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Alcander, de Luisa Fernández

Ya está aquí... Legados

sábado, 21 de marzo de 2009

La mirada del tiempo

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Fiel a mi cita semanal, en esta ocasión os traigo un nuevo relato basado en el mundo de Erian. Recordad que en el anterior post tenéis el mapa, donde podréis ver dónde transcurre esta y todas las historias que cuelgue acerca de este mundo imaginario.
No tenía muy claro qué relato colgar luego de "El Puente de los Paladines", pero al final he decidido postear éste, aunque sinceramente no es de mis favoritos. Pero bueno, todos tenemos trabajos mejores y peores.
Juzgad vosotros mismos.
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LA MIRADA DEL TIEMPO



Tierras Talamh, Nordeste del Gran Continente


El golpe cayó muy cerca de Thoard, demasiado. Pero el talamh (1) aún era ágil, diestro se diría más bien, a pesar de sus cortas piernas, su apariencia fornida, y su más que evidente vejez. Setenta años de profesión lo habían curtido, cada uno de ellos un martillazo en la forja de una espada que, a la vejez, podía alardear de estar mejor templada que la de la mayoría de hombres maduros. Pero incluso alguien como Thoard, que había visto cuanto el mundo podía ofrecer, podía aprender nuevas lecciones.

La zarpa del oso blanco rasgó el ululante viento, que casi era huracán, pero Thoard volvió a mostrarse esquivo. Rodó sobre la blanca nieve y blandió el trabuco de madera como si fuera un hacha, porque lo era. En la parte más cercana al cañón había tenido la perspicacia, muchos años antes, de encajar una afilada hoja que él mismo había tratado. Así, podía contar con un arma que era a la vez útil en distancias medias así como en la proximidad de una refriega. Y era una buena arma, derivada de los primeros ingenios de pólvora y proyectiles nacidos de la mente prodigiosa de los Inventores de Calanas (2) , décadas atrás, y adaptada para convertirse en un instrumento portátil, adecuado para las manos de un guerrero.
En medio del combate, Thoard pareció olvidar su propia fatiga y el hecho de que, no importaba qué aconteciese, aquel iba a ser su última cacería. El tiempo se había convertido en su mayor enemigo, lo sentía en sus huesos, quejumbrosos ante la terrible ventisca portadora de aullidos, y en el alma, agotada por la carga de los años. Había dejado atrás la obstinada testarudez típica de los de su pueblo al aprender lo que a tantos guerreros talamh les había costado la vida, pero que para él fue una advertencia. En su anterior trabajo, un karkalo (3) cerca anduvo de rasurar algo más que su barba. Thoard había entendido el mensaje, y tras rumiarlo, dio la bienvenida a aquella nueva perspectiva de la vida. Pronto descansaría en la paz de su hogar excavado en la ladera del Monte Kendor, como uno más. Viviría sosegado, viendo los años pasar con un buen cigarro puro en una mano y un vaso de cerveza en la otra, sin arriesgar más su bien ganada barba. Recordaría los grandes momentos, y le narraría a quien quisiera las aventuras que había vivido. Seguro que muchos niños disfrutarían con las correrías del viejo, él mismo se henchía de orgullo al recordar, por ejemplo, los días en que participó en la mítica Batalla del Desfiladero del Destino, durante la Tercera Guerra del Destino. Aún se le empañaban los ojos al recordar la estampa del Heraldo de la Esperanza liderando al ejército de la Unión .
Pero todo ello debería esperar, pues aún tenía un encargo por cumplir. No había podido negar su favor a los vecinos de las granjas del Valle Nevado, al norte de las Montañas Álgidas, en las Tierras Talamh. Aquellos hombres y mujeres habían vivido atemorizados durante meses tras atisbar el deambular de una poderosa bestia de pelaje blanco y porte colosal. Temían por sus ganados, por sus hijos y por ellos mismos, así que habían contratado al mejor de los cazadores para que los librara de la bestia. Thoard no rehuyó la petición por compromiso con su propio pueblo. Los talamh habían vivido aislados durante siglos a los pies de la Ciudad Excavada del Monte Kendor, y sólo en tiempos cercanos, con la paz instaurada tras el Conflicto del Orbe (4), habían comenzado a extenderse de nuevo.
«Mi último trabajo», se había prometido, «pase lo que pase».
Pero en aquellos momentos Thoard no tenía mucho tiempo para cavilaciones. Sus brazos musculosos se movieron con fuerza y precisión, describiendo un arco que llevó a la extraña hacha a rajar la nacarada piel peluda de la bestia. Fue no obstante una herida poco profunda, que el animal apenas sintió debido a la rabia que lo poseía.
Era un animal portentoso, Thoard mismo no podía negarlo. Jamás el talamh de la blanca y trenzada barba había visto un oso tan inmenso y majestuoso como aquel. Lo había seguido durante semanas, pero sólo un par de días antes logró vislumbrarlo de lejos, y no pudo reprimir un gesto de sorpresa ante tamaña criatura. Cuando caminaba valiéndose de las cuatro extremidades rebasaba la altura de dos hombres, pero era erguirse sobre sus patas traseras y se transformaba en un coloso capaz de alcanzar las copas de muchos árboles grandes.
