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Alcander, de Luisa Fernández

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domingo, 7 de octubre de 2012

Entrevista a Pedro Santamaría (II)


Saludos, caminantes.

Esta semana os dejo con la segunda parte de la entrevista a Pedro Santamaría, autor de la magnífica "El águila y la lambda", una novela histórica ambientada en la Primera Guerra Púnica, y por ello muy especial para mí (porque transcurre justo antes de "El espíritu del lince", porque Pedro es compañero de editorial, y porque es un tipo magnífico). Espero que la disfrutéis:

—Cuatro personajes y cuatro puntos de vista totalmente distintos. Supongo que esa fue tu intención. Háblanos brevemente de ellos.

—Así es. Aunque la narración de todo lo que es la situación política y estratégica sigue una línea cronológica, cada uno de los personajes se va alternando y vemos el conflicto desde su perspectiva. Marco Atilio Régulo, el cónsul, observa la situación desde el mando y la alta política. Es un hombre de honor, recto, capaz, inteligente y energético. Aulo Porcio Bíbulo, que comienza la historia como remero en una de las naves romanas es un plebeyo de la más baja estofa, un poco golfillo, le gustan los dados, las mujeres y no siente ningún interés por la política. Arishat, la cortesana, es una mujer atractiva e inteligente que ha logrado escalar en el mercado del sexo hasta lo más alto y que satisface los deseos de grandes políticos cartagineses. No cree en el amor y se podría decir que hasta desprecia a los hombres, a quienes, sabe no solo complacer sino también, hasta cierto punto, manejar. Y por último está Jantipo, el mercenario espartano. Su código de conducta y su vestimenta son arcaicos, es un excelente general, su vida ha sido la guerra, lleva la austeridad al extremo y siente una profunda melancolía por lo que Esparta fue y no es.

—Lo curioso es que ninguno de los cuatro personajes tiene el rol de villano. Incluso Régulo, que podría parecerlo al principio por tratarse del conquistador, se hace cercano al lector muy pronto. Lo más parecido a un «malo de la película» es Longo. ¿Algún motivo especial para plantear de este modo la novela?

—Digamos que mi idea era que ambos antagonistas resultasen carismáticos, como de hecho debieron ser. No se trataba de hacer un bueno y un malo, sino que, a medida que la situación va rumbo a esa colisión que es la batalla final, uno no sepa muy bien dónde residen sus simpatías. Hay razones para que ambos ganen, ambos merecen la victoria, pero solo uno puede ser el vencedor. Puede decirse que quienes se enfrentan en Bagradas son dos hombres de honor y dos excelentes estrategas, cada uno juega sus bazas pero tras ellos se cierne la sombra de la política. Respetan al contrincante que tienen enfrente, pero el peligro real no viene de esa dirección, sino que más bien anida en las ciudades por las que luchan, donde la ponzoña de los intereses y las maquinaciones políticas les causan más problemas que la guerra en sí.

—Te confieso que una de las cosas que más me gustó fue cómo has planteado las batallas (excepto el combate final): las preparas, y cuando están a punto de desatarse, cortas el capítulo y dejas ese momento en suspenso. Crea un poderoso efecto en el lector. Es efectivo.

—Por un lado, no quería cargar el relato de descripciones que no eran esenciales para la trama y por otro, he de admitir que una espada puede clavarse en un contrincante de un número limitado de formas. Hay tres batallas de las que cuento tan solo los pasos que llevan a ellas y luego, en capítulos posteriores, su desenlace. Si quería describir Bagradas con todo lujo de detalles, tenía que abandonar la idea de describir otras, por miedo a mostrarme repetitivo con las estocadas, los chorros de sangre y los hombres tendidos en el suelo aullando de dolor. Y sí, ha resultado ser muy efectivo, se sabe lo suficiente y la trama sigue su rumbo sin interrupción.

—Yo sigo alucinando desde que me dijiste que «Okela» era la primera novela que escribías en toda tu vida, y que ni siquiera sufrió un rechazo editorial. Para colmo, aseguras que no lees novela, solo ensayos. ¿Por qué entonces diste el paso a la literatura de ficción?

—Okela respondía a un sueño de la infancia, cuando fantaseaba con aquella cita de Estrabón en la que el geógrafo griego afirmaba que los cántabros eran descendientes de los espartanos. Aunque también ha tenido que ver con esa frasecita tan conocida de “el árbol, el hijo y el libro”. No es que no lea novela histórica, algo leo, aunque no mucho. Pero lo que más me gusta es la historia a secas. Nunca había escrito ficción, tampoco historia, salvo, en ambos casos, los trabajos para la escuela. Por las notas que sacaba se ve que se me daba relativamente bien, pero vamos, que nunca antes había escrito nada digno de mención (alguna carta de amor, eso sí, y los típicos poemas de adolescencia que ahora da vergüenza leer). De hecho, cuando puse el punto final a Okela, pensé que no volvería a escribir más, y henos aquí con una nueva novela publicada en menos de un año. Jamás creí que mi vida tomaría este rumbo.

—Y ahora sacas la segunda. Vas lanzado. Eres la envidia de todos los que formamos este gremio. ¿Te sientes ya plenamente escritor?

—No creo que despierte mucha envidia, como dirían Okela o Jantipo: “Esparta tiene hombres mejores que yo”. Y no, no me considero escritor. Para mí un escritor tiene un aura mágica, es alguien que tiene un profundo conocimiento de la lengua en la que trabaja, que vive de lo que escribe, que es capaz de decir mucho con pocas palabras y que es capaz de moldear un texto que marque profundamente a cualquier lector. Como mucho diría que soy autor de un par de novelas, o por tomar una frase prestada de Mario Vargas Llosa “soy un escribidor”. Bien es cierto que una vez que he tomado esta senda pienso seguirla a ver a dónde conduce. El camino no es fácil, pero estoy deseando andarlo y dar lo mejor de mí. ¿Llegaré a ser escritor tal y como lo concibo? Sólo las musas lo saben pero, por mí, no creo que quede.

—¿Nos puedes adelantar qué próximas historias cueces en tu cabeza?

—Pues son muchas, de hecho he empezado a escribir una que tiene como telón de fondo la tardo-antigüedad en Hispania. Tengo más o menos la historia en la cabeza, pero hay que encontrar tiempo y las musas tendrán que encontrarme delante del teclado. Una de las razones por las que aún no me he puesto a ello seriamente es que quiero hacerlo mejor que con “El Águila y la Lambda” y a veces dudo de que vaya a ser capaz. El tiempo lo dirá.

—Un saludo, Pedro, y gracias por darnos a conocer un poco mejor tu novela.

—De nada Javier. Ha sido todo un placer.


Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"