lo rodeó con un anillo formado por la bruma de la Fuente Eterna, una mágica cascada que nacía en el centro de la creación, y cuyas aguas bañaban toda existencia mientras recorría las arenosas orillas del tiempo.


Pero he aquí que en Solossëa vivían malignas criaturas con poderes apenas inferiores a Inaer. De ellos, muchos conspiraban contra el nuevo mundo, pues lo ambicionaban. Inaer hubiese podido aniquilarlos, pero el Padre de Todos Los Hijos poseía el Don de la Sabiduría, adquirido al ser sumergido tras su nacimiento en las aguas de la Fuente Eterna. Sabía, por tanto, que existía un equilibrio en la creación que no debía romperse. Su omnipotencia no podía ni debía ser utilizada a la ligera, pues tanto poder desatado podía desencadenar una terrible catástrofe que arrasaría a Dioses y hombres.


Y sin embargo, Methlath precisaba de un defensor, alguien que luchara por los mortales y les insuflara valor con su ejemplo.
Inaer eligió en primer lugar el arma que portaría el campeón. Fue forjada por el mismo Inaer. Utilizó el fuego del corazón de Methlath para calentar el místico vellminhe, un metal que sólo existía en Solossëa, de modo tal que el arma tendría un vínculo esencial entre ambos reinos. Luego, moldeó el candente acero durante toda una era de largos años, pues el tiempo poco significaba para los Inmortales Sin Mácula. Con cada golpe, las chispas que escaparon del metal se transformaron en los brillantes luceros que a partir de aquel día cubrieron el firmamento de Methlath. Así nacieron las estrellas, y así fue creada la Lanza, cuyo nombre sería Solussan, La Luz.

Era lanza pero a su vez era espada. Su punta alargada se convertía en hoja, y era resplandeciente como el eterno titilar de las estrellas. Virtud para el bondadoso y castigo para el malvado, nada podía resistir el embate de su filo o el acierto de su punta. Cuando era lanzada con poder, La Luz siempre, como un amante fiel, regresaba a la mano de su señor. Tal era su virtud y su poder.
Pero he aquí que ante la fuerza imbuida en el arma —una parte de la propia esencia de Inaer—, y no al no desear que ésta cayera en manos maléficas, el Padre de Todos los Hijos imbuyó un certero hechizo en Solussan.



—Sólo y nadie más que aquel que demuestre dignidad, arrojo y amor por los desvalidos podrá empuñar La Luz.
Y siendo así, el Portador de Solussan tuvo que forjarse del mismo modo que lo hiciera el arma.
El elegido se llamaba Elphien.
El hijo más querido de Inaer.


Fue así como el niño Elphien fue educado para ser el Portador de La Luz, Protector de Methlath. Tal tarea debía, necesariamente, ir acompañada de grandes hazañas que demostraran su valor y nobleza, pues no de otro modo podría ser digno de alzar Solussan.
Durante muchos años, Inaer puso a prueba a su amado hijo con múltiples y terribles pruebas, en las que recorrió los Seis Reinos Místicos de Solossëa. El muchacho, de temperamento rudo pero a la vez noble, luchó con los Trolls Rugientes que habitaban en la Montaña del Trueno por el rescate del Espejo de Oro de la Diosa Inneas; se vio enfrentado merced a la perfidia de su primo Niergoth, Maestro de la Brujería, a la terrible diablesa Tellenya y su inseparable Dragón de Huesos; defendió a cien infantes de los terribles Demonios de Sombra del Abismo Insondable; medió entre la guerra que habían provocado Llichan y Llessthat, los Hermanos Condenados, licántropo uno y vampiro el otro, y que amenazaba con arrasar la región de Thrack’onnea… Éstas y muchas otras fueron sus aventuras cuando no era más que un adolescente, y en todas salió victorioso.

Y sin embargo, Inaer seguía sin considerarlo preparado. Y aunque reverenciaba a su padre en profundidad, y lo tenía por el más sabio entre los sabios, el joven y siempre impetuoso Elphien comenzó a cuestionarse si en verdad algún día sería merecedor de la dicha de portar La Luz.
Tanto fue así que un día buscó el consejo y el vaticinio de las únicas criaturas que, más allá de Inaer, podían aclarar sus dudas. En las orillas del Río de Plata, por donde corrían las aguas de la Fuente Eterna, los encontró.
Se los llamaba Grajos del Destino, porque eran custodios de los acontecimientos que, desde los hombros de la Estatua de las Eras, contemplaban en las aguas del Río. Se decía que nada les era vedado, que todo cuanto ocurría en el Cosmos estaba a su alcance. Dru, Agama, Ginneanna y Mollvena eran sus nombres, pero nadie, ni siquiera los Dioses, les llamaban de tal modo. En las aguas del Río de Plata se narraba la antiquísima historia de la creación. Cuando más cercano a la Fuente Eterna, más atrás en el tiempo se retrocedía. Y en tanto se contemplaba más allá, hacia la desembocadura del Río, los Grajos podían adivinar el devenir futuro, quizás incluso el desenlace de todo lo existente.