Y sin embargo era precisamente su enormidad el peor enemigo de la bestia, o más bien la baja estatura del cazador, la cual le permitía escabullirse por entre las piernas de la bestia con relativa facilidad. La estrategia de Thoard cuando bregaba con bestias tan superiores en fuerza era siempre fatigar a su presa, desorientarla… engañarla.
Ahora bien, quizás en un golpe de suerte, o tal vez en una mísera torpeza del cazador, producto de un renqueante movimiento propio de los músculos ajados por la vejez, el enorme oso logró apenas rozarlo con una de sus zarpas, si bien su fuerza era tal que el mero contacto fue para Thoard como el impacto de un ariete. El cazador se vio alzado en el aire, rechazado como un vulgar fardo hasta caer a varias zancadas del animal. Tuvo suerte de su armadura artesanal de cuero endurecido, que sin embargo se vio despedazada, pues de otro modo el talamh sería en aquellos momentos un pequeño cuerpo destripado.
Trató de reponerse, pero ya tenía la bestia sobre él, rugiente como el bramar de un mundo que nace, amenazante con las zarpas en alto, a punto de destrozar, descuartizar, despedazar… Thoard, en cambio, había perdido el trabuco-hacha, estaba indefenso… o no.
Porque alguien como él, considerado el mejor cazador de su pueblo, nunca estaba indefenso, bien que lo supo el gran blanco cuando sintió cómo algo afilado y famélico se cerraba sobre su pata diestra. Bramó la bestia, esta vez de puro dolor, al percibir los colmillos de hierro del cepo morder su blanca carne.
Thoard sonrió fugazmente. Había sabido preparar bien el terreno, demostró su inteligencia al lograr atraer al animal hasta donde le convenía. No había pasado por su mente que fuera de aquel modo tan violento, pero el talamh era de los que pensaba que lo importante era el resultado.
Aprovechando el desconcierto del animal, el cazador extrajo una pequeña saeta de su cinto, y cargó con ella una diminuta ballesta alojada en su antebrazo; estiró la cuerda, colocó el proyectil, apuntó al objetivo, y disparó. Certera la flecha se alojó en el pecho del oso, y aunque el dardo parecía insignificante en sí mismo ante aquella masa de fiereza, su efectividad no residía en su tamaño, sino en el veneno con el que había sido untado. No era una sustancia letal, pero bastó para mermar la fuerza tremebunda del animal. El oso se tambaleó y, al fin, cayó desplomado.
Todo había concluido, Thoard lo sabía. Renqueante, recuperó su trabuco y apuntó a la cabeza del animal, dispuesto a acabar con la agonía del que sin duda había sido uno de sus rivales más digno. Criaturas tan majestuosas como aquella no merecían sufrir ni un solo instante.
Pero entonces…
Un nuevo rugido, y algo inaudito. Por vez primera en su larga carrera como cazador, Thoard se vio sorprendido. Y cuando se trata de una profesión tan peligrosa, la sorpresa sólo puede traer consigo desgracia y muerte.
Algo se abalanzó sobre el hombre, cayendo desde el risco a sus espaldas. De nuevo Thoard se vio privado de su arma principal, de nuevo se vio tendido sobre la nieve. Esta vez el enemigo era un amenazante puma de las nieves, y buscaba la yugular del otro depredador que se disputaba la suculenta pieza que representaba el oso. El cazador logró interponer sus brazos, pero ni siquiera éstos lograrían resistir mucho tiempo el ímpetu del felino salvaje, pronto cederían. «Aquí acaba todo», se dijo a sí mismo. «No es un mal modo de morir, después de todo. He arrancado la vida a muchas bestias, justo es que una de ellas acabe con la mía».
Cuando ya las dentelladas del puma estaban próximas al rostro ajado del talamh, algo golpeó al felino, alzándolo en vilo, enviando a cierta distancia el que ya no era más que un desmadejado cuerpo sin vida. Thoard parpadeó, no podía creerlo. A su lado vio al oso blanco, renqueante y débil por el veneno y las heridas, pero aún entero.
Su presa le había salvado la vida.
No obstante, el agudo instinto de cazador hizo reaccionar a Thoard. Tomó el trabuco de nuevo y volvió a apuntar al oso. Debía matarlo, era su encargo. Y Thoard El Cazador siempre cumplía sus tareas.
Y sin embargo, cometió un inédito error: apuntaba al oso —ahora tendido en el suelo, débil e incapaz de luchar siquiera por su vida—, pero al tiempo se atrevió mirarlo a los ojos. La bestia, como si contara con una conciencia, le devolvió el gesto. Vio así Thoard que era aquel un animal viejo… como él; una criatura que, de algún modo lo intuyó, jamás había hecho daño a ningún hombre, mujer o niño; un animal que había huido de su perseguidor durante muchas jornadas, que claramente había rechazado el enfrentamiento hasta que Thoard lo había acorralado. No, aquella bestia no era un monstruo horrible, era un ser que buscaba una sola cosa. Pasar sus últimos tiempos en paz.
Thoard bajó el arma.
—No puedo matar a un animal tan noble como tú —le dijo al oso, como si esperara que pudiera entenderlo.
Y quizás fuera así, porque la bestia dejó que el talamh se le acercara poco a poco, para luego permitirle que le liberara del cepo y tratara sus heridas.
A partir de aquel día, Thoard fue llamado Oso Blanco, y quienes lo visitaron en su casa tallada de la Ciudad Excavada no dejaron de maravillarse ante el noble y manso animal junto al que había decidido finalizar sus días.