No era el pasado lo que había ido a buscar el joven Elphien, sino el futuro, una esperanza para continuar luchando por La Luz. Y dicho conocimiento sólo era poseído por Inaer y los Grajos del Destino. Y era bien sabido que Éstos, en ocasiones, y según sus propios intereses, otorgaban vaticinios sobre lo que estaba por acontecer.


—Para ganar el derecho a La Luz, antes debes conocer la Oscuridad de la Muerte —le hablaron las tres criaturas al joven inmortal, aun cuando Elphien no había formulado aún pregunta alguna.
—Habláis poco y decís menos, Señores del Río —respondió el joven.
—No podemos revelar más. La historia debe crearse paso a paso, el camino recorrerse sin ser conocido de antemano.
—¿Debo morir para ser digno de Solussan? ¡Bien, así será si es mi destino! ¡Lo afrontaré con el valor de un Hijo de Inaer!

Marchó Elphien de regreso a las Salas Sin Fin del Señor de los Itari. Allí, contemplando la anhelada Solussan, tan hermosa en su pedestal de bronce, se preguntó si llegado el momento tendría el valor de morir por su derecho al arma. Si bien no profesaba miedo a ningún enemigo en aquel reino ni en otros, sí sentía el pavor a la indignidad de la derrota en combate. Pues para que un dios de Solossëa muriese, se necesitaba la herida de espada o lanza, ya que ni ancianidad ni enfermedad podían cebarse con la carne inmortal.
Sus cavilaciones fueron rotas por un cuerno de alarma. Tambaleándose, entró en la Sala el bravo Othalo, uno de los guerreros más veteranos y valientes de todo el reino. Y lo vio Elphien cubierto de las heridas de una batalla.

—Mi amado Elphien… he sido emboscado por los Trolls Rugientes… esos mal hallados rufianes han secuestrado a mi hija Amarah antes de que pudiera vencerlos… muchos cayeron ante mi espada, pero no antes de que se la llevaran… —y entonces el anciano murió en sus brazos.
El corazón de Elphien lloró con la muerte del bravo guerrero. Pero la pena quedó relegada en pos de la alarma y el enojo. La gentil Amarah, La De Los Cabellos Dorados, la más hermosa de las Diosas; Amarah, la Muchacha del Esplendor, tan bella que por donde caminaba crecía el bienestar y la alegría verdadera; aquella que realzaba los sentimientos más nobles de las criaturas, fueran dioses, mortales o bestias; Amarah, que era tanto el oro de la sonrisa de un niño como el consuelo a la madre afligida; Amarah, a la que Elphien amaba con todo su corazón inmortal.
Jamás Elphien sintió tanta furia y decisión. Su pecho ardió, sus dudas desaparecieron como el humo arrastrado por el viento. Y tal era su renovada voluntad, tanta su resolución por salvar a su amada, que sin siquiera atender a cuanto hacía tomó La Luz entre sus fuertes manos. La alzó por encima de su cabeza, mientras bramaba y juraba por la salvación de la Diosa secuestrada.
—¡Jamás permitiré tamaña felonía! ¡No mientras mis piernas me sostengan y mi corazón siga latiendo! ¡Preparaos, viles Trolls! ¡Elphien marcha en busca de su amada!
Su grito de guerra resonó allende los rincones Solossëan, y toda criatura maligna sintió el terror en carne propia, y temblaron, pues pensaron que la muerte se avecinaba sobre cada uno de ellos.
Así marchó el Hijo de Inaer, pleno de rabia y decisión. Y sólo, pues no aceptó la ayuda de nadie. A una orden del Padre de Todos Los Hijos, nadie insistió.
—Ésta, y no otra, es su Hazaña Final —dictaminó el Dios de Dioses—. Suya será la victoria, o la derrota. ¡Así ha hablado Inaer!
Y todos respondieron al unísono.
—¡Y la Palabra de Inaer es ley!

(concluirá en la próxima entrada)

Imagen: montaje del autor.

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"