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Notas

(1)Este cuento transcurre en el mundo imaginario de Erian. En él conviven distintos pueblos de hombres, como los antalianos, los albos y otros. Los talamh son una raza de hombres generalmente de aspecto fornido y escasa altura, alrededor de un metro sesenta como mucho. Como signo de distinción entre quienes tienen una reputación, los guerreros, héroes o reyes, se acostumbra a dejar crecer la barba dependiendo de su notoriedad entre los suyos. La gente común, sin embargo, no tienen ese derecho a no ser que lo ganen mediante un gran acto de valor.
(2)Calanas es la capital del reino de los antalianos, Antala. Es la ciudad más próspera de Erian.
(3) Criatura alquímica, ser creado por la mano de los antiguos Dioses Moldeadores. Es una bestia que cuenta con una piel quitinosa y extremadamente resistente, como una armadura de placas; es enorme y cuenta con unos ojos abultados y completamente blancos. Es muy violenta, pero en los tiempos de aquel cuento prácticamente se había extinguido de Erian, como la mayoría de criaturas alquímicas. No forman parte de esta categoría las razas humanas (como los albos, e’kandri…), a pesar de que alguna de que también derivan del capricho de los Dioses.
(4)Este relato tiene lugar después de la saga principal de novelas relacionadas con Erian. Es, por tanto, cronológicamente el último relato de la serie Cuentos de Erian.

2 comentarios:

curiosomundoazul dijo...

Hola Javier,cuando puedas, pásate por mi blog,tienes un premio bien merecido.Un saludo...!

Víctor Morata Cortado dijo...

Es una historia que se sale un poco de la tónica de lo que yo he leído en torno a Erian, pero no pierde el estilo que caracteriza a toda esa obra. Por otra parte, resulta curioso como cambia la concepción de ese mundo una vez ya te has sumergido del todo en Erian. Gracias al Tejedor de la Urdimbre viajar por tus relatos sobre Erian hace que sea un paseo familiar en el que se reconocen pasajes de su historia y lugares. Esperaremos a la próxima historia.

Narración radiofónica de mi relato "Como hadas guerreras